Muertos prescindibles
El avión había despegado
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El avión había despegado puntualmente y se esperaba que aterrizara diez minutos antes de la hora prevista. Sebastian ni siquiera escuchó esa información, sentado en su butaca junto al pasillo. Tampoco prestó atención a las instrucciones de seguridad. No oyó cuánto duraría el vuelo, ni se enteró del estado del tiempo en Östersund. Rechazó con un gesto la bebida caliente y la fajita de carne de ternera que le ofreció el personal de cabina.
Vanja estaría tres años fuera.
No podía quitarse esa idea de la cabeza. No podía ser verdad. Era imposible. ¿Qué iba a hacer él? Lo sabía muy bien.
Acompañarla.
O, como mínimo, reunirse con ella.
No tenía ningún lazo que lo uniera a Estocolmo ni a Suecia. Nada, excepto Vanja. Quería estar donde ella estuviera. Pero se daba cuenta de que era imposible. ¿Cómo iba a seguirla a Estados Unidos? Vanja lo tomaría por loco. De hecho, era una locura. Era muy probable que ella volviera a rechazarlo, que desconfiara de él e incluso que lo odiara. No podía permitirlo.
La vio venir por el pasillo, desde los lavabos. Esperó a que pasara junto a él, le tocó suavemente el codo y ella se detuvo a su lado.
—Me han dicho que quieres seguir un curso del FBI.
—Así es.
Por un momento, consideró la posibilidad de decirle lo que pensaba y pedirle sinceramente que no fuera. Pero no podía darle ninguna razón que justificara la súplica, ninguna respuesta para su más que probable «¿por qué?».
—¿Hasta dónde has llegado en el proceso de selección? —le preguntó, con la esperanza de que todavía faltara mucho tiempo para la decisión definitiva y de que aún le quedaran muchas pruebas difíciles y exámenes que quizá no podría superar.
—Ya he hecho las pruebas de tiro y de estado físico, y los exámenes escritos; y el fin de semana pasado fui a ver a Persson Riddarstolpe para el estudio psicológico.
—Riddarstolpe es un imbécil. —Fue la reacción casi automática de Sebastian.
—Ya sabía que no tenías buena opinión de él.
—No es una opinión, sino un hecho. Es la realidad, como decir que la Tierra es redonda.
Vanja le sonrió.
Sebastian adoraba esa sonrisa.
—En cualquier caso, creo que me ha ido bien. Ahora redactará su informe; después me hará participar en unos juegos de rol, y creo que ya no tendré que hacer nada más.
¡Claro que le había ido bien! El pequeño resto de esperanza que Sebastian se había empeñado en conservar se agrietó y desapareció. Vanja había superado todas las pruebas, por supuesto. La admitirían. No le cabía ninguna duda.
Era la mejor.
Era su hija.
—Torkel cree que me aceptarán —prosiguió Vanja—. Por eso ha llamado a Jennifer.
—Sí, me lo ha dicho.
Vanja se quedó quieta un momento en el pasillo, como esperando algo más.
Una felicitación, por ejemplo.
O la expresión de un deseo de buena suerte.
Pero no recibió nada.
La comisaria Hedvig Hedman los estaba esperando en el vestíbulo de llegadas. Tras darles la bienvenida, se disculpó por no poder ofrecerles un tiempo menos inclemente. Cuando hubieron recuperado el equipaje facturado, la siguieron a paso rápido, en dirección a un minibús que los estaba aguardando. Salieron de Frösön y continuaron por la orilla del lago Stor, hasta entrar en la E-14.
Mientras circulaban hacia Storulvån, Hedvig les expuso lo que sabía, que no era mucho. Una excursionista se había aventurado hasta el borde de una cornisa, que por lo visto estaba socavada por la lluvia. Gran parte de la tierra se había desprendido y había dejado al descubierto un esqueleto. Una vez en el lugar de los hechos, la policía había empezado a cavar alrededor de los restos y había encontrado otro cráneo. Al final, habían hallado un total de seis cuerpos sepultados unos junto a otros. Hedvig había buceado en todos los registros y archivos imaginables, pero no había encontrado ningún grupo de seis personas cuya desaparición se hubiera denunciado en los últimos cincuenta años.
—¿Sabes cuánto tiempo llevan enterrados? —preguntó Torkel.
—No, no hemos empezado a estudiarlos. Siguen allá arriba. Estábamos esperando a que llegarais vosotros.
Ursula asintió, complacida. En demasiadas ocasiones, el personal de la policía local quería demostrar su valía y se empeñaba en llegar a alguna conclusión sin esperar a la Unidad de Homicidios. Pero parecía que allí actuaban de otra forma. De la manera correcta, según su opinión. Habían comprendido que quizá el caso era demasiado complicado para ellos y de inmediato habían pedido refuerzos, sin esperar a quedar estancados en la investigación.
—¿Se sabe de qué murieron? —preguntó Ursula, cruzando una mirada con Hedvig a través del espejo retrovisor.
—Todo parece indicar que les dispararon, pero no lo sabremos con seguridad hasta que los examinemos.
Sentada al fondo del vehículo, Jennifer guardaba silencio y se limitaba a disfrutar del momento. No se podía creer la suerte que había tenido. ¡Estaba sentada en un minibús, con el equipo de la Unidad de Homicidios! Seis cadáveres sepultados en la montaña, muertos por disparos. ¡Qué diferencia con los controles de velocidad en la carretera y las peleas entre borrachos los viernes por la noche! Asesinatos, pistas, una investigación complicada… Persecuciones, emoción… Estaba eufórica. Habría querido contárselo a todo el mundo.
¡Jennifer Holmgren, de la Unidad de Homicidios!
Casi no podía estarse quieta. Billy se volvió hacia ella, y Jennifer se dio cuenta de que estaba sonriendo sin razón aparente, como una tonta, pero no pudo hacer nada para evitarlo.
—¿Por qué estás tan contenta?
Le dijo la verdad.
—Me siento muy feliz de estar aquí.
Vanja miró de soslayo a su sustituta. Casi esperaba que Jennifer acabara la frase añadiendo un «contigo» dedicado a Billy. Su colega y ella se habían caído bien nada más verse. Se habían sentado juntos en el avión y habían pasado todo el rato riendo y charlando de las cuentas de Twitter que seguían y de otras cosas que a Vanja no le interesaban en lo más mínimo. En pocas horas, Jennifer había conseguido hacerla sentir tremendamente vieja. Volvió a dirigir la vista al frente. Iba a tener que sobreponerse. Pronto dejaría el grupo y era muy positivo que Billy hiciera buenas migas con su sustituta. No estaba celosa, pero… era su lugar. Jennifer iba a ocupar su puesto. Ella lo dejaría voluntariamente, pero aun así… Por primera vez desde que había emprendido la aventura del FBI, sintió que no sólo partía hacia un nuevo destino, sino que dejaba algo atrás. Algo bueno.
Torcieron a la izquierda en Enafors, y después a la derecha, antes de llegar a Handöl, por un valle donde las montañas tapizadas con los cálidos colores del otoño se erguían a ambos lados de la carretera. El camino se fue estrechando y de forma repentina volvió a ensancharse en un amplio aparcamiento que marcaba el final del trayecto. Apareció ante ellos una construcción enorme y alargada, con ampliaciones por todos los flancos. Uno de sus lados acababa en una especie de granero pequeño de planta octogonal. Por todas partes se veían tejados amarillos. A primera vista, era como si el edificio estuviera constituido en un ochenta por ciento por tejados. Sebastian no sabía nada de arquitectura, pero cuando algo era feo, lo veía. Y esa casa era horrible. Quizá fuera práctica y funcional como albergue de montaña. Pero de bonita tenía muy poco.
Los ocupantes del minibús se apresuraron a entrar en el albergue. En la recepción los estaban esperando un hombre y una mujer, que se presentaron como Mats y Klara, y que enseguida procedieron a repartir las llaves y a explicarles las condiciones del alojamiento. Podrían quedarse en el albergue todo el tiempo que les hiciera falta, aunque en realidad el establecimiento ya había cerrado hasta la primavera. Durante el día, habría varios empleados trabajando en el edificio, con el fin de prepararlo para el invierno. Algunos seguirían pernoctando allí mismo, pero en las dependencias del personal. Todos los días vendría un cocinero para servir la cena, pero el desayuno correría a cargo de los huéspedes, que podrían tomarlo en la cocina. Era posible que acudieran operarios a realizar algunas reparaciones menores, pero trabajarían solamente durante el día y no se quedarían por la noche. Si los huéspedes necesitaban algo más o tenían alguna pregunta, podían dirigirse a Mats o a Klara, que estarían siempre a su disposición.
Los recién llegados decidieron dejar las maletas en sus respectivas habitaciones, comer algo deprisa y salir hacia la montaña lo antes posible, mientras hubiera luz. Hedvig tenía dos coches listos para ellos.
En su habitación, Torkel dejó la maleta sobre la cama y se dirigió a la ventana, con vistas al río. Un puente colgante atravesaba la corriente, que bajaba crecida. También se distinguía el sendero que solían utilizar los excursionistas para adentrarse en la montaña. Torkel se alegraba de estar allí. No podía negar que el viaje le hacía abrigar ciertas esperanzas y no precisamente en el aspecto profesional, o al menos no en primer lugar. Esperaba poder reanudar su relación con Ursula y quizá incluso llegar un poco más lejos. Durante mucho tiempo habían respetado las reglas impuestas por Ursula en lo referente a su relación.
Solamente en el trabajo.
Nunca en casa.
Sin planes de futuro.
Eran normas sencillas, que habían respetado durante años. Y todo había funcionado bien, hasta que Ursula las había quebrantado. Se había presentado en su casa. Lo había buscado en Estocolmo, sin esperar a estar de viaje por motivos de trabajo. Habían vulnerado dos de las tres reglas y, en su opinión, la culpa había sido de Ursula. Estaba convencido de que aquella infracción lo había complicado todo. Las pocas veces que se habían visto o hablado desde entonces la había notado cambiada. No mucho, ni en ningún aspecto demasiado importante, sino en pequeñas cosas. En detalles. Torkel atribuía el cambio al temor que podía sentir Ursula de estar a punto de quebrantar también la tercera regla. Tal vez la intimidara la posibilidad de empezar a contemplar un futuro en común. Él lo deseaba con todas sus fuerzas, pero sabía que no le convenía tomar la iniciativa. Todo debía hacerse según las normas de Ursula. Siempre. Torkel quería avanzar, pero ahora tenía la oportunidad de retroceder.
De dar marcha atrás.
De volver a respetar las reglas.
Antes, todo había sido más sencillo. Torkel esperaba recuperar lo que habían tenido tiempo atrás, para después poder avanzar. Unas cuantas noches de hotel con Ursula, y lejos de su marido. A veces era preciso dar un paso atrás para tomar impulso y seguir adelante.
Era lo que Torkel quería. Lo que esperaba que sucediera.
Lo que pensara Ursula al respecto era, como de costumbre, un completo misterio para él.
Tras una comida que consistía en sopa de gulash, pan, café y bizcochitos de chocolate, se reunieron todos delante del edificio del albergue. La lluvia se intensificó y prácticamente se convirtió en diluvio cuando atravesaron el puente colgante para dirigirse a los dos vehículos con tracción en las cuatro ruedas que los esperaban al otro lado del río. Sebastian detestaba la lluvia. Por mucho que llevara ropa adecuada, al cabo de unos minutos se sentía empapado por dentro. Empapado y helado.
«No existe el mal tiempo, sino la ropa inadecuada», decían algunos.
Pero sólo un puto descerebrado víctima de un amor excesivo por la naturaleza podía repetir semejante idiotez. ¡Claro que existía el mal tiempo! Desde un punto de vista puramente objetivo, lo que estaban padeciendo en ese momento era un tiempo de mierda, con independencia de la ropa que llevaran puesta. Sebastian consideró por un momento la posibilidad de dar media vuelta y esperar a los demás en el albergue. De hecho, no tenía ninguna necesidad de ver el lugar del hallazgo. Pero ya habían llegado a los coches y pensó que en el interior estaría a salvo del chaparrón. Apartó a Jennifer de un codazo y se metió en uno de los vehículos antes que nadie.
Media hora más tarde llegaron al lugar del hallazgo.
La policía había levantado una tienda blanca sobre la fosa. Unos generadores de gasolina alimentaban los focos encendidos dentro y fuera del recinto, para contrarrestar el incipiente crepúsculo. Hedvig condujo a sus acompañantes hasta el lugar donde los esperaba un hombre de unos cincuenta años, que se presentó como Jan-Erik Kask. Tras los saludos de rigor, el hombre se encaminó hacia la carpa, a través del terreno enfangado.
—La cornisa cedió bajo el peso de una excursionista y encontramos esto…
Levantó una esquina de la lona y Sebastian agachó la cabeza y se metió sin más en la carpa. Ursula lo siguió mientras Torkel se detenía delante de la entrada y miraba a su alrededor.
—¿Cabemos todos?
—Sí, creo que sí. Pero no os acerquéis demasiado al borde, porque podríais caeros vosotros también.
Torkel, Billy, Vanja y Jennifer entraron en la tienda. El ambiente en el interior era húmedo y bochornoso. La lluvia y la presencia de los focos creaban dentro de la carpa un ambiente similar al de un invernadero de mariposas. Todos se desabrocharon los abrigos en cuanto entraron.
En el centro había una excavación rectangular, de unos dos por cinco metros de lado, y cerca de un metro de profundidad. Los esqueletos yacían más o menos alineados en el fondo del pozo. Dos de ellos eran visiblemente más pequeños que los demás, y había dos que conservaban retazos de ropa medio desintegrada enredada en las extremidades. El esqueleto más alejado de la entrada tenía un brazo extendido por debajo de la lona de la tienda, como si quisiera comprobar si aún estaba lloviendo. Más abajo se oía el rumor del riachuelo. Jan-Erik entró en la carpa, se agachó junto a la fosa y señaló con la cabeza el cadáver más distante.
—Allí fue donde cedió el terreno. La senderista se agarró a lo primero que encontró y se llevó consigo una mano y un antebrazo. Los tenemos afuera, en una caja.
Ursula hizo un gesto afirmativo. Destapó el objetivo de la cámara de fotos y el cristal se empañó enseguida, tal como ya suponía que pasaría. Le pasó la cámara a Billy y se puso unos guantes de látex, antes de agacharse junto a la excavación, al lado de Jan-Erik. Sebastian y los demás permanecieron de pie, mirando. Esa parte de la investigación le correspondía a Ursula. Era su especialidad. Ellos no eran más que simples observadores.
—Seis esqueletos en un estado de conservación relativamente bueno. No fueron arrojados a la fosa de cualquier manera, sino que alguien se tomó el trabajo de depositarlos ordenadamente, uno junto a otro.
Hablaba en voz alta, tanto para sí misma como para Jan-Erik y el resto del equipo.
—¿Podría significar algo? —preguntó Jennifer en voz baja, sin saber muy bien si podía hablar.
Ursula miró enseguida a Sebastian, para animarlo a responder.
—Quizá sí. Podría señalar, por ejemplo, cierto respeto hacia las víctimas. O tal vez una personalidad muy estructurada y poco emocional.
—¿Cómo los desenterrasteis? —inquirió Ursula, volviéndose hacia Jan-Erik.
—Trajimos una pequeña excavadora.
—¿Llegó a tocarlos la máquina? ¿Los movió?
—No creo, no… Bueno, tal vez los rozó un poco.
Ursula se agachó y, en silencio, se puso a estudiar un fémur. El hueso tenía una coloración marrón grisácea y parecía casi mohoso, con tierra y fango adheridos por todas partes. Pero en medio de la superficie oscura destacaba una muesca clara, casi blanca. La excavadora había hecho algo más que rozar los esqueletos. Probablemente sería fácil distinguir los daños recientes, pero si la policía local hubiera sido más prudente al excavar, ahora no tendrían que perder tiempo y energía en ese tipo de cosas. Ursula volvió a depositar el fémur en su sitio mientras retiraba mentalmente todos los elogios que había podido dedicar a la policía de Jämtland en el camino de ida.
Eran unos chapuceros.
Tendió la mano para pedir la cámara y Billy se la dio. Jan-Erik se puso de pie y se volvió hacia Torkel.
—Al principio, pensamos que serían antiguos. Verdaderamente antiguos —añadió, para explicarse mejor—. En estas montañas ha muerto mucha gente. Más de tres mil soldados carolinos perecieron de frío en estas cumbres, en el invierno de 1718 a 1719. Todavía seguimos encontrando sus restos, aunque muy de cuando en cuando. Ahora llevamos mucho tiempo sin encontrar nada, pero a veces pasa.
—¿No notasteis enseguida que estos cadáveres no tenían trescientos años? —replicó Ursula mientras fotografiaba la fosa desde todos los ángulos posibles—. Los cuerpos presentan orificios de bala en la cabeza.
—Parecen orificios de bala, pero no podíamos descartar que fueran otra cosa.
Ursula bajó la cámara, sorprendida.
—¿Qué otra cosa pueden ser?
—Heridas causadas por algún tipo de arma blanca puntiaguda.
—Encontráis seis cadáveres, cada uno tiene dos orificios circulares en el cráneo, ¿y lo primero que os viene a la mente son heridas de arma blanca y no de bala? ¿Solamente se os ocurre pensar en la antigüedad?
—En sentido estricto, los carolinos no pertenecen al período histórico que conocemos como la Antigüedad.
Ursula prefirió ignorar ese último comentario y concentrarse en las fotografías.
—¿Había muchos carolinos vestidos con prendas de Gore-Tex en el siglo XVIII?
Bajando la cámara, le señaló a Jan-Erik los dos esqueletos envueltos en jirones de ropa gris y amarilla.
—Esos fueron los últimos que desenterramos. Son los que están más lejos del borde de la cornisa.
La voz de Jan-Erik vibraba de cólera contenida. Era evidente que se le estaba agotando la paciencia. Sebastian contemplaba la situación con interés. No era la primera vez que Ursula tenía diferencias con el personal local, pero en esta ocasión su reacción había sido de una dureza poco habitual. Para Torkel era muy importante que el equipo no se enfrentara nunca con los cuerpos de policía locales. Siempre era muy claro al respecto. La prudencia en ese sentido era uno de los pilares de su éxito, y Ursula lo sabía. Aun así, no había dudado en atacar despiadadamente al pobre hombre.
Sebastian oyó que Torkel, a su lado, se aclaraba la garganta.
—Deja que Billy termine de hacer las fotos y dinos lo que ves. Tenemos que volver al albergue.
Ursula se puso de pie y miró a Torkel, que dio un pequeño paso al frente y le devolvió la mirada. Le había hablado en voz baja y modulada, como si le estuviera pidiendo un favor. Pero el levísimo gesto con la cabeza había dejado perfectamente claro que era una orden. Sebastian no pudo evitar sentirse impresionado. La solución había sido típica de Torkel. Había conseguido detener el conflicto, haciéndole sentir a Jan-Erik que estaba de su parte. Pero al poner como excusa la falta de tiempo y solicitar la opinión experta de Ursula, había evitado irritarla a ella y no había tenido que levantar la voz. Billy dio un paso al frente y Ursula le tendió la cámara, y luego volvió a acuclillarse junto a la fosa.
—Para empezar, tenemos cuatro adultos y dos niños. Por las características de los huesos de las pelvis, yo diría que dos de los adultos son mujeres.
—¿Cuánto tiempo llevan ahí?
—Es difícil saberlo. El suelo es arcilloso, húmedo y poroso, con lluvias frecuentes… En todo caso, más de cinco años. —Se puso de pie y echó a andar alrededor de la excavación—. Dos de los cuerpos parecen haber sido sepultados con la ropa puesta, a diferencia de los otros dos adultos y de los niños.
—¿No puede haberse desintegrado la ropa? —preguntó Vanja—. ¿No puede haberse descompuesto, por estar hecha de un material que se degrade con más rapidez?
—Es posible, pero no ha quedado ni rastro de ninguna prenda alrededor de los cuerpos. No se ven botones, ni cremalleras, ni nada.
—¿No será que estos cuatro cadáveres han permanecido más tiempo sepultados que los otros dos?
—No lo parece. Todos están en el mismo nivel. Los huesos presentan la misma alteración del color y todos los cuerpos están colocados en la misma posición. Creo que podemos suponer que los seis fueron enterrados al mismo tiempo.
—Pero ¿por qué razón desnudaron solamente cuatro de los cadáveres y no les quitaron la ropa a los otros dos?
Ursula no respondió. Volvió a agacharse y se inclinó con cuidado hacia dos de los cráneos que aparecían ligeramente ladeados.
—A los cuatro sin ropa también les faltan los dientes —observó—. Y eso no se explica por haber pasado más tiempo enterrados.
—Pero ¿cómo pueden desaparecer los dientes? —preguntó Jennifer.
—¿En una tumba? De ninguna manera. —Ursula se puso de pie—. Alguien se los tuvo que arrancar antes de meterlos en la fosa.
—¿Alguien que no quería que fueran identificados? —aventuró Jennifer.
Mientras hablaba, sintió un estremecimiento. Había ingresado en la policía para vivir momentos de acción y emoción. Era así de sencillo. El trabajo más rutinario también era gratificante en algunos aspectos, desde luego, pero su sueño era precisamente lo que estaba viviendo en ese momento. Investigar, buscar, acechar a la presa, lanzar el ataque y atraparla. Tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir una sonrisa, ya que sus colegas podían malinterpretarla. El aire en el interior de la tienda era húmedo y agobiante.
—Es una hipótesis —dijo Ursula, como respuesta a su pregunta.
Sebastian había permanecido casi todo el tiempo en silencio. De repente, se decidió a abandonar la tienda. Tenía que salir. Hacía demasiado calor allí dentro y le costaba respirar. Hasta la lluvia le parecía más tolerable.
Se agachó para pasar por la abertura y salió. Una vez fuera, observó que ya casi no llovía, pero soplaba un viento gélido del norte. Se cerró la chaqueta e hizo varias inspiraciones profundas.
Seis muertos, dos de ellos niños. Probablemente ejecutados. Durante los años de su colaboración con la Unidad de Homicidios, no habían investigado muchos casos de niños asesinados, pero habían tenido algunos. Siempre lo afectaban más que otras investigaciones. Suspiró. No todos los delincuentes eran capaces de disparar a un niño. Solamente por eso, había que pensar en una clase muy particular de asesino. Pero a estos niños, además, les habían arrancado los dientes…
Las seis personas sepultadas en la montaña no eran las primeras víctimas de ese criminal.
Ni las últimas.
De eso Sebastian estaba seguro.