Muertos prescindibles
Vanja vomitó en los lavabos
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Vanja vomitó en los lavabos del personal, en la cárcel. El impulso le llegó sin previo aviso. Se había sentado en el váter, pero no para usarlo, sino para estar un momento tranquila. Estaba sentada sobre la tapa cuando de repente el estómago se le había revelado y parte de su contenido había acabado en el suelo, entre sus pies. Se quedó mirando fijamente la pasta amarillenta. La boca le sabía a bilis. Se echó automáticamente hacia delante, por si se le repetían las arcadas. No podía salir del recinto de la prisión sin la compañía del guardia, que a su vez estaba obligado a llevar en primer lugar a Valdemar a su celda. Tardaría un momento, pero Vanja no tenía ninguna prisa y le importaba muy poco cómo fuera a quedar el suelo de la cárcel.
Ya nada tenía sentido.
No podía desprenderse de la imagen de su encuentro con Valdemar. Detrás, no había nada. Solamente lo veía a él, en aquella sala donde nunca habría pensado que pudiera encontrar a su padre. Le parecía imposible y, sin embargo, había pasado. Valdemar no era inocente. Antes lo dudaba, pero ahora lo sabía. Había intentado irse por las ramas, escabullirse. Ella conocía bien ese comportamiento, porque lo veía a menudo en su trabajo.
Un desliz, había dicho.
Él, que siempre caminaba con paso firme.
El sabor acre en la boca le pareció adecuado. Era el sabor perfecto para un día horrendo. Habría querido vaciar por completo el estómago en ese cubículo. Habría querido expulsar todo lo que tenía dentro.
Pero las náuseas habían desaparecido, de modo que se introdujo dos dedos en la garganta. Después volvió a hacerlo, hasta que ya no tuvo nada que vomitar. Se había manchado los zapatos y el borde de los pantalones, pero no le importaba. Al contrario, se sentía liberada, como si hubiera recuperado el control de su cuerpo, como si lo hubiera limpiado de toda la basura que había sentido en su interior. Era una sensación agradable. Enseguida deseó hartarse de comida, para poder sentir otra vez el alivio de vaciarse.
Hacía mucho que no tenía esa sensación. Toda una eternidad. Pero comprendió por qué la había atraído tanto esa conducta en otra época.
Perder el control y recuperarlo.
Gozar y avergonzarse al mismo tiempo.
Agachó la cabeza y contempló el contenido de su estómago esparcido por el suelo.
Había empezado a los diecisiete años, cuando estudiaba el bachillerato en un colegio privado de Östermalm. Era inteligente y despierta, y le gustaba estudiar, por lo que los estudios no le planteaban problemas.
Lo malo era todo lo demás.
La vida social.
Todas las chicas de su clase eran ricas, guapas y perfectas. Había infinidad de reglas y códigos no escritos que ella no conocía, ni entendía. Quería tener amigas. Quería tener novio. Quería formar parte de una pandilla. Pero no la aceptaban. Parecía como si todo lo que hacía estuviera mal, hiciera lo que hiciera. Por mucho que lo intentaba, la seguían marginando. Entonces empezó a picotear comida en el camino de vuelta a casa, para consolarse: golosinas, bollitos, patatas de bolsa… Cada vez más. La sal, el azúcar y las grasas se convirtieron en sus amigos, y empezó a depender cada vez más de ese apoyo.
Pero, al mismo tiempo, empezó a darle miedo la cantidad de comida basura que consumía, que, además, la hacía sentirse todavía peor entre las chicas espigadas y soberbias con las que compartía el día a día. Por eso empezó a vomitar de vez en cuando lo que comía, para no aumentar de peso. Al principio no le pareció peligroso. No lo hacía demasiado a menudo y, además, la combinación le parecía perfecta: podía disfrutar comiendo y deshacerse del sentimiento de culpa unos minutos más tarde.
Pero el problema empeoró. Al cabo de un tiempo, no pensaba nada más que en comer y en expulsar cuanto antes la comida ingerida. Era lo único que significaba algo para ella.
Un día leyó un artículo sobre trastornos alimentarios en el Dagens Nyheter. Trataba sobre la bulimia. Había leído por encima los otros artículos de la serie, pero en ese en concreto se reconoció. Hablaba de los efectos secundarios. Decía que la menstruación podía volverse irregular e incluso desaparecer. Mencionaba los daños en el esmalte de los dientes. Vanja corrió al cuarto de baño y se puso a palparse nerviosamente la cara interior de los incisivos, ya que por lo visto era allí donde comenzaba el deterioro. No notó nada extraño con los dedos ni con la lengua, aunque por otra parte tampoco recordaba cómo era la sensación de unos dientes normales. Lo que sí sabía con certeza era que llevaba tres meses sin que le bajara la regla. Se preparó un par de bocadillos y volvió a leer el artículo, cada vez más convencida de reconocerse en esas líneas. Todo encajaba. Fue al baño a vomitar y se echó a llorar.
Estaba enferma.
No solamente era una marginada.
También padecía bulimia y, por lo visto, muy pocos conseguían superar solos la enfermedad.
Decidió confiar en Valdemar. Fue a verlo a su oficina. Aún no sabía de dónde había sacado fuerzas para actuar, porque estaba demasiado avergonzada, pero había resuelto decírselo. Su padre se tomó el resto del día libre y salieron juntos a dar un paseo. Vanja estaba al borde del desmayo, pero él consiguió que se lo contara todo. Con paciencia y cautela. Poco a poco. Cuando realmente lo había necesitado, Valdemar había estado ahí, para demostrar que realmente era el padre que ella esperaba. Había sido maravilloso.
Dos semanas después, Valdemar la cambió de colegio. Tuvo que esperar hasta el otoño siguiente para ingresar en el Instituto Södra Latin, porque el semestre de primavera ya casi había terminado. Pero, hasta ese momento, Valdemar se encargó de todo. En verano, la envió durante dos semanas a una colonia de vacaciones para chicas con bulimia, para que dispusiera de herramientas que le permitieran superar su trastorno. Le buscó los mejores terapeutas y le permitió cambiarlos si no le gustaban.
Se había curado gracias a Valdemar.
A su cariño y su franqueza.
Pero esa imagen no coincidía con la del hombre que acababa de ver en la estrecha sala de paredes verdosas. A los diecisiete años, armada de confianza y coraje, Vanja había sido capaz de revelarle un doloroso secreto. ¿Por qué no podía hacer lo mismo Valdemar con cincuenta y cinco años? Ella se había atrevido a salir de su encierro y sincerarse; pero él, cuando había llegado el momento, había preferido quedarse encerrado.
Y eso le causaba a Vanja una tristeza enorme.
No era una traición, ni una humillación. Era mucho peor.
Se sentía completamente abandonada.
A partir de ese momento, tendría que arreglárselas sola. No tendría a nadie a su lado. La seguridad de sentir que su padre siempre estaría a su lado cuando lo necesitara se había esfumado.
Su padre.
Ya nunca podría considerarlo de la misma manera.
Nunca más.
Se levantó. Los zapatos se le pegaban a la materia maloliente que cubría el suelo. Quería marcharse. Todo era repugnante: el lugar donde se encontraba, el hedor y el sabor que sentía en la boca.
Por un momento, consideró la posibilidad de ir a casa de Anna, pero le pareció demasiado trabajoso. Su madre necesitaba mucho apoyo y le haría demasiadas preguntas, y Vanja no tenía fuerzas para apoyarla ni para soportar sus preguntas. Anna tenía muchas amigas y se sentía más próxima a ellas que a su hija. Esperaba que las amigas de su madre cuidaran de ella esa noche.
Se lavó y se enjuagó la boca a conciencia. Comprendió en ese momento que Estados Unidos y la formación que ofrecía el FBI eran más importantes que nunca. Ya no eran simplemente una oportunidad de superación profesional, sino el viaje que necesitaba realizar ahora que estaba sola en el mundo.
Tenía que hacerse mayor de una vez por todas.
Se marcharía en cuanto recibiera la respuesta del Departamento de Formación, antes incluso de que empezaran los cursos. Marcharse era lo único que deseaba. Dejar atrás la Unidad de Homicidios. Dejarlo todo atrás. Valerse por sí misma.
Ya era hora.