Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Lennart Stridh salió del taxi

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Lennart Stridh salió del taxi delante de Åhléns, justo enfrente del Café Bolero. Iba con cinco minutos de retraso, por lo que cruzó la calle corriendo antes de que el semáforo cambiara a verde. Un conductor airado le tocó el claxon, pero él ni siquiera se volvió para mirarlo. Prosiguió su apresurada marcha hacia la cafetería, empujó la pesada puerta de cristal y entró. Flotaba en el aire un dulce aroma a café recién hecho y a bollos de canela. Recorrió con la vista el espacioso local, más concurrido de lo que esperaba. Calculaba que la mujer tendría más de treinta y cinco años, pero menos de cuarenta y cinco. Había leído que tenía dos hijos adolescentes, pero prácticamente no sabía nada más. Un poco más allá, vio que una mujer con la cabeza cubierta por un chal negro se levantaba, se lo quedaba mirando y poco después empezaba a avanzar con timidez hacia él. Era delgada, con los ojos oscuros y la piel más morena que la mayoría de la gente a su alrededor. Tenía que ser ella. Se había sentado a cierta distancia del resto de los clientes, en un rincón donde era difícil distinguirla.

—¿Shibeka?

La mujer hizo un gesto afirmativo y él fue a su encuentro con la mano tendida.

—Hola. Soy Lennart.

Ella volvió a asentir. Era evidente que se sentía incómoda, de pie en medio de la sala. Estaba nerviosa. A Lennart no le extrañó. La mayor parte de la gente se ponía nerviosa cuando lo conocían.

—Encantado. ¿Le parece bien que nos sentemos aquí?

La mujer habló por primera vez.

—Sí, me parece bien.

Su acento era menos marcado de lo que le había parecido por teléfono. De pronto, tuvo la impresión de que estaba un poco más relajada, como si el sonido de su propia voz la hubiera tranquilizado.

—¿Le apetece un café?

—Un té, por favor.

Aunque le rehuía la mirada, parecía fuerte y entera. Hablando con ella por teléfono, Lennart se había hecho la idea de que era una mujer mucho más abatida. Se acercó al mostrador y pidió un té, un café y dos bollos de canela. Mientras hacía el pedido, se volvió para mirarla. Otra vez le pareció tensa. Tenía las manos apoyadas sobre las rodillas y la mirada fija en el suelo. Cogió la bandeja con el té y el café, y se dirigió a la mesa. Se sentó frente a ella y le puso delante su taza, decidido a ir directo al grano.

—¿Está nerviosa? No hay ningún motivo para estarlo.

—No estoy acostumbrada a estas cosas.

—Lo entiendo, pero será muy sencillo. Le haré unas preguntas sobre su marido y usted intentará responder. Todo lo que diga quedará estrictamente entre nosotros.

La mujer asintió con la cabeza y, sin apartar la mirada de la mesa, se atrevió a beber un sorbo de té. Lennart sacó un bloc de notas y un bolígrafo. La grabadora solía poner nerviosos a los entrevistados. Los privaba de la posibilidad de argumentar que el periodista había tergiversado sus palabras y, a raíz de eso —en opinión de Lennart—, se volvían mucho más prudentes y se autocensuraban. Y él no quería que eso pasara. Su objetivo era hacerse una idea de Shibeka y evaluar el potencial de su historia. Averiguar si la mujer era digna de confianza y determinar si merecía la pena investigar la desaparición de su marido o si se trataba simplemente de un callejón sin salida. Lennart se había internado por varios callejones sin salida en lo que iba de año y no tenía intención de perder el tiempo con ninguno más.

—Empecemos por usted —dijo, acercando el bolígrafo al bloc—. Tengo entendido que vino a Suecia con su marido a finales de 2001, ¿es así?

—Sí. Y con los niños, que entonces tenían dos y cuatro años.

—¿De Afganistán?

Shibeka lo miró. El hombre lo decía como si hubiera sido sencillo, como si se hubieran subido a un avión y al cabo de unas horas hubieran aterrizado en Suecia. Por un segundo, dejó vagar su mente hacia el campamento de Pakistán adonde habían llegado en su huida. El hedor, el hacinamiento, el miedo y los llantos de los niños, que constantemente resonaban por todas partes. La tienda de campaña, gélida por las noches y agobiante bajo el sol del mediodía. Hamid, que la había convencido de que era preciso marcharse, de que tenían que seguir adelante. El hombre que había aceptado su dinero para llevarlos a Irán. El terrible trayecto en camión, a través de montañas y desiertos. Los días que pasaban y se convertían en semanas. Y, entre todo eso, la sensación de ir sentada en la plataforma del camión, con la espalda recostada contra la cabina, abrazando con fuerza a sus dos hijos, Mehran y Eyer, sobre sus rodillas. De hecho, la sensación de dolor en los brazos, por estrechar con todas sus fuerzas a sus hijos, era el único recuerdo inequívoco que conservaba de aquellos días. El resto era un torbellino de imágenes. Pero el dolor era imposible de olvidar. Estiró un poco los brazos, para asegurarse una vez más de que ya no padecía aquel dolor insufrible.

—Sí. Pero primero fuimos a Grecia.

—Entonces ¿Grecia fue su primer país de asilo?

País de asilo. Una de las primeras cosas que había aprendido a decir en sueco. El primer país de la Unión Europea al que llegaba un refugiado, y al que lo devolvían antes de ser enviado de vuelta a su país.

—Y, después de eso, ¿vinieron a Suecia? —prosiguió Lennart, al ver que no obtenía respuesta.

Shibeka asintió.

—Aquí teníamos familia y amigos. Por eso Hamid quiso venir.

—Pero no les concedieron el asilo…

—Al principio, no. Hubo muchos problemas.

Guardó silencio. Lennart se apoyó sobre la mesa. Ahí podía estar la clave para que siguiera adelante con la entrevista o le diera las gracias a su interlocutora y se marchara.

—A Hamid nunca llegaron a concederle el asilo, ¿verdad? Sus hijos y usted lo consiguieron varios años después, cuando su marido ya había desaparecido, ¿no es así?

Shibeka dejó escapar un suspiro. Ya sabía adónde quería llegar el periodista. Adonde querían llegar todos. A lo que siempre le decían las autoridades suecas. ¡Estaba tan cansada!

—Mi marido no desapareció porque temiera que fueran a deportarlo. Ni tampoco para que nosotros pudiéramos quedarnos en el país. —Shibeka levantó la voz y, por primera vez desde que había empezado la conversación, buscó la mirada de Lennart—. Siempre me están diciendo que desapareció por eso. ¡Pero no es cierto!

Lennart la miró. No vio ni rastro de la mujercita prudente y dubitativa que había encontrado al llegar. Había fuego en sus ojos. El periodista sintió su fuerza interior y de pronto comprendió su larga lucha por encontrar a su marido. Tenía delante a una mujer que nunca se daba por vencida, por muy formidables que fueran los obstáculos.

—No lo digo yo. Lo dicen la policía y las autoridades de migración. Dicen que Hamid desapareció después de una reunión con la Dirección de Migración, donde le hicieron saber que probablemente iban a enviar a toda la familia de vuelta a su país.

Shibeka sabía que debía protestar con firmeza. Negó enérgicamente y apretó los puños.

—Esa gente no conoce a Hamid. Él nunca nos habría abandonado. Jamás habría permitido que sus hijos crecieran sin padre. ¡Jamás! Tiene que haberle pasado algo.

Shibeka miró con expresión casi suplicante al periodista, que, al cabo de un breve intervalo de silencio, dejó el bolígrafo sobre la mesa y la miró con sincera curiosidad.

—¿Qué cree usted que pudo ocurrirle?

—No lo sé.

—Pero ¿piensa que aquel hombre pudo tener algo que ver con lo sucedido? Me refiero al que se presentó en su casa una semana después de la desaparición de Hamid.

—Sí.

—¿Usted creyó que era policía?

—Hablaba como un policía, pero no llevaba uniforme.

—¿Y no le reveló su nombre?

Shibeka se lo quedó mirando, sin entender la pregunta. No conocía todas las palabras.

—¿Reveló…?

—¿No le dijo su nombre?

—No.

—¿Y usted no sabe de dónde venía, ni quién lo enviaba?

Ella sacudió la cabeza.

—Hacía preguntas como un policía.

—¿Qué le preguntó?

Shibeka reflexionó un momento. ¿Por dónde empezar? Le había hecho muchas preguntas, todas referidas a Hamid y a su primo. Miró al hombre sentado frente a ella y se dio cuenta de que había llegado al momento crítico de la conversación. Era esencial hacerle comprender la importancia del hombre sueco de chaqueta oscura que la había visitado en su casa. Estaba segura de que había ido a buscar alguna cosa, algo que ella no había podido darle por mucho que lo hubiera querido.

—Me preguntó sobre todo por Hamid —dijo en voz baja— y por su primo Said. Si habían dicho adónde iban, si se habían llevado algo, si habían hablado con alguien antes de irse, si habían viajado en las últimas semanas… Y también me preguntó sobre… sobre…

Se interrumpió en medio de la frase. Sus pensamientos siempre regresaban al otro hombre. Estaba convencida de que tenía algo que ver con la desaparición de Hamid, lo mismo que el sueco de la chaqueta oscura. Lo presentía.

—Y también sobre Joseph.

Lennart cogió el bolígrafo y escribió el nombre.

—¿Quién era Joseph?

—No lo sé. Un conocido de Said.

—¿Said desapareció al mismo tiempo que su marido?

Shibeka hizo un gesto afirmativo.

—Said veía a Joseph bastante a menudo. A Hamid no le gustaba ese hombre. Me lo dijo varias veces.

—Pero ¿usted no conocía personalmente a ese Joseph, ni ha vuelto a saber nada de él?

—No, nada. Lo he intentado, pero no he podido encontrarlo.

Lennart no sabía qué pensar. Su interlocutora le parecía digna de confianza. No veía ninguna razón para que le mintiera. Llevaba mucho tiempo intentando averiguar qué le había ocurrido a su marido, más tiempo del que habría resistido cualquiera que sólo estuviera aparentando una falsa búsqueda. Pero el hecho de que ella realmente ignorara lo sucedido no significaba que pudiera ofrecerle material de interés para su redacción. Había miles de razones posibles para la desaparición y muchas de ellas podían ser tristes y dolorosas para la familia, pero muy poco interesantes para un programa de investigación periodística y su público.

Sin embargo, había algo en esa mujer que le despertaba curiosidad, algo en su historia que no acababa de encajar. No dudaba de su exposición de los hechos, que le parecía fidedigna, pero desconfiaba de la reacción de las autoridades. No le extrañaba lo que habían dicho, sino más bien lo que callaban. Lo poco que había investigado desde que había recibido la carta no había aclarado sus dudas, más bien lo contrario. Para empezar, había llamado a la Dirección de Migración y, como de costumbre, lo habían ido pasando de funcionario en funcionario, hasta que al final había dado con la persona adecuada. Había podido confirmar así que la desaparición de Hamid se había producido pocos días después de reunirse con las autoridades y que estas sospechaban que había sido voluntaria. No tenían datos recientes. La última anotación en su expediente, con fecha de agosto de 2003, indicaba simplemente que estaban a la espera de los resultados de la investigación policial. Desde entonces no había ocurrido nada más, aparte de que en 2006 la esposa de Hamid, Shibeka Khan, y sus dos hijos, Eyer y Mehran, habían obtenido el permiso de residencia en Suecia.

Después, Lennart había llamado a la policía. Según le habían dicho, la pesquisa había revelado una probable relación entre la desaparición del hombre y una orden de deportación pendiente, pero le indicaron que no podían comentar nada más. Lennart preguntó por qué y le respondieron que todo lo referente al caso estaba clasificado como secreto. Esa era la principal razón por la que Lennart Stridh estaba sentado ahí, frente a Shibeka. No recordaba ningún otro caso de denegación de asilo que la policía considerara secreto.

También estaba la historia de Said Balkhi, el primo de Hamid que había desaparecido al mismo tiempo que él. Said había llegado a Suecia varios años antes y en 2000 había conseguido el permiso de residencia. Era propietario y encargado de un pequeño comercio en Fridhemsplan, donde Hamid lo ayudaba a veces. La noche de su desaparición, en 2003, llamó a su casa para decir que ya iba en camino. Cerró la tienda, bajó la persiana y simplemente desapareció. Su mujer estaba embarazada de su primer hijo. No había ninguna razón para que se marchara, ninguna en absoluto. Había algo que no encajaba en toda la historia, y Lennart lo sentía cada vez con más intensidad.

Decidió confiar en su intuición. La redacción tendría que invertir tiempo y recursos, pero merecía la pena investigar un poco más.

—Shibeka, vamos a seguir estudiando este caso. No le prometo nada, pero empezaremos a investigar.

El rostro de la mujer se iluminó. Se puso de pie por el entusiasmo y estuvo a punto de derramar el té.

—¡Gracias! ¡Muchas gracias!

Ante su felicidad, Lennart no pudo reprimir una sonrisa.

—Pero recuerde que no le prometo nada.

—Ya lo sé, ya lo sé. ¡Pero hacía tanto tiempo que esperaba este momento!

Al notar que la gente empezaba a mirarla, Shibeka se tranquilizó y volvió a sentarse. Sin embargo, le resultaba muy difícil estarse quieta, por la alegría desbordante que bullía en su interior.

—Muy bien, tenemos mucho trabajo por delante —prosiguió Lennart—. Necesito una lista de todos sus amigos y conocidos que puedan saber algo. Tendrá que darme copias de todas las cartas que haya enviado y una autorización formal para que pueda solicitar a las autoridades, en su nombre, toda la documentación disponible. Además, tendremos que hablar largo y tendido, y repasar punto por punto todo lo que recuerde de la época en que su marido desapareció. ¿Está dispuesta a hacer todo eso?

Eran muchas palabras y el hombre hablaba con rapidez. Era difícil seguirlo, pero Shibeka entendió perfectamente la última pregunta. Y sabía muy bien qué debía responderle.

—Sí, estoy dispuesta —dijo, con mirada firme.

Instintivamente, Lennart supo que era verdad.

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