Muertos prescindibles
La rabia le aceleraba el corazón
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La rabia le aceleraba el corazón a Mehran, que se sentía acalorado y sudoroso. Había dicho todo lo que tenía que decir. Al entrar en la habitación, había dado un portazo tan fuerte que una de las fotografías del pasillo se había descolgado. Ahora estaba tumbado en la cama, mirando al techo. Nunca antes había discutido con su madre, ni siquiera cuando ella lo había descubierto fumando a escondidas con Levan. Pero esto era diferente. En todos los sentidos. Su madre había actuado en secreto, sin decirles nada a él ni a su hermano Eyer. Decía que lo había hecho por ellos, que quería protegerlos. Pero él sabía que no era cierto.
Memel tenía razón.
«Shibeka está confundida, no sabe qué hacer. Hamid era su columna vertebral. Si te quedas sin columna, te vienes abajo. Tienes que ayudarla, ¿lo entiendes?».
Mehran siempre defendía a su madre cuando el viejo testarudo se empeñaba en decir que no sabía quedarse en su sitio. Le contaba cuánto luchaba por ellos y todo lo que hacía para que salieran adelante. Le decía que era la mejor madre del mundo y que trabajaba y estudiaba para que ellos pudieran tener una vida mejor. Le insistía en que aprendía sueco solamente pensando en ellos. Pero ahora se daba cuenta de que Memel tenía razón.
Su madre estaba confundida.
No había otra explicación. Había llegado demasiado lejos. Mehran no había dicho nada cuando ella enviaba una carta tras otra a los servicios sociales, la policía y los periódicos. Se había callado mientras la oía hablar de Hamid con la policía, sabiendo que a nadie le importaba lo que le hubiera pasado a su padre. Para los tipos de uniforme, su madre no era más que una inmigrante de mierda que no paraba de dar la lata. Pero nunca había dicho nada. Siempre había permanecido al lado de su madre.
Y ella se lo agradecía de esta forma.
Actuando a sus espaldas.
Se dio la vuelta y cogió el reproductor de mp3 que había recibido como regalo de cumpleaños. Se puso los auriculares. Le gustaba la música house, sobre todo Avicii. Escogió el tema Levels y subió el volumen. La música tenía algo que hacía que todo se volviera más simple y comprensible, y lo ayudaba a manejar la rabia. La vida se convertía en una imagen vista a través de la música y, de ese modo, todo le resultaba menos doloroso. Mehran sabía bien que para ella no era tan fácil. Su madre hacía lo que podía.
Pero estaba confundida.
Lo había demostrado con su última ocurrencia.
Estaba muy bien que aprendiera sueco y se empeñara en hablarlo para ayudarlos a él, a Eyer y a sus amigas. Pero también en eso había un lado malo, como decía Memel. Porque no sólo aprendía el idioma. También asimilaba otras cosas que Memel y los otros hombres mayores no veían con buenos ojos, sino todo lo contrario.
Estaban preocupados.
Temían por sus mujeres.
No querían que también ellas acabaran confundidas.
A Mehran le caía bien Memel. El viejo siempre le pasaba un brazo por los hombros y le hablaba de su país y de Hamid. Lo llevaba a la mezquita y le enseñaba a lavarse y a prepararse para la oración.
Pero Mehran siempre había defendido a su madre. Y ahora ella había ido a hablar con un tipo de la televisión. A solas. Con un sueco. Después de todo lo que él la había defendido.
Otra vez lo invadió una rabia que ni siquiera Avicii podía apaciguar. ¡Con un sueco! Los suecos nunca habían hecho nada por ellos. Al contrario. Tenían toda la culpa. Su padre había desaparecido en Suecia —¡en ese país tan seguro!— y no en el peligroso Afganistán, ni durante el viaje a Europa. No. Había desaparecido en Suecia, donde se suponía que era una suerte que los dejaran vivir. Todo era mentira. No había seguridad en Suecia para la mayor parte de las personas que Mehran conocía. Vivían en la incertidumbre. ¿Podrían quedarse en Suecia o tendrían que marcharse? ¿Los deportarían de un día para otro? O, peor aún, ¿desaparecerían algún día, como su padre? Recordaba al funcionario de inmigración que había querido expulsarlos del país cuando su padre ya había desaparecido. Shibeka había vivido con el terror de que se presentaran un día a buscarlos y los llevaran a la fuerza al aeropuerto.
Todo era mentira, y él detestaba las mentiras.
Y ahora su madre también le había mentido.
Hizo una inspiración profunda y volvió a poner Levels. Esperaba recuperar la calma oyendo sin cesar el mismo tema, una y otra vez. Pero, mucho antes de que pudiera conseguirlo, apareció su madre en la puerta. Lo miraba con aquellos ojos castaños, que parecían enrojecidos. Probablemente había estado llorando.
—Perdóname, Mehran —dijo en voz baja—. ¿Me dejas pasar?
Mehran no le respondió. Simplemente, se la quedó mirando, con la música en los oídos, mientras ella se sentaba a su lado en la cama. La dejó hacer, y ella le apoyó una mano sobre el vientre. Ese afectuoso contacto lo tranquilizó más que la música.
—¿Podrías quitarte los auriculares? —le pidió su madre.
Se lo dijo en pastún. A Mehran le encantaba que le hablara en su lengua. Para la vida diaria, Shibeka prefería el sueco. Lo hacía por el bien de sus hijos. Era una de sus reglas. Pero ahora le estaba hablando en pastún y Mehran sabía por qué. Era el idioma que solía utilizar cuando quería que la entendieran bien. Su voz parecía más suya en pastún. Más verdadera. Más de madre. Mehran se quitó los auriculares con desgana, pero no pudo deshacerse de la rabia.
—Entiendo que estés enfadado —dijo con suavidad—. Pero tienes que comprender que no he querido hacerte daño. No sabía cómo decírtelo.
Mehran la miró. Cuando abrió la boca para hablar, le salió un tono enfadado.
—¿Por qué no podemos hablar todo el tiempo en pastún?
Su madre pareció asombrada. No se esperaba esa pregunta.
—Me parece bien que hablemos en sueco. Vivimos en Suecia.
—Pero no somos suecos, aunque tú parezcas creerlo.
Shibeka lo cogió de la mano.
—No te enfades, Mehran. Me parece que ese hombre puede ayudarnos.
—¿Cómo?
—No lo sé, pero tengo que averiguar qué pasó. Tenemos que saberlo.
—Se ha ido, mamá. Nunca más volverá. ¿No puedes entenderlo?
Prácticamente gritó las últimas palabras. Shibeka le apretó la mano con fuerza, aunque él siguió levantando la voz, a pesar de la presión de los suaves dedos de su madre.
—Las cosas no van a cambiar solamente porque tú no puedas aceptarlas. No haces más que confundirte. Y me confundes también a mí.
—¡Pero no puedo darme por vencida! Yo conocía muy bien a tu padre, y me parece que lo veo cada vez que te miro. Lo recuerdo a cada minuto. ¿No lo entiendes? ¡No puedo rendirme! Sería como pedirme que dejara de respirar. O que os dejara de querer.
De repente, estalló en lágrimas. Hacía mucho tiempo que Mehran no veía llorar a su madre. Al principio, tras la desaparición de Hamid, había pasado días enteros llorando, pero, de un momento a otro, había parado. Era como si se le hubieran agotado las lágrimas. Mehran intentó tranquilizarla. Se sentó en la cama y la miró a los ojos. La quería muchísimo, pero tenía que hacerle entender que no podía seguir por ese camino.
—Yo también lo echo de menos, mamá. Pero todos dicen que tienes que dejar de insistir. Yo siempre les respondo que estás bien y que nunca harías ninguna tontería. ¡Pero has ido a hablar con un sueco sin decirme nada!
—Ese hombre puede ayudarnos.
—Déjalo ya, mamá. Ninguno de ellos nos ha ayudado nunca. ¿Por qué iba a ser diferente este tipo? Si vamos a pedirle ayuda, nos tomará por idiotas. —Hizo una pausa y la miró—. Ya sé que tú no eres ninguna idiota, mamá.
Shibeka hizo un leve gesto afirmativo y soltó la mano de su hijo.
—Tienes razón, Mehran. A partir de ahora, prestaré atención a todo lo que digas. Serás tú quien decida. Prometo escucharte, como escucharía a tu padre. Pero antes tienes que hablar con ese hombre, con el sueco. Cuando hayas hablado con él, decidirás.
Le estaba hablando en un tono que nunca había usado hasta ese momento. Se dirigía a su hijo de igual a igual. Y Mehran sabía que tenía que responderle en los mismos términos. La miró con cariño.
—Dile que venga mañana.
—¿Se lo contamos a Eyer?
Mehran negó con la cabeza.
—No. Todavía es pequeño.
—Pero tú no. Ya no.
—No, mamá. Yo ya no soy pequeño.
Shibeka le sonrió con cautela, y después salió de la habitación. Mehran se quedó sentado en la cama. Ya no necesitaba oír música. Se había vuelto mayor en un día. No le hacía falta ninguna música para comprenderlo. Era una sensación abrumadora. ¿Verdaderamente estaba preparado para aceptar la responsabilidad que su madre le acababa de encomendar? Lo deseaba con todas sus fuerzas, pero también lo atemorizaba la idea de no poder esconderse nunca más detrás de su edad, de haber dejado de ser un niño.
Salió al pasillo y vio que su madre estaba en la cocina, preparando la cena. Cuando Eyer regresara, encontraría un plato de comida caliente sobre la mesa, como siempre. Todo seguiría igual. Y, sin embargo, todo había cambiado.
Quizá su madre creyera que Mehran y ella veían las cosas de manera diferente. Tal vez pensara que él quería olvidar. Pero no era cierto. Simplemente, sus maneras de expresar el dolor eran distintas. Ella hacía llamadas, escribía cartas, hablaba. Él permanecía en silencio. Ella manifestaba sus sentimientos, mientras que él los llevaba en su interior. Así se comportaban los hombres. El dolor que un hombre lleva por dentro lo vuelve más fuerte.
Las mujeres lloran; los hombres no.
Shibeka se dio la vuelta y le sonrió, y Mehran le devolvió la sonrisa.
Su madre tenía secretos.
Él también. Pero los suyos habían quedado enterrados en la infancia.
¿Tendría que sacarlos a la luz?
¿O podría dejar que siguieran sepultados? No lo sabía.
Pero nunca olvidaría al hombre de la voz áspera y nasal.
El hombre contra el cual su padre lo había prevenido.
Joseph.