Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Había anochecido

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Había anochecido cuando regresaron al albergue.

Volvieron todos menos Ursula, que se había quedado para terminar los estudios técnicos y dirigir las tareas de traslado de los cuerpos. Torkel se había ofrecido para acompañarla, pero ella había declinado la oferta. Le había dicho que no era mucho lo que podía hacer en el lugar del hallazgo, y era cierto. Sin embargo, había un aspecto en el que las relaciones y los contactos de Torkel dentro de la organización podían resultarle útiles. Según el protocolo, todos los cadáveres hallados en la región de Jämtland se enviaban al Instituto Forense de Umeå, pero Ursula quería mandarlos a Estocolmo.

Resultó más fácil decirlo que hacerlo. El asunto acabó convirtiéndose en una pequeña guerra con dos frentes abiertos. El Instituto Forense de Umeå lo consideró una expresión manifiesta de desconfianza, mientras que sus colegas de Estocolmo se apresuraron a aclarar que ellos ya tenían trabajo de sobra. Lo último que necesitaban era que les enviaran seis cadáveres más. Si aun así Torkel conseguía su propósito, no podían asegurarle que fueran a otorgarle un tratamiento prioritario. Por otra parte, sus superiores jerárquicos se preguntaban qué sentido tenía esa solicitud. Después de unas diez llamadas, Torkel se dio cuenta de que los costes de modificar el protocolo podían superar con creces los beneficios. Tendrían que conformarse con Umeå. Se lo diría a Ursula en cuanto regresara. Con suerte, estarían a solas. En su habitación o en la de ella.

Cuando atravesaron el puente en dirección al albergue, divisaron una luz cálida y acogedora en el interior de la construcción octogonal donde se encontraba el comedor. Mats y Klara los recibieron en la recepción y les preguntaron a qué hora les apetecía cenar. Todos estuvieron de acuerdo en que querían pasar alrededor de media hora en sus respectivas habitaciones antes de reunirse en el comedor.

Los habían alojado en lo que Mats y Klara llamaban «habitaciones de máximo confort». En opinión de Torkel, no era mala la denominación si la idea que uno tenía de «máximo confort» eran unas literas, una alfombra deshilachada, un armario sencillo de madera contrachapada, sin puertas, y un pequeño aseo con ducha. A él le parecían más bien las habitaciones corrientes de cualquier albergue de montaña.

Después de darse una ducha caliente, sacó la tijera de uñas del neceser, secó el cristal empañado del espejo y se dispuso a luchar contra la proliferación capilar indeseada. La fosa nasal derecha requería una intervención inmediata. Torkel detestaba esos pelos largos que en los últimos años habían empezado a asomarle por sitios donde realmente no quería tenerlos. Pocas veces se sentía tan viejo como cuando sus hijas, no sin cierto regocijo ante su desgracia, le recordaban que tenía que cortarse de nuevo los pelos de las orejas.

Sonó el teléfono. Salió del baño y cogió la llamada.

Era del periódico Expressen. Axel Weber. Había oído que su equipo acababa de desplazarse a Jämtland. ¿Era cierto? Torkel se lo confirmó, sabiendo que la noticia no tardaría en hacerse pública. Weber era un buen periodista, y la implicación de la Unidad de Homicidios atraía automáticamente la atención de la prensa. ¿Por qué estaban allí?, quiso saber Weber. ¿Qué habían encontrado? O, mejor dicho, ¿podía ratificarle Torkel el hallazgo de la fosa común? Sí, habían hallado varios cadáveres que llevaban mucho tiempo sepultados. ¿Cuánto tiempo, exactamente? Torkel prefería no especular al respecto, ya que todavía carecían de datos concretos. Sólo podía decirle que era mucho tiempo.

En cuanto a edades, sexos, cantidad de cuerpos, eventuales pistas y posibles motivos, aún no podía divulgar ninguna información. Tras la breve conversación, Weber se había quedado más o menos como antes de llamar.

—Ya sabes que tarde o temprano me voy a enterar de todo, ¿verdad? —dijo antes de colgar.

Torkel casi podía verlo sonreír al otro lado de la línea.

—Pero no seré yo quien te lo diga —replicó y puso fin a la comunicación.

Probablemente era cierto lo que acababa de decirle Weber. Era evidente que alguien del entorno de Hedvig Hedman había empezado a filtrar información y lo más seguro es que siguiera haciéndolo. En los últimos tiempos, era prácticamente imposible mantener un mínimo de confidencialidad en los casos de mayor interés mediático. Tendrían que empezar desde ese mismo instante a controlar las comunicaciones. Quizá incluso fuera preciso limitar la información que le transmitían a Hedvig. El expediente que le había abierto el fiscal general hacía dudar de la lealtad de sus subalternos, o incluso de su buen criterio como jefa. Además, había tomado la iniciativa de llamar a la Unidad de Homicidios, y algunos oficiales de la policía local se sentían desplazados cuando llegaban los expertos de Estocolmo. Cada vez eran menos, porque la mayoría agradecía los conocimientos y los recursos que aportaba la Unidad de Homicidios, pero en todas partes había uno o varios policías que de algún modo se sentían ofendidos por su presencia. Tendrían que dar por sentado que la comisaría de Östersund tenía más filtraciones que una tubería vieja y actuar en consecuencia.

Torkel llamó de inmediato a Ursula, para que transmitiera a los agentes destacados en el lugar del hallazgo la orden de extremar la vigilancia. Era poco probable que alguien enviara un fotógrafo en medio de la noche, para tratar de conseguir imágenes de los cuerpos y la fosa, pero tampoco podían descartarlo. Cosas más extrañas se habían visto.

—¿Cómo van los trámites con el Instituto Forense? —preguntó Ursula antes de despedirse.

—Ya hablaremos de eso cuando vengas —respondió Torkel, sin querer entrar en el tema.

—Los mandarán a Umeå, ¿verdad?

Torkel reflexionó un momento. No ganaba si le mentía diciéndole que aún lo estaba intentando. De todos modos, los mandarían a Umeå.

—Sí. Hice lo que pude, pero no fue posible. ¿Cuándo vienes? —añadió enseguida, cambiando de tema, para no dejarla pensar demasiado en la mala noticia.

—Ya casi he terminado. Dentro de una hora, más o menos.

—Te guardaré la cena.

—Muy bien —respondió Ursula, y colgó sin más.

El hecho de que hubiera olvidado despedirse no significaba que estuviera enfadada. También podía querer decir que estaba ansiosa por volver al trabajo y que la llamada se lo impedía. Torkel decidió creer lo segundo y se dirigió otra vez al cuarto de baño.

Cazuela de carne de venado, patatas, ensalada y puré de arándanos. Y de postre, mousse de chocolate blanco.

Estaban empezando a comer el postre cuando Hedvig Hedman subió por la escalera a la parte del comedor que denominaban el ático. Tras un breve intercambio de saludos, depositó una carpeta sobre la mesa.

—Creo que hemos identificado a dos de los cadáveres —anunció—. A los que iban vestidos —aclaró.

Torkel abrió el material que tenía delante. Vanja, sentada a su lado, se inclinó para ver mejor. Billy y Jennifer, frente a ellos, se levantaron y rodearon la mesa, para mirar por encima del hombro de Torkel. Sebastian no se movió. No le pareció necesario, porque supuso que Hedvig también les expondría verbalmente las novedades. No se equivocaba.

—En noviembre de 2003, se denunció la desaparición de dos ciudadanos holandeses: Jan y Framke Bakker, de Róterdam. Según consta en la denuncia, pensaban salir el 27 de octubre de la localidad noruega de Åsen, para llegar la semana siguiente a Vålådalen. Los dos eran montañistas y senderistas experimentados. Las labores de búsqueda se prolongaron hasta la primera nevada de aquel año, el 18 de noviembre.

—¿Por qué pensáis que son ellos? —preguntó Torkel, levantando la vista de la carpeta—. ¿Son los únicos desaparecidos en esta zona?

—No, pero son la única pareja que ha desaparecido en los alrededores. Además, el denunciante señaló que la ropa que llevaban era gris con tonos amarillos.

Hedvig se inclinó para buscar una funda de plástico, que encontró detrás de la última hoja de la carpeta. En su interior había una fotografía de un hombre y una mujer, ambos de poco menos de treinta años, tomada en una cumbre nevada, tal vez en los Alpes. Los dos lucían gafas de sol, tenían la piel bronceada y parecían curtidos por la intemperie. La mujer llevaba la densa cabellera rojiza recogida en una coleta. El hombre era prácticamente calvo. Los dos sonreían a la cámara y hacían la señal de la victoria con los dedos. Vestían prendas de excursionismo de la mejor calidad, de color gris, con detalles amarillos.

—A primera vista, la ropa coincide con los restos hallados en la fosa —dijo Vanja, cuando tuvo ocasión de estudiar la foto.

Torkel estuvo de acuerdo. Ursula tendría que echarle un vistazo a esa carpeta en cuanto regresara.

Dos horas después, estaban todos reunidos en una de las salas del albergue. De no haber sido por la oscuridad de la noche, los ventanales les habrían ofrecido unas vistas fantásticas de las laderas teñidas de suaves colores otoñales. Pero, en esas circunstancias, solamente reflejaban sus propios rostros, iluminados por cuatro potentes fluorescentes que los hacían parecer aún más pálidos y ojerosos de lo que en realidad estaban. El termo de café, las tazas y las botellas de agua mineral sobre la mesa componían una escena muy familiar. Excepto Jennifer, todos habían participado en infinidad de reuniones en muchas salas parecidas. Sin las maravillosas vistas, el local donde se encontraban era una sala como cualquiera de las otras.

Billy había imprimido las fotos de la fosa y las había fijado con imanes sobre la pizarra blanca de la pared.

—Si es cierto que son los holandeses —dijo Torkel—, tenemos una fecha aproximada para los asesinatos. Pero es preciso asegurarse. Vanja, ponte en contacto con la policía de Holanda y pide fichas odontológicas, radiografías y todo lo que pueda servir para la identificación.

Vanja asintió mientras recogía la carpeta que Torkel le tendía a través de la mesa.

—¿De dónde venían?

Todas las miradas se volvieron hacia Sebastian, que se levantó y se acercó lentamente a la pizarra donde estaban pegadas las fotografías.

—De Holanda… De Róterdam.

Sebastian miró a Billy con expresión cansada.

—Ya. Los holandeses vienen de Holanda. Muchas gracias, Billy. Nunca lo habría adivinado.

Billy abrió la boca para contestar, pero en el último segundo cambió de idea y volvió a echarse hacia atrás en la silla.

—Me refiero a estas seis personas —prosiguió Sebastian, golpeando con un dedo una de las fotografías—. A cuatro de ellas les quitaron la ropa y les arrancaron los dientes. Eso lleva tiempo. ¿Qué hizo después el asesino? ¿Se puso a cavar una fosa de casi un metro de profundidad, con seis cadáveres a la vista, tendidos a su lado?

—Puede que haya cavado la fosa antes —dijo Billy, echándose ligeramente hacia delante, deseoso de reivindicarse.

Sebastian lo miró, con una expresión todavía más cansada que la de antes.

—¿Y los seis esperaron amablemente a que terminara?

—No…

—No, claro que no. No importa en qué orden lo hizo, pero podemos suponer que no los mató en el mismo lugar donde los sepultó. ¿De dónde los trajo entonces? ¿De dónde venían?

Todo el grupo asintió. En realidad, todos habían supuesto lo mismo, pero nadie lo había expresado en palabras. La fosa era el lugar del hallazgo, pero era muy poco probable que también fuera el lugar del crimen. Si lograban descubrir el sitio donde se habían cometido los asesinatos, tendrían más probabilidades de encontrar alguna pista. Billy se puso de pie.

—Voy a la recepción, a buscar un mapa.

Salió de la sala a paso rápido mientras Sebastian volvía a su puesto y se sentaba frente a Ursula. Se recostó en el respaldo y la miró. Ella debió de notarlo, porque enseguida levantó la vista hacia él.

—¿Qué pasa?

—¿Estás enfadada?

—No.

—Lo pareces.

—Pues no lo estoy. Al menos de momento —añadió, con una mirada cargada de intención, que Sebastian prefirió ignorar.

—Sin embargo, pareces enfadada y cansada —insistió—. Agotada.

—Sebastian…

El tono de Torkel era inequívoco. Le estaba ordenando que cerrara la boca. Pero Sebastian se volvió hacia él y abrió los brazos en un amplio gesto de desconcierto.

—¿Qué pasa? ¡Es verdad que parece agotada! Es el primer día y tiene aspecto de estar rendida. Solamente quería asegurarme de que está bien.

—Entonces ¿por qué no me lo preguntas? —intervino Ursula—. ¿Por qué no me preguntas qué tal estoy, en lugar de decirme que parezco enfadada?

—Disculpa. ¿Qué tal estás?

—Bien, gracias. ¿Y tú?

Antes de que Sebastian tuviera tiempo de responder, se abrió la puerta y entró Billy con un detallado plano de los alrededores, que desplegó sobre la mesa. Todos se inclinaron para observarlo, excepto Sebastian. Una vez más, esperaba que sus colegas lo informaran en voz alta de lo que estaban haciendo mientras lo hacían.

—Los cadáveres se encontraron aquí —dijo Billy, al mismo tiempo que trazaba una pequeña cruz sobre el plano.

Los demás recorrieron con la vista el mapa, pero ninguno encontró lo que buscaba.

—No hay construcciones, ni refugios, ni bosques. No hay ningún escondite en los alrededores —resumió Vanja, con cierta decepción en el tono de voz.

Todos volvieron a echarse atrás en sus sillas. Billy recogió el mapa de la mesa y fue a fijarlo en la pared.

—A juzgar por la disposición de los orificios de bala, parece que estamos ante un asesino bastante controlado y eficaz —dijo Ursula—. No se habría expuesto a que lo descubrieran.

—Era el mes de octubre —replicó Billy—. Los albergues estaban cerrados. Había muy poca gente en la montaña. Quizá consideró poco probable que alguien lo viera.

—Y tal vez se equivocó —intervino Jennifer en voz baja.

Hasta ese momento, había permanecido en silencio, sin hacer nada más que escuchar, pero llevaba un buen rato pensando. De hecho, le estaba dando vueltas al asunto desde la cena, cuando Hedvig se había presentado con la noticia de los holandeses. Pero no se había atrevido a decir nada. Supuso que si su razonamiento era válido, ya se le ocurriría a alguien más. Sin embargo, hasta ese momento nadie había expuesto ninguna teoría. Volvió a repasarla mentalmente y se dijo que no era una tontería, por lo que se animó a exponerla.

—Quizá alguien descubrió al asesino —prosiguió, inclinándose hacia delante, con más firmeza en la voz—. Me refiero a los dos cuerpos que aún conservan la ropa, la pareja que probablemente ha sido identificada, los holandeses… Quizá pasaron por allí y lo vieron.

Nadie respondió, pero Torkel notó que Ursula y Vanja asentían en silencio. Miró a Jennifer. No estaba mal su teoría, nada mal. Se sintió satisfecho. Con Jennifer, pero también consigo mismo. Independientemente de que el razonamiento se correspondiera con la realidad o no, era evidente que la chica tenía cerebro. Y eso a su vez demostraba que Torkel no se había equivocado.

—Si aceptamos por un momento ese supuesto —dijo Torkel, quebrando el silencio—, entonces los cuatro cuerpos hallados sin ropa son las víctimas originales, en las que debemos concentrar nuestra investigación, ¿no os parece? ¿Sabemos algo más de ellos? —preguntó, volviéndose hacia Ursula, que negó con la cabeza.

—Solamente que se trata de dos adultos, un hombre y una mujer, y de dos niños cuyo sexo me ha sido imposible determinar. Si eran de estatura normal, debían de tener entre cinco y ocho años.

Sebastian se frotó los ojos, cansado. Se puso de pie, se dirigió a una de las ventanas y la abrió. Se apoyó en el alféizar e inhaló profundamente una bocanada de aire límpido y frío. ¿Cómo se sentía? No muy bien, o al menos no tan bien como esperaba.

Había ansiado ese momento.

Lo había anhelado.

Más incluso. Lo había necesitado.

Necesitaba estar junto a Vanja, volver a trabajar con ella, estar a su lado, conocerla mejor. Pero ahora ella iba a marcharse. Lo iba a abandonar. Iba a cortar los frágiles lazos que mantenían unido a Sebastian a algo semejante a una vida decente.

Y, por si fuera poco, esos dos niños muertos…

¡Vaya mierda de viaje de trabajo!

—Hay daños visibles en las costillas de dos de las víctimas, lo que podría significar que primero les dispararon al pecho y después a la cabeza —prosiguió Ursula—. Esto también confirmaría la hipótesis de que el asesino es una persona habituada a manejar armas: primero, la superficie más grande…

Sebastian miró de soslayo a Jennifer. Era por lo menos quince años más joven que cualquiera de sus posibles amantes, pero sin duda podía volverle un poco más agradable la estancia. Por otro lado, un mínimo acercamiento bastaría para que Torkel lo expulsara del grupo. Si lo veía charlando con ella o invitándola a una cerveza, empezaría a vigilarlo. Lo veía capaz de montar guardia en el pasillo, como si estuvieran en un viaje de fin de curso.

—¿Podría ser una familia? —preguntó Billy.

—Parece lógico suponerlo —asintió Ursula—, pero no lo sabemos. Las pruebas de ADN nos darán la respuesta.

Por otro lado, ¿qué podía importarle a Sebastian que Torkel lo mandara de vuelta a casa? ¿Para qué quería quedarse si Vanja se iba a ir? El caso era deprimente y hasta ese momento ni siquiera le parecía interesante.

—Partimos del supuesto de que todos fueron sepultados al mismo tiempo. Hedvig ha consultado los registros y no ha encontrado ningún otro caso de desaparición en esta zona durante el año 2003. —Torkel levantó la vista de sus papeles—. Nunca se ha denunciado la desaparición de ningún niño.

—¿Podrías cerrar la ventana? Hace frío.

El comentario sacó a Sebastian de sus reflexiones. Al ver que Vanja lo miraba con expresión apremiante, afirmó con la cabeza, cerró la ventana y volvió a su asiento. Vanja todavía no se había marchado. Seguía ahí, en la misma habitación que él. Se quedaría tres meses más, tres meses durante los cuales podría disfrutar de su compañía. Serían días de un valor incalculable, que no podía poner en peligro por la estupidez de ir detrás de una mujer que probablemente ni siquiera querría acostarse con él. Decidió fingir que le interesaba la conversación que se estaba desarrollando a su alrededor.

—Billy, mira si alguien ha denunciado a algún huésped que se haya ido sin pagar de alguno de estos albergues, en torno a la fecha de la desaparición de los holandeses —dijo Torkel—. Averigua si fue preciso remolcar algún coche abandonado, o si alguien encontró material de acampada perdido en la montaña. Puede que nadie haya denunciado la desaparición de las cuatro víctimas, porque todos supusieron que se habían marchado voluntariamente.

Billy asintió.

—Te puedo ayudar si quieres —le ofreció Jennifer.

—Perfecto —respondió Billy con una sonrisa—. Gracias.

Vanja se los quedó mirando con cierta tristeza. ¡Con qué rapidez la reemplazaban! Por otro lado, le parecía bien. La investigación podía durar meses y probablemente sería la última que realizaría con el equipo. De repente, se sorprendió pensando que se alegraba mucho de dejar atrás todo eso.

La sala, el café, la pizarra, las fotos, las teorías…

Había llegado el momento de seguir adelante.

Dar un paso más y evolucionar.

Pero, de momento, tenía que concentrarse en el caso que tenían entre manos.

—También es posible que nadie supiera que estaban aquí —dijo, antes de hacer una breve pausa para que los demás le prestaran atención—. Lo que quiero decir es que no tienen por qué haber dejado ninguna pista. Pueden haber venido en tren y acampado en la montaña. En ese caso, no habría quedado ningún vehículo abandonado, ni ningún registro de su paso por un hotel.

—Pero igualmente alguien tuvo que denunciar su desaparición —intervino Ursula—. Alguien tiene que haberlos echado en falta.

—Vanja, busca familias con dos hijos desaparecidas en el otoño de 2003 en cualquier lugar del país. Mira también en Noruega.

—Muy bien, pero no sabemos si son una familia. Podrían ser dos adultos, cada uno con un hijo. O una madre con su nueva pareja y sus dos hijos. También podría ser que el padre de los niños fuera un tipo celoso que además iba armado…

Sebastian notó que Vanja miraba casi imperceptiblemente en dirección a Jennifer y sonrió para sus adentros. Jennifer había propuesto la teoría de que los holandeses eran testigos casuales. Una buena teoría. Pero si Jennifer era buena, Vanja tenía que superarla y demostrar que era mejor.

Típico de Vanja.

Típico de una hija suya.

—De acuerdo. Ampliamos la búsqueda a niños, y personas adultas con niños —sentenció Torkel—. No pueden ser muchos. Empezaremos por el otoño de 2003, partiendo de la base de que todos fueron sepultados al mismo tiempo.

No había mucho más que pudieran hacer esa noche. Parecía como si hiciera muchísimo tiempo que habían salido de Estocolmo. Estaban cansados y necesitaban dormir. Torkel recogió sus papeles.

—Digamos que los cuatro, fueran o no una familia, estaban acampados en la montaña. Alguien llegó y los mató. Cuando los estaba enterrando aparecieron los dos holandeses, y el asesino se vio obligado a dispararles también. ¿Podemos trabajar a partir de ahí?

Todos asintieron y se dispusieron a abandonar la sala. Quizá la teoría propuesta no se correspondía con la realidad, pero podían utilizarla como base de la investigación. Como siempre, tendrían que adaptar los diferentes elementos y modificarlos a medida que surgieran nuevos datos.

—Sin embargo, hay algo que no cuadra —dijo Billy.

Los miembros del equipo interrumpieron las despedidas y volvieron a ocupar sus puestos.

—¿Qué es lo que no encaja? —preguntó Torkel, incapaz de disimular el cansancio en la voz.

—¿Por qué ha dejado el asesino que identifiquemos a los holandeses y a los otros no?

—Porque la identidad de los otros cuatro habría podido delatarlo —respondió Sebastian, en tono casi excesivamente didáctico—. ¡Por el amor de Dios, Billy! ¿Cuánto hace que eres policía? Nada en este caso sugiere un acto de locura, ni unas víctimas escogidas al azar.

Alguien salió en busca de esas cuatro personas y las ajustició. —Se volvió hacia Ursula—. ¿Pistola o fusil?

—Todavía es imposible decirlo. Ya veremos lo que descubren en Umeå.

Al decirlo, le echó una mirada rápida a Torkel, que creyó notar un énfasis exagerado en la palabra «Umeå». Esa noche no tendría compañía en su habitación. Podía estar bastante seguro. De todos modos, aún tenían que pasar un rato más en la sala.

—Sea como sea —prosiguió Sebastian, poniéndose de pie—, nuestro asesino sabe que la identificación de esos cuatro cuerpos aumenta considerablemente el riesgo de que lo atrapemos.

—Sí, ya lo sé, pero los holandeses permiten determinar una fecha bastante exacta del crimen —insistió Billy, que se negaba a renunciar tan fácilmente a su argumento—. Y eso podría ayudarnos a identificar a los otros cuatro ocupantes de la fosa.

Sebastian consideró rápidamente el razonamiento y tuvo que reconocer que tenía sentido, pero no pensaba dejar que Billy le ganara en una discusión. Al menos no en ese momento. Se encogió de hombros, como para restar importancia a lo que acababa de decir su colega.

—Quizá el asesino haya cometido un error, y en ese caso estamos de suerte, o quizá no sirva de nada conocer la fecha aproximada de la desaparición.

—Tiene que servir. ¿Cuántos niños desaparecieron en el otoño de 2003? ¿Cuántas familias?

—Por lo que sabemos hasta ahora, ninguna.

—Muy bien, lo dejaremos ahí —dijo Torkel mientras se ponía de pie para confirmar sus palabras—. Ya no avanzaremos más esta noche, pero mañana tenemos mucho que hacer. —Recorrió con la vista las caras de las otras cinco personas reunidas en la sala—. Nuestra prioridad es la identificación de los cadáveres. Para resolver este caso, tenemos que averiguar quiénes eran esas cuatro personas.

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