Muertos prescindibles
Pocas cosas inquietaban a Harald Olofsson
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Pocas cosas inquietaban a Harald Olofsson. Era capaz de superar la mayor parte de los obstáculos que se interponían en su camino con una calma y una actitud metódica que muchos habrían considerado admirables. Pero él nunca se paraba a pensar al respecto. No necesitaba esforzarse para no perder los nervios, ni para conservar el control. Era reflexivo y sereno por naturaleza. No era frecuente en él tener el pulso acelerado y la respiración agitada. Era una sensación incómoda y poco habitual.
No encontraba las mochilas.
Por su carácter tranquilo y sistemático, era sumamente meticuloso y ordenado en la distribución de sus pertenencias. Aunque su parcela pareciera el escenario de un bombardeo, él sabía exactamente dónde se encontraba cada cosa y de dónde procedía. El orden era una necesidad en su negocio. Nada de lo que dejaba a la vista podía relacionarse con un propietario anterior, ni tampoco el contenido del cobertizo. Aunque estaba lleno hasta los topes y no parecía obedecer a ningún tipo de disposición predeterminada, también en ese espacio regía un orden minucioso. Los artículos más visibles, situados delante de los demás, eran tan poco comprometedores para Harald como los que tenía expuestos en el resto de la parcela. Cuanto más oculto estuviera un artículo en el cobertizo y cuanto más difícil fuera encontrarlo, mayores eran las probabilidades de que conservara pistas que pudieran conducir a su dueño anterior. Los objetos que bajo ninguna circunstancia podían ser hallados en poder de Harald se encontraban en la cámara del tesoro. Allí habían pasado una temporada las dos mochilas procedentes del coche accidentado, pero con el tiempo Harald las había trasladado. En algún momento, dejó de incluirlas entre los objetos que era preciso esconder a toda costa, por lo que no debería de ser difícil encontrarlas.
Sin embargo, no las encontraba.
Y eso era un problema.
Había pasado mucho tiempo en el cobertizo, repasando más de una vez todo su contenido, hasta convencerse de que las mochilas no estaban allí. ¿Dónde estaban entonces? ¿Se habría deshecho ya de ellas? En realidad, no contenían nada de valor, pero tampoco recordaba haberlas tirado o quemado. ¿Dónde estarían? Quizá no tuviera ninguna importancia que no pudiera hallarlas. Si él no podía encontrarlas, tampoco lo conseguiría la policía en un eventual registro. Ni siquiera estaba seguro de que regresaran. Había respondido a todas sus preguntas, y los dos policías se habían marchado aparentemente satisfechos.
Salió del cobertizo y se volvió hacia el sol poniente, entrecerrando los ojos. Zeppo se levantó del lugar donde yacía y se acercó a su amo tanto como se lo permitió la cadena. Harald anduvo los pocos pasos que lo separaban del perro, le dio unas palmadas en la cabeza y lo soltó. No lo había sacado desde la mañana y ya iba siendo hora de salir de nuevo. Un paseo por el bosque les sentaría bien a los dos. Harald entró en la casa a buscar la correa y le silbó a Zeppo cuando volvió a salir. Bajaron juntos hasta el camino de grava y lo recorrieron unos cientos de metros, antes de abandonarlo para adentrarse en el bosque. Al cabo de unos pasos, Harald comenzó a sentir los beneficios de la calma y el silencio a su alrededor. No se oía nada, aparte de los rumores propios del bosque. Hizo un par de inspiraciones profundas y los restos de inquietud que aún lo atormentaban se desvanecieron como por arte de magia. Se había puesto nervioso sin ningún motivo. Tenía que olvidar el coche accidentado y las malditas mochilas. Sacudió los hombros, como para quitarse físicamente de encima el recuerdo, y dejó escapar un largo suspiro de alivio. No le habría asombrado ver el vaho de su propio aliento, puesto que empezaba a hacer bastante frío. El sol ya no calentaba tanto durante el día. Las lluvias del fin de semana probablemente serían las últimas. Las próximas precipitaciones serían de nieve.
Siguieron andando en el espeso bosque de pinos. De vez en cuando, Zeppo se paraba, olfateaba el suelo, seguía un rastro y volvía otra vez con su amo. No era raro que Harald lo perdiera de vista durante sus paseos. Iban juntos, pero prestando cada uno atención a sus cosas, y los dos parecían satisfechos. De repente, Harald se dio cuenta de que faltaba poco para el anochecer. Tenían que regresar.
—¡Zeppo!
El perro no vino. Volvió a llamarlo, pero Zeppo seguía sin aparecer. Harald se quedó quieto, escuchando, pero solamente oyó el susurro del viento entre las copas de los árboles. Lanzó una maldición entre dientes. A veces el perro encontraba un rastro y se olvidaba de todo lo demás. Se marchaba lejos, donde no podía verlo ni oírlo.
—¡Zeppo! —volvió a gritar, con más fuerza que la vez anterior.
Prestó atención, por si distinguía alguna respuesta: un ladrido o un movimiento entre los arbustos que le anunciara el regreso del perro.
Cuando iba a gritar por tercera vez, de repente lo recordó.
Estaban en el desván.
Las mochilas estaban en el desván.
Recordó exactamente dónde las había guardado, aunque había olvidado por completo la razón que lo había impulsado a trasladarlas. No era su forma habitual de proceder. De hecho, no formaba parte de sus normas. Si contra todo pronóstico alguien encontraba artículos robados en su cobertizo, Harald podía alegar —al menos teóricamente— que otra persona los había dejado allí sin su conocimiento. En cambio, si los hallaban dentro de su casa, le habría resultado mucho más difícil defenderse. Y, por esa causa, ningún objeto robado traspasaba el umbral de su puerta, nunca. Pero era probable que las mochilas le hubieran parecido insustanciales. Nadie las había reclamado y, por lo visto, nadie sabía de su existencia. Pero si la Unidad de Homicidios mostraba interés por ellas, era evidente que tenía que sacarlas de su casa cuanto antes. En cuanto encontrara a Zeppo.
—¡Zeppo! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Ven aquí, perro del demonio! —añadió, como para hacerle notar la gravedad de la situación.
No hubo ningún ruido, ni ningún movimiento. Harald siguió andando por el bosque unos diez minutos más, llamando al perro a voz en cuello, hasta que por fin oyó un susurro entre los arbustos y poco después vio aparecer a Zeppo, que venía meneando el rabo y relamiéndose satisfecho. Por el brillo de sus ojos, se veía que lo había pasado muy bien allí donde hubiera estado.
Cuando estuvieron de vuelta, Harald ató rápidamente a Zeppo, entró en su casa y subió al desván. Las dos mochilas ligeramente chamuscadas estaban justo donde su imagen mental le había señalado que estarían.
No le preocupaba el funcionamiento de su cerebro; solamente se alegraba de que hubiera vuelto a responderle como siempre. Ahora tenía que poner fin a todo el problema. Arrojó las mochilas por la abertura que comunicaba el desván con el vestíbulo, apagó la luz y bajó. Una de las mochilas se había abierto y parte de su contenido yacía en el suelo, dejando a la vista, entre otras cosas, el bolso de mano carbonizado. ¿Por qué lo había conservado? Daba igual. Pensaba hacerlo desaparecer con todo lo demás. En la cocina, abrió el armario de las escobas y sacó una lata de queroseno y unas cerillas. Después, salió al exterior. Todavía no era noche cerrada, pero el sol ya se había puesto. Harald consideró un momento si debía esperar al día siguiente. ¿Despertaría sospechas un fuego en la oscuridad? Enseguida se dijo que sus temores eran infundados. No había nadie en los alrededores que pudiera ver la hoguera. Pasó delante del cobertizo y fue por el camino hasta el fondo de la parcela, casi en el límite de su propiedad. Zeppo lo siguió, lleno de curiosidad, tanto como se lo permitió la cadena. En el lugar donde la grava y el fango del sendero morían en la hierba, dejó las mochilas en el suelo, desenroscó el tapón de la lata de queroseno y regó con el líquido el material plástico rojo y negro. Volvió a enroscar el tapón y encendió una cerilla.
De repente, le pareció que todo ocurría a la vez.
El fuego se encendió con una llamarada mientras Zeppo ladraba con todas sus fuerzas. Al segundo siguiente, Harald se vio atrapado en el haz de luz de unos faros delanteros, que venían hacia él por el sendero. Miró en dirección al vehículo casi sin comprender, bajó la vista hacia las mochilas que ardían a sus pies y después volvió a mirar el coche, que ya había apagado el motor y también los faros. Harald parpadeó y distinguió una figura que se le estaba aproximando.
—¿Harald Olofsson? —preguntó una voz de mujer, y enseguida apareció una figura empeñada en apagar el fuego.
Zeppo seguía ladrando, Harald retrocedió unos pasos.
¡Cuántas casualidades!
Si la mujer, que probablemente era policía, hubiera llegado quince minutos más tarde, no habría encontrado más que un montón de cenizas, y entonces Harald habría podido salvarse.
Si Harald no hubiera recordado dónde estaban las mochilas, no lo habrían pillado con las manos en la masa.
Si el perro hubiera tardado menos en volver, habría tenido tiempo de quemar completamente las mochilas.
Muchas casualidades combinadas en su contra. Demasiadas.
Se dio cuenta de que no tenía escapatoria.