Muertos prescindibles
Sol
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Sol.
Un sol radiante.
Le corría el sudor por el torso desnudo. Sentía el aire húmedo y pegajoso. Habría preferido quedarse a la sombra, leyendo un libro. El calor lo dejaba sin fuerzas. Pero a ella no. Ella era un manojo de pura energía, sentada sobre sus hombros, pidiéndole que caminara más deprisa. Quería llegar al mar cuanto antes, al agua fresca y a los juegos. Soltó una carcajada cuando él trastabilló levemente, y le apoyó con más fuerza las suaves manitas sobre sus mejillas con barba de pocos días.
—¡Papá, yo quiero uno igual!
Cuando él miró en la dirección que marcaba su dedito, vio una niña que jugaba con un delfín hinchable.
Llegaron al mar. En cuanto la bajó de sus hombros, sintió que el sol le quemaba la piel. Automáticamente, pensó dos cosas.
Que no se quedarían mucho tiempo en la playa.
Y que se le había olvidado la protección solar.
Echaron a correr. Un chapuzón, risas, gritos en la orilla…
El estruendo.
El muro de agua. Cuando lo vio venir, corrió hacia ella y logró aferrarla. Su manita en la suya. Tocó en uno de sus deditos el anillo con la mariposa que le había regalado. No podía soltarla. Debía agarrarla con todas sus fuerzas y toda su conciencia, plenamente concentrado. Toda su vida palpitaba en su mano derecha.
Pero, de repente, ya no estaba. Tenía la mano vacía. La había soltado.
Sebastian se despertó enredado en el grueso edredón. Sudoroso, acalorado, sin aliento. Con un doloroso calambre en la mano derecha que se extendía hasta el antebrazo. Se quitó de encima las mantas con movimientos bruscos y descoordinados. Estiró los dedos, aún doloridos. Tenía sangre en la palma de la mano.
El sueño.
El maldito sueño.
Tan vívido, tan lleno de detalles.
Era como una película, o incluso más, porque tenía olores y sensaciones táctiles. Parecía real.
Era la realidad.
No había sido una sucesión de fragmentos inconexos, como en otras ocasiones, cuando se despertaba con un nivel manejable de angustia y restos persistentes de imágenes, recuerdos y fantasías, que al cabo de un tiempo se esfumaban. Sentía como si lo hubiera vivido todo otra vez. Hacía muchos años que la pesadilla no lo afectaba tanto. Paralizado, sudoroso y con el corazón desbocado, en silencio se puso a llorar, desesperado.
La culpa la tenían los niños. Los de la puñetera fosa en la montaña. No podía hacer nada que tuviera relación con niños muertos. No lo soportaba. Lo conectaban directamente con Sabine. Lo dirigían al núcleo del dolor y de la culpa, que durante los últimos años había tratado de aislar en un compartimento hermético. A veces las paredes del compartimento se resquebrajaban y su contenido lo envenenaba lentamente, pero ahora la cápsula había estallado. Había saltado por los aires y lo había dejado psíquicamente destrozado. La sensación física era la misma que entonces. La que sintió después, cuando volvió en sí tras la catástrofe y se encontró solo.
Al final, logró levantarse. Para su asombro, notó que las piernas aún soportaban su peso. Era lo mismo que había sentido entonces.
Tambaleándose, se acercó a la silla donde había dejado la ropa y se puso una camiseta. No podía seguir durmiendo ¿Qué hora sería? Las cuatro y veinte. Había dormido poco más de cuatro horas. ¿Cuándo se repetiría el sufrimiento? Tenía miedo de conciliar el sueño, aunque todavía faltaban más de veinte horas para volver a acostarse. No quería pasar ni una noche más en esa cama. No quería estar en esa habitación.
Abrió la puerta y salió al pasillo. El hotel estaba en silencio. Sintió frío y por un momento pensó en ponerse los pantalones, pero decidió que no hacía falta. Descalzo, bajó por el pasillo, pasó por la recepción y entró en el comedor. Se dirigió al frigorífico de las bebidas y sacó una Coca-Cola del estante más alto.
—¿Piensas pagarla?
Sobresaltado, Sebastian estuvo a punto de dejar caer la lata de refresco. Se volvió y vio a Ursula, sentada junto a la ventana, en la otra punta de la sala. Delante de ella, sobre la mesa, había dos botellines de cerveza, uno vacío y otro a medias.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó Sebastian mientras iba a su encuentro.
—No podía dormir. ¿Y tú?
—Tuve un sueño.
—¿Una pesadilla?
—Sí.
Sebastian separó una silla de la mesa y se sentó. Abrió la lata y bebió un sorbo de refresco. Ursula lo miraba con curiosidad.
—¿Fue tan terrible que tuviste que levantarte?
—Sí.
—¿Qué soñaste?
—¿Por qué no podías dormir?
—Yo pregunté primero.
—¿Por qué no podías dormir? —repitió Sebastian, exactamente en el mismo tono que antes.
Ursula le sostuvo la mirada mientras se llevaba a los labios la botella de cerveza. Habían tenido muchas conversaciones nocturnas, sentados a la mesa de una cocina, algunas bastante agradables, si la memoria no le fallaba. Se dijo que quizá necesitaba desahogarse. Hablarlo con alguien, como suele decirse. Sebastian era alguien. La conocía, pero no tenía una relación demasiado cercana con ella. Ya no. Además, podía contemplar el asunto desde cierta distancia, con bienvenida objetividad. No intentaría consolarla con un sentimentalismo vacío, ni pretendería animarla a toda costa. Podía funcionar, pero con una condición.
—Prométeme que no se lo contarás a nadie.
—Soy experto en guardar secretos.
Ursula hizo un gesto afirmativo. No le cabía la menor duda. Sebastian se había estado acostando con la hermana de Ursula durante todo el tiempo que había durado su relación con ella. Con su hermana y quién sabe con cuántas mujeres más. Y lo había hecho sin que ella sospechara nada. Edward Hinde los había obligado a pensar de nuevo en aquella época, y Ursula había descubierto, para su sorpresa, que la rabia alimentada durante tantos años prácticamente había desaparecido, sustituida por algo mucho más parecido a la tristeza. El hombre que la había traicionado ya no existía. El Sebastian que había vuelto era otra persona. Brillante, egoísta, engreído, irritante e imposible en todos los sentidos. Pero parecía como si ahora tuviera que esforzarse para hacer lo mismo que antes le salía con naturalidad. Cuando unos minutos antes, sin que él se supiera observado, lo había visto delante de la nevera de los refrescos, descalzo, en camiseta y calzoncillos, le había parecido un hombre tremendamente solo.
Era lo primero que había pensado.
Un hombre solo.
Y también triste, o como mínimo abatido.
No conocía la causa de su tristeza. El caso de Hinde y su conexión directa con las víctimas tenía que haberlo afectado, pero el Sebastian que ella había conocido se habría levantado y habría seguido adelante con relativa facilidad. En cambio, este no. Ya no. ¿Por qué? Ursula no lo sabía. Era cierto lo que había dicho. Era un experto en guardar secretos. Por lo menos los suyos. Esperaba que también supiera guardar los ajenos. Los de Ursula.
—Micke me ha dejado.
Sebastian asintió lentamente con la cabeza. Había supuesto que estaría preocupada por algún asunto familiar, pero pensaba que se trataría de algo relacionado con Bella. Los altibajos de la relación con su marido nunca la habían afectado demasiado. Micke tenía problemas con la bebida y un trabajo que ella encontraba muy poco interesante. Tenían una hija en común, pero no parecía que compartieran muchas cosas más. Para Sebastian, aquel matrimonio era un misterio.
—¿Y eso realmente te preocupa?
Ursula lo miró. No sabía muy bien qué respuesta había esperado de Sebastian, pero estaba segura de que no era esa.
—Bueno, después de veinticinco años mi marido me ha abandonado por otra mujer. Sí, me preocupa.
—Pensaba que no lo querías —indicó Sebastian mientras se recostaba en la silla con la Coca-Cola en la mano.
Ursula se dijo que Sebastian no sólo le ofrecía distancia y «bienvenida objetividad», sino una brutal franqueza.
—Habría preferido que no me abandonara —declaró con sinceridad, pero sin comentar la última observación de Sebastian.
—Preferías ser tú quien lo abandonara a él, ¿no es eso? —Sebastian la miraba con atención en la semioscuridad—. Tu problema no es la separación, sino que te haya dejado. Querías decidir tú.
—¿Sabes qué? Olvídalo —dijo Ursula con un suspiro mientras apoyaba las palmas de las manos sobre la mesa, para dejar claro que la conversación había terminado.
Se disponía a volver a la cama, para intentar dormir otra vez, pero Sebastian se inclinó hacia delante y le apoyó una mano sobre una de las suyas.
—No lo he dicho para burlarme de ti. Ya veo que estás afectada, pero no entiendo por qué. Le has sido infiel durante veinte años.
—Le fui infiel hace veinte años —lo corrigió Ursula.
—Entonces ¿lo de follar con Torkel no cuenta?
Ursula se quedó paralizada. ¿Cómo lo sabía? ¿O solamente lo había adivinado? Se volvió para mirarlo.
—Sí —dijo él—, lo sé. Y no, Torkel no me lo ha contado. Se os nota.
A Ursula se le cortó el aliento y volvió a sentarse. Era cierto lo que había dicho Sebastian. Pero no sobre Torkel. O también sobre Torkel, pero especialmente sobre Micke. Su marido no era el amor de su vida, pero tampoco lo era ningún otro hombre. Sebastian habría podido serlo en otra época, pero Ursula había llegado a comprender que era incapaz de amar, al menos de la manera en que las otras personas esperaban ser amadas. Micke lo había soportado mucho tiempo. Torkel quería intentarlo y ella lo sabía. Estaba dispuesto a aceptarla tal como era, en sus propios términos. Pero Ursula no quería. Solamente deseaba una cosa, algo que desde la separación había cobrado especial importancia, aunque estaba segura de no poder conseguirlo nunca.
El amor de su hija.
Volvió a mirar a Sebastian, que esperaba en silencio una respuesta.
—Tienes razón —admitió Ursula en voz baja—. El problema no es Micke, sino Bella.
—¿Qué le pasa?
—Siempre ha estado muy unida a su padre. Pero mientras estábamos juntos, al menos una pequeña parte de su amor me llegaba a mí.
Pese a la tenue iluminación, Sebastian notó que a Ursula se le humedecían los ojos. Un cambio…
Cuando uno no cree en la predestinación, ni piensa que nada de lo que haga puede tener alguna influencia en el curso de las cosas, los cambios siempre le exigen un análisis profundo de sí mismo y de la situación: ¿cómo he llegado hasta aquí? ¿Qué habría podido hacer de otra manera? ¿Qué está sucediendo? ¿Qué voy a hacer ahora? Los cambios obligan en cierto modo a mirarse al espejo y a realizar una introspección que no siempre es halagüeña, ni está exenta de dolor.
—¿Cuántas veces crees que vendrá a visitarme ahora que Micke se ha ido?
Sebastian guardó silencio, sintiendo que la conversación le tocaba cada vez más de cerca. Una hija que se alejaba. El deseo de compartir la vida con ella y el temor a que no fuera posible.
—Ninguna —dijo Ursula, respondiendo a su propia pregunta mientras rechazaba con un gesto el futuro imaginado—. Al principio me llamará por mi cumpleaños y para Navidad, y con el tiempo olvidará también los cumpleaños.
—¿Por qué lo crees?
—Nos conocemos muy poco —respondió ella, y enseguida Sebastian comprendió que Ursula había dedicado mucho tiempo a analizar la relación con su hija—. He mantenido la distancia. Lo hago siempre, con todo el mundo. Nunca me entrego. Doy pequeños retazos de mí misma. Pero con los hijos no se puede ser así. Los hijos necesitan una entrega total. Todo el tiempo.
—¿Se lo has dicho?
—Es demasiado tarde. Bella ya es una mujer.
—No creo que sea tarde —replicó Sebastian, con una mezcla de convicción y esperanza en la voz—. Espero sinceramente que no lo sea. —Mientras lo decía, notó la reacción asombrada de Ursula ante su desusada muestra de interés—. Lo espero por ti —añadió al final, para no entrar en terreno resbaladizo.
—Gracias.
Sebastian asintió. Durante unos instantes, permanecieron en silencio. No tenía nada más que añadir y era evidente que ella tampoco tenía nada más que decir. Tras beber lo que quedaba en la segunda botella de cerveza, Ursula la apartó y apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Y tú?
—¿Yo qué? —preguntó Sebastian.
—¿Qué soñaste?
Sebastian cogió la lata de refresco y se puso a beber mientras repasaba mentalmente las alternativas y los diferentes supuestos. ¿Cuál era su situación dentro del grupo? Vanja había llegado a aceptarlo y Billy le tenía simpatía, a pesar de la pequeña discusión que habían tenido unas horas antes. Torkel era Torkel. Hasta ese momento, Ursula era la única que seguía teniendo reparos. Pero ahora había decidido sincerarse con él. Precisamente con él, y no con cualquiera de sus colegas, con los que en teoría tenía una relación más cercana. Con él, que la había hecho sufrir en el pasado, que le había pedido perdón y no había conseguido que lo perdonara. Y quizá no lo consiguiera nunca. Pensó que tal vez, teniendo en cuenta su historia en común, no habría sido mala idea revelarle la verdad a Ursula.
Pero no se decidió. No quería contársela. Era así de sencillo.
También podía mentirle, por supuesto, pero no era el momento.
—En otra ocasión —dijo por fin, encogiéndose de hombros para desdramatizar la situación, con la esperanza de que ella no insistiera.
No insistió.
En cuanto amaneció, Sebastian salió a dar un paseo. Como no tenía un gran sentido de la orientación, decidió seguir el curso del río, o del torrente, o como fuera que se llamara ese curso de agua que pasaba junto al albergue. Por un momento había dejado de llover, pero la niebla había caído sobre el terreno húmedo, y sobre el cielo se extendía una densa cubierta de nubes bajas. Había muy poca visibilidad, y Sebastian apenas distinguía nada entre los árboles nudosos y dispersos, las pocas veces que levantaba la cabeza. El sendero era un fangal sembrado de raíces y otros obstáculos, y tenía que prestar mucha atención para no tropezar.
Después de pasar un rato más con Ursula en el comedor desierto, se había retirado a su habitación. Antes de despedirse, ella le había recordado su promesa de no contárselo a nadie y él se la había reiterado.
Una vez que llegó a su habitación, se sentó delante de la mesa plegable junto a la ventana y encendió el móvil. Ocho mensajes de voz. Todos de Ellinor. En algunos, argumentaba; en otros, gritaba y lo amenazaba, y en unos pocos, le pedía perdón y le prometía que todo volvería a ser como antes si él daba señales de vida. En el último, le explicaba con serenidad que comprendía la situación y le prometía ocuparse de todo. Sebastian volvió a apagar el teléfono. Quizá no había solucionado de la mejor manera posible su problema con Ellinor, pero ya haría algo al respecto cuando regresara a Estocolmo. De momento, tenía otras cosas más importantes en qué pensar.
Sentado en la incómoda silla de madera, en la soledad de su habitación, intentó trazar un plan.
Tomar una decisión.
Pero no lo consiguió. No lograba concentrarse. La pesadilla persistía como un velo que lo cubría todo. Los recuerdos habían adquirido una presencia casi física. Incesantemente se descubría apretando con fuerza la mano derecha. Se puso de pie y comenzó a ir y venir por la habitación, pero cuanto más caminaba, más crecía su inquietud. Necesitaba salir. Huir.
El ejercicio, el aire libre, la naturaleza y la soledad fuera de esas cuatro paredes podían ayudarlo a pensar mejor.
Por eso iba andando junto a la corriente torrentosa, con la vista fija en el camino. El sendero torcía a la izquierda, en dirección a una especie de puente colgante de metal, con doble entablado de madera en el suelo y cables a ambos lados, a modo de barandilla. Al llegar a la mitad del puente, Sebastian se detuvo.
Un pájaro, cuyo nombre desconocía, daba saltos a su alrededor y cerca del río, donde la corriente había erosionado la orilla, formando una poza de agua relativamente en calma. Mientras seguía con la vista los movimientos nerviosos y entrecortados del ave, Sebastian dejó volar sus pensamientos.
Del sueño a la conversación con Ursula, y de aquella conversación a Vanja. Siempre volvía a Vanja.
Todo estaba relacionado.
Iba a marcharse y ya no la vería. Podría visitarla, claro, pero ¿cuántas veces sin que ella sospechara algo raro? ¿Una? ¿Dos? Podría llamarla por teléfono, escribirle mensajes e incluso mantener con ella videoconferencias por Skype si fuera necesario. Pero todas esas cosas eran instrumentos para conservar una relación que ya existía, y no para comenzar una nueva. Habría sido muy extraño hablar con ella a través de la pantalla del ordenador cuando prácticamente no se dirigían la palabra en la vida real. Quizá algo así pudiera funcionar cuando pasaran cinco años, cuando se hubieran hecho amigos y ella deseara tenerlo en su vida, cuando lo apreciara por ser como era y no por haberla salvado de un asesino.
Pero todavía no había ocurrido nada de eso.
Aún no.
Tenía la oportunidad de acercarse a ella y de crear algo vivo y duradero. Pero solamente si Vanja se quedaba. Si permanecía a su lado.
El ave parecía haber cumplido su cometido junto al agua, porque levantó el vuelo y desapareció entre los árboles que bordeaban la orilla. Sebastian enderezó la espalda.
De hecho, era bastante evidente.
Y muy sencillo.
Estaba mal, por supuesto. Era egoísta y él lo sabía. No había ni pizca de consideración paterna en lo que pensaba hacer. Pero no tenía elección.
Volvió sobre sus pasos y, cuando dejó atrás el puente, ya había tomado una decisión.
No sabía cómo, pero impediría que Vanja se marchara.
Haría todo lo que estuviera en su mano para que se quedara en Estocolmo.
A su lado.