Muertos prescindibles
Después de la reunión
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Después de la reunión de la mañana, todos tenían cosas que hacer. La tarea de Billy era averiguar cuándo había llegado Patricia Wellton a Suecia y por dónde había entrado. Todos sabían que le llevaría mucho tiempo descubrirlo, si es que lo conseguía. Si Patricia Wellton, o como fuera que se llamara en realidad, había llegado en coche o en tren, no habría dejado ningún rastro de su entrada en el país. Pero, aun así, estaban obligados a intentarlo. Billy le pidió ayuda a Jennifer y ella aceptó encantada. Le aclaró que no era necesario que lo informara de todo lo que descubriera y volvió a pedirle disculpas por los reproches de antes. Ella le dijo que no tenía importancia.
Se sentaron frente a frente en el comedor, aprovechando que estaba vacío, cada uno con su ordenador y su teléfono, y empezaron por el principio. ¿Qué sabían? No mucho. De hecho, la única información de que disponían era que Patricia Wellton había alquilado un coche en Östersund, en la mañana del 30 de octubre de 2003. No les llevó mucho tiempo averiguar que el aeropuerto de Östersund no había recibido ningún vuelo directo internacional en esa fecha, ni tampoco ningún chárter. El que más se aproximaba era un vuelo procedente de Ámsterdam, que había aterrizado el día 26. Billy y Jennifer consideraron la posibilidad de que Patricia hubiera pasado cuatro días en Östersund, pero la descartaron de inmediato.
A continuación tenían que buscar en los vuelos nacionales y los trenes. Decidieron empezar por los dos aeropuertos más grandes de Suecia: Jennifer eligió el de Arlanda, y Billy, el de Landvetter.
Antes de ponerse manos a la obra, fueron a buscar un termo de café a la cocina y sacaron un paquete de galletas de un armario. Después, en la libreta que encontraron sobre el mostrador, apuntaron lo que habían cogido. Era el sistema que les habían propuesto Mats y Klara la noche anterior: «Coged lo que queráis, pero no olvidéis apuntarlo».
De vuelta en el comedor, se sirvieron café y se miraron por encima de la mesa. Billy suspiró.
—Bueno, ¡empecemos! —exclamó.
Brindaron con las tazas y, para tratar de conseguir las listas de pasajeros, se dispusieron a llamar a todas las aerolíneas que el 30 de octubre de 2003 o la semana anterior habían volado a Estocolmo o a Gotemburgo. Si al final lograban superar todo el laberinto burocrático y obtenían la información, tendrían que estudiar miles de nombres. Además, existía el riesgo de que las compañías no hubieran conservado los datos que buscaban.
—Esto parece el trabajo de Sísifo —dijo Jennifer, sonriéndole a Billy por encima del portátil abierto.
—Sí, y que lo digas —respondió él, también con una sonrisa.
No sabía muy bien quién era Sísifo. Le sonaba algo de la mitología griega, pero no pensaba preguntar.
Torkel tenía que averiguar si desde Estados Unidos podían ayudarlos a identificar a Patricia Wellton. El permiso de conducir que había presentado parecía auténtico, a juzgar por la fotocopia que conservaba la agencia de alquiler de coches. Era una buena falsificación, tan buena que quizá con suerte la hubiera utilizado ya con anterioridad. De ser así, era posible que las autoridades estadounidenses pudieran seguirle la pista hasta determinar su verdadera identidad. Eso, en caso de que fuera norteamericana. También era posible que tuviera otra nacionalidad, pero figurara la estadounidense en su documentación falsa. Nada era seguro, pero era preciso empezar por alguna parte.
Torkel tenía muy pocas probabilidades de comunicarse directamente con el funcionario norteamericano que pudiera ofrecerle la información que buscaba. Por eso se puso en contacto con la IPO, la unidad de la policía sueca que coordinaba la colaboración internacional con otros cuerpos policiales del mundo. Lo atendió Börje Dahlberg, un colega que Torkel conocía bastante bien. Después de unas cuantas preguntas de cortesía sobre el trabajo y la vida —dos temas que en el caso de Torkel eran por desgracia totalmente coincidentes—, Börje le prometió que investigaría a Patricia Wellton y lo volvería a llamar en cuanto tuviera alguna novedad. Torkel se lo agradeció y colgó. No podía hacer mucho más por el momento. Salió al pasillo y pasó delante del cuarto de Ursula, pero no se detuvo. Sabía que estaba vacío. Ursula había vuelto a la fosa con los cadáveres. El día anterior habían empezado a cribar la tierra desplazada. El trabajo continuaba por la mañana y ella quería estar presente. Antes de llamar a la IPO, Torkel había pedido que ampliaran el área de la excavación, para tratar de localizar las mochilas de los holandeses. Esperaba una oposición bastante firme y estaba dispuesto a imponer su autoridad, pero al final le había resultado sorprendentemente fácil conseguir que volvieran a enviar una excavadora al lugar del hallazgo. Sin embargo, no pensaba contarle esa versión a Ursula. A ella le diría que había tenido que combatir con una horda de burócratas implacables, ecologistas hostiles y periodistas de pluma afilada, y los había tenido que convencer por el bien de la investigación, pero también por complacerla a ella.
En el comedor, encontró a Jennifer y a Billy sentados frente a frente, cada uno con su teléfono en la mano, ambos hablando en inglés. Se acercó a la barra, cogió una taza vacía, se sirvió café del termo que encontró sobre la mesa y esperó a que uno de los dos terminara de hablar para preguntarles si podía ayudarlos en algo.
Tras la reunión, Vanja se propuso ir a investigar el vehículo quemado. La agencia de alquiler de coches de Östersund les había proporcionado todos los datos de que disponía, y el informe policial sobre el accidente era muy bueno. Con una sonrisa, pensó que Ursula lo habría calificado de «desusadamente bueno». Pero ella confiaba bastante más que su colega en la eficacia de los cuerpos de policía locales, aunque eso tampoco significara mucho. Para tenerles más confianza que Ursula bastaba con considerarlos algo más que ineficaces equipos de aficionados, con el nivel de competencia de una pandilla de niños de seis años.
Vanja decidió ir a Åre. Estaba muy bien disponer de los informes, pero siempre era posible averiguar un poco más hablando personalmente con los autores. Sería necesario ver si aún seguían en la comisaría los mismos empleados que trabajaban allí en 2003. Cogió una copia del informe que había distribuido Jennifer, se puso el abrigo y se encaminó a la salida.
—¿Adónde vas?
Se volvió y vio a Sebastian, arrellanado en uno de los sillones a la derecha de la entrada. Tenía una revista vieja en la mano y, cuando la apartó, dejó brevemente a la vista un crucigrama a medio resolver. Toda su persona transmitía una sensación casi física de aburrimiento y hastío.
—A Åre —contestó ella.
—¿Por qué?
—Quiero ver si averiguo algo más acerca del coche incendiado.
—¿Puedo ir contigo?
Había esperanza en su voz. Vanja observó también que se lo había preguntado. «Voy contigo» habría sido más del estilo de Sebastian. Pero después del caso Hinde y de todo lo sucedido, lo notaba cambiado: más amable y menos beligerante, por lo menos con ella. No tenía nada en contra del cambio, ni tampoco de que la acompañara.
—¿Te aburres? —le preguntó, señalando con un movimiento de cabeza la ajada revista.
—No. Podría pasarme el día entero intentando recordar cuál es el «dios egipcio de dos letras», pero me gustaría salir un poco.
Vanja asintió.
—Entonces date prisa.
—Estaré listo dentro de dos minutos.
Decir que se aburría habría sido infravalorar la magnitud de su tedio. Conocía una sola manera de apaciguar la inquietud y el desasosiego que lo abrumaban, pero no tenía a nadie a quien llevarse a la cama. Por un momento había pensado en Klara, pero nunca la había visto a más de dos pasos del barbudo de su marido y, además, su actitud y su forma de vestir le sugerían un amor y un entusiasmo por la naturaleza y por la vida al aire libre que lo desanimaban. Supuso que un pequeño paseo con Vanja podría remediar en parte su situación. De todos modos, no tenía nada de provecho que hacer en el albergue.
Había seis esqueletos y un coche accidentado.
Nada en lo que pudiera aplicar directamente sus conocimientos. ¿Qué podía hacer? Aunque había dejado de llover y hacía un bonito día de otoño, no tenía intención de dar un paseo. Había salido media hora por la mañana y había visto el paisaje. Para él ya era suficiente. No entendía a la gente que se emocionaba con la naturaleza. En su opinión, las vastas extensiones solitarias estaban muy sobrevaloradas. ¿Por qué era mejor y más fantástico abarcar varios kilómetros con la vista que unos pocos metros? Sí, por supuesto, las cataratas podían ser impresionantes y las montañas, grandiosas; pero eso a él no lo inspiraba ni le aportaba nada. Durante su estancia en Estados Unidos, había viajado mucho. Había visto el Gran Cañón, las montañas Rocosas y las cataratas del Niágara. Había oído a mucha gente soltar exclamaciones de admiración y decir que la inmensidad del paisaje les revelaba la insignificancia humana.
Como si eso fuera algo positivo.
Imbéciles.
Descolgó la chaqueta del gancho junto a la puerta y se dirigió otra vez a la entrada. Para estar con Vanja.
Hicieron la mayor parte del camino en silencio, pero a Sebastian no le molestó. Había diferentes tipos de silencio y ese en concreto estaba bien. No era una exclusión hostil, ni una frialdad deliberada, sino un silencio natural entre dos personas que no necesitan ocupar cada minuto con palabras. Alguna vez hacían algún comentario sobre algo que veían. Por lo general era Vanja la que hablaba y casi siempre para referirse a la naturaleza de su alrededor. Dijo que algún día le gustaría hacer una ruta a pie por las montañas. Hacer todo Kungsleden, el camino real, desde Abisko hasta Hemavan. Sin prisas. Únicamente con la mochila, la tienda y el repelente de mosquitos. Quería vivir toda la experiencia. Pero tendría que posponer el proyecto ahora que se iba a vivir a Estados Unidos.
Sebastian no mordió el anzuelo. No quería hablar de su partida. Quería disfrutar del momento mientras iban circulando juntos por la carretera, entre las montañas y en mutua compañía. Además, ya lo había decidido. No iba a permitir que se marchara. Todavía no sabía cómo lo haría. Solamente tenía el embrión de una idea, pero aún le faltaba mucho para terminar de redondear el plan.
—Kungsleden seguirá ahí cuando vuelvas —le dijo simplemente, y desvió la cara hacia la ventana, por miedo a que algún gesto pudiera traicionar sus pensamientos.
Después de todo, Vanja era una policía con una capacidad casi sobrenatural para detectar por el tono de voz si la gente mentía u ocultaba algo.
—¿Esquías? —le preguntó Vanja cuando estaban cerca de Åre y empezaron a ver a la izquierda de la carretera los remontes y las pistas de eslalon.
—No, ¿y tú?
—No mucho, ni tampoco muy bien, pero me defiendo.
—¿Te enseñó tu padre?
Vanja giró brevemente la cabeza y lo miró sorprendida. ¿Había tensión en su manera de decirlo? Sebastian no apartó la vista de la carretera.
—Sí. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada —respondió Sebastian encogiéndose de hombros—. Me pareció la típica cosa que los padres enseñan a sus hijos.
«Como a nadar», pensó y enseguida notó que a su pesar la mano derecha se le cerraba. Estiró los dedos y apoyó el codo contra la ventana. Iba a tener que extremar las precauciones. Una cosa era el sueño, que no podía controlar, y otra muy distinta sus pensamientos. ¿Por qué había tenido que venirle esa idea a la cabeza justamente en aquel momento, cuando estaba en el coche con Vanja? Por mucho que lo hubieran afectado los niños muertos en la montaña, Sebastian Bergman siempre controlaba sus pensamientos. Era parte de su éxito y de su grandeza. Siempre llevaba con mano firme las riendas de su mente. No permitía que su intelecto vagara libremente, sino que lo obligaba a trabajar para él. Su objetivo era el control total, y muchas veces lo conseguía.
—¿Has estado casado? —preguntó Vanja mientras pasaban por Tegelfjäll.
Sebastian quedó paralizado. Aunque pudiera decidir sobre sus pensamientos, era evidente que no podía controlar la conversación. Repasó rápidamente las posibles respuestas. Decirle a Vanja que no era asunto suyo habría sido una mala solución, porque podía despertar sospechas y la pondría de mal humor. Podía mentirle, decirle simplemente que no. Pero eso daría pie a más preguntas innecesarias si Vanja descubría que le había mentido. Decidió decir la verdad, al menos en esa ocasión.
—Sí, una vez.
—¿Cuándo?
—Me casé en 1998.
—¿Y cuándo te divorciaste?
Sebastian dudó un momento, pero decidió continuar por el mismo camino. Contarle la verdad.
—No me divorcié. Mi mujer murió.
Vanja guardó silencio. Sebastian siguió mirando al frente. A Torkel también le había contado hasta esa parte cuando se habían encontrado en Västerås, pero nada más. Tampoco pensaba seguir hablando en esta ocasión.
Nadie sabía nada más.
Nadie lo sabía todo.
Si Vanja seguía preguntando, empezaría a mentir.
¿O no?
¿Lo contaría por primera vez? ¿Se lo explicaría todo? Sobre Lily y Sabine, su ausencia y lo mucho que las echaba de menos. Sobre la angustia y lo cerca que había estado de irse completamente a pique. Sobre su sensación de que en gran medida no hacía más que fingir que estaba vivo.
Probablemente la confesión conseguiría unirlo mucho más a Vanja y volver más profunda su relación. No podía hacerle ningún mal. Sin embargo, se reafirmó en su decisión de no contarle nada.
No quería.
Se negaba a utilizar a una de sus hijas para acercarse a la otra. Habría sido una maniobra vil. Habría sido aprovecharse de Sabine y de su muerte para obtener un beneficio, utilizarla como instrumento para hacerle chantaje emocional a Vanja y estrechar así la relación entre ambos.
No quería hacerlo así.
No podía.
—Lo siento —dijo Vanja en voz baja.
Sebastian se limitó a hacer un gesto afirmativo. Esperaba que no le preguntara nada más.
—¿Cómo murió?
Sebastian lanzó un suspiro. Tenía que poner fin a la conversación. No podía cambiar de tema, ni disfrazar la verdad. Tampoco podía decirle que ya se lo contaría en otra ocasión, cualquier otro día. Tenía que cortar de raíz su curiosidad.
De una vez y para siempre.
Se volvió hacia Vanja.
—Murió y ya está. ¿Qué más quieres saber? ¿Necesitas que te enseñe el informe de la autopsia?
Vanja le lanzó una mirada rápida y enseguida volvió a concentrarse en la conducción y en la carretera. Había querido demostrarle cierto interés, pero era evidente que se había adentrado en terreno minado. Aunque sus intenciones habían sido buenas, se había excedido.
—Perdóname. Ya sé que no es asunto mío.
—No, no es asunto tuyo.
Vanja no respondió. ¿Qué otra cosa habría podido decir? Sebastian había puesto fin a la conversación. Siguieron circulando en silencio.
—¿Estás segura de que es aquí? —preguntó Sebastian mientras salía del coche.
Vanja comprendía su escepticismo. El edificio marrón de dos plantas parecía más adecuado para una peluquería o una pizzería pequeña que para una comisaría, pero el GPS los había llevado hasta allí y además en la fachada había un cartel de la policía, por lo que estaban en el sitio correcto.
—Ni siquiera ocupa toda la finca —observó Sebastian, señalando el logo de una compañía de seguros fijado a la pared—. Esto es una covacha. ¿Cuánta gente trabajará aquí?
—No lo sé —dijo Vanja, empujando la puerta.
Dentro, a la derecha, había un mostrador de recepción, y a la izquierda, varias sillas apoyadas contra la pared, en torno a una mesa donde se amontonaban unos cuantos periódicos y algunas publicaciones de la policía. Justo enfrente de la entrada, otra puerta conducía a una especie de despacho y, a su lado, una escalera subía al primer piso. Vanja y Sebastian se acercaron al mostrador, se presentaron y explicaron lo que querían. La recepcionista asintió con un gesto.
—¡Kenneth! —gritó a pleno pulmón, en dirección a la escalera.
Después se volvió hacia los visitantes, con una cálida sonrisa que Sebastian se apresuró a corresponder.
¿Cuántos años tendría? Cuarenta o cuarenta y cinco. Pelo corto y oscuro, pómulos altos, labios finos y pechos bastante generosos, debajo de la camisa bien planchada del uniforme. Sebastian se inclinó ligeramente sobre el mostrador, para verle las manos, y notó que no llevaba anillo de casada.
—Ahora viene —les dijo la mujer cuando ya se oían pasos en el piso de arriba.
Enseguida apareció un hombre de unos treinta y cinco años, que se presentó como Kenneth Hultin.
—Hemos sacado todo el material que tenemos, para que podáis verlo —dijo mientras los conducía al piso de arriba.
En la planta alta había tres mesas de escritorio, distribuidas a la derecha de la escalera. Kenneth les indicó que se dirigieran a la izquierda y los hizo pasar a una especie de cocina, que aparentemente funcionaba como comedor para el personal. En un extremo, había una mesa con mantel de hule amarillo rayado y cuatro sillas plegables y, en el otro, una pequeña encimera y un frigorífico que apenas cabía en su rincón. Sobre la nevera había un horno de microondas, y sobre la encimera, una cafetera y un escurreplatos con varias tazas dentro. En el ambiente flotaba un inconfundible olor a pescado.
—¿Queréis café o alguna cosa? —preguntó Kenneth, señalando con la cabeza la jarra medio llena de la cafetera.
—¿Qué es «alguna cosa»? —replicó Sebastian.
—¿Perdón?
—«Café o alguna cosa» —repitió Sebastian—. ¿Qué es «alguna cosa»?
—Eh… Té, agua, fruta…
Kenneth señaló con un gesto una fuente con manzanas, sobre la mesa.
—Estamos bien así, gracias —intervino Vanja, lanzándole una mirada a Sebastian, que para entonces había perdido todo interés en la conversación y contemplaba con expresión de disgusto un tapiz de grandes dimensiones colgado de la pared.
Kenneth asintió y se marchó. Vanja se sentó, acercó el material dispuesto sobre la mesa y empezó a leer.
La policía había recibido el aviso a las 8.23 de la mañana del 31 de octubre. A las 8.57, una patrulla se había presentado en el lugar de los hechos y había encontrado una persona muerta en el asiento delantero del coche quemado.
—Oye, me voy a dar una vuelta.
Vanja levantó la vista del informe y vio que Sebastian le señalaba la puerta con la cabeza.
—Creía que habías venido a ayudar.
—No. He venido para salir de ese lugar tan deprimente perdido en la montaña.
Sebastian se marchó y Vanja, después de lanzar un sonoro suspiro, volvió a enfrascarse en la lectura.
El cuerpo hallado en el coche estaba en tan mal estado que había sido imposible determinar su sexo o su edad. Por la matrícula, el vehículo había sido identificado como un coche alquilado por una agencia de Östersund a una tal Patricia Wellton, natural de Kentucky, Estados Unidos. Cuando la policía intentó localizar a los allegados de la mujer, consultar sus registros odontológicos o conseguir cualquier otro medio para confirmar su identidad, había averiguado que Patricia Wellton, natural de Kentucky, no existía, ni había existido nunca. El carnet de conducir era falso. La investigación no había pasado de ahí. Se suponía que la persona que encontraron en el coche debía de ser la mujer que se hacía llamar Patricia Wellton, ya que no había denuncias de otras mujeres desaparecidas, pero era imposible afirmarlo con seguridad. En la carpeta había unas cuantas fotografías del lugar del accidente. Vanja les echó un vistazo y decidió llevárselas. Estaba convencida de que a Ursula le dirían mucho más que a ella.
El coche lo había analizado la policía científica. Vanja hojeó rápidamente el informe. No había ningún desperfecto mecánico que explicara la pérdida de control del vehículo. Los frenos y la dirección estaban en perfecto estado.
La investigación del lugar del accidente tampoco había permitido establecer ningún motivo para que el coche se hubiera salido del camino. No había señales de un reventón, ni del encuentro repentino con un animal. La ausencia de marcas de frenado y de cualquier otro signo de maniobra brusca hacía pensar que quizá la conductora se había dormido o se había sentido indispuesta, y, como consecuencia, se había despeñado.
Vanja volvió a consultar uno de los documentos que ya había leído.
La autopsia no había permitido establecer si la mujer estaba viva o muerta en el momento en que se declaró el incendio en el coche. En teoría, podía haber sufrido un ataque cardíaco.
Vanja pasó nuevamente las hojas, hasta llegar otra vez al informe de la policía técnica. Al final, había una lista de los objetos hallados en el interior del vehículo. Era muy breve. El maletero estaba vacío. Vanja reflexionó un momento. No era obligatorio pensar que la mujer llevara equipaje, aunque podía parecer un poco extraño que no lo tuviera cuando probablemente acababa de viajar a Suecia. Además, cuando había alquilado el vehículo había tenido que identificarse y pagar. Por lo tanto, tenía que llevar un bolso de mano o, como mínimo, una cartera. Sin embargo, nada de eso se halló dentro del vehículo, ni en el cadáver. Vanja sacó una libreta de notas y escribió: «¿Permiso de conducir, dinero?».
Después, volvió a leer todos los documentos desde el principio, con la libreta al lado. Cuando terminó de estudiar el material por segunda vez, anotando todas sus dudas, llamó a Kenneth, con la esperanza de que pudiera despejarle por lo menos algunas de ellas.
Veinte minutos después, Vanja había conseguido el nombre de la persona que había avisado del accidente y sabía quién había remolcado el vehículo siniestrado. Le dio las gracias a Kenneth, reunió todo el material que pensaba llevarse y bajó la escalera.
Sebastian estaba en la recepción. La mujer del mostrador reía de buena gana y estaba escribiendo algo en el dorso de una tarjeta de visita. Vanja supuso que sería su número de teléfono, sobre todo al ver que la mujer le tendía la tarjeta a Sebastian con un discreto guiño.
—¿Estás listo? —le preguntó Vanja a Sebastian cuando pasó a su lado.
—Yo sí, ¿y tú?
En lugar de contestar, Vanja empujó la puerta y salió. Se puso a inhalar profundamente el aire fresco del otoño mientras caminaba hacia el coche. Era agradable dejar atrás el aire viciado y el olor a pescado del comedor de la comisaría, pero también le hizo bien hacer unas cuantas inspiraciones profundas, para apaciguar la sensación de creciente irritación. Se dijo que era una tontería molestarse. Una estupidez. Las aventuras amorosas de Sebastian no eran asunto suyo, pero había algo tremendamente chocante en su necesidad casi obsesiva de llevarse a la cama a todas las mujeres que conocía. Era desagradable. Casi sentía vergüenza por él, pero al mismo tiempo se daba cuenta de que su comportamiento tenía un punto de tristeza. Y también de desesperación. ¿Qué buscaba en esas relaciones pasajeras? ¿Qué vacío pretendía llenar? Además, Sebastian estaba allí en calidad de miembro de la Unidad de Homicidios y, desde ese punto de vista, su conducta era totalmente inapropiada. Aunque Vanja no pensaba mencionárselo. Se lo diría a Torkel, y entonces el problema sería de su jefe.
Oyó que la recepcionista volvía a reír y se despedía de Sebastian con un «nos vemos» mientras este abría la puerta y salía. Al cabo de unos segundos, Sebastian estaba al lado de Vanja, con una sonrisa en los labios.
—Bueno, ¿qué hacemos ahora? —preguntó, abriendo la puerta del coche del lado del acompañante.
—Tengo una dirección —respondió Vanja, rodeando el vehículo.
—¿De quién?
—Del tipo que encontró el coche.
—¿Por qué quieres que vayamos a hablar con él?
—Porque encontró el coche.
Vanja abrió la puerta del lado del conductor y se sentó. Sebastian se puso a repasar mentalmente el breve diálogo que acababan de tener. Vanja estaba irritada. Era posible que Kenneth la hubiera defraudado, pero lo más probable era que el motivo fuera el habitual.
Él. Sebastian.
—¿Es por Bodil? —preguntó mientras esperaban a que dejaran de salir coches del túnel que pasaba por debajo de las pistas de eslalon, para poder girar a la izquierda y entrar en la E-14.
—¿Quién es Bodil?
—La recepcionista. No hace falta que me acueste con ella si tú no quieres.
Vanja salió a la carretera principal y aceleró rápidamente hasta quince kilómetros por encima del límite de velocidad. Sebastian siempre la desconcertaba. A ella jamás se le habría ocurrido hablar de su vida sexual con un colega. Ni siquiera le habría revelado detalles íntimos a Billy, a quien consideraba un amigo bastante cercano. Tampoco habría tenido mucho que explicar en ese sentido en los últimos tiempos, pero aun así… Por lo visto, se trataba de otro límite que la gente normal respetaba y que a Sebastian Bergman no le molestaba sobrepasar.
—¿Por qué piensas que puede importarme con quién te acuestes? —preguntó Vanja con cierta dureza.
—Porque pareces enfadada.
—No lo estoy.
Sebastian asintió en silencio. El círculo se había cerrado. Habían dado toda la vuelta, para llegar al mismo punto que antes. No podían ir más lejos. Vanja subió el volumen de la radio.
La emisora era la radio P4 Jämtland. Estaban diciendo algo sobre un oso.
Y, después, sonó una canción de Roger Pontare.
Siguieron circulando por la carretera, sin hablar.