Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Fue muy extraño para Vanja

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Fue muy extraño para Vanja visitar la cárcel de Kronoberg como familiar de un detenido. La había frecuentado muchas veces por motivos de trabajo y nunca había imaginado que algún día franquearía sus puertas en un papel tan diferente. Sentía que se le echaban encima los muros de piedra de la cuidada área de recepción. Parecía que fueran a aplastarla. Cada paso que daba hacia el guardia le resultaba más difícil que el anterior. Detrás de la ventanilla, estaba Janne Gustavsson, un conocido suyo, que la saludó con una inclinación de la cabeza.

—No sabía que la Unidad de Homicidios tuviera un detenido aquí.

—No tenemos ninguno.

Vanja guardó silencio. Janne la miró sorprendido. ¿Por qué le parecía extraña su voz? No se expresaba con tanta seguridad como en otras ocasiones. Casi no la reconocía. Tenía que haberle pasado algo.

—Vengo a ver a mi padre —dijo por fin Vanja, con un tono de voz débil—. Creo que está aquí.

Janne la miró un momento y enseguida cayó en la cuenta.

¡Lithner!

Ni siquiera se lo había planteado, aunque el nombre tenía que haberle llamado la atención desde el principio. Lithner.

¿Cuánta gente tenía ese mismo apellido? Prácticamente nadie, excepto la guapa policía rubia de la Unidad de Homicidios y el tipo de la celda 23.

Valdemar Lithner.

Había llegado unas horas antes, acompañado por Ingrid Ericsson, de la Unidad de Delitos Económicos, una de las pocas personas que recordaba el nombre de Janne y lo llamaba por su nombre de pila. Se preguntaba si Vanja Lithner también lo recordaría. Probablemente no.

—¿Valdemar Lithner es tu padre?

Vanja asintió débilmente mientras se arreglaba el pelo con nerviosismo. Janne pensó de pronto que parecía una niña pequeña, una niña perdida, y sintió pena por ella.

—¿Puedo visitarlo?

—Por desgracia, me parece que va a ser difícil —dijo Janne, intentando ser amable, mientras echaba una mirada al reloj—. Son más de las cinco, y no sé muy bien cuál es su régimen de visitas.

—¿Le han impuesto restricciones?

Janne se puso a buscar entre sus papeles, aunque ya sabía lo que encontraría. Sabía que Ingrid Ericsson habría marcado todo con un «no».

Llamadas telefónicas: NO.

Cartas: NO.

Acceso a un ordenador: NO.

Visitas: NO.

Así lo hacía siempre Ericsson.

Para asegurarse, Janne siguió mirando en sus documentos y finalmente levantó la vista y miró a Vanja.

—Sí, lo siento. Está incomunicado.

—¿De verdad crees que mi visita podría poner en peligro la investigación?

—No, pero lo que yo crea no tiene importancia —respondió Janne, en tono de disculpa—. Yo no decido. Tienes que hablar con Ingrid Ericsson o con el fiscal.

Vio que Vanja miraba desconcertada a su alrededor, casi como si esperara encontrar a Ericsson o al fiscal en algún lugar de la recepción. Quizá habría sido natural que Janne disfrutara un poco con la situación. ¡Eran tan eficaces, tan perfectos los de la Unidad de Homicidios! No tenían que pasar el día entero detrás de una ventanilla, lidiando con la gente, como él. Pero había algo en la indefensión de Vanja que también lo afectaba a él. No era una reacción propia de ella y no lo hacía sentirse superior, sino más bien incómodo.

—¿Tienes el teléfono de Ingrid? —le preguntó ella al cabo de unos segundos.

Janne hizo un gesto afirmativo y empezó a escribirlo en una nota adhesiva.

—Te anotaré también el número del fiscal. Se llama Wennberg. Quizá te resulte más fácil convencerlo a él que a Ingrid.

Vanja asintió agradecida cuando le tendió la nota.

—Gracias, Janne.

¡Sabía su nombre de pila!

—Suerte —le dijo él con sinceridad. De hecho, iba a necesitarla.

Vanja se giró para marcharse y Janne vio que sacaba el teléfono móvil, después la puerta se cerró tras ella.

Había visto muchas cosas en los diez años que llevaba en el puesto de recepción.

Pero lo que había sucedido en los últimos minutos había sido diferente.

Vanja llamó primero a Ingrid Ericsson, quería empezar por la persona que llevaba la investigación. Pero enseguida saltó el buzón de voz. El teléfono debía de estar apagado. Dejó un mensaje breve, en el que le pedía a Ingrid que la llamara lo antes posible, sin mencionar el motivo. Probablemente, la investigadora deduciría que se trataba de su padre, pero Vanja no podía dejar grabado en un mensaje lo que quería pedirle. Ya le resultaba bastante insoportable la idea de decírselo por teléfono. Marcó entonces el número de Stig Wennberg, el fiscal. Hasta ese momento, Vanja no había oído hablar nunca de Ingrid Ericsson, pero el nombre del fiscal Wennberg le resultaba familiar. Tenía buena fama. De hecho, muchos de sus colegas habían lamentado varios años atrás que abandonara el derecho penal y pasara a trabajar en la investigación de delitos económicos.

Wennberg contestó después de tres tonos de llamada. Por el griterío de voces infantiles que se oía al fondo, Vanja supuso que estaría en su casa. Parecía nervioso, pero su tono se volvió más sosegado cuando ella le dijo que era policía. Probablemente supuso que lo llamaría por un asunto de trabajo, porque enseguida le preguntó en qué podía ayudarla.

Vanja se lo dijo.

El tono distendido del fiscal se esfumó.

—Imposible. Supongo que ya lo sabe.

Había una seriedad en su voz que no tenía cuando había contestado al teléfono. No iba a ser fácil. Vanja se veía obligada a realizar un delicado acto de equilibrio. Si lo presionaba demasiado, estaría quebrantando las normas éticas de su profesión, y eso era algo que prefería no tener que hacer. Habría querido gritarle que le permitiera ver de inmediato a su padre, fueran cuales fueran las reglas. Pero eso era imposible. Tenía que medir las palabras y cuidar la manera en que planteaba su demanda.

—Ya sé que se trata de una solicitud muy poco frecuente —dijo con cautela—, pero necesito ver a mi padre.

Un profundo suspiro fue la única respuesta.

—En este momento me encuentro en plena investigación de un caso, el de la fosa común hallada en Jämtland, del que quizá haya oído hablar —prosiguió Vanja, dispuesta a intentar otra estrategia. Si el fiscal no se apiadaba de una hija, quizá quisiera ayudar a una oficial de la policía—. Necesito averiguar qué ha pasado con mi padre, antes de poder reincorporarme al trabajo.

—¿Trabaja en la Unidad de Homicidios, con Torkel Höglund?

—Sí, formo parte de su equipo.

Notó que Wennberg titubeaba un segundo. Pensó que quizá se le abría una puerta.

—¿Conoce a Torkel? —preguntó Vanja, en un tono de voz que esperaba que fuera neutral.

—Sí, pero eso no va a ayudarla.

La puerta se había cerrado con tanta rapidez como se había abierto. Aun así, Vanja no pensaba darse por vencida. Se dispuso a manipular una vez más la cerradura con la mayor delicadeza posible, sin irritar a su interlocutor.

—Puedo visitarlo bajo vigilancia, por supuesto. Estoy dispuesta a aceptar cualquier condición.

—Las restricciones las ha establecido la persona responsable de la investigación. Es ella quien tiene que decidir.

—Evidentemente. Pero muchas veces las restricciones son excesivas. Mi padre no ha cometido ningún asesinato. Usted, como fiscal responsable del caso, puede autorizar excepciones.

Wennberg no dijo nada, pero tampoco puso fin a la conversación. Ya era algo. Mientras siguieran hablando, habría una posibilidad.

—Ya sé que le estoy pidiendo algo que se sale de lo corriente, pero sinceramente no veo qué daño puede hacerle a usted. Si pasa algo, yo pierdo el trabajo. La única que corre algún riesgo soy yo.

Durante un segundo, le vino a la mente el curso del FBI. ¿Habrían disminuido sus probabilidades de conseguir la plaza tras la detención de su padre? Se avergonzó de pensarlo. ¿Por qué se le había ocurrido algo así en ese momento? Tenía cosas más importantes de qué ocuparse. Tenía que pensar en la persona más importante para ella.

Su padre.

Tenía que concentrarse en él y no en sí misma.

Al otro lado de la línea, los niños habían dejado de gritar o tal vez Wennberg se había trasladado a otra habitación, para poder hablar sin que lo molestaran.

—Dígale a Torkel que me llame y me diga que responde por usted. Es la única manera —dijo finalmente.

—De acuerdo. —Vanja sintió que las palabras le salían atropelladamente, en un torrente incontenible—. Gracias. Muchas gracias. Lo llamará ahora mismo. Se lo prometo. Lo llamará enseguida. Gracias.

—Visita vigilada. Diez minutos como máximo.

—Sí, lo que usted diga. De acuerdo. Muchas gracias. Muchísimas gracias.

—Agradézcaselo a Torkel si finalmente lo consigue.

Entonces colgó. Vanja se quedó inmóvil, con el teléfono en la mano. Primer obstáculo, superado. Lo siguiente era hablar con Torkel. Mentalmente se oyó iniciar una conversación que nunca habría imaginado que tendría.

Hola, Torkel.

Necesito que me ayudes.

Mi padre está en la cárcel.

Valdemar se había sorprendido al ver que el guardia venía a buscarlo. Pensaba que ya no pasaría nada más hasta el día siguiente. Pero ¿qué sabía él de las rutinas de la prisión? Llevaba tanto tiempo sentado en la misma posición sobre la dura superficie de la cama que al dar los primeros pasos sintió las piernas rígidas y entumecidas. El guardia lo llevó por los fríos pasillos de paredes verdes hasta la sala donde lo habían interrogado unas horas antes. Lo hizo sentar en la misma silla, delante de la mesa, y le indicó que esperara. El hormigueo de las piernas se le había pasado, pero ahora notaba un dolor sordo en la zona lumbar. Se sentía viejo, abatido, y, lo que era peor, como si no estuviera allí del todo, como si se encontrara sentado en esa sala y estuviera a la vez en otro sitio. Los pensamientos se le arremolinaban en la cabeza. Todo había sido demasiado rápido: la llegada de la policía, los primeros interrogatorios, la detención…

Y todo parecía indicar que le esperaba un nuevo interrogatorio.

Debía de ser parte de la estrategia de la investigación. Confundirlo.

Estaba funcionando.

Tenía que hacer un esfuerzo de concentración. Era preciso que respondiera a las preguntas sin embarullarse y sin perder el control. Oyó un ruido en el pasillo y enderezó la espalda. Hablaría lo menos posible. Era su táctica. Le había servido la vez anterior y quizá también le fuera útil esta vez.

Cuando se abrió la pesada puerta, creyó distinguir una figura detrás del guardia y Valdemar quedó aterrorizado. No, no era posible. No podía ser verdad. Durante un segundo, la persona que creía haber reconocido desapareció de su vista, oculta por el cuerpo del guardia. Valdemar deseó con todas sus fuerzas que hubiera sido una ilusión óptica y que no entrara nadie en la sala detrás del guardia. O que lo acompañara la misma mujer policía que se había presentado en su casa. Cualquier otra posibilidad habría sido mejor.

Pero entonces la vio por completo. Comprendió que no había sido una ilusión. Realmente estaba ahí. Tan pálida y confundida como él. Lo estaba mirando fijamente, con una expresión que le resultaba imposible de descifrar. Compuso un valiente intento de sonrisa, pero sabía que todo era inútil. Allí donde estaba, en esa sala, las sonrisas no servían de nada.

—Hola, Vanja —dijo, tan despreocupadamente como pudo.

Ella no respondió. En silencio, entró en la habitación y se dirigió hacia la silla libre delante de la mesa, pero permaneció de pie. Durante un segundo, Valdemar se preguntó si podría negarse a recibirla. Pensó que quizá podría pedirle al guardia que lo llevara de vuelta a su celda. Quizá de ese modo todo sería más fácil.

Más fácil para ella.

Él ya estaba perdido y lo sabía. El atajo que había elegido lo había conducido a un punto sin retorno. Ya no podía hacer nada. Quizá en el pasado habría podido hacer algo si realmente hubiera intentado explicarlo todo. Pero ¿habría podido explicar lo que ni siquiera él comprendía del todo?

—¿Qué has hecho, papá? —preguntó Vanja de repente.

Valdemar bajó la vista hacia sus propias manos. Viejas, arrugadas y surcadas por gruesas venas azules. Ajadas. Era probable que ella no quisiera tocarlas nunca más.

El guardia cerró la puerta y se acercó a la mesa.

—Tienen diez minutos —ordenó en tono autoritario—. Yo me quedo dentro de la sala.

Vanja hizo un gesto afirmativo. El guardia fue a sentarse en un taburete, en un rincón de la sala. Apoyó la espalda contra la pared, en actitud relajada, e intentó parecer tan poco interesado en la conversación como le fue posible.

Valdemar miró a su hija, que seguía de pie frente a él. Supuso que habría estado muchas veces en esa misma habitación, pero sabía que nunca había experimentado nada parecido.

—¿Qué has hecho, papá? —repitió ella, con más énfasis.

Valdemar sintió que sólo podía decir la verdad.

—Una tontería, me temo.

Vanja separó la silla de la mesa y se dejó caer pesadamente en el asiento. Después, lo miró. Le pareció que había envejecido varios años en pocos días. Habría querido decirle muchas cosas. Hacerle muchas preguntas. ¡Era tanto lo que necesitaba saber! Pero con el guardia en la sala, su padre no podía responder a todas sus dudas. Quizá fuera mejor así. El encuentro la había afectado mucho más de lo que pensaba. Necesitaba hacerle una o dos preguntas neutras, para tener tiempo de recomponerse.

—¿Tienes abogado?

—No —dijo él—. La oficina quería enviarme uno, pero yo les dije que no.

—¿Por qué?

—No sé. Para que tú no te enteraras. No quería que lo supieras.

Seguía sin atreverse a mirarla a los ojos.

—Iba a enterarme de todos modos. ¿Qué pensabas? ¿Que ibas a poder mantener todo esto en secreto? ¡Soy policía!

Valdemar negó con la cabeza. Por supuesto que era posible guardar secretos. Enterrarlos con la esperanza de que nadie los descubriera. Era una táctica que había utilizado en otras ocasiones, y con buenos resultados.

—Me investigaron hace unos años, pero cerraron el caso. Esperaba que ahora sucediera lo mismo. Que no fuera necesario que tú lo supieras.

Vanja palideció y Valdemar comprendió que no le había dicho lo que esperaba oír. Al igual que él, su hija quería que todo volviera a ser como antes, que esa absurda situación no fuera más que un breve paréntesis en sus vidas, un error que tuviera una explicación y se subsanara con tanta rapidez como se había producido. Pero la noticia de que ya había habido otra investigación policial no contribuyó a alimentar esa ilusión.

—¿Por qué te investigaron aquella vez? —preguntó Vanja con inesperada calma.

Valdemar conocía bien a su hija. Los sentimientos con que había entrado en la sala, fueran cuales fueran, habían empezado a desvanecerse. Estaba cada vez más enfadada.

—Por lo mismo que ahora: malversación, estafa, abuso de confianza, evasión de impuestos…

—Pero ¿no decías que habían cerrado la investigación?

—Sí, pero parece que ahora han encontrado nuevas pruebas.

Valdemar guardó silencio. No quería decir nada más, pero conocía a su hija y sabía que a continuación le preguntaría cuáles eran esas pruebas. También sabía que tarde o temprano lo averiguaría. Prefirió ser él quien se lo dijera.

—Sobre Daktea —añadió al fin.

Ella se inclinó hacia delante, mirándolo fijamente, como si fuera un extraño, alguien completamente desconocido. En su mirada había una frialdad que Valdemar no le conocía.

—¿Estuviste implicado en el escándalo de Daktea?

—No conocía el alcance de lo que estaba pasando —respondió él, negando con la cabeza, como si aún no acabara de comprenderlo—. No sabía que era tan grande. Confié en algunas personas y me equivoqué.

Tendió la mano hacia su hija, pero ella la rechazó. Puede que su mano hubiera envejecido, pero la de Vanja había perdido todo interés en la suya. Miró de soslayo al guardia, que para entonces los observaba con curiosidad. Era preciso dar una explicación, pero se veía obligado a medir muy bien sus palabras.

—Solamente quería daros todo lo que necesitabais.

Se dio cuenta de lo hueca que sonaba la excusa.

Ella también lo notó.

—Ya teníamos todo lo que necesitábamos. —Fue la seca respuesta de Vanja.

Estaba en lo cierto, como siempre. ¿Qué podía faltarles? Cosas materiales. Objetos. Nada que importara de verdad. Nada que pudiera reemplazar lo que Valdemar estaba a punto de perder en ese momento. Pero él había ansiado con todas sus fuerzas ser el padre generoso, el hombre capaz de ofrecer a su familia la vida que todos los demás parecían disfrutar, alguien de quien su mujer y su hija pudieran sentirse orgullosas.

—Sí, pero tu madre quería una casa de campo, tú necesitabas un apartamento y…

De repente, Vanja estalló.

—¿El apartamento? ¿Estás tratando de mezclarme en esto? ¿Intentas decir que yo tengo la culpa de que estés preso?

—¡No, Vanja, por favor! No he querido decir nada de eso.

—Entonces ¿qué has querido decir?

Valdemar se quedó abatido bajo su mirada. Se derrumbó. Sintió que no valía nada. Era un mentiroso, un estafador. Tenía que hacerle entender a su hija lo fácil que había sido. Fácil y tentador. Había sido como estar borracho. Se había dejado llevar y al final ni siquiera se había parado a pensar si era ilegal. Tenía que decírselo, pero no encontraba las palabras.

—No lo sé. De verdad, no lo sé.

Fue lo único que consiguió articular. Todo era demasiado complicado. Solamente se le ocurrían respuestas insustanciales.

—Te quiero. Te quiero mucho y lo único que pretendía era… —Hizo una pausa para enjugarse la lágrima que acababa de derramar—. Quería darte todo lo que quisieras tener.

—Nunca te pedí nada.

La frialdad de su voz era aterradora. Valdemar sentía que le horadaba el pecho como un trépano de hielo y casi no lo dejaba respirar.

Vanja renegaba de su amor.

¿Cómo era posible? Antes lo había sido todo para ella y él lo sabía. Pero la había traicionado de la peor manera posible. Había actuado a sus espaldas, era una persona completamente distinta de la que ella creía conocer. Le había mentido. Y a Vanja no se le podía mentir. Ella ofrecía y exigía sinceridad ante todo. Así de sencillo. Valdemar lo sabía. Y también sabía lo que debía hacer para recuperarla. Pero, en lugar de eso, volvió a mentirle.

—No he hecho nada ilegal.

—¿Qué has hecho entonces?

Valdemar sabía que su hija veía la verdad detrás de aquellas mentiras. Toda su culpa estaba a la vista y, aun así, intentó escabullirse una vez más. Era incapaz de hacer otra cosa.

—Puede que haya cometido algún desliz, que haya ayudado a gente que no lo merecía…

—Entonces, es verdad que lo hiciste —constató ella, sin la menor emoción en la voz, como si estuviera hablando del tiempo.

Valdemar guardó silencio y la miró con expresión suplicante. Ella empujó la silla hacia atrás y se puso de pie.

—Eres culpable de lo que se te acusa, sea lo que sea.

Se giró y fue directamente hacia la puerta.

—Vanja, espera, por favor —le rogó él.

—Ya han pasado los diez minutos.

El guardia miró el reloj y negó con la cabeza.

—No, todavía quedan tres —dijo el hombre.

Vanja se volvió hacia el guardia y Valdemar deseó poder aprovechar esos tres minutos.

Ciento ochenta segundos.

Se pueden hacer muchas cosas en ciento ochenta segundos.

—Gracias, pero ya no quiero hablar más con él.

Tras esas palabras, se marchó. Valdemar hundió la cara entre las manos. Esperaba no tener que ver nunca más la realidad, una realidad en la que su hija ya no estaba a su lado.

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