Muertos prescindibles
Fue un paseo matutino
Página 21 de 110
Fue un paseo matutino muy tonificante: Barnhusbron, Scheelegatan por delante del ayuntamiento y finalmente a la izquierda, por Hantverkargatan. Ellinor caminaba a paso rápido, con la bolsa del supermercado Ica agarrada en la mano derecha. No pretendía únicamente que se hiciera justicia, sino también salvar su relación con Sebastian.
Se sentía fresca y despierta, pese a no haber pegado ojo en toda la noche. Cuando había llegado a casa el día anterior, más tarde que de costumbre, se le había derrumbado el mundo. Llamó a Sebastian más de una vez, pero sólo había conseguido escuchar la respuesta de su contestador. En cada ocasión ella le había dejado un mensaje. Ya no recordaba muy bien qué le había dicho: habían sido tantas cosas, tantos sentimientos… Al final, se había desplomado sin fuerzas en el sofá del cuarto de estar. No recordaba cuánto tiempo había permanecido allí sentada, inmóvil.
Pero tarde en la noche, o más probablemente temprano en la mañana, había tenido una inesperada revelación. De repente comprendió todo lo que sucedía y su significado.
No podía entender cómo había tardado tanto en adivinarlo. Después de todo, conocía bien a Sebastian. Sabía que su fuerza residía en su soledad. Tenía dificultades para expresar sus sentimientos y para reconocer lo que realmente quería.
Era demasiado obstinado para pedir ayuda.
Demasiado orgulloso para admitir que la necesitaba.
Demasiado atento para cargarla con sus preocupaciones e inquietudes.
Bastaba pensar en el extraño rodeo que había dado para pedirle que se fuera a vivir con él. En lugar de proponérselo directamente, se había presentado en su casa con una rocambolesca historia acerca de un asesino en serie. Le había dicho que estaba en peligro y que tenía que irse a vivir a otro sitio, en lugar de decirle simplemente la verdad: que la quería. Ahora pasaba algo parecido. También en esta ocasión, su conducta ocultaba otra cosa totalmente diferente. Cuanto más pensaba Ellinor al respecto, más se convencía.
Una vez descubierto el mecanismo, todo lo demás le resultó bastante sencillo y evidente.
¿Qué razón podía tener Sebastian para pedirle que se fuera?
Protegerla a ella.
Se sentía amenazado.
Era natural que quisiera alejarla de su lado. Ellinor lo había visto muchas veces en las series de televisión. Cuando un policía o un abogado se sentían presionados, enviaban lejos a sus seres queridos, para no correr ningún riesgo. Por eso se había marchado Sebastian. Había ido a refugiarse en un lugar seguro. Y por eso mismo no contestaba al teléfono. Estaba dispuesto a renunciar a su amor para que ella estuviera a salvo.
Pero ¿quién lo amenazaba?
La respuesta era evidente: Valdemar Lithner.
En cualquier caso, pensaba empezar por ahí y ver si las cosas cambiaban cuando Lithner ya no pudiera hacerles daño. De no ser así, obligaría a Sebastian a sincerarse con ella y procuraría hacerle comprender que en una relación es preciso compartir las preocupaciones de igual modo que las alegrías. Le demostraría que podían superar todos los obstáculos si se mantenían unidos y no tenían secretos el uno para el otro.
Entonces lo había llamado otra vez y, con mucha calma, le había dicho que lo comprendía y le había prometido ocuparse de todo.
A las ocho en punto, se encontraba a las puertas de la Unidad de Delitos Económicos, en Hantverkargatan. No sabía mucho de arquitectura, pero el edificio de seis plantas de Kungsholmen, con sus ventanas rematadas por placas negras de idéntica altura, le recordaba de algún modo a los años setenta. Nada destacaba especialmente en la fachada, excepto una banderola con el logo de una de las empresas que ocupaban el enorme inmueble. En la acera de enfrente se extendía un pequeño espacio verde, detrás de una valla de hierro, y al final de la calle, la torre imponente del ayuntamiento. Ya había amanecido y todo hacía pensar en un agradable día de otoño, tras una noche lluviosa. Ellinor pasó junto a una dama desnuda de bronce, empujó la puerta, contempló el cuadro que decoraba el vestíbulo y subió por el ascensor hasta el piso indicado.
—¿En qué puedo ayudarla? —le preguntó el joven que había salido a buscarla a la recepción mientras le señalaba una silla al otro lado de su escritorio.
—Como le he dicho al recepcionista, quiero denunciar un delito.
—¿Un delito económico?
—Sí, un delito económico —respondió ella, repitiendo las palabras con cierto énfasis.
El solo hecho de decirlo le resultaba emocionante. También lo era encontrarse allí. Emocionante y necesario.
—Muy bien… —El joven se volvió hacia el ordenador, abrió una especie de formulario en la pantalla y apoyó las manos sobre el teclado—. ¿A quién quiere denunciar y por qué?
—Lo tengo todo aquí —respondió Ellinor, apoyando sobre la mesa la bolsa de plástico llena de papeles. El policía la miró con cierta desconfianza.
—¿Qué es eso?
—Una investigación. Pruebas. Todo lo que necesitan ustedes.
Por la expresión de su cara, parecía como si el joven pensara exactamente lo contrario. Separó una de las asas de la bolsa, consideró un momento el contenido y no pudo reprimir un suspiro. Ellinor comprendió que había llegado el momento de añadir más peso a sus palabras.
—Todo está en orden. No me lo he inventado. Lo ha investigado un policía.
El hombre miró otra vez la bolsa, ahora con cierta curiosidad.
—¿Un policía?
—Así es.
—¿Quién?
—Trolle Hermansson es su nombre. O, mejor dicho, era. Ahora está muerto.
El joven detrás del escritorio se limitó a asentir cortésmente. Por su expresión, era evidente que no conocía a ningún policía con ese nombre.
—¿Qué pasará ahora? —preguntó Ellinor.
—Estudiaremos estos documentos —respondió el hombre, señalando la bolsa— y decidiremos si abrimos una investigación. En tal caso…
—La investigación ya está hecha —lo interrumpió Ellinor—. Todo lo que necesitan está ahí.
—Si finalmente abrimos una investigación —prosiguió el hombre, sin prestar atención a la interrupción de Ellinor—, todo será relativamente rápido. Cuando se trata de delitos económicos menores intentamos llegar a una resolución en menos de cincuenta días.
—No sé si esto es un delito menor.
—Eso lo veremos cuando estudiemos los documentos.
Ellinor se quedó inmóvil. ¿Había pasado por alto alguna cosa? Ya había hecho lo que había ido a hacer. Cincuenta días era mucho tiempo, pero seguramente en esas oficinas estarían muy ocupados. Se puso de pie. El hombre que la atendía también se levantó y le tendió la mano. Ella se la estrechó, pero no estaba satisfecha del todo. Quizá aún fuera posible convencerlos para que dieran prioridad a su caso.
—Cuanto antes puedan leer esos papeles, mejor. Creo que ese hombre tiene amenazado a mi novio.
—¿Lo cree?
—Sí.
—¿Ha denunciado su novio algún tipo de amenaza?
—No, pero me ha echado de casa. Para protegerme.
Ellinor notó que el hombre asentía discretamente, con una expresión que podía interpretarse como de incredulidad. Sin embargo, debía de estar familiarizado con la situación. Después de todo, era policía. Las amenazas y las presiones que recibían los testigos eran un problema creciente en la sociedad moderna, según había leído.
—Veremos lo que podemos hacer.
—De acuerdo, pero cuanto antes atrapen a ese Valdemar Lithner, mejor para todos.
Ellinor se despidió y se marchó.
Peter Gornack se la quedó mirando.
Había sido muy rápido. La conversación en la recepción, los saludos, las presentaciones… Todo se había desarrollado como de costumbre. Pero una denuncia corriente realizada por una mujer aparentemente normal se había convertido de repente en una «investigación» metida en una bolsa de plástico, con policías muertos y exnovios amenazados. Desde el instante en que la bolsa del supermercado Ica había aterrizado en su mesa, Peter había tenido la sensación inequívoca de que todo el asunto iba a ser una pérdida de tiempo. Miraría rápidamente los papeles, como era su obligación, y después procedería a archivar el caso. Estaba convencido de que sería así, hasta que la mujer había dicho aquel nombre.
Valdemar Lithner.
Peter había sido compañero de Vanja Lithner en la academia de policía. Incluso habían salido juntos un tiempo durante el segundo año. Ella había roto su relación al cabo de unos meses, pero sin problemas ni discusiones. Después se habían seguido viendo en la academia, como amigos. Nunca habían trabajado juntos, porque al finalizar los estudios habían elegido caminos diferentes. Peter había oído que ahora trabajaba en la Unidad de Homicidios. Hacía mucho tiempo que no se veían. ¿Se llamaba Valdemar su padre? Sí, estaba bastante seguro de que se llamaba así. Y el apellido Lithner tampoco era muy común. ¿Sería una denuncia contra el padre de Vanja? Entonces con más razón tenía que ocuparse del asunto cuanto antes.
Acercó la bolsa, sacó los papeles y las carpetas, y colocó todo el material sobre la mesa. Abrió la primera carpeta y se quedó de una pieza.
Una copia de un informe policial.
Realizado por la Unidad de Delitos Económicos.
Cerró la carpeta y se volvió hacia el ordenador. Tecleó el nombre y enseguida apareció el resultado en la pantalla. Había una investigación preliminar, de 2008. El fiscal había decidido cerrar el caso por falta de pruebas. Peter contempló los documentos que acababa de recibir. El informe policial constituía poco menos de la mitad del contenido de la bolsa. El resto eran otras cosas. Nuevos datos. Pruebas.
Apartó la primera carpeta, colocó el resto de los papeles en el centro de la mesa, se echó atrás en la silla y empezó a leer.
No había pasado un minuto cuando encontró la primera mención a Daktea Invest, un nombre que todos los investigadores de delitos económicos conocían bien y que lo hizo salir de inmediato para ir a buscar a su superior.
Ingrid Ericsson recordaba a Valdemar Lithner.
Lo recordaba muy bien. No era el mayor de los delincuentes económicos que se les habían escapado, pero tampoco el más pequeño. Una serie de empresas vaciadas justo antes de ir a la quiebra, unos fondos desviados a Panamá, un testaferro que había cargado con la culpa en Suecia y una cuenta en América Latina, en la que había sido imposible determinar de quién era la firma y dónde había ido a parar el dinero. Un par de millones de coronas. La casa de campo, un apartamento para su hija y un coche nuevo. Valdemar se había gastado los beneficios sin el menor reparo, manifiestamente convencido de que nadie podría relacionarlo con ninguna irregularidad. No se había equivocado, pese a que Ingrid lo había intentado. Como directora del departamento, había sido la responsable de la investigación preliminar que Peter Gornack acababa de presentarle y que ahora volvía a tener sobre la mesa. Según Peter, se la había traído una mujer, junto con otros documentos. Lo más interesante de todo el material era el vínculo con Daktea.
Si era cierto que Valdemar Lithner estaba involucrado en ese escándalo, entonces era uno de los mayores delincuentes económicos que no habían podido atrapar. Pero no por mucho tiempo. Si el material que Ingrid tenía sobre la mesa se correspondía con la realidad, Lithner no se libraría de la cárcel.
Daktea Invest había sido una gran estafa piramidal con apariencia de producto financiero seguro, cuyos responsables se habían esfumado sin dejar rastro en cuanto estalló la burbuja. Miles de pequeños inversores habían perdido todos sus ahorros. La Unidad de Delitos Económicos había dedicado una cantidad ingente de recursos a la investigación, pero los culpables habían ocultado con gran habilidad sus identidades tras una complicada red de adquisiciones cruzadas, a través de holdings y de sociedades anónimas radicadas en paraísos fiscales, como Panamá o las islas Caimán. Ingrid estaba convencida de que Lithner no podía ser uno de los cabecillas de la operación, que se había desarrollado a una escala demasiado grande para él; pero, a juzgar por el nuevo material, había participado en la preparación de la estafa y había manejado una parte del dinero. Eso para ella era suficiente.
Quizá habría sido exagerado decir que sentía como una derrota personal el relativo fracaso de su anterior investigación, pero era indudable que le producía cierto alivio la perspectiva de meter en la cárcel a Valdemar Lithner, de cuya culpabilidad ella estaba totalmente convencida. Por eso actuó con más celeridad que nunca. Habitualmente, su departamento abría una investigación en un plazo de cincuenta días desde la presentación de la denuncia o la observación de alguna irregularidad, pero Ingrid se dijo que en esta ocasión, si de ella dependía, la espera no pasaría de cinco horas.
Llamó a la oficina del fiscal y habló con Stig Wennberg, que había llevado el caso la vez anterior. Le explicó los motivos por los que quería reabrir la investigación, le envió por fax los nuevos documentos y menos de media hora después le dieron luz verde.
Estaba muy satisfecha. El caso no sólo mejoraría el índice de efectividad de su departamento, sino que atraería la atención de la prensa y enviaría un claro mensaje a todos aquellos que, como Valdemar Lithner, pudieran creerse a salvo de la acción de la justicia. Ahora sabrían que, aunque hubiera pasado mucho tiempo, aunque hubieran transcurrido incluso varios años, la Unidad de Delitos Económicos podía atraparlos en cualquier momento. Nunca podrían sentirse seguros.
Convocó a su equipo y anunció que a partir de ese momento investigarían a fondo el trabajo, los negocios y las finanzas de Lithner. Gracias a los nuevos datos aportados, sabían mucho mejor que antes lo que tenían que buscar.