Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Vanja pasó con el coche

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Vanja pasó con el coche entre dos postes torcidos y siguió las rodadas del sendero fangoso, hasta detenerse junto a una casa solitaria. Apagó el motor y, por un momento, los dos se quedaron en silencio, contemplando el panorama.

A la derecha, en medio de la amplia parcela, se erguía una casa pintada de verde, de dos plantas, con puertas y ventanas blancas. O al menos habían sido blancas en otra época, porque la pintura se había desconchado y en algunos sitios dejaba ver la madera oscura, deteriorada por la humedad. También había desconchones en las paredes de madera, que en varios puntos estaban mohosas. El terreno en torno a la casa parecía un pequeño desguace. Vanja distinguió tres motos de nieve que probablemente estaban en condiciones para usarse, una furgoneta, un camión pequeño y un Volvo 242 oxidado, aparcados unos junto a otros, delante de un garaje abierto construido con tablas y lonas, que se estaba viniendo abajo por varios sitios. Entre el garaje y un cobertizo un poco más grande, que también parecía a punto de derrumbarse, había una serie de máquinas distribuidas sin orden ni concierto: una motosierra, una trituradora de madera, un cortacésped, una quitanieves y un objeto informe debajo de una lona verde. Contra una de las paredes del cobertizo rojo había apoyadas una barrena para nieve y una desbrozadora. Al otro lado de la casa, Vanja divisó una cama elástica cubierta aún por las hojas del otoño anterior, detrás de una pila de leña perfectamente cortada. También había un ciclomotor y una moto de trial, medio cubiertos por otra lona, entre una variedad de herramientas y maquinaria de jardín, aunque nadie parecía ocuparse de cortar la hierba ni de podar los arbustos. A las puertas del cobertizo, había un perro atado con una cuerda gruesa, que se puso a ladrar en cuanto entraron en la finca.

Vanja y Sebastian se bajaron del coche y se dirigieron hacia la casa. Antes de llegar, vieron que se abría la puerta y salía un hombre al porche. El pelo largo le asomaba debajo de una gorra con visera y le encuadraba la cara, cubierta por una barba enmarañada que parecía empezar justo donde terminaban los ojos y hacía difícil calcular la edad del hombre. Vestía camisa de franela de cuadros rojos, pantalones verdes con infinidad de bolsillos y botas de trabajo. Vanja y Sebastian se detuvieron. El hombre bajó los peldaños del porche, le gritó al perro que dejara de ladrar —sin ningún éxito— y salió al encuentro de sus visitantes.

—¿Qué quieren?

—¿Harald Olofsson?

El hombre hizo un gesto afirmativo.

—¿Y ustedes?

Vanja se identificó, presentó a Sebastian y enseñó la placa de policía. Harald ni siquiera le echó un vistazo.

—Tengo entendido que encontró un Toyota quemado por esta zona, en octubre de 2003. ¿Es así?

—Puede ser.

—Nos gustaría hablar un poco al respecto.

—Muy bien.

Harald escupió hacia un costado, se metió las manos en los bolsillos delanteros y empezó a balancearse adelante y atrás sobre los talones, con la mirada fija en el suelo y los ojos tapados por la visera. No hacía falta ser psicólogo para notar que estaba incómodo con la situación.

—Encontró el vehículo siniestrado la mañana del 31 de octubre —observó Vanja mientras sacaba la libreta de notas—. ¿Qué hizo cuando lo vio?

—Llamé a la policía.

—¿No bajó hasta donde estaba el coche?

Harald levantó una mano y se atusó la barba, como para hacerles notar a sus visitantes que estaba reflexionando. Quería mostrar que comprendía la seriedad del asunto y, al mismo tiempo, hacerles notar que había pasado tanto tiempo que necesitaba hacer memoria. En realidad, se estaba preguntando cuándo tendría que empezar a mentir. ¿Cuánto sabrían? ¿A qué venía esa última pregunta? ¿Lo estarían poniendo a prueba? Ya había tenido que vérselas con la policía en otras ocasiones. Su estrategia consistía en contestar con monosílabos y evasivas, hasta descubrir cuánto sabían los agentes y qué querían averiguar. A partir de ahí, podía adaptar sin dificultad sus respuestas y su versión de la historia. Pero los dos que tenía delante venían de Estocolmo. De la Unidad de Homicidios, por más señas. ¿Por qué estarían interesados en un accidente de tráfico que tuvo lugar varios años atrás? No lo sabía, ni pensaba preguntárselo. Se mantendría en su papel de tipo huraño del norte, hosco y de pocas palabras. Le bastaría con confirmar los prejuicios sobre la gente de su región que tenían los de Estocolmo. Pensaba responder solamente lo que le preguntaran, con monosílabos y evasivas. Aplicaría la táctica que tantas veces había utilizado, aunque esta vez los adversarios fueran nuevos. En algún momento tendría que desviarse un poco de la verdad, pero lo haría cuando él mismo lo considerara oportuno.

—Sí —dijo con un leve asentimiento, como si acabara de encontrar la imagen de aquella mañana en las profundidades de su memoria—. Sí, bajé a ver el coche.

—¿Antes de llamar a la policía? —preguntó Vanja.

—Sí.

—¿Por qué?

Harald levantó la vista debajo de la visera y, por primera vez en toda la conversación, miró a Vanja a los ojos.

—Para ver si había algún herido.

Eso ya era una verdad a medias. Harald se dio cuenta de que se acercaba velozmente al límite a partir del cual tendría que empezar a mentir.

—¿Tocó alguna cosa del coche?

Un paso más. Ya estaba en la frontera, a punto de traspasarla.

—No creo —respondió con cierta vacilación, como para suavizar la mentira y aplazar un poco más el momento de cruzar la línea.

—¿Sí o no?

Pero no dio su brazo a torcer.

—Han pasado nueve años —dijo.

—¿Cuántos coches quemados con un cadáver en su interior ha encontrado desde entonces? —preguntó el hombre mayor que acompañaba a la mujer joven, con evidente irritación en la voz—. Yo diría que ninguno. ¿Me equivoco?

Harald volvió la cabeza y cruzó una mirada con el hombre. ¿Cómo había dicho que se llamaba? ¿Bergman? Hasta ese momento había guardado silencio. ¿Significaría algo? Su pregunta no había sido en realidad una pregunta, sino más bien una observación. Harald tuvo la sensación de que el hombre que tenía delante era capaz de ver más allá de las medias verdades y las cortinas de humo. Tenía que elegir entre una cosa o la otra: la verdad o una mentira convincente. Decidió empezar por lo primero.

—No.

—La mujer estaba achicharrada. No se le ocurriría tomarle el pulso, ¿verdad?

—No.

—Entonces no puede ser tan difícil recordar si tocó algo del coche.

—Supongo que no.

—¿Tocó algo?

Había llegado el momento de mentir.

—No.

—¿Está seguro?

Harald asintió con repentino énfasis, como si de pronto el recuerdo se hubiera materializado en su mente.

—Sí. Di una vuelta alrededor del coche, para ver si alguien había salido despedido, así que es probable que lo tocara por fuera. Estoy casi seguro. Pero por dentro, no.

Guardó silencio. Sebastian supuso que estaría agotado después de haber articulado una respuesta larga y coherente. El hombre volvió a escupir y fijó una vez más la vista en el suelo, delante de sus pies.

Vanja lo miraba con curiosidad. La última respuesta, razonada y explicativa, había sido diferente de las demás. De hecho, el hombre había respondido más de lo que le habían preguntado, casi como si estuviera exponiendo una coartada. Después, había vuelto a bajar la vista. Estaba a punto de preguntarle si tenía armas en su poder y, de ser así, cuáles eran, cuando Sebastian tomó la palabra.

—¿Tiene hijos?

Harald lo miró con auténtica sorpresa.

—No.

—Entonces ¿qué hace eso ahí? —preguntó Sebastian señalando la cama elástica—. Usted no parece el tipo de persona que se divierta saltando.

—Unos vecinos se cansaron de tenerla —respondió Harald, encogiéndose de hombros—. Voy a intentar venderla por internet.

Sebastian miró rápidamente a su alrededor. No había ninguna casa a la vista.

—Aquí no hay vecinos —observó.

—Un poco más lejos —dijo Harald, apuntando con un dedo hacia un lugar impreciso, por encima del hombro de Sebastian.

Sebastian se volvió hacia Vanja, cruzó con ella una mirada y notó que estaba pensando lo mismo que él.

—Está mintiendo.

Vanja conducía con expresión concentrada por el camino que los alejaba de la casa solitaria, de regreso a la carretera.

—Ya lo sé —respondió Sebastian—, por lo menos en lo que respecta a la cama elástica.

—¿Crees que es robada?

Sebastian se encogió de hombros.

—Quizá no la haya robado él, pero no creo que tenga la factura de todo lo que acumula en esa parcela.

Vanja asintió. Daba lo mismo que fuera un ladrón o un vendedor de mercancía robada. Había sido el primero en llegar al lugar del accidente y su aparente flexibilidad en lo tocante a la propiedad privada podía despejar uno de los interrogantes de la investigación.

—No encontraron ningún bolso en el interior del coche —indicó, echando una mirada rápida en dirección a Sebastian—. Ni tampoco ninguna cartera.

—Pueden haberse quemado.

Por supuesto, era una posibilidad, pero a Vanja no le parecía probable. Por lo que había visto, los investigadores habían hecho un buen trabajo. De haber quedado restos de un bolso o de una cartera, tenía la sensación de que los habrían hallado.

—El informe de la policía de Åre está en el asiento trasero. Mira a ver si encontraron huellas dactilares que no hayan podido identificar dentro del coche.

Sebastian se giró y, con cierta dificultad, consiguió coger la carpeta que se había deslizado hasta el otro extremo del asiento.

—Billy tendrá que comprobar si el tipo tiene armas —dijo Sebastian mientras se volvía otra vez hacia delante y abría la carpeta.

—¡Por supuesto que las tiene! En estas montañas todos son cazadores.

—Pero no cazan con pistola.

Vanja hizo otro gesto afirmativo. Se alegraba de no haberle preguntado a Harald si tenía armas en casa. Habría podido oponerse al registro, para luego deshacerse de las armas que pudiera tener en cuanto ellos se hubieran marchado. Ahora ni siquiera sabía que estaban buscando un arma. De repente, parecía como si el viaje a Åre fuera a servirles de algo, después de todo.

Sonó el teléfono de Vanja, lo cogió y echó una mirada rápida a la pantalla.

Anna.

Por un instante, consideró la posibilidad de no contestar. Quería seguir hablando del caso con Sebastian y analizar lo que sabían, lo que suponían y lo que aún les quedaba por averiguar. No le apetecía hablar de intrascendencias con su madre, ni tampoco tenía tiempo para prestar atención a sus dudas o sus preocupaciones. No quería desconcentrarse.

—¿No vas a contestar? —le preguntó Sebastian, echando un vistazo al teléfono que Vanja tenía en la mano—. Anna es tu madre, ¿no?

—Sí.

—¿Por qué no quieres hablar con tu madre?

Vanja suspiró. Era la puñetera pregunta de un psicólogo. Como en las películas: «Hábleme de su infancia». Si la alternativa era que Sebastian se pusiera a adivinar y a arriesgar hipótesis sobre su relación con Anna durante todo el camino de vuelta, entonces lo más sencillo era contestar al teléfono.

—¡Hola! —saludó, con el tono más alegre que pudo.

En cuanto oyó la voz de su madre al otro lado de la línea, supo que había pasado algo. Algo grave.

—¿Dices que quieres volver a Estocolmo?

La voz de Torkel revelaba inequívocamente que esperaba haber entendido mal. Vanja se había presentado en la puerta de su habitación y no dejaba de moverse, cambiando el peso del cuerpo de un pie al otro. Ya estaba suficientemente estresada por el hecho de que su padre estuviera detenido —aunque Anna no había sabido explicarle muy bien las circunstancias—, para que encima Torkel tuviera que cuestionar su decisión y la mirara como si fuera una desertora. Además, deliberadamente o no, la había malinterpretado.

—No, no quiero volver. Tengo que hacerlo —le respondió ella, con especial énfasis.

—¿Por qué?

Vanja dudó un momento. Se lo contaría más adelante, pasara lo que pasara, pero todavía no. Necesitaba más información. Ni siquiera sabía el grado de sospecha, ni por qué habían detenido a su padre. Si le decía simplemente lo que sabía —que estaba en la cárcel—, Torkel le haría un montón de preguntas.

¿Por qué?

¿De qué lo acusan?

Y quizá la peor de todas: ¿es culpable?

Necesitaba tener ella misma las respuestas a todas esas preguntas antes de revelar nada a los demás.

—Un asunto de familia.

La expresión de Torkel cambió y su frustración se transformó de inmediato en preocupación. Al notarlo, Vanja comprendió que lo echaría de menos cuando estuviera en Estados Unidos. No creía que fuera posible encontrar en ninguna parte un jefe tan bueno como Torkel.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó él, con sincera inquietud en la voz.

—Lo siento, pero no puedo decirte nada más. Sabes que no me iría si no fuera importante.

Torkel miró a su mejor investigadora. Parecía muy afectada, de eso no le cabía la menor duda. Tenía que haberle pasado algo grave a su padre o a su madre. Hasta donde él sabía, la familia de Vanja se reducía a ellos tres. Esperaba que Valdemar no hubiera sufrido una recaída de su enfermedad. Poco tiempo atrás, había superado un cáncer de pulmón. ¿Se le habría reproducido? Torkel sabía que Vanja no le mentía. Era una de las personas con mayor sentido del deber que conocía. Nada habría podido interponerse entre ella y sus obligaciones. En varias ocasiones, a lo largo de los años, había desatendido su vida social o privada para dedicarse de lleno al trabajo. ¿Cómo no iba a permitirle Torkel que regresara a Estocolmo?

—¿Puedo ayudarte en algo? —le preguntó, y creyó notar que ella respiraba aliviada.

Seguramente no había sido fácil tomar la decisión de abandonar la investigación. Por lo tanto, su problema familiar debía de ser muy grave. Torkel habría preferido que ella le confiara sus preocupaciones, pero sabía que era mejor no insistir.

—Al menos de momento, no, gracias —respondió Vanja, negando con la cabeza—. Lamento mucho causarte esta molestia.

—Nos arreglaremos sin ti. Tú ocúpate de solucionar tus problemas.

Vanja hizo un gesto afirmativo y se volvió para marcharse, pero al llegar a la puerta, se giró otra vez.

—¿Podrías reservarme el billete mientras hago las maletas?

—Claro que sí.

Vanja le sonrió, aunque la sonrisa no llegó a iluminarle los ojos. Parecía atormentada. «Como un animal acosado», pensó Torkel mientras cogía el teléfono para pedirle a Christel que reservara el billete de avión. Mientras hablaba, vio con el rabillo del ojo una sombra en la puerta de la habitación. Por un momento, pensó que sería Vanja, que había regresado. Quizá se lo había pensado mejor y había decidido volver para contarle sus problemas. Pero cuando miró vio a Sebastian apoyado contra el marco de la puerta.

—Vanja se marcha, ¿no?

—Sí. ¿Qué pasó cuando saliste con ella?

—No ha sido culpa mía.

La respuesta sorprendió a Torkel, que sin embargo no la encontró tan disparatada después de unos segundos de reflexión. Menos de dos meses atrás, la presencia de Sebastian habría sido una de las pocas cosas que habría impulsado a Vanja a distanciarse de cualquier investigación en curso.

—No he dicho que fuera culpa tuya.

—Me pareció que sí.

—Se va por un asunto familiar. Pensé que quizá tú sabrías algo al respecto.

Sebastian hizo un gesto negativo.

—La llamó su madre y estuvieron hablando unos minutos. Después me trajo hasta aquí a ciento cuarenta kilómetros por hora, sin decir ni una palabra.

—¿Y no tienes ni idea de lo que pudo haber pasado?

Sebastian volvió a negar con la cabeza y entró en la habitación. Se aclaró la garganta y se preparó para hablar, convencido de que lo que pensaba decir no iba a ser bien recibido.

—Me voy con ella.

Torkel dejó lo que estaba haciendo y levantó la vista hacia Sebastian, con la misma expresión de asombro con que había mirado antes a Vanja. También en esta ocasión esperaba haber entendido mal.

—¿Qué demonios me estás diciendo?

—Quiero acompañarla —respondió Sebastian—. A Estocolmo —añadió, para que Torkel no interpretara que solamente se ofrecía a llevarla al aeropuerto de Östersund.

—¿Por qué?

Sebastian repasó rápidamente las posibles respuestas. Porque creía que nunca más sería capaz de conciliar el sueño en esa habitación. Porque esa investigación lo afectaba de una manera insoportable y quería tomar distancia. Porque el albergue de montaña era un aburrimiento, lo mismo que la naturaleza a su alrededor y el caso que estaban investigando. Eligió la versión abreviada.

—Porque quiero perder de vista estas putas montañas.

—¿Por qué? ¿No hay nadie que te puedas follar?

—Eso mismo. Baso todas mis decisiones en la disponibilidad de posibles parejas sexuales.

Cuando hizo ese último comentario, Sebastian se dio cuenta para su sorpresa de que era asombrosamente verídico. Por fortuna, Torkel lo interpretó como la respuesta irónica que en un principio había pretendido ser.

—Perdona —suspiró Torkel—, pero ahora que Vanja tiene que irse, no quiero quedarme también sin ti.

—Con toda sinceridad, ¿te parece que puedo ser de utilidad aquí en la montaña? —le preguntó Sebastian con franqueza—. Tenemos seis esqueletos en una fosa y yo necesito algo más que eso para llegar a alguna conclusión.

Torkel lo miró. Sabía que su colega tenía razón. Su partida no añadiría ni quitaría nada a la situación en las circunstancias en que se encontraban. Además, era muy probable que acabaran trasladando toda la investigación a Estocolmo si al cabo de unos días no encontraban nada interesante. Dejó escapar un suspiro.

—Le pediré a Christel que te reserve un billete a ti también.

—Si realmente me necesitas, ya sabes que siempre me puedes llamar por teléfono —dijo Sebastian, antes de salir de la habitación.

Estaba casi eufórico. Era evidente que deseaba marcharse más de lo que él mismo se habría atrevido a reconocer. Se dijo que lo siguiente era contarle a Vanja que pensaba acompañarla. Incluso era posible que ella se alegrara un poco.

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