Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Veronica Ström no tenía tiempo

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Veronica Ström no tenía tiempo.

Ni un minuto.

Tenía miles de cosas que hacer antes de mudarse a Nairobi en febrero. No quería quedarse sentada en una cafetería y fingir que disfrutaba tomando un café mientras esperaba a Alexander Söderling. Con gesto irritado, se puso a hojear la revista que tenía delante.

M-Magasin.

Varias semanas atrás, una de sus periodistas la había llamado para pedirle una entrevista. ¡Había tenido una carrera tan fantástica y era una persona tan inspiradora!, le había dicho la mujer. La suya era justo el tipo de historia que interesaba a sus lectoras.

Si se paraba a pensarlo, Veronica tenía que darle la razón. Tras licenciarse en Economía y Administración de Empresas, había pasado por bancos y periódicos, hasta llegar a la dirección del gabinete de prensa del Ministerio de Asuntos Exteriores. Tres años después, había sido nombrada asesora del ministro y, en 2002, había pasado a ocupar un cargo de nueva creación como coordinadora de las políticas de seguridad del gobierno. Desde 2008, ocupaba un puesto de responsabilidad en el Ministerio de Defensa, y ahora estaba a punto de ser nombrada embajadora de Suecia en Kenia.

Cuando recibió la llamada de la periodista, Veronica no sabía cómo era su revista. Después había buscado en internet y había visto que se trataba de una publicación de reportajes, moda, belleza, salud, viajes, finanzas y consejos para mujeres mayores de cincuenta años. Todavía no había decidido si debía sentirse ofendida, porque solamente tenía cuarenta y nueve, cumplidos en diciembre. En cualquier caso, lo había consultado con sus colegas y todos habían coincidido en que la aparición en la revista contribuiría a mejorar aún más su imagen. Entonces le había devuelto la llamada a la periodista, que se había alegrado muchísimo de que ella aceptara su propuesta. Se lo agradeció y le dijo que iba a ser estupendo. Quedaron para verse a la semana siguiente.

Pero ahora tenía una cita completamente distinta.

¿Dónde se habría metido ese Söderling?

Su llamada la había sorprendido. Hacía mucho tiempo que no había vuelto a pensar en los sucesos de Jämtland. Era un capítulo cerrado, y la conversación con Söderling no le había parecido motivo suficiente para empezar a preocuparse. Habían encontrado los cadáveres, sí, pero de ahí a recomponer todo el puzle había un trecho muy largo, y la posibilidad de que alguien lo consiguiera era ínfima. La llamada había sido como una mosca en verano: irritante, pero fácil de ahuyentar y olvidar.

Pero, durante el fin de semana, Söderling había vuelto a llamarla. Quería verla. Eso significaba que habían surgido problemas.

Le echó un vistazo al local que Söderling había elegido para su encuentro, en un antiguo inmueble de Riddargatan. La cafetería ocupaba varias plantas del edificio, unidas por una escalera de piedra y distribuidas en pequeñas salas, que se habían decorado de manera que transmitieran cierta sensación de familiaridad, como si fueran la casa de alguien, con sillas desparejadas, sofás antiguos y mesas tambaleantes. En opinión de Veronica, sin embargo, el ambiente resultaba recargado, polvoriento y rancio, como si hubieran instalado un café en un mercadillo de trastos viejos.

Por fin vio que Söderling venía subiendo la escalera, nervioso, y se ponía a buscar en las salas adyacentes. No la había visto al entrar y eso era precisamente lo que ella pretendía. No había nada raro ni sospechoso en su cita, pero tampoco era necesario hacerla pública.

Después de los saludos de rigor y de disculparse por haber llegado con retraso, Alexander se sentó, dejó el maletín en el suelo, junto a la silla, y se inclinó sobre la mesa.

—He pensado mucho en… los acontecimientos de los últimos tiempos —dijo en voz baja, sin preámbulos.

—Yo no —respondió Veronica con frialdad—. Y si te he de ser sincera, espero no tener que pensar tampoco en el futuro.

Alexander levantó la vista.

—Por desgracia, vas a tener que pensar en ello —replicó, en un tono de disculpa que a ella le pareció sincero—. Necesito ayuda.

Veronica suspiró. No quería ayudarlo. Quería seguir preparando su inminente traslado y el de su familia. Quería ser embajadora de Suecia y olvidar para siempre el otoño de 2003.

—¿Qué tipo de ayuda? —preguntó sin embargo, consciente de que todo lo que hiciera Alexander Söderling para protegerse a sí mismo también la protegería a ella.

—¿Recuerdas la denegación de asilo que clasificamos como secreta?

Veronica respondió con un gesto afirmativo. Había sido una de las fases más sencillas de la operación: una llamada telefónica a la persona adecuada y listo. La policía de Solna ya tenía demasiado trabajo sin tener que investigar además a unos inmigrantes que se habían esfumado tras una denegación de asilo, de modo que casi lo agradecieron. No hubo ninguna reacción.

—Necesitamos eliminar un nombre de ese documento —prosiguió Alexander—. El de la persona de referencia.

—¿Por qué?

—¡Han encontrado los cuerpos! —dijo él con expresión incrédula, como si le resultara asombroso que ella no lo hubiera comprendido ya—. El riesgo de que los relacionen es pequeño, pero si lo hacen…

No terminó la frase. No era necesario. Veronica lo había entendido. Las pistas que habían dejado eran enmarañadas, pero aun así era posible seguirlas. Por eso era preciso borrarlas. Y más valía tarde que nunca.

—Yo me ocuparé de todo. ¿Algo más?

—Por ahora no.

—Entonces ¿ya está?

—Espero que sí.

—Muy bien.

Veronica se levantó rápidamente y se marchó, sin mirar ni una vez a Söderling. Nadie pareció reparar en ella mientras salía. Pensaba hacer esa llamada, asegurarse de que el nombre desapareciera del documento y dejar atrás para siempre esa historia lamentable.

Ese era su plan. Un buen plan.

Por desgracia, algo en su interior le decía que no iba a ser tan fácil.

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