Muertos prescindibles
Lennart iba y venía
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Lennart iba y venía por el espacio diáfano de oficinas que constituía el corazón de «Investigación criminal». La redacción llevaba diez años funcionando en el mismo sitio y tenía más de veinte personas contratadas. No les sobraba el espacio, allí, en la segunda planta del edificio de hormigón de SVT, la televisión pública sueca, en Gärdet. A su lado funcionaba la sección de «Cultura», que disponía de más superficie útil, a pesar de tener menos personal. Algunos de sus redactores incluso tenían despacho propio. Lennart también lo había tenido hasta hacía dos años, cuando habían nombrado director del programa a Sture Liljedahl, que como primera medida había mandado echar abajo todos los tabiques, para crear un espacio abierto donde «la creatividad y la espontaneidad» pudieran «fluir libremente». Su objetivo declarado era fomentar la cooperación y el intercambio de ideas dentro del grupo, pero Lennart sabía que su verdadero propósito era concentrar tantos redactores como fuera posible en un espacio mínimo. Ahora trabajaban todos en una sala grande, con las mesas colocadas frente a frente. Lennart lo detestaba. Habría querido hablar por teléfono y trabajar en sus textos sin que los demás lo estuvieran interrumpiendo a cada momento. Cuando se había quejado, había tenido que aguantar que Sture lo llamara conservador y lo animara a ser más sociable. Sin embargo, a Lennart le parecía normal su deseo de trabajar tranquilo y en silencio. Y no aliviaba su irritación el hecho de que Sture tuviera despacho propio, que además era el resultado de haber fusionado y renovado dos de las antiguas oficinas. Sture incluso había mandado instalar un grueso tabique de cristal y una mesa nueva de reuniones, para poder recibir en privado a sus visitantes y dominar con la vista a todos sus subalternos sin necesidad de escucharlos. Era evidente que los principios del intercambio de ideas, las relaciones sociales y el trabajo en equipo no se aplicaban a todos por igual. Pero claro, Sture era el jefe y para él había otras reglas.
En ese momento, Sture estaba en su despacho, hablando con su mano derecha, Linda Andersson, una mujer de unos treinta años, muy capaz, que anteriormente había trabajado para el tabloide Expressen. Parecía como si no fueran a terminar nunca. A Lennart le costaba entender que una reunión pudiera durar tanto tiempo. Nada más llegar de Sergels Torg, casi sin aliento, le había preguntado a Sture si podía hablar con él. Tenía información importante. Claro que sí, le había dicho el jefe.
Pero ahora no.
Más adelante.
Primero tenía un almuerzo de trabajo; después, una reunión con el director de programación, y, por último, tenía que ver el programa que iba a emitirse el miércoles.
En cuanto solucionara todo eso, hablaría con él.
Pero cuando regresó, Linda lo estaba esperando. Secuestró a Sture en cuanto lo vio entrar y aún seguía encerrada con él en la oficina.
Lennart sintió de repente un impulso irrefrenable de fumar un cigarrillo y, rápidamente, se metió en la boca un chicle de dos miligramos de nicotina, con sabor artificial a frutas. Había dejado de fumar hacía más de dos años, pero aún sentía con frecuencia esa necesidad repentina, sobre todo cuando estaba nervioso o cansado, y ahora sentía las dos cosas. La inquietud y la irritación habían desplazado la poderosa sensación de energía que lo había invadido tras el encuentro con Shibeka. Detrás del tabique de cristal, vio a Linda reír con los comentarios del jefe. Nunca entendería a Sture. Cuando Lennart no lo necesitaba, lo tenía siempre encima, controlando todos sus movimientos; pero en cuanto Lennart quería hablar con él, siempre pasaba lo mismo.
Ahora no.
Más adelante.
Se dejó caer en la silla, enfrente de su escritorio. El café se le había quedado tibio, pero aun así bebió un buen sorbo. Le supo a rayos. Decidió mirar si había mensajes de correo electrónico, para tener algo que hacer. Pero justo cuando estaba encendiendo el ordenador, se abrió la puerta del despacho de Sture. Parecía que por fin habían terminado. Linda estaba recogiendo su taza desechable de café y también la de Sture, y reunía todos sus papeles. Desde la puerta, con expresión indolente, Sture le indicó a Lennart que pasara a su oficina. El rey tenía a bien concederle una audiencia. Lennart le respondió con un gesto afirmativo, cambió de sitio unos papeles para parecer ocupado, se puso de pie y se encaminó lentamente hacia el despacho del jefe. No quería transmitir una sensación de excesiva ansiedad, para que Sture no pensara que llevaba todo ese tiempo nervioso, esperando a hablar con él. Nada de eso. Lennart era una persona ocupada. Muy ocupada.
Escupió el chicle por el camino, pero por desgracia no acertó a la papelera y tuvo que parar un momento y agacharse para recogerlo. Al notar que Sture lo seguía con la mirada, Lennart se dijo que su entrada en los dominios del monarca habría podido ser bastante más digna.
La conversación empezó bien. Sture Liljedahl, sentado frente a él, lo escuchaba con interés. De hecho, no lo interrumpió ni una sola vez. Lennart no podía reprimir cierta sensación de orgullo. Estaba seguro de encontrarse sobre la pista de algo realmente jugoso. Cuando terminó la exposición, Sture se inclinó hacia él y lo miró con atención.
—¿Con qué frecuencia se clasifican como secretos los expedientes de asilo?
—Nunca, según me ha dicho el policía con el que hablé. Al menos en trámites rutinarios.
—Muy bien. Tenemos dos afganos desaparecidos en agosto de 2003 —resumió Sture—. La policía sospecha que se marcharon por voluntad propia, tras la denegación del asilo. Pero al menos uno de esos hombres no tenía ningún motivo para irse. ¿Cómo se llamaba?
—Said Balkhi. Tenía permiso de residencia desde 2001 y su mujer estaba embarazada.
Sture se acercó a la gran pizarra blanca colgada de la pared a sus espaldas. Aparte del tabique de cristal, era lo primero que había instalado en su despacho y le encantaba usarla para hacer anotaciones y dibujos con rotulador rojo. En opinión de Lennart, era una manera más de sentirse al mando: garabatear sus notas en una pizarra, para que todo el mundo las viera. Escribió el nombre.
—¿Qué sabemos de Said?
—Casi nada, sólo lo que me ha contado Shibeka. Era primo de Hamid y tenía una tienda en sociedad con dos primos de su mujer. Intentaré hablar con ella.
—¿Antecedentes delictivos?
—Que yo sepa, no.
Sture asintió.
—Muy bien. También tenemos a Shibeka… ¿Así se llama?
—Shibeka. Es mi contacto. Solamente he hablado con ella.
—¿Te parece digna de confianza?
—Mucho. Habla y escribe bastante bien el sueco. Y no creo que tenga razones para mentir. Lleva intentando averiguar lo que le ha ocurrido a su marido desde 2003.
—Y está convencida de que algo no encaja. ¿En qué se basa para creerlo?
—Por un lado, dice que Hamid jamás se habría marchado sin decírselo y, por otro, desconfía de un hombre que fue a verla doce días después de la desaparición, para interrogarla sobre su marido.
—¿Un policía?
—Tal vez, o quizá un enviado de las autoridades.
—¿Iba vestido de paisano?
Lennart afirmó con la cabeza.
—Le hizo un montón de preguntas sobre la familia y los amigos de Hamid, y otras cosas.
Sture lo miró con cierto escepticismo.
—¿Te ha dado más detalles?
—No. Dice que era un sueco de unos cuarenta años. A ella todos los suecos le parecemos más o menos iguales.
Antes de continuar, Lennart consultó sus notas.
—Por lo visto, preguntó a la policía y le dijeron que ellos no le habían enviado a nadie aquella semana. Ayer hablé con la comisaría de Solna y me lo confirmaron.
Sture lo miró antes de que prosiguiera. Era un buen momento para mostrarse incrédulo.
—Tal vez ese Hamid estaba involucrado en algo que su mujer ignoraba. Alguna actividad criminal, algún tipo de red mafiosa… Hay miles de posibilidades.
—Puede ser, sí. Pero en aquella época, a comienzos de siglo, pasaron muchas cosas. Seguramente recordarás la expulsión de los egipcios en 2002, ¿no?
Sture le lanzó una mirada airada. ¿Por quién lo había tomado Lennart? ¿Lo creía capaz de olvidar la mayor primicia de la competencia, por la que el canal rival había ganado la codiciada Pala de Oro?
—Es posible que estemos ante algo similar —prosiguió Lennart—. Aquella vez fueron dos sospechosos de terrorismo, expulsados a Egipto de forma fulminante a instancias de la CIA. Tanto los servicios de inteligencia como el Ministerio de Exteriores estuvieron implicados.
Sture se puso de pie. Era una idea interesante. Quizá no fuera la explicación más probable, pero al menos era posible.
—¿Sugieres entonces que hay algo más detrás de la denegación de asilo?
—Recuerda que han clasificado el expediente como secreto —observó Lennart.
—¿Qué sabemos de ese Joseph que mencionó Shibeka?
Lennart se encogió de hombros.
—Nada, excepto que Shibeka recuerda su nombre. Por lo visto, Hamid se lo mencionó poco antes de desaparecer. Es lo único que sabe.
Sture escribió «Josef» en la pizarra y le añadió un signo de interrogación. Después, se sentó y se quedó mirando a Lennart mientras reflexionaba.
—Es demasiado poco. Concéntrate en el informe policial. Es lo más concreto que tenemos. Averigua por qué es confidencial.
Lennart asintió y le sonrió. No solía sonreír muy a menudo en las reuniones con Sture.
—Precisamente, pensaba empezar por ahí.
Tal vez dio la impresión de estar demasiado satisfecho, porque enseguida Sture se echó hacia delante y lo miró entrecerrando los ojos.
—Quiero que Linda colabore contigo en esto.
A Lennart se le congeló la sonrisa. Era justo lo que quería evitar: las intromisiones.
—¿No estaba muy ocupada con el asunto del Instituto de Empleo? —replicó, con una remota esperanza de que le sirviera de algo—. Anders ya me ha estado ayudando un poco. Si veo que no puedo con todo, le diré que me eche una mano.
—Necesitamos averiguar si la pista es buena, Lennart. Te estoy ofreciendo recursos para que investigues y te aseguro que Linda es muy competente —le dijo Sture con una sonrisa amistosa.
—Ya lo sé —respondió Lennart—. Pero me gustaría seguir indagando un poco más por mi cuenta. Ya sabes que prefiero trabajar solo.
Sture hizo un gesto afirmativo, pero no dio su brazo a torcer. Era su estilo.
—¿Me dejas que te proponga una solución intermedia? Cuéntale a Linda todo lo que sepas y deja que te ayude con la investigación, aquí en la oficina. Pero te quedas con el trabajo sobre el terreno y, además, tú mandas. ¿De acuerdo?
Lennart miró a su jefe. «Yo no mando —pensó—. Mandas tú». Pero ¿qué podía decirle? Sture era el jefe y en cambio él era totalmente prescindible.
—Me parece bien —dijo Lennart, sonriendo de nuevo.
Pero esta vez su sonrisa tenía algo de artificial.