Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Valdemar Lithner se giró

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Valdemar Lithner se giró hacia la derecha y consultó el despertador sobre la mesilla de noche. Hora de regresar al trabajo. Había vuelto a casa para almorzar y, después de comer un poco de yogur con copos de avena sentado a la mesa de la cocina, se había echado un rato en la cama. Estaba agotado y no sabía bien por qué. Dormía tanto y tan profundamente como de costumbre, pero nunca se sentía del todo descansado. Le habían dicho que tal vez se debiera al exceso de trabajo, pero él no lo creía. Trabajaba lo mismo que antes o quizá incluso menos, y no se sentía particularmente nervioso ni estresado. Pero cada vez le costaba más esfuerzo trabajar y, además, tenía un dolor constante en la zona lumbar. ¿Habría hecho un mal movimiento? En cualquier caso, no parecía que fuera una lesión muscular. Salió del dormitorio, y sintió el apartamento vacío y silencioso. Cuando pasaran unos meses, estaría todavía más silencioso y vacío, porque Vanja se iba a Estados Unidos.

Hacía muchos años que no vivía con ellos, pero los visitaba con frecuencia. Cenaban juntos todos los jueves, pero el resto de la semana solía pasarse a veces para ver la televisión con ellos, tomar un café o picar algo. En ocasiones, cuando estaba cerca de su oficina, lo llamaba para ir a almorzar con él. Ahora todo eso se terminaría. Vanja se marcharía muy lejos y durante mucho tiempo, y Valdemar perdería lo que más apreciaba en la vida: el contacto cercano con su hija.

Naturalmente, quería que aprovechara la oportunidad. Estaba muy orgulloso de ella, como siempre. Pero cuando la habían contratado para trabajar en la Unidad de Homicidios, su reacción había sido únicamente de orgullo y alegría, mientras que ahora sus sentimientos se entremezclaban con cierta tristeza, y la añoranza le encogía el corazón cada vez que imaginaba a su hija en un lugar tan lejano, aunque aún faltaran dos o tres meses para la despedida.

No iba a quedarse solo. Tendría amor y compañía. Se llevaba muy bien con Anna, la quería tanto como al principio y no pensaba nunca en el futuro sin incluirla en sus planes. Pero su relación con Vanja era muy especial. Siempre había estado muy unido a su hija. Cuando era pequeña, Valdemar había tenido mucha más paciencia con ella que Anna. Le gustaba compartir sus juegos, hacer travesuras con ella y estar pendiente de sus deseos, y Anna se lo había agradecido. Cuando algunos de sus compañeros de trabajo y otros hombres que conocía le hablaban de los conflictos que tenían con sus hijas adolescentes y le decían que era como tener a un extraterrestre en casa, él nunca se sentía reflejado en aquellos problemas. Valdemar siempre había podido razonar con su hija, discutir con ella de manera constructiva y llegar a soluciones compartidas. Quizá se debiera a que Vanja siempre había sido muy madura para su edad, pero Valdemar prefería creer que el vínculo entre ellos era tan importante para ambos que ninguno de los dos estaba dispuesto a ponerlo a prueba con peleas y discusiones. A Anna le había costado mucho más relacionarse con Vanja durante su adolescencia, y por eso había dejado que Valdemar tomara la mayoría de las decisiones y estableciera las normas. Anna había tenido con Vanja una relación mucho más complicada que Valdemar. Nunca se enfrentaban abiertamente, ni se decían palabras duras, pero no estaban tan unidas como ellos dos.

Vanja siempre había sido la niña de papá. Y ahora iba a irse a vivir muy lejos.

Cuando le había contado sus planes, su primera reacción había sido oponerse a ellos. Quiso prohibírselo, buscar la manera de que no se fuera. Pero, al final, por primera vez desde que tenía memoria, le había mentido a su hija de manera consciente. Le había dicho que le parecía bien la idea. Durante semanas había tenido que esforzarse para reprimir el deseo de que fracasara en el proceso de selección. Había tenido que convencerse de que ella lo deseaba y de que la felicidad de Vanja también lo haría feliz a él.

Ahora quería con todo su corazón que lo consiguiera, pero a veces la añoranza se apoderaba de él, antes incluso de que su hija se hubiera marchado. Se preguntaba cómo se sentiría cuando ya estuviera viviendo en Estados Unidos.

Intentó apartar esos pensamientos tristes. Fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua y miró otra vez el reloj. Tenía que ponerse en camino. Dejó el vaso en el lavavajillas y salió al vestíbulo. Entonces sonó el teléfono. Era Annika, su secretaria. Cuando contestó, recibió una larga y precipitada parrafada que no entendió del todo. Annika parecía indignada, y Valdemar esperaba haber interpretado mal lo poco que había entendido. Tuvo que esforzarse para que no le temblara la voz, cuando le pidió que se calmara y que le repitiera lo que acaba de decirle. Annika hizo una inspiración profunda y enseguida Valdemar pudo constatar que por desgracia lo había interpretado bien la primera vez. Tenía que volver de inmediato a la oficina, porque la policía estaba allí y quería ver algunos documentos de varios años atrás. Valdemar dijo que ya iba para allá y colgó.

Pero no se movió. Se quedó parado en el vestíbulo, tratando de ordenar los pensamientos.

Se había salvado.

Había tomado un atajo.

La investigación preliminar se había archivado por falta de pruebas.

Lo había hecho por la familia.

Había sido un error, por supuesto. Había sido fácil, pero no debió hacerlo. Ahora había quedado atrás. Olvidado. Sepultado en el pasado. La policía estaba en su oficina. Tenía que ser por eso. Pero ¿por qué ahora? ¿Por qué otra vez?

Una manera fácil de ofrecerles lo que de otra manera no habría podido darles.

Si no creyeran que esta vez podían atraparlo, no habrían regresado. ¿Qué podía haber pasado? Él no era un delincuente. Pero había sido tan tentador, tan fácil…

Un atajo.

Seguro y sin riesgos.

¿Cómo iba a manejar la situación?

Otro timbrazo quebró el silencio. Valdemar se sobresaltó. Era el timbre de la puerta. ¿Quién podía llamar a esa hora del día, cuando habitualmente no había nadie en casa? Abrió la puerta, teniendo aún la cabeza en otro sitio, pero enseguida toda su atención se concentró en su visitante.

La reconoció enseguida.

Era Ingrid Ericsson, de la Unidad de Delitos Económicos.

Le estaba sonriendo.

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