Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Lennart entró en el bingo

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Lennart entró en el bingo de Sankt Eriksgatan, que acababa de ser objeto de una profunda reforma. Habían desaparecido los tubos fluorescentes y las mesas de pino cubiertas de quemaduras de cigarrillo que antes dominaban el local. Las paredes estaban recién pintadas y sobre el suelo se extendía una moqueta nueva de diseño agradable y de colores a juego con los modernos muebles de líneas redondeadas de la cafetería. La iluminación consistía ahora en multitud de pequeños focos, que ponían de relieve el contraste entre las mesas blancas y el tono verde oscuro de las paredes. Más que una sala de juegos de azar habría parecido un restaurante o un club nocturno de no haber sido por las máquinas tragaperras que se alineaban en largas filas en medio del local. Con las multicolores pantallas iluminadas y los jugadores de expresión reconcentrada sentados delante, en cómodas butacas, el ambiente podía recordar a primera vista a un centro de telecomunicaciones o tal vez a la sala de control de una serie de ciencia ficción. Pero con personas muy mayores en los mandos. Porque, si bien el local había experimentado una renovación, la clientela seguía siendo la misma de siempre. En ese aspecto no había ninguna novedad. Los clientes parecían incluso más viejos y todavía más encorvados, grises y acartonados que antes. Probablemente, Lennart era la persona más joven de la sala. El único que podía competir con él en ese sentido era el hombre de voz chillona, vestido con polo de punto, que desde el estrado iluminado iba cantando los números a medida que salían las bolas de la máquina. Era poco habitual para él la sensación de ser el más joven. En los cafés y restaurantes de Estocolmo solía sentirse viejo en comparación con los otros clientes, pero en el bingo le pasaba lo contrario. Allí tenía la sensación de ser cada vez más joven. Sospechaba que precisamente por esa razón a Anitha le gustaba ese lugar. Porque allí podía sentirse joven otra vez.

Lennart fue a sentarse al fondo del local, que no se veía desde la calle, porque quedaba oculto detrás de un gran panel publicitario que pregonaba el mágico poder del bingo para pasar el tiempo de una manera divertida y con la posibilidad de ganar grandes sumas de dinero. Miró su cartón y comprobó que si hubiera insertado dinero para que se encendiera la pantalla que tenía delante, habría podido tachar uno de los números que acababan de cantar.

El veinticuatro.

Dos, cuatro.

Por un momento, consideró la idea de jugar un rato, pero entonces la vio entrar. Vestía como siempre, falda marrón y jersey de punto demasiado grande. Probablemente para disimular el sobrepeso, supuso Lennart. Llevaba el pelo castaño recogido en un moño e iba bien maquillada, aunque quizá con colores excesivamente fuertes. Intentaba arreglarse con estilo, pero no acababa de conseguirlo. Así era Anitha Lund, descrita en pocas palabras, pensó Lennart. Ambicionaba mucho, pero no sabía cómo lograr sus objetivos.

En otra época había llegado a ser una especie de encargada de recursos humanos de la Dirección Nacional de la Policía, pero había acabado peleada con todo el mundo. La habían trasladado varias veces, hasta llegar a su actual puesto de directora de formación permanente, un cargo que sonaba bien, pero que en la práctica no tenía ninguna relevancia. Consistía simplemente en recibir solicitudes y remitirlas a las personas que finalmente tomaban las decisiones. Lennart entendía hasta cierto punto su carácter agrio, ya que nada en la vida le había salido tal como ella esperaba. Era la arquetípica amargada, la persona que descarga su resentimiento contra todos los que han tenido más suerte que ella, la que culpa a los demás de todos los males y ve siempre todos los defectos menos los suyos propios.

Así solían ser la mayoría de los que filtraban información a la prensa. En los comienzos de su carrera periodística, Lennart creía que la gente revelaba las anomalías o injusticias que pudiera haber en el seno de su organización por motivos eminentemente morales. Por desgracia, no era así. La mayoría de sus confidentes actuaban movidos por razones mucho más sencillas: dinero, agravios personales o deseo de venganza. No era justo, pero era la verdad.

Anitha lo vio y Lennart le sonrió cuando ella se sentó a su lado.

—Hola, Anitha.

—Hola.

—¿Puedo preguntarte si también vienes aquí en tu tiempo libre?

Anitha depositó su bolso, de color marrón claro, sobre la mesa, en el reducido espacio delante de la pantalla, y miró a Lennart.

—A veces. Después de todo, esto se parece un poco a mi trabajo. Me llaman y yo pongo una marca en un papel. Vuelven a llamarme y pongo otra marca. La única diferencia es que aquí puedo obtener alguna ganancia de vez en cuando.

Echó un vistazo a la pantalla apagada que tenía delante, como si pensara jugar.

—Sí, supongo que debería probarlo alguna vez —dijo Lennart, tratando de mantener el tono distendido. Ella, sin embargo, fue al grano.

—¿Qué es eso tan puñeteramente importante que tienes entre manos?

—Una desaparición tras la denegación de una demanda de asilo se ha clasificado como confidencial. Dos afganos desaparecidos. Nadie sabe dónde están y no parece que a nadie le importe.

—A la SÄPO parece que sí le ha importado…

Lennart se volvió hacia ella.

—¿A la Policía de Seguridad? —Ya se le había ocurrido la idea, pero había otras instancias que también podían decretar el secreto de una investigación—. ¿Por qué crees que han sido ellos?

—¿Quién más podría ser? Si eran afganos, debían de ser musulmanes. Ya sabes que la SÄPO actúa cuando hay una amenaza para la seguridad nacional.

—No necesito que me cuentes a qué se dedica la SÄPO —replicó Lennart con una sonrisa.

—No, pero me necesitas a mí, ¿verdad? —dijo Anitha, con repentina dureza en la voz—. Entonces, préstame atención y escucha lo que digo. ¿O no me necesitas?

Se echó hacia atrás en la butaca, para subrayar que tenía el poder.

¡Mierda! ¡Qué complicada era!

—Te prestaré atención y escucharé todo lo que digas —contestó Lennart—. Perdóname —añadió, por si el tono de disculpa no hubiera sido suficientemente manifiesto.

Anitha volvió a inclinarse hacia delante. Parecía más calmada, pero Lennart sabía que en cualquier momento podía volver a encresparse.

—¿No tienes nada más concreto? —le preguntó ella con un poco más de suavidad.

Lennart hizo un gesto afirmativo y le puso delante un folio donde había resumido todo lo que sabía. Ella lo recogió y leyó rápidamente las pocas líneas del texto. Mientras tanto, Lennart miraba al hombre del polo de punto.

El cuarenta y siete.

Cuatro, siete.

El treinta y seis.

Tres, seis.

—¿No vas a cantar bingo? —intentó bromear Anitha mientras dejaba el folio sobre la mesa.

—Eso depende de ti —respondió Lennart, siguiéndole la broma.

Pero ella no sonrió.

—No sé. No le veo mucho interés. Ya tenemos suficientes inmigrantes, ¿no crees? A mí me da igual que desaparezcan unos cuantos.

Le devolvió la hoja a Lennart y desvió la mirada.

El diecisiete.

Uno, siete.

—Es un poco raro que hayan clasificado como confidencial una investigación relacionada con una demanda de asilo. En eso te doy la razón —dijo, tras permanecer un momento callada—. Pero no es suficiente.

—¿No es suficiente para qué?

—Para que yo me moleste.

—¿Hay alguna manera de conseguir que te intereses? —preguntó Lennart, sintiendo que su esperanza se marchitaba y moría.

—No creo. Ya sabes cómo son las cosas: yo corro el riesgo y tú te llevas todos los honores si descubro algo.

Lennart suspiró. Las cosas no estaban saliendo bien.

El cincuenta y dos.

Cinco, dos.

Una mujer de cabellera gris con permanente y blusa azul cantó bingo dos filas más atrás.

—Ya sé que el dinero que puedo ofrecerte a cambio de tu esfuerzo no es mucho —declaró Lennart, en un último intento—. Pero quizá pueda darte alguna otra cosa.

—Lo dudo mucho.

Al decirlo, sonrió por primera vez desde que se habían encontrado. Lennart sabía por qué. Anitha disfrutaba con el poder. Le encantaba sentir que los demás la necesitaban.

—Ni siquiera me has invitado a un café —indicó ella mientras se levantaba—. Vas a tener que desarrollar un poco más tus dotes de persuasión, señor Investigación criminal.

Anitha cogió el bolso y se levantó.

—Quizá tengas más suerte con el bingo. Hasta pronto.

Irritado, Lennart se dirigió hacia la estación de metro de Fridhemsplan. Si no podía contar con Anitha, se vería obligado a moverse por los canales oficiales. Tendría que amenazar, argumentar e invocar la libertad de información, pero de ese modo llamaría mucho la atención y no le convenía. Si había algo irregular en la desaparición de Hamid y Said, la noticia de su investigación se extendería como un reguero de pólvora dentro de la policía y llegaría a oídos de los implicados. Les daría tiempo para preparar su defensa. Lennart sabía por experiencia que era preferible empezar a presionar cuando uno ya disponía de pruebas firmes, para poder sacarlas a relucir en cuanto comenzaban las evasivas. Necesitaba pruebas incontrovertibles, que nadie pudiera rebatir, e información que señalara a los culpables y volviera superfluas las excusas. Así se montaba un buen programa de investigación.

Hasta ese momento, lo único que tenía era una solicitud de asilo clasificada como secreta y varios sucesos extraños que habían ocurrido varios años atrás. No era suficiente. Iba a tener que sonsacarle algo más a Shibeka y, sobre todo, a la mujer de Said. Quizá encontrara algo más si seguía insistiendo. Ahí depositaba todas sus esperanzas. No era mucho, pero era lo que tenía.

Shibeka estaba sentada a la mesa de la cocina, leyendo el manual de instrucciones de su nuevo teléfono móvil. Páginas y páginas cargadas de información sobre la manera de guardar números de teléfono, sincronizar contactos, descargar juegos e insertar la tarjeta SIM. En realidad, solamente necesitaba usar un pequeño porcentaje de todas las funciones disponibles. Quería estar localizable y hacer un par de llamadas a sus hijos y a Lennart, el hombre de la televisión. Podía dar su número en el trabajo y a las amigas de la escuela, pero nada más. A nadie de su entorno inmediato le parecía correcto que una mujer sola tuviera teléfono móvil, y ella lo sabía. Por eso nunca lo había tenido, aunque muchas veces lo había echado de menos. Ya desafiaba demasiados límites, sin necesidad de ir provocando innecesariamente. Aun así, siguió leyendo el grueso manual escrito en doce idiomas. Le resultaba emocionante pensar en todas las posibilidades, aunque supiera que nunca iba a aprovecharlas.

Sonó el teléfono en el vestíbulo. Era Lennart. Parecía más cansado que antes.

—Hola, Shibeka. ¿Todo bien?

—Sí, gracias.

—He pensado ir a verla si no le parece mal.

Shibeka se quedó paralizada de pánico.

—¿Aquí? ¿En mi casa?

—Sí, es lo que he pensado. Necesito hablar con usted y tal vez con sus hijos, si es posible. Y también me gustaría ponerme en contacto con la mujer de Said.

Shibeka sintió un frío glacial en el estómago. No se lo esperaba.

—No puede ser —respondió, con el automatismo de un reflejo.

—¿Qué es lo que no puede ser?

Lennart parecía desconcertado.

—No sé cómo explicárselo. No me parece correcto —intentó ella débilmente.

—¿Correcto?

Shibeka vaciló un momento. ¿Cómo podía decírselo? ¿Qué hacer para que la entendiera? El hombre era sueco. Los suecos podían ir a casa de cualquiera siempre que quisieran.

—No está bien que me quede a solas con usted —dijo finalmente.

Oyó que el periodista lanzaba un suspiro de contrariedad y se dio cuenta de que no había contribuido a mejorar su jornada. Pero había unas reglas, aunque a él le parecieran extrañas.

—De acuerdo, lo comprendo —respondió Lennart, para tranquilidad de Shibeka—. ¿Le parece mejor que nos encontremos en una cafetería?

—Sí, mucho mejor.

—Pero en algún momento tendré que hablar con sus hijos y con la esposa de Said. De lo contrario, no podremos hacer nada.

Shibeka no supo qué responder. No había previsto las consecuencias de su acción. Había creído que reunirse una sola vez con él sería suficiente, que no haría falta nada más. El hombre de la tele se pondría a investigar la desaparición de su marido y encontraría las respuestas como por arte de magia. Ahora comprendía que el recorrido no había hecho más que comenzar.

—Tengo que pensarlo. No creía que fuera necesario. No es lo que yo quería.

—Pero no tenemos elección. Si no hablo con ellos, no puedo seguir adelante.

Seguramente, el hombre de la televisión tenía razón. De repente, Shibeka se sintió cansada y abatida. Se había desvanecido la alegría de haber hecho realidad su sueño, de saber que alguien por fin la había escuchado. Había llegado el momento de ofrecer algo a cambio.

—Mañana hablaremos —dijo por fin—. Yo lo llamaré. Me he comprado un teléfono móvil.

—¡Perfecto! ¿Me dice el número?

—Todavía no lo he encendido.

—No es necesario encenderlo para saber el número —le indicó Lennart, como si se lo estuviera explicando a un niño—. Viene en un papel.

—Ya lo sé, pero hay demasiados papeles…

Shibeka oyó que el hombre volvía a suspirar al otro lado de la línea.

—Muy bien. Llámeme cuando pueda, para tener su número. Usted tiene el mío, ¿verdad?

—Sí. Está en la carta que recibí. Yo lo llamaré.

—De acuerdo. Llámeme. —Por la voz, parecía más cansado que ella—. Pero llámeme mañana como muy tarde.

Ya no dijo nada más. Shibeka se quedó quieta un momento, con el teléfono en la mano, en silencio.

Después volvió a la cocina. Se sentó a la mesa y contempló el móvil nuevo y la caja azul, que unos minutos antes había sido el símbolo de todas sus posibilidades y ahora ya no tenía ningún valor.

¿Qué había esperado que pasara? Era evidente que antes o después iba a producirse un choque. De hecho, era lo que necesitaba si quería encontrar respuestas a las preguntas que desde hacía tanto tiempo la atormentaban. Iba a tener que defender su voluntad de averiguar la verdad aunque fuera dolorosa, con independencia de lo que opinara la gente a su alrededor. No le importaba lo que pensaran de ella los demás. Después de todo, había muchos que ya la consideraban demasiado… sueca. Pero le preocupaban sus hijos. Ellos admiraban a muchos de los mayores y los consideraban un vínculo con su país y con su padre. Shibeka no quería que su conducta destruyera esas relaciones.

¿Qué podía hacer?

Intentó imaginar qué le habría aconsejado Hamid. Su marido siempre era muy sensato y muchas veces le resolvía las dudas. Echaba de menos sus palabras y sus reflexiones. Sentía que lo necesitaba.

Llamaron al timbre y, un segundo después, oyó la llave en la cerradura. Sabía que era Mehran. Siempre hacía lo mismo: llamaba al timbre y después abría con su llave. Eyer se empeñaba en seguir llamando al timbre hasta que ella le abría, pero Mehran no. Era como si dijera: «Hola, aquí estoy, pero no hace falta que salgas, porque yo me las arreglo solo».

Se fue hacia la puerta y lo miró: alto, delgado y feliz de estar de vuelta en casa. Dejó la mochila en el vestíbulo y se quitó los zapatos.

—¿Ha estado bien la jornada de deportes?

—Más o menos. Levan y yo nos perdimos.

—¿Mucho tiempo?

—Una hora, más o menos. Pero me había dejado la comida en el sitio donde nos cambiamos, así que pasé bastante hambre.

Le dio un beso a su madre en la mejilla y pasó delante de ella, para ir directamente a la cocina.

—¿Qué es eso? —preguntó cuando vio la caja del teléfono móvil sobre la mesa de la cocina.

—Un teléfono —respondió Shibeka.

—¿Para quién?

—Para mí.

Mehran le lanzó una mirada que ella no consiguió descifrar del todo y después cogió el teléfono de la mesa y lo miró. Era barato, de un modelo que se había quedado anticuado. De inmediato perdió el interés y lo dejó donde estaba.

—Ten cuidado. Fíjate bien dónde lo usas —dijo antes de ir al cuarto de estar y encender el televisor.

Se puso a ver Nickelodeon, como siempre. Shibeka se lo quedó mirando. ¡Cuánto había crecido! Ya era casi un hombre. A veces le daba miedo que el tiempo transcurriera tan rápido.

—¿Quieres un té? —le preguntó de lejos, levantando la voz.

—Sí, gracias. —Fue la respuesta que le llegó desde el cuarto de estar, mezclada con el ruido de la televisión.

Shibeka llenó la tetera y, cuando se disponía a ponerla al fuego, se detuvo a mitad del movimiento. ¿Qué estaba haciendo? Se estaba comportando como una mala persona, como alguien que tenía secretos y actuaba a espaldas de sus seres queridos.

No estaba bien.

Nada bien.

No podía seguir así. Se estaba adentrando por un camino peligroso. Las mentiras no harían más que crecer y, con ellas, aumentaría la distancia que la separaba de sus hijos.

Tomó una decisión. Hizo una inspiración profunda y se dirigió hacia Mehran, que seguía sentado en el sofá. Encontrar las palabras le resultó mucho más fácil de lo que esperaba.

—Estoy haciendo algo y te lo tengo que contar.

El chico la miró con curiosidad y ella se sorprendió una vez más de lo mayor que se había hecho. Ya no era un niño. Bajó la mirada con respeto, se sentó al lado de Mehran y lo cogió de la mano. Era preciso que su hijo estuviera al corriente de todo y ella estaba dispuesta a escuchar lo que quisiera responderle.

—Es algo relacionado con tu padre —dijo.

Notó que Mehran se sobresaltaba un poco. No le gustaba hablar de su padre. Durante mucho tiempo esa renuencia había sido una preocupación para Shibeka, pero al final había comprendido que era su manera de llevar el duelo. Como un hombre.

Hamid.

El hombre que había desaparecido, pero estaba siempre presente.

Shibeka empezó a hablar y lo contó todo.

El televisor seguía encendido, pero ya nadie lo estaba escuchando.

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