Muertos prescindibles
No le parecía correcto
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No le parecía correcto.
La taza seguía sobre la mesa, con el café frío y casi intacto, al lado del sándwich de queso y salchichón, que conservaba la marca de dos bocados en el pan. Apagó la cuarta colilla en el cenicero mientras exhalaba el humo con algo muy parecido a un suspiro. Zeppo, tumbado en el suelo junto a la cocina, levantó la cabeza al oír un sonido tan poco habitual. Harald Olofsson no solía suspirar.
Se puso de pie, fue hacia la alfombra de corcho de cuadros rojos y blancos que se extendía al pie de la encimera y se inclinó para abrir la ventana. Los cuatro cigarrillos que había fumado apresuradamente, uno tras otro, habían saturado de humo la cocina. El perro lo seguía con la mirada. Harald abrió la ventana de par en par y permaneció inmóvil un momento, llenándose los pulmones con el aire fresco del exterior. Después fue a abrir el armario oscuro sobre los fogones y sacó un vaso. Lo llenó de agua y bebió a grandes tragos, apoyado contra la encimera.
No le parecía bien.
Ya había tenido que vérselas con la policía en otras ocasiones. En muchas ocasiones. Por alguna razón, los agentes siempre se daban una vuelta por su casa cuando alguien denunciaba un robo en un garaje o la desaparición de una moto de nieve. Recorrían la parcela, levantaban las lonas protectoras y registraban la casa. Nunca encontraban nada, pero le aseguraban que lo tendrían vigilado. Él les respondía que ya lo sabía y que siempre se alegraba de recibir visitas. Después se marchaban.
Nunca habían hallado nada que fuera robado. Pero no porque él no estuviera implicado. La mayor parte de las cosas que buscaban ya habían pasado por sus manos cuando llegaba la policía, o estaban a punto de llegar a él. El hecho de que nunca hubieran conseguido imputarle más que pequeñas infracciones obedecía únicamente a su habilidad. Era hábil, tenaz y paciente. Una de las primeras cosas que había hecho después de comprar la casa, casi veinte años atrás, había sido levantar el suelo del cobertizo y quitar una buena cantidad de tierra con una pequeña excavadora. Debajo del suelo nuevo, disponía de un espacio de unos ocho metros cuadrados, con la altura de la estatura de un hombre de pie. La trampilla que ocultaba la empinada escalera para bajar a «la cámara del tesoro», como él la llamaba, se encontraba debajo de una alfombra deshilachada con una quitanieves encima y, hasta ese momento, nadie la había encontrado. Todo lo que llegaba a las manos de Harald acababa en la cámara del tesoro. Una vez allí abajo, podía decidir con calma qué hacer con cada artículo: venderlo tal como estaba, desmontarlo y vender las piezas por separado, o repintarlo y ponerlo a la venta. Había muchas posibilidades y Harald elegía siempre la que le reportaba más beneficios. Las motos de nieve eran la mercancía más rentable, pero también lo obligaban a trabajar mucho para impedir que las identificaran. Tenía que dedicarles bastante tiempo, pero era factible. Harald era muy bueno en su especialidad: maquinaria, herramientas y vehículos. Nada de obras de arte, ni de joyas. Los chicos noruegos con los que trabajaba le habían llevado la cama elástica unos años atrás. Le habían dicho que era un regalo y que podría venderla por cinco mil coronas como mínimo. Y que además era imposible de identificar, porque todas las camas elásticas eran iguales. La había aceptado, pero enseguida se había enterado de que su precio en el mercado de segunda mano no llegaba ni a las mil coronas y ni siquiera se había molestado en poner un anuncio. Hasta ese momento, nada de lo que había vendido le había planteado problemas, ni se había vuelto en su contra. Las visitas de la policía eran una pequeña molestia y nada más. En cuanto se marchaban, ya no volvía a pensar en ello. Pero esta vez era diferente.
No le parecía correcto.
Se había quedado mirando el coche que se alejaba, antes de entrar y poner la cafetera. Después había salido a buscar a Zeppo, para que le hiciera un poco de compañía. Se había preparado un sándwich y se había servido el café mientras encendía el primer cigarrillo.
Nueve años habían transcurrido desde que aquel coche se había despeñado. Nadie se había interesado por él en relación con aquella investigación, aparte de un pequeño interrogatorio al borde del camino, durante el cual había declarado —de manera totalmente veraz— que había visto humo al pasar por la carretera, se había parado y había encontrado el coche quemado al pie del barranco. Nunca había oído la menor insinuación de que aquello pudiera haber sido algo distinto de un accidente. Pero ahora la Unidad de Homicidios estaba investigando. Y ellos no se molestaban en investigar accidentes, sino asesinatos. ¿Habría matado alguien a la mujer del coche? Era posible. Pero él no podía permitir que lo involucraran en el caso. Seguramente, la policía dedicaría más esfuerzos y recursos a investigar un asesinato que a la desaparición de una moto de nieve cuyo coste quedaría cubierto de todos modos por la compañía de seguros. Si encontraban algo que lo relacionara con el coche accidentado, o, mejor dicho —se corrigió a sí mismo—, con el asesinato, registrarían hasta el último centímetro cuadrado de su propiedad.
Y entonces sería su fin.
Encontrarían su cámara del tesoro.
Y él se quedaría sin nada.
Por lo tanto, tenía que hacer lo posible para que no encontraran nada. Era así de sencillo.
Pero dudaba.
No le parecía correcto destruir pruebas que quizá pudieran ayudar a la policía a resolver un caso de asesinato. Aunque actuaba en los márgenes de la legalidad, Harald no carecía de moral. Su único delito era comercializar mercancía robada. Nunca encargaba ningún artículo, ni cometía directamente ningún robo. Se limitaba a ganar un poco de dinero cuando el daño ya estaba hecho. Si él no se hubiera ocupado de la mercancía, otro lo habría hecho. Era un negocio. Matar a alguien era otra cosa completamente distinta.
Por otro lado, si llevaban tantos años buscando al asesino de la mujer del coche y todavía no lo habían encontrado, era muy poco probable que algún día lo consiguieran, aunque hallaran los objetos que Harald había sustraído del vehículo incendiado.
De repente, tomó una decisión. Apoyó el vaso sobre la encimera y salió de la cocina. Sabía exactamente en qué lugar del cobertizo estaban las mochilas y el bolso de mano. Había llegado el momento de encender una hoguera.