Muertos prescindibles
En el instante exacto
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En el instante exacto en que el minutero del reloj sobre la puerta señaló el doce, Torkel entró en la sala y dio por iniciada la reunión. Los otros ya estaban allí.
Había dicho a las once.
Y llegó a las once en punto.
A la hora precisa. Vanja sabía que tanta exactitud había sido casual, pero no pudo reprimir una sonrisa. Torkel se habría sentido muy satisfecho con su entrada si hubiera reparado en la expresión de su compañera.
—¿Qué tenemos hoy? —dijo mientras se sentaba.
—Hemos repasado las denuncias de octubre de 2003 —empezó Billy empujando hacia el centro de la mesa varios juegos de hojas impresas.
Los demás se inclinaron para coger una copia cada uno. Todos, menos Sebastian. Ursula lo miró con una sonrisa discreta mientras recogía los papeles de Billy. Sebastian le respondió con una ligera inclinación de la cabeza.
En ese momento, Torkel se estaba volviendo hacia Sebastian para preguntarle por qué no cogía el material de la investigación, pero se contuvo al notar su gesto. Observó que Ursula volvía a recostarse en la silla, con una sonrisa que se había vuelto más ancha después de cruzar una mirada con Sebastian. Por un momento, Torkel sintió el aguijón de los celos, pero enseguida rechazó la idea.
¿Ursula y Sebastian?
Imposible. Totalmente inconcebible. Ursula era la persona del equipo con peor opinión de Sebastian. Habían trabajado juntos en los años noventa, y Torkel recordaba que entonces se llevaban bastante bien. Pero en algún momento había pasado algo entre ellos. Siguieron colaborando en el trabajo, pero sus relaciones se volvieron mucho más tensas y sólo profesionales. La amistad que había entre ellos pareció esfumarse. Después, Sebastian se marchó. Ursula no se quejó nunca, ni dijo nada al respecto. Torkel ignoraba lo sucedido, pero suponía que Sebastian la había ofendido o le había hecho daño. Era su especialidad, incluso en aquella época. Fuera lo que fuera, había dejado su huella. Las últimas veces que Sebastian había trabajado en la Unidad de Homicidios, Ursula se había manifestado abiertamente en contra de tenerlo en el equipo. Cuando se había enterado de que le había salvado la vida a Vanja, había acabado por aceptarlo, pero nada más.
—Nos hemos centrado en la semana en que desaparecieron los holandeses —prosiguió Billy, atrayendo una vez más la atención de Torkel—. No hay denuncias de nadie que se haya marchado sin pagar de ningún hotel, albergue o refugio de montaña de los alrededores.
—Tampoco hemos encontrado informes de vehículos abandonados o que hayan tenido que ser remolcados, ni de material de acampada perdido en la montaña —intervino Jennifer.
—Y, como ya sabíamos, tampoco desapareció ninguna otra persona en la zona durante esa semana —terminó Billy.
Vanja los miró. Llevaban veinticuatro horas trabajando juntos y ya se completaban mutuamente las frases, como los sobrinos del Pato Donald. Resultaban muy monos y también un poco irritantes.
—He recibido un informe preliminar de Umeå —dijo Ursula, y Vanja se volvió hacia ella—. Nueve milímetros. Parece que todas las heridas fueron causadas por una misma arma, probablemente una pistola automática. Pero, como ya os he dicho, es un informe preliminar.
Sebastian asintió. De repente, el caso cobraba mayor interés. Una pistola automática era mucho menos frecuente en esos parajes que una escopeta de caza, el tipo de arma que la gente suele llevar a la montaña. Todo indicaba que el asesino se había propuesto matar a esas cuatro personas. Sabía dónde estaban y cuándo encontrarlas. Ahora Sebastian estaba seguro de que las víctimas conocían a su asesino. Cuando las identificaran, estarían mucho más cerca de la resolución del caso.
—He buscado denuncias de familias y niños desaparecidos —comenzó Vanja, tomando el relevo. Sebastian se echó hacia delante; ahora sí que se ponía interesante la reunión—. De momento, hay tres familias que cumplen los requisitos —prosiguió Vanja—. Dos adultos y dos niños. Pero ninguna de las tres desapareció en el otoño de 2003.
También ella distribuyó unas hojas impresas y Sebastian se apresuró a aceptar una copia. No podía hacer ningún daño demostrar cierto interés por el trabajo de Vanja. Esperaba que notara que solamente había cogido los papeles que ella había impreso.
—Como veis, la familia Thorilsen, de Noruega, desapareció durante unas vacaciones en Trondheim, en el verano del 2000.
—Cerca de la fecha que buscamos —constató Billy en voz baja.
—Si la estimación de Ursula es correcta, los niños tenían las edades adecuadas —prosiguió Vanja, sin dejarse interrumpir—: Seis y ocho años. No los han encontrado.
—Si son ellos, desaparecieron tres años antes de que los sepultaran en la fosa —dijo Torkel.
Sabía que todos los presentes estaban pensando lo mismo, pero ninguno quería ser el primero en señalar el inconveniente de una pista prometedora. Ninguno, excepto Sebastian. Pero él, curiosamente, guardaba silencio. El que habló fue Billy.
—O quizá desaparecieron en el 2000, pero no murieron hasta el 2003.
—¿Y dónde pasaron esos tres años? En la investigación noruega no hay nada que sugiera que la familia se haya marchado por voluntad propia —replicó Vanja rápidamente.
Billy no respondió. Era muy improbable que alguien hubiera mantenido a la familia prisionera durante tres años y después los hubiera matado a todos.
—Continuemos —propuso Torkel mientras pasaba a la siguiente hoja del material impreso de Vanja.
—La segunda familia son los Hagberg, de Gävle, desaparecidos en 2002, aunque su desaparición se ha relacionado más bien con una huida hacia algún paraíso fiscal. Cuando empezaron a investigar a la familia, descubrieron que el padre Hagberg había cometido un desfalco bastante considerable en la empresa donde trabajaba. En cualquier caso, las edades de los niños también encajan: cinco y ocho años.
Nadie hizo preguntas ni añadió ningún comentario, de modo que Vanja pasó directamente al siguiente caso.
—La última familia son los Cederkvist, desaparecidos en algún momento después de febrero de 2004, cuando daban la vuelta al mundo en velero. Habían zarpado de Gotemburgo en noviembre del año anterior. En la primera semana de febrero, el hermano del padre recibió una postal que se envió desde Zanzíbar y ya no volvió a saber nada más de ellos. No se ha hallado ningún miembro de la familia, ni tampoco ha sido posible encontrar la embarcación.
Vanja guardó silencio. Tampoco en esta ocasión hubo reacciones por parte del resto del grupo. Torkel sabía por qué. Se sentían decepcionados. Ninguna de las tres familias parecía responder a las expectativas. Los noruegos eran los que más se acercaban, pero su caso planteaba demasiados interrogantes para que el equipo pudiera pensar que había llegado a alguna parte.
—En lo que respecta a personas adultas solas con niños, la lista es un poco más larga —dijo Vanja mientras seguía pasando las hojas—. Pero no mucho más. Tres hombres desaparecieron con sus hijos en 2001, 2003 y 2004. En los tres casos, se sospecha que secuestraron a los niños para llevárselos a su país de origen. Tenéis todos los detalles y las edades de los niños en el informe. En 2002, desapareció una mujer con su hija en Örebro. Estaba deprimida y probablemente fue un caso de suicidio. No se ha encontrado ni a la madre ni a la hija. Por último, un niño de cuatro años desapareció de Trollhätan en 2005. Tampoco lo han encontrado.
Vanja dejó los papeles sobre la mesa.
Otro silencio. Sin embargo, el día anterior había cierta esperanza en el ambiente. Habían llegado a la conclusión de que con sólo identificar a las víctimas estarían más cerca del asesino. Mucho más cerca. Dos adultos y dos niños. Alguien en algún lugar tenía que haber notado su ausencia. Una familia completa no se esfuma sin más. Sin embargo, todo parecía indicar que en ese caso nadie los había echado de menos.
—Ampliaremos la búsqueda —dijo Torkel, tras lanzar un sonoro suspiro—. Contactaremos con Europol y haremos una investigación internacional. Esta zona es bastante turística y recibe gente de todas partes. Vanja, coordínate con Billy y Jennifer para que la búsqueda sea lo más extensa y eficaz posible.
Vanja hizo un gesto afirmativo y con una sonrisa de satisfacción agrupó sus papeles.
—Las mochilas de los holandeses —indicó Billy, echándose hacia atrás en la silla, con los dedos entrelazados detrás de la nuca.
—¿Qué pasa con las mochilas? —preguntó Ursula.
—No las hemos encontrado.
—¿Por qué teníamos que encontrarlas?
Billy bajó los brazos, volvió a inclinarse hacia delante y se encogió de hombros.
—Encontramos la ropa. ¿Por qué no las mochilas? —Echó una mirada rápida en dirección a Sebastian, como si fuera allí donde esperara encontrar oposición—. Iban a pasar toda la semana en la montaña. Debían de ir bastante cargados.
—Quizá se las llevó —añadió Vanja—. Me refiero al asesino —aclaró enseguida.
—¿Por qué? Pesarían bastante.
—No sabemos cómo llegó hasta allí. Quizá disponía de un todoterreno.
—Lo que dice Billy tiene sentido —intervino Ursula—. Las mochilas podrían estar ahí, en algún sitio. —Se volvió hacia Torkel—. Quiero que amplíen las excavaciones alrededor de la fosa.
Torkel volvió a suspirar. Era muy poco habitual en él. No le gustaban los suspiros de disgusto ni los lamentos en las salas de reuniones. Eran actitudes que restaban energía al grupo y creaban un ambiente negativo que prefería evitar.
—De acuerdo, pero, por lo que he podido oír, ya ha habido protestas. Estamos en un área natural protegida.
—Estamos investigando un asesinato —replicó Ursula secamente—. Algunas cosas son más importantes que otras, ¿no?
—Díselo a los ecologistas del ayuntamiento.
—Pensaba que eso te correspondía a ti.
Le sonrió y se puso a recoger los papeles que tenía delante. Era evidente que esa mañana no iban a llegar más lejos, por lo que todos empezaron a ponerse de pie.
—Hay una cosa… —La intervención de Jennifer los detuvo—. Algo que encontré cuando estaba consultando las denuncias de vehículos abandonados…
Todos volvieron a sentarse y la miraron, animándola a que continuara.
—Una mujer fue hallada muerta en esta zona, en el interior de un coche quemado, el 31 de octubre de 2003.
Inconscientemente, todos los presentes se echaron un poco hacia delante. El dato era interesante, quizá lo más interesante que había surgido hasta ese momento.
Billy se volvió hacia Jennifer, frunciendo el ceño. ¿Por qué no le había mencionado a la mujer quemada? La irritación empezaba a bullir en su interior. Habían estado trabajando juntos, codo con codo, durante casi una hora el día anterior y durante toda la mañana ese mismo día, hasta justo antes de empezar la reunión. Podía comprender que Jennifer sintiera la necesidad de demostrar su valía y de afianzar un lugar en el equipo. Después de todo, estaba a prueba. Pero, aun así, podía haberle dicho algo. Él le habría permitido que presentara la información y se pusiera todas las medallas. Buscó su mirada, pero ella tenía la vista fija en Torkel. Se sentía inseguro. Había congeniado enseguida con Jennifer. Se llevaban estupendamente y ella le había repetido en varias ocasiones lo mucho que se alegraba de que le hubieran brindado esa oportunidad. Él también se alegraba. No lo habría reconocido ni siquiera en su fuero interno, pero le gustaba que hubiera una persona nueva, para poder estar por encima de alguien en la jerarquía informal del grupo. Pero, de repente, Jennifer había sacado a relucir una información nueva, un dato importante que le había escamoteado, a pesar de haber estado trabajando juntos todo el tiempo. ¿Por qué? ¿Sería más ambiciosa de lo que parecía? ¿Aspiraría a ser la primera investigadora del equipo? ¿Querría ser la mejor? ¿Sería una nueva Vanja en todos los sentidos?
—No consiguieron identificarla —prosiguió Jennifer, aparentemente sin notar las miradas apremiantes de Billy—. No encontraron ningún documento. El coche incendiado se había alquilado el día anterior, en Östersund, a nombre de una tal Patricia Wellton. Pero Patricia Wellton no existe.
—¿Cómo que no existe? —preguntó Vanja.
—Identidad falsa —replicó Jennifer—. Documentos falsos. No ha sido posible determinar quién era. Según el informe, hablaba inglés y tenía un permiso de conducir norteamericano.
—Pero ¿en Estados Unidos nadie denunció su desaparición?
Jennifer negó con la cabeza.
—Según el mismo informe, que es extremadamente detallado, tampoco parece que haya ninguna Patricia Wellton en Estados Unidos con su misma fecha de nacimiento, ni con su número de carnet de conducir.
Para terminar, Jennifer repartió entre los presentes el informe impreso. Todos tendieron la mano para hacerse con una copia, y Torkel se puso a hojear rápidamente el material.
—Comprobadlo todo —dijo, dirigiéndose a Vanja, Jennifer y Billy—. Intentad averiguar cuándo entró en el país y conseguid todo lo que haya acerca de ese accidente: fotografías, informe de la autopsia, todo… ¿Cuándo dices que la encontraron?
—En la mañana del 31 de octubre.
—¿Dónde?
Jennifer se puso de pie y se dirigió hacia el mapa fijado a la pared. Cogió uno de los rotuladores y trazó un pequeño círculo rojo en una zona cercana a la carretera E-14.
—Aquí. Se cree que perdió el control del vehículo y cayó por un barranco.
—¿Y el coche se incendió? —preguntó Vanja.
—Así es.
Vanja siguió estudiando el material en silencio. Era muy poco frecuente que los coches estallaran o se prendieran fuego en los accidentes con un solo vehículo implicado. En las películas sucedía todo el tiempo, pero en la realidad era más bien poco habitual. Era una circunstancia que volvía el accidente aún más sospechoso.
—Una mujer no identificada, con documentación falsa, muere la misma semana en que probablemente seis personas fueron enterradas en una fosa común en las montañas.
No hizo falta que Torkel dijera nada más. Era posible que no hubiera ninguna relación entre los dos sucesos, pero las leyes de la probabilidad y la experiencia indicaban que tenía que haber algún vínculo.
De repente, las prioridades del equipo habían cambiado.
—¿Puedo hablar contigo un momento?
Billy abordó a Jennifer justo cuando ella se disponía a marcharse de la sala. Sabía que los sucesos de la mañana lo seguirían atormentando durante el resto del día y probablemente durante más tiempo. Por eso se dijo que lo mejor sería hablarlo cuanto antes, desahogarse.
—Sí, claro.
Jennifer aún estaba sonriendo, después de todos los elogios recibidos antes de que Torkel pusiera fin a la reunión. Pero, cuando se volvió hacia Billy, notó que su compañero no parecía tan contento como ella.
—¿Por qué no me dijiste nada del coche quemado?
—¿Qué?
Había una nota de asombro sincero en su voz.
—¿Por qué no me mencionaste el coche quemado mientras estábamos trabajando juntos, antes de la reunión? —insistió Billy.
—Estaba buscando todo lo relacionado con vehículos durante el período que nos interesaba y encontré eso.
—¿Y en ningún momento se te ocurrió contármelo?
—¿Antes que a los demás?
—Claro.
—¿Tenía que haberlo hecho?
—¿Tú qué crees?
Jennifer se encogió de hombros mientras miraba a Billy sorprendida.
—Tú estabas buscando en los hoteles y los albergues. Si hubieras encontrado algo, no habrías tenido ninguna obligación de contármelo a mí. Lo más importante es que lo sepa todo el grupo, ¿verdad?
Billy no respondió. En cierto modo, Jennifer tenía razón. El equipo se reunía con frecuencia precisamente por eso. Cada uno trabajaba por su cuenta e informaba al grupo en las reuniones conjuntas. Justo lo que había hecho ella. ¿Por qué tenía que ponerse tan quisquilloso? Billy empezaba a arrepentirse de habérselo reprochado.
—Si a partir de ahora encuentro algo más, te lo diré a ti primero —dijo Jennifer, deduciendo del silencio de Billy una respuesta negativa—. Ningún problema.
—No, no hace falta —respondió él en voz baja, desviando la vista a un costado, hacia el pasillo. No era fácil sostenerle la mirada.
—¿Seguro? Si quieres que presentemos juntos todo lo que encontremos, a mí me parece bien.
—No, de verdad te digo que no hace falta.
Billy la miró a los ojos y le sonrió, con la esperanza de compensar la acritud de sus recriminaciones anteriores.
—¿Seguro? —repitió Jennifer, que aún no parecía del todo convencida.
—Sí, seguro. Cometí un error. Perdóname.
—¿Ningún problema, entonces?
—No, ningún problema.
—Me alegro, porque no quiero meter la pata y que alguien se enfade conmigo.
—No has metido la pata. Te lo prometo.
Jennifer le sonrió y se despidió. Billy se quedó atrás, preocupado. ¿Qué demonios le estaba pasando? ¿Qué estaba haciendo? Se había disgustado porque Jennifer no lo había informado antes que a los demás. Sólo podía significar que de algún modo se sentía amenazado, y eso a su vez quería decir que la conversación con Vanja sobre quién de los dos era mejor policía le había calado más hondo de lo que pensaba. Creía haber dejado atrás todo eso. Y que entre los dos lo habían resuelto. Había vuelto a concentrarse en las cosas que se le daban mejor, consciente de que su función era diferente de la de Vanja pero igualmente importante dentro del equipo. O al menos eso pensaba. Pero se había enfadado con Jennifer. Y no se había presentado al proceso de selección para el curso del FBI. Pequeñas señales.
¿Dudaba de su propia capacidad? ¿O se estaba convirtiendo en uno de esos policías amargados que no han podido subir en la jerarquía y sienten que todos los demás trabajan contra ellos? No podía permitirlo. Era joven y le gustaba su trabajo. Quizá necesitaba un cambio. Tal vez lo mejor sería marcharse de la Unidad de Homicidios y buscar nuevos horizontes.