Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Ellinor echó un vistazo

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Ellinor echó un vistazo al reloj mientras abría el portal de Grev Magnigatan. Era tarde. Más de las once. Esperaba encontrar a Sebastian despierto. Las luces se encendieron automáticamente cuando entró en el vestíbulo. Miró un momento la escalera, pero se decidió por el ascensor. Ya había estado suficientes horas de pie y en movimiento. Había trabajado hasta las nueve. Con frecuencia se preguntaba qué sentido tenía que la tienda estuviera abierta hasta tan tarde, pero ese día habían tenido mucha afluencia de público. A todas horas. La gente acababa de cobrar y todos tenían dinero. Cuando terminó, pasó por su antiguo apartamento de Västmannagatan. Su antiguo apartamento. Así lo consideraba ella. Porque su casa, el sitio donde vivía, era el piso de Sebastian.

La preocupación y la rabia que había arrastrado durante todo el día se reavivaron cuando llegó al portal. Esa mañana Sebastian la había tratado con inusual dureza.

No. Más que con dureza, con maldad.

«Una señora de la limpieza que además folla conmigo», le había dicho.

Habían sido palabras muy feas, muy desagradables. Y también le había contado esa historia espantosa acerca de una mujer llamada Gunilla. Por un momento, Ellinor había considerado la posibilidad de volver a casa y mimarlo más que de costumbre. Quitarle el malhumor a fuerza de besos y caricias. No le gustaba discutir con Sebastian. Pero esta vez había llegado demasiado lejos. Le correspondía a él hacer el esfuerzo de reconciliarse. Era él quien tenía que pedirle perdón, y no ella. Por eso no lo había llamado en todo el día. No estaba acostumbrada a pasar el día entero sin llamarlo y en varias ocasiones había sentido la tentación de marcar su número, pero se había contenido. Tenía que hacerle comprender que la había ofendido. Su silencio era parte del castigo.

Cerró la reja del ascensor y pulsó el botón del tercer piso.

Había pasado más tiempo de lo previsto en su antiguo apartamento. Se encontró con la señora Lindell, del tercero, que le preguntó dónde se había metido. Estaba extrañada, porque hacía tiempo que no la veía. En realidad, Ellinor había vuelto únicamente para regar las plantas y comprobar que la bolsa con los papeles de Valdemar Lithner seguía donde la había dejado. Pero la señora Lindell le insistió para que pasara a tomar una taza de té. Le insistió mucho. Aunque era cierto que no tenía tiempo, Ellinor pensó que sería agradable contarle la historia de su gran amor con el famoso Sebastian Bergman. No tenía intención de mencionar la discusión de esa mañana. Después de todo, ¿qué pareja no discute alguna vez? Ninguna relación es un constante lecho de rosas.

Cuarenta y cinco minutos después, Ellinor abría la puerta de su antiguo apartamento. Era evidente que la señora Lindell había quedado muy impresionada, por mucho que intentara disimularlo. Incluso había fingido no saber quién era Sebastian Bergman, pero Ellinor no se creyó ni por un momento esa ignorancia. Era la típica envidia de los suecos.

Fue directamente al dormitorio, abrió el armario y vio que la bolsa seguía donde la había dejado. Sin saber muy bien por qué, todo lo referente a Valdemar Lithner le producía inquietud, sobre todo desde que habían interrumpido su relación profesional la semana anterior. La mayor parte del tiempo se tranquilizaba diciéndose que el propio Valdemar había puesto fin a sus encuentros, convencido —con razón— de que no conducían a ninguna parte. Pero de vez en cuando se sentía vulnerable y expuesta, y temía que Valdemar o uno de sus amigos delincuentes entraran en su antiguo apartamento para averiguar quién era ella en realidad y qué sabía de sus negocios sucios. Sin embargo, no parecía que hubiera entrado nadie en su casa. Si hubieran registrado el apartamento, los intrusos no habrían dejado ese material tan comprometedor dentro del armario. De pronto, Ellinor cayó en la cuenta de que había sido una tontería no fotocopiarlo. Pero nada de eso importaba ya. Al día siguiente, pensaba llevarlo a la policía y dejar que la justicia siguiera su curso.

Volvió a cerrar la puerta del armario y se fue a regar las plantas. Se le había hecho tarde, pero no llamó a Sebastian para avisarle. Incluso pensó en quedarse a pasar la noche en su antiguo apartamento. Le estaría bien empleado preocuparse un poco por ella, echarla de menos y sufrir. Aunque, si no volvía a casa, no le daría la oportunidad de suplicarle que lo perdonara. Tendrían que esperar hasta el día siguiente para superar el malentendido que desde la mañana se interponía entre los dos. Por eso había vuelto y estaba subiendo en el ascensor, con la esperanza de encontrar a Sebastian levantado.

Lo primero que vio cuando abrió la puerta del ascensor fue la maleta: su maleta negra de cabina. ¿Por qué estaba en el rellano, con una bolsa de plástico al lado? Se acercó y miró dentro de la bolsa. Eran sus pertenencias. ¿Le había dejado Sebastian sus cosas en el rellano? ¡Eso ya pasaba de castaño oscuro! Sacó la llave del bolsillo.

Curiosamente, no encajaba en la cerradura.

La miró otra vez. Sí, estaba segura de que era la llave correcta. Volvió a intentarlo, con los mismos resultados. Ni siquiera entraba en la cerradura.

Se apagó la luz de la escalera. Fue hacia el interruptor, que brillaba en el rellano con un fulgor anaranjado, y volvió a pulsarlo. Se dirigió nuevamente a la puerta y llamó al timbre. No salió nadie a abrir. Volvió a llamar, esta vez durante mucho tiempo y con creciente irritación. Dentro del apartamento no se oía ningún ruido. Se agachó y empujó la pestaña del buzón, para ver si distinguía algo. Silencio absoluto. Llamó una vez más, apoyando todo el peso del cuerpo sobre el timbre, y tampoco sirvió de nada.

Ahora sí que estaba enfadada. ¿Cómo era posible que alguien la tratara así? Podía soportar muchas cosas porque estaba enamorada, pero incluso su paciencia tenía un límite y esta vez Sebastian lo había superado con creces. Sacó el móvil del bolso y buscó «Amor» entre sus contactos. Lo llamó. Volvió a abrir la pestaña del buzón, para comprobar si sonaba el teléfono dentro del apartamento, pero sólo escuchó los tonos de llamada en su propio móvil. Colgó e hizo una inspiración profunda. ¿Qué podía hacer? ¿Dónde estaba Sebastian y por qué no podía entrar ella en su propia casa? Volvió la vista hacia sus pertenencias y distinguió un sobre blanco, pegado a uno de los costados de la maleta. Con gesto indignado lo arrancó.

La luz del rellano se volvió a apagar.

La encendió una vez más, sacó del interior del sobre la única hoja que había y la desplegó.

Lo dije en serio: tienes que marcharte. He mandado cambiar la cerradura. No estoy en casa y no volveré hasta dentro de un tiempo, así que no tiene sentido que insistas con el timbre. Si me llamas, no contestaré. No debí permitir que vinieras a vivir conmigo. La culpa fue mía. Lo siento.

SEBASTIAN

Ellinor leyó otra vez las pocas líneas del mensaje. Y las volvió a leer. Después, arrugó el papel y lo arrojó lo más lejos que pudo. Pequeños puntos negros le bailaban delante de los ojos. Dejó escapar un grito. Fue un lamento de animal herido que arrancó ecos por toda la escalera. Entonces se calmó. Hizo una inspiración profunda y recuperó el control.

¡Sentía tantas cosas a la vez! Furia, asombro, miedo… Tenía que hacer un esfuerzo para pensar con claridad.

Sebastian no podía echarla.

No debía.

De hecho, no la había echado.

Volvió a sacar el llavero y probó una vez más. La llave no encajaba en la cerradura. Era imposible. Tenía que abrir. ¡Estaba en su casa! Lo intentó otra vez, con más fuerza, pero tampoco funcionó. Empezó a propinarle estocadas a la cerradura con la llave. La luz de la escalera volvió a apagarse, aunque ella casi no lo notó.

Tenía que abrir la puerta. ¡Tenía que entrar en su casa!

Se le resbaló la llave hacia un costado y se hizo daño en el pulgar con el metal de la cerradura. Se le cayó el llavero al suelo. Entonces se agachó y lo buscó a tientas, pero no lo encontró. Se puso a cuatro patas y empezó a hacer amplios movimientos de barrido con los brazos, pero cuando por fin tocó las llaves, solamente consiguió empujarlas hacia la puerta del vecino, donde fueron a estrellarse. No tenía fuerzas para levantarse, ni para nada más. Se dejó caer, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Después de permanecer un tiempo indefinido sentada en la oscuridad, llorando, sintió que todo había terminado. Ya había llorado suficiente. No iba a ganar nada quedándose donde estaba. Con movimientos controlados, se puso de pie y se enjugó las lágrimas de las mejillas. Volvió a encender la luz, sorbiéndose los mocos con inhalaciones breves y enérgicas. Se agachó, recogió el llavero, se lo guardó en el bolsillo y fue a buscar la maleta negra y la bolsa de plástico. Tenía que regresar a Västmannagatan y buscar una solución. Se dijo que en el fondo no había cambiado nada. Era algo circunstancial. Estaban pasando por una crisis pasajera, pero saldrían adelante. No había ninguna razón para dejarse llevar por el pánico, ni para tomar decisiones precipitadas. Tenía un plan y pensaba seguirlo.

En primer lugar, se ocuparía de Valdemar Lithner.

Después, de Sebastian.

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