Muertos prescindibles
Por motivos personales
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Por motivos personales.
Vanja había abandonado la investigación por motivos personales.
Ursula dio un volantazo hacia la izquierda y se adentró por el pequeño camino asfaltado, que según el GPS debía seguir mil doscientos metros más antes de girar otra vez a la izquierda. Probablemente su irritación era irracional, pero eso no significaba que fuera menos verdadera. Su marido la había abandonado y su hija se había puesto completamente del lado de su padre.
¿Esos no eran motivos personales?
¿No tenía ella problemas graves que resolver?
Claro que sí. Y nadie la habría comprendido mejor que Torkel si lo hubiera sabido. Pero la diferencia entre Ursula y Vanja era que ella no se lo contaba a nadie, porque quería trabajar. De hecho, no había nada que deseara con más ahínco. Pero no de la forma en que estaba trabajando en ese momento.
Torkel le había pedido que bajara de la montaña, donde estaba colaborando con un equipo local en el registro minucioso de todo el lugar del hallazgo. Habían cribado y analizado la mayor parte de la tierra de la fosa, pero no habían encontrado nada que pudiera hacer avanzar la investigación. Después había llegado la excavadora y Ursula le había señalado el punto donde convenía empezar a trabajar. A continuación, le había indicado otros tres puntos más, pero tampoco había aparecido nada. Era forzoso reconocer que la fosa se había convertido en el lugar menos productivo para la investigación. Torkel tenía razón en dar prioridad a otros asuntos y asignarle a ella otras tareas, pero eso no impedía que se sintiera irritada. Las visitas a los desguaces para interrogar a sus empleados sobre accidentes de tráfico que habían ocurrido varios años atrás eran responsabilidad de Vanja.
Jennifer y Billy todavía estaban tratando de rastrear el viaje de Wellton a Suecia. Torkel se ocupaba de los contactos con Europol e Interpol, que seguían buscando en sus archivos familias u otros grupos compuestos por dos adultos y dos menores que hubieran desaparecido en el otoño de 2003. Hasta ese momento, le habían comunicado a Torkel tres posibles casos, que sin embargo habían sido descartados tras la correspondiente investigación.
El propio Torkel era un problema para Ursula, que se veía obligada a reconocerlo como un motivo más de irritación. Torkel esperaba recibirla en su habitación y que todo fuera como antes cuando salían a trabajar fuera de Estocolmo: noches de intimidad, en diferentes habitaciones de hotel de toda Suecia. Él la deseaba, y no sólo físicamente. Quería algo más, pero en ese momento sus deseos eran molestos y exasperantes para Ursula. Lo más sencillo habría sido complacerlo una noche. Ir a su habitación, acostarse con él y volver a su cama antes del alba. Fingir que todo seguía igual. Hacerlo no le habría exigido ningún gran sacrificio.
Pero no podía.
Ni tampoco quería.
Aunque Torkel no sabía nada de su separación, la abrumaba la idea de complicarse aún más la vida con un jefe y amante que esperaba formar con ella una familia en un futuro próximo. Por eso se había propuesto mantener las distancias.
Cuando el GPS la informó de que había llegado a su destino, franqueó la valla metálica y se adentró en los terrenos del desguace, hasta detenerse delante de una construcción gris de una sola planta, con un cartel en lo alto que le sirvió para confirmar que se encontraba en la sede de Hammarén e Hijo, S. A. Apagó el motor, recogió la carpeta con el material que le había dado Torkel, se apeó del vehículo y miró a su alrededor.
Era la primera vez que visitaba un desguace y no sabía muy bien qué esperaba encontrar. Nunca se había parado a pensar en el destino de los coches una vez finalizada su vida útil, pero probablemente había imaginado que los desmontaban para aprovechar las partes útiles, que reciclaban parte de los materiales y que el resto acababa comprimido en un cubo de chatarra.
La imagen de un montón de coches amontonados unos sobre otros, formando largas filas de varios metros de altura, le parecía más propia de una película norteamericana. Pero ahí estaban. La enorme extensión, rodeada de una alta valla de hierro rematada con alambre de espino, estaba atestada de vehículos de todos los colores, marcas y modelos. Fila tras fila de coches apilados, en montones de diez o doce metros de altura. Los de más abajo parecían aplastados por el peso que soportaban. Solamente en las filas más próximas, Ursula contó rápidamente más de un centenar de coches. Y había muchas más. Miles de vehículos habían encontrado su última morada en los terrenos de Hammarén e Hijo.
El ruido de una puerta que se abría y se cerraba interrumpió sus pensamientos. Cuando se volvió hacia el edificio de paredes grises, vio que un hombre de unos cincuenta y cinco años venía a su encuentro. El mono amarillo anaranjado parecía a punto de reventarle sobre la barriga cervecera. Debajo de la gorra manchada de aceite, con el nombre de la empresa, sobresalían unos cuantos mechones grises. En la cara, redonda, destacaban unos ojos azules muy juntos, una nariz ancha y un bigote salpicado de canas, sobre unos labios carnosos y enrojecidos. Cuando el hombre le sonrió, dando los últimos pasos hacia ella, Ursula observó que iba masticando tabaco.
—Buenos días. ¿Qué se le ofrece?
Ursula se presentó y le enseñó la placa. El hombre que seguía sin decirle su nombre ni siquiera se fijó en la identificación.
—¿Ursula? —preguntó—. ¿No se llamaba así la bruja mala de La sirenita, aquella que tenía cuerpo de pulpo?
—Puede ser —respondió Ursula asombrada. No se esperaba semejante inicio de conversación e ignoraba por completo el nombre de los personajes de La sirenita.
—Sí, así se llamaba —prosiguió el hombre, asintiendo enérgicamente con la cabeza a modo de confirmación—. Mis hijos tenían la edad justa cuando salió la película. La vimos hasta que se nos rompió la cinta. Era la época del VHS.
Ursula consideró por un momento si debía hacerle notar que pocas mujeres —fuera cual fuera su nombre— apreciarían el hecho de ser comparadas con un monstruo con cuerpo de cefalópodo, o si era mejor que pasara directamente al motivo de su visita. Mientras trataba de decidirlo, el hombre que tenía delante se quitó uno de los guantes de trabajo que llevaba puestos y le tendió la mano para saludarla. Ella se la estrechó.
—Me llamo Arvid Hammarén. Encantado de conocerla. ¿En qué puedo ayudar al brazo armado de la ley? —preguntó mientras se echaba la gorra un poco hacia atrás, descubriéndose la frente.
Ursula tampoco se esperaba esa reacción. Creía que ya nadie utilizaba esa expresión para referirse a la policía, pero era evidente que Hammarén —¿o sería «e Hijo»?— aún la tenía en su repertorio. De hecho, Arvid le había hablado con total seriedad y la estaba mirando con sincera atención.
—Estamos investigando un accidente de tráfico que se produjo cerca de Storlien, en el otoño de 2003. Más concretamente, el 31 de octubre.
—Ah.
—Un solo vehículo implicado. El coche se incendió y su única ocupante murió.
Ursula abrió la carpeta que llevaba y sacó una de las fotos que había tomado la policía de Åre en el lugar de los hechos. Se la mostró a Arvid.
—Sí, ya veo. Nosotros nos hicimos cargo. El coche era de alquiler, si no recuerdo mal.
—Así es.
—No quisieron recuperarlo —añadió Arvid mientras le devolvía la fotografía a Ursula—. Cuando la policía terminó su trabajo, lo trajimos aquí.
Ursula volvió la vista hacia las filas de coches apilados y se dijo que quizá quedaba alguna esperanza de que aún se conservara el vehículo, una posibilidad que antes de ver el desguace ni siquiera se habría atrevido a considerar.
—¿Es posible que aún siga aquí?
—Sí, es posible —respondió Arvid mientras se quitaba la gorra y se rascaba la cabeza—. La pregunta es dónde.
—¿Puede averiguarlo?
—Sí, creo que sí.
Arvid volvió a ponerse la gorra, se giró y se dirigió hacia la oficina gris. Ursula se quedó esperando fuera, tratando de no pensar en el grado de contaminación que debía alcanzar el suelo a su alrededor. Con todos los coches amontonados al aire libre, expuestos a la lluvia y la nieve, la tierra debía de absorber anualmente cantidades ingentes de plomo, mercurio, clorofluorocarbonos y aceite. Si algún día Hammarén e Hijo decidían cerrar el negocio y marcharse, dejarían tras de sí un auténtico Chernóbil. Una vez más, el ruido de la puerta la sacó de sus pensamientos.
—¡Lo he encontrado! —gritó Arvid Hammarén, con tan evidente satisfacción que Ursula no pudo reprimir una sonrisa.
Cinco minutos después, estaban los dos delante de los restos de un Toyota gris. Era el segundo empezando por abajo, en una pila de seis vehículos, y descansaba sobre lo que en otra época había sido un Volvo 242 de carrocería azul celeste. Ursula se adelantó para ver de cerca el trozo de chatarra aplastado, quemado y oxidado.
—Al principio, recuperamos algunas piezas —le explicó Arvid, a sus espaldas—, pero ahora hace mucho tiempo que no lo tocamos.
—¿Quedaba alguna pieza recuperable? —preguntó Ursula sorprendida.
—Sí. Asombrosamente, el motor estaba intacto. Por lo visto, el fuego había afectado sobre todo el interior del habitáculo.
Ursula miró a través del deteriorado marco de una de las ventanas y comprobó que Arvid tenía razón. A pesar de que el coche llevaba varios años al aire libre, sin ninguna protección contra el viento o la intemperie, todavía resultaba evidente que su interior se había quemado por completo. Ursula rodeó el vehículo, lo observó tanto como se lo permitió el reducido espacio a su alrededor y a continuación consultó las fotografías de la carpeta. Antes, cuando Torkel se las había entregado, tan sólo les había echado un vistazo rápido; pero ahora, estudiándolas con detenimiento, lo vio con claridad. El fuego había empezado en el interior del habitáculo y se había extendido a partir de ahí, de manera relativamente contenida. La pintura del capó estaba calcinada solamente hasta un metro de distancia del parabrisas. El resto estaba intacto. El maletero tampoco parecía afectado, lo que no habría sido posible si hubiera estallado el depósito de gasolina, o si se hubiera derramado su contenido.
Ursula fue hacia la parte trasera del vehículo y se agachó, seguida de Arvid, que no perdía detalle de sus movimientos. Se apoyó en el maletero del Volvo azul claro y se inclinó para observar lo mejor que pudo la cara inferior del Toyota. Aunque no consiguió abarcarla en toda su extensión, vio lo suficiente. Se apartó y se incorporó de nuevo.
—El depósito de gasolina está destrozado —afirmó, más que nada para sí misma, mientras regresaba al lugar donde había dejado la carpeta con las fotos.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Arvid con creciente interés, sin dejar de seguirla.
Ursula no le respondió de inmediato. Se puso a contemplar una tras otra las fotografías del lugar del accidente. Por la posición del vehículo, observó casi de inmediato que si el depósito se hubiera roto al chocar por ejemplo con una piedra mientras el coche se despeñaba, la gasolina se habría derramado hacia el fondo del barranco. Era inconcebible que el fuego se hubiera iniciado como consecuencia del accidente. Todo parecía indicar que alguien había querido impedir la identificación de la mujer que se encontraba en el interior del coche.
Repasó una vez más las fotografías y a pesar de todo sintió cierta satisfacción por haber sido ella y no Vanja quien había encontrado los restos del coche accidentado. Puesto que el vehículo aún seguía ahí, era posible llevar a cabo una investigación de la escena del crimen, aunque fuera con retraso. Examinó con atención las fotografías que tenía delante. En todas, el maletero estaba abierto. Quizá se hubiera abierto por la fuerza de la colisión, pero Ursula se inclinaba a pensar que alguien había bajado al barranco después de que el coche se hubiera despeñado. Decidió comprobarlo, ya que estaba ahí. Volvió a situarse detrás del Toyota, seguida de Arvid, sumamente interesado en todos los movimientos de Ursula.
—¿Ha encontrado algo ya? —le preguntó Hammarén con cautela.
—Sí —respondió Ursula observando la puerta del maletero, que seguía abierta tanto como lo permitía el coche que tenía encima.
Después de todo el tiempo que el vehículo había pasado a la intemperie, era difícil verlo con claridad, pero Ursula creyó distinguir unos arañazos alrededor de la cerradura que no se podían explicar por la posición que ocupaba el coche desde el accidente. Probablemente, alguien había forzado el maletero. Ursula repasó mentalmente el informe verbal que le había transmitido Torkel y se volvió hacia Arvid.
—¿Conoce a un tal Harald Olofsson?
—El Buitre, sí.
Ursula supuso que no lo llamarían así por su afición a sobrevolar las montañas, pero aun así, lo preguntó.
—¿A qué viene el apodo?
Notó que Arvid parecía incómodo, como si ya se hubiera excedido en su respuesta.
—No quiero hablar mal de nadie.
—Cuéntemelo, por favor —lo animó Ursula.
—Nunca lo han condenado por ningún delito —dijo el hombre, casi como disculpándose—. Por eso no quiero acusarlo, pero se rumorea que tiene los dedos ágiles.
—¿Roba? —preguntó Ursula.
—Bueno… —Arvid pareció buscar una descripción más amable de sus actividades, pero al no encontrar ninguna, se encogió de hombros y asintió—. Sí, roba un poco. Y también vende objetos robados.
Ursula percibió de pronto el hormigueo en el estómago que siempre sentía cuando hacía algún descubrimiento que podía acercarla a la resolución de un caso. Ahora solamente tenía que averiguar qué había encontrado Harald Olofsson en el maletero del coche quemado.