Muertos prescindibles
Billy metió dos rebanadas de pan
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Billy metió dos rebanadas de pan en la tostadora. Después abrió el frigorífico; sacó la mantequilla, el queso y la mermelada, y lo dispuso todo sobre una bandeja, en la isla de la cocina. Se volvió hacia la encimera y encendió la tetera eléctrica. Giró la mitad de la tortilla francesa sobre la otra mitad y dejó que se terminara de hacer con el fuego apagado. Abrió uno de los armarios y sacó dos tazas. No hacía falta que se diera prisa, porque le habían abierto otro expediente y estaba provisionalmente apartado del trabajo. Era la segunda vez en pocos meses. Su caso no tenía buen aspecto. A los periodistas les habría encantado si hubieran llegado a enterarse, pero hasta ese momento no había visto nada en la prensa. Se había escrito y hablado asombrosamente poco acerca de lo sucedido en Almnäs.
Pero Billy no podía quitárselo de la cabeza.
Veía a Charles fuera del coche, apuntándolo con el arma. ¿Habría podido hacerlo de otra manera? ¿Tratar de alcanzarlo en el hombro o en las piernas, por ejemplo, para dejarlo fuera de combate? Sus recuerdos no eran totalmente claros ni definidos, pero había un detalle que recordaba con dolorosa exactitud: la expectante ansiedad que había sentido mientras bajaba por la cuesta hacia el vehículo donde se hallaba Charles.
Durante la investigación, Torkel lo defendería, por supuesto. Charles Cederkvist era un oficial del ejército altamente entrenado, que lo estaba apuntando con una pistola a escasos metros de distancia. Incluso herido, habría podido matarlo. Había muchos testigos. No, a Billy no le preocupaba particularmente la investigación. De hecho, no le preocupaba en absoluto. Pero en cambio lo atormentaba comprobar que si bien no recordaba con claridad la cadena de sucesos que había conducido a los disparos, aún podía sentir con vívida intensidad lo que había experimentado inmediatamente después. Un torrente de calor le había recorrido el cuerpo cuando había visto caer el cuerpo exánime de Charles. No era la acción de la adrenalina, sino más bien de las endorfinas. Había sido una sensación de auténtico bienestar. Era una locura, pero solamente podía compararla con lo que sentía después del sexo. Después de una sesión de sexo fabuloso.
Cuando se apagó la tetera, echó el agua caliente en las dos tazas e introdujo una bolsita de té en cada una. Dejó la tetera en su sitio y abrió el armario para sacar la miel. Cogió la sartén, sirvió la tortilla en un plato y lo puso en la bandeja. Después, contempló satisfecho su obra. No se había olvidado de nada. ¡Sí! De las tostadas. Las sacó de la tostadora y las depositó sobre una servilleta limpia. Se dijo que My lo había cambiado en muchos sentidos, pero probablemente donde más se notaba su influencia era en sus costumbres alimentarias y en lo que era capaz de hacer en la cocina. En el pasillo, de camino al dormitorio, sacó una llave del bolsillo y la colocó junto al cuchillo de untar la mantequilla.
My estaba durmiendo de costado, sobre el lado izquierdo. Un hilillo de saliva se le escapaba de la comisura de la boca y caía sobre la almohada. Hasta eso le parecía adorable a Billy. Era perfecta para él. Ahora sí que era perfecta. Al principio, las cosas no habían ido del todo bien, cuando creía que a ella no le gustaban los tipos que se sentían satisfechos con su trabajo y no intentaban progresar, y ella pensaba que él necesitaba su ayuda para cambiar la situación. Por eso había discutido con Vanja. Ahora había dejado las cosas claras con las dos. Más con My que con Vanja, tenía que reconocerlo.
La llamó suavemente, en voz baja. My se despertó enseguida, como siempre. Era como si tuviera un interruptor: despierta y despejada por la mañana, y profundamente dormida, al cabo de dos segundos, por la noche. Enseguida se sentó y se secó discretamente la comisura de la boca mientras Billy dejaba con cuidado la bandeja sobre la cama y se sentaba a su lado.
—Eres un encanto —le dijo My a Billy, dándole un beso, antes de disponerse a desayunar.
Cuando fue a coger el cuchillo de la mantequilla, se detuvo un momento, y en lugar del cubierto, cogió lo que encontró a su lado. La llave.
—¿Qué es esto?
—Una llave.
—Pensaba que tú no querías.
—Yo también creía que no.
Con mucho cuidado para no volcar la bandeja, My se inclinó hacia él y lo abrazó. Fue un abrazo muy largo, que él le devolvió. Así era él en realidad. Así quería ser. No quería saber nada del otro Billy, del que disfrutaba matando. Solamente Jennifer lo conocía. ¿Podía dejar que My se mudara a su casa sin contárselo? ¿Qué pasaría si se lo confesaba? Jennifer no había reaccionado especialmente mal, pero ella era policía y no tenía pensado irse a vivir con él.
—… mayo.
Billy se dio cuenta de que My le estaba diciendo algo al oído. Se apartó para verle la cara.
—Perdona, ¿qué me estabas diciendo?
—Que podríamos casarnos en mayo.
Billy no consiguió articular ninguna respuesta. Se quedó paralizado, sin acertar siquiera a sonreír. Pero My estaba riendo.
—¡Era una broma! Te estaba tomando el pelo, cariño.
Le apoyó las manos sobre las mejillas y lo besó en los labios. En ese momento, sonó el teléfono. Billy se deslizó con cuidado fuera de la cama y lo cogió. Era Vanja.