Muertos prescindibles
Torkel volvió a ser el último
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Torkel volvió a ser el último en llegar a la sala de reuniones. Ya empezaba a convertirse en costumbre. En esa ocasión no sólo llegó tarde, sino también cabizbajo y cansado. La llamada de Vanja lo había alarmado, pero no había dudado en acceder a su solicitud y había llamado enseguida al fiscal. Poco después, había recibido otra llamada de Axel Weber. El periodista se había enterado de que había una relación entre el coche quemado y la fosa común descubierta en la montaña. Quería saber cuál era esa relación. Obviamente, aunque Torkel lo hubiera sabido, no se lo habría dicho; pero el mero hecho de que Weber pareciera estar al corriente de todo lo que hacía su equipo le resultaba irritante. Por otro lado, no parecía que el periodista tuviera noticias de que el coche era alquilado, ni del nombre de la conductora, ni de que la identidad de Patricia Wellton era falsa. Por fortuna, tampoco estaba al corriente de lo que Ursula había encontrado en casa de Olofsson, porque de haberlo sabido la prensa habría estallado en especulaciones. Torkel había intentado hablar con Hedvig Hedman, pero no la había localizado. Independientemente de lo que pudiera pasar con el expediente abierto por el fiscal general, la comisaria tenía que controlar a sus subalternos, para que dejaran de filtrar información.
—Ursula, empieza tú —dijo, en cuanto se sentó. Había sido un día largo y no tenía tiempo para preámbulos.
—He analizado hasta donde he podido el material hallado en casa de Olofsson, antes de enviarlo al laboratorio de Linköping —replicó Ursula mientras abría su ordenador portátil—. He dejado el informe en nuestra carpeta compartida y también lo he traído impreso, por si preferís leerlo en papel.
Jennifer y Torkel se inclinaron hacia delante y cogieron una copia cada uno de la pila que Ursula había dejado sobre la mesa. Billy abrió el documento en su ordenador.
—Como sabéis, lo más interesante estaba en el bolso de mano. En uno de sus compartimentos encontré los restos de un permiso de conducir expedido a nombre de una tal «Liz McGo…». El resto del apellido resultaba ilegible.
—¿Habéis averiguado algo sobre ese punto? —intervino Torkel, volviéndose hacia Billy, que levantó la vista de la pantalla.
—Sí y no. ¿Queréis que os lo cuente ahora?
—No —respondió Torkel—. Esperemos a que Ursula termine.
—Aparte de eso, no había mucho más en el bolso. Estaba dentro del habitáculo del coche y se quemó bastante más que las mochilas. Lo que no ha quedado carbonizado se ha derretido total o parcialmente a causa del calor. Como podéis ver en el informe, he identificado varios objetos corrientes: artículos de maquillaje, un cepillo para el pelo, llaves y una cartera. Dentro de la cartera, encontré restos de dinero, coronas y dólares, algunas monedas suecas y restos de varias tarjetas que podrían ser de crédito, aunque todas estaban demasiado deterioradas para sacarles alguna información. Es probable que el laboratorio de Linköping pueda decirnos algo más.
—¿Y las mochilas? —preguntó Torkel.
—Como ya sabéis, estaban en el maletero y por lo tanto se han conservado relativamente intactas. El intento de Harald Olofsson de hacerlas desaparecer tuvo un impacto leve y superficial. Contienen sobre todo ropa. He identificado las prendas de dos adultos, hombre y mujer, y de dos menores, niño y niña. Algunas presentan orificios de bala y restos de sangre. También las de los menores.
—Los cadáveres de la montaña —dijo Jennifer.
Ursula hizo un gesto afirmativo.
—Además, he encontrado sábanas, fundas de almohada, artículos de higiene personal, juguetes y algunos libros infantiles. En sueco. Nada más.
—¿Huellas dactilares? —preguntó Billy.
Ursula negó con la cabeza.
—Después de tanto tiempo, el componente graso ha desaparecido.
—¿Ningún nombre, ni nada que sirva para identificarlos? —preguntó Torkel, aunque era evidente que Ursula ya lo habría dicho si hubiera encontrado algo así.
Ursula volvió a hacer un gesto negativo.
—Nada que yo haya visto, pero los colegas del SKL disponen de otros métodos para analizar los hallazgos. Esperemos que encuentren algo.
—¿Merecerá la pena difundir fotos de la ropa, por si alguien la reconoce?
—Podemos intentarlo, pero ninguna prenda se sale de lo común. Es ropa muy corriente.
—¿Tampoco la ropa de los niños llevaba etiquetas con los nombres? —preguntó Jennifer.
—No.
—La gente suele marcar la ropa de los niños con sus nombres, ¿verdad?
Ursula reflexionó unos segundos. Ella nunca había escrito «Bella» en la ropa de su hija. Muchas veces había recibido instrucciones de la escuela o de la guardería para que lo hiciera, pero nunca les había prestado atención. ¿Lo habría hecho Mikael? Creía que no. Había lavado algunas veces la ropa de su hija y no recordaba haber visto su nombre escrito en ninguna prenda. ¿O sí?
—¿Te has fijado en las etiquetas del cuello?
Ursula interrumpió sus divagaciones sobre su marido y su hija, y se volvió hacia Jennifer. «Es nueva —se recordó—. Nueva y ambiciosa, pero con buenas intenciones. Tengo que ser amable con ella».
—Sí, he mirado las etiquetas del cuello —dijo, con afectada calma—. He repasado todas las etiquetas. De hecho, en las prendas de talla adulta he llegado a…
—Las sábanas —la interrumpió Torkel, poniendo fin a la exagerada amabilidad de la respuesta al mismo tiempo que tomaba nota mentalmente de que debía avisar a Jennifer, para que no volviera a cuestionar de manera demasiado explícita la capacidad profesional de Ursula—. La gente que va a acampar no lleva sábanas.
—Pero las lleva si va a un albergue —dijo Jennifer.
—Ya hemos comprobado los registros de todos los albergues —intervino Billy.
—Hacedlo de nuevo —ordenó Torkel.
—No llevaban sacos de dormir, ni tienda de campaña, ni material para cocinar. No parece que hayan acampado —resumió Ursula.
Torkel dejó escapar un suspiro. ¿De dónde habían salido esas personas? ¿Dónde habían estado? ¿Qué hacían en la montaña? ¿Dónde murieron? ¿Quiénes eran? Tenía la sensación de que no habían avanzado nada desde el momento de su llegada. Les hizo un gesto a Jennifer y a Billy, al otro lado de la mesa, con la esperanza de que pudieran aportar algo más.
—Cuando Ursula nos trajo el segundo permiso de conducir, nos repartimos el trabajo —empezó Billy. Se levantó y se dirigió a la pizarra para desplazar algunas de las fotografías del lugar del hallazgo y dejar sitio para una línea cronológica—. Jennifer siguió investigando a Patricia Wellton, ya que había encontrado su nombre en las listas de pasajeros —continuó, sin dejar de poner orden en la pizarra—. Podemos empezar por ahí.
Cogió un rotulador negro y se dispuso a escribir. Jennifer fijaba la vista en los papeles que tenía delante.
—Patricia Wellton viajó de Frankfurt a Estocolmo la tarde del 29 de octubre de 2003. Aterrizó en Arlanda poco después de las cinco. Suponemos que cogió el tren nocturno a Östersund desde la estación central.
—¿Cómo llegó a Frankfurt? —preguntó Torkel.
—Eso no lo sabemos. Pero tenía otro billete reservado: de Trondheim a Oslo, el 31 de octubre. No llegó a coger el vuelo. Es todo lo que sabemos de ella.
—Buen trabajo —lo elogió Torkel—. Börje Dahlberg, de la IPO, no ha podido encontrar nada acerca de ninguna Patricia Wellton. El nombre no figura en ningún registro, por lo que podemos suponer que quizá fuera un alias que no se había utilizado previamente.
—Y todo eso nos lleva a «Liz McGo…» —continuó Billy—. Como su carnet de conducir estaba en el coche de Wellton, supusimos que las dos estarían relacionadas, de modo que empezamos por Frankfurt. Allí encontramos una Liz McGordon que había llegado a la ciudad el 28 de octubre.
Torkel enderezó la espalda. Parecía como si las novedades le hubieran insuflado nuevas energías. Eran muy buenas noticias. Había aparecido otra persona, alguien que había estado en la misma ciudad que una de sus sospechosas y al mismo tiempo. Miró la pizarra y repasó lo que Billy había escrito.
—Entonces ¿llegó a Frankfurt un día antes de que Patricia Wellton abandonara la ciudad? —preguntó.
—Así es… —Billy parecía preocupado y menos satisfecho de lo que habría cabido esperar—. Pero tendrás que llamar de nuevo a Börje —añadió, casi en tono de disculpa—, porque Liz McGordon tampoco existe, o por lo menos esta Liz McGordon.
—¡Maldición! —masculló Torkel mientras se hundía otra vez en la silla y trataba de encontrar sentido a lo que acababa de oír.
Dos mujeres. Dos identidades falsas. Nunca había visto nada parecido. ¿Qué estaba pasando?
—¿De dónde venía? —preguntó Ursula.
—De Washington —respondió Jennifer mientras Billy seguía escribiendo en la pizarra—. Con Delta Airlines. No tenemos ningún dato que indique que haya continuado el viaje después de Frankfurt. Pero también tenía un billete de vuelta. Desde Oslo, el 1 de noviembre.
—¿Cómo pensaba llegar hasta allí?
—No lo sabemos.
Torkel trató de quitarse de encima la decepción y el cansancio que por un momento se había permitido sentir. Se puso de pie y empezó a andar por la sala.
—Tenemos entonces que Liz McGordon viaja de Estados Unidos a Frankfurt el día 28. Por su parte, Patricia Wellton vuela de Frankfurt a Estocolmo el 29 de octubre y continúa hasta Östersund, donde el día 30 alquila un coche. Tiene un billete reservado de Trondheim a Oslo, para el 31. Liz McGordon, por su parte, dispone de un billete para viajar de Oslo a Washington un día después.
Torkel se detuvo y consultó rápidamente lo que Billy había escrito en la pizarra.
—¡Patricia Wellton y Liz McGordon son la misma persona!
Se hizo un silencio mientras los demás asimilaban lo que Torkel acababa de decir.
—Pero Patricia, o Liz, o como sea que se llame, no llega a Trondheim, porque su coche sufre un accidente y alguien le prende fuego —prosiguió—. Su maletero contiene las mochilas que con toda probabilidad pertenecieron a las cuatro personas que encontramos muertas en la montaña. ¿Qué podemos deducir de todo eso?
—Que ella les disparó —se apresuró a responder Jennifer.
—Que está relacionada de alguna manera con sus muertes —la corrigió Ursula.
—No hallamos ningún arma en el vehículo.
Parecía una aseveración, pero Torkel la formuló mientras miraba a Ursula, que respondió con un gesto negativo.
—Quizá se la llevó el Buitre —propuso Billy.
—Lo habría dicho —opinó Ursula.
—Puede que la mujer se deshiciera del arma antes de subir al coche —sugirió Jennifer—. Parece que era bastante profesional.
Torkel constató para su alegría que el clima en la sala había cambiado. Todos estaban más animados, más despiertos. Bullían las ideas, y las respuestas se sucedían con rapidez. Surgían teorías, que se analizaban y se aceptaban o se descartaban. Puede que Liz McGordon no existiera, pero su aparición había inyectado nueva vida a la investigación. Ahora simplemente había que perseverar y seguir desenredando la maraña.
—Entonces, si aceptamos la premisa de que Liz y Patricia eran una misma persona, podemos suponer que esa mujer viajó desde Estados Unidos, cambió de identidad en Europa, vino a las montañas de Jämtland y mató a tiros a cuatro personas que aparentemente formaban parte de un núcleo familiar, y después regresó de inmediato a Estados Unidos. Todo en menos de cinco días. Pasó menos de veinticuatro horas en estas montañas. Los cuatro miembros de la familia estaban en un lugar perdido y apartado. ¿Cómo hizo para encontrarlos?
—Debía de saber exactamente dónde estaban.
—¿Cómo?
—Quizá los conocía —propuso Jennifer—. Puede que fueran norteamericanos.
—Los libros infantiles de la mochila están en sueco —observó Billy.
—Pero no hay ningún sueco desaparecido.
Todos volvieron a mirar el mapa que Billy había pegado en la pared. El área era enorme. A Jennifer se le ocurrió de repente una idea y tuvo que reprimir el impulso de levantar la mano, como en el colegio.
—Puede que acamparan con otra persona, que le habría comunicado a Patricia dónde estaban. Incluso es posible que la ayudara a matarlos y a cavar la fosa.
Otra vez se hizo un silencio. Cada teoría alimentaba nuevas ideas. Todos sopesaron lo que acababa de decir Jennifer, tratando de encontrar los puntos fuertes y los débiles de esa hipótesis.
Más de un asesino.
—Quizá por eso no hemos encontrado la tienda de campaña —prosiguió Jennifer—. Patricia se llevó las mochilas, y su ayudante, la tienda.
—¿Y qué hizo después? —preguntó Ursula. Había algo en el razonamiento que no terminaba de encajar—. ¿Se marchó a otro sitio?
—Puede que se fueran juntos de la montaña y que empezaran a discutir por algún motivo durante el trayecto a Trondheim. El ayudante mató a Patricia y siguió solo el viaje.
—En ese caso, habríamos encontrado la tienda dentro del coche. ¿Por qué iba a dejar solamente las mochilas?
Jennifer guardó silencio. No podía negar que Ursula tenía su parte de razón. Billy tomó el relevo.
—Alguien tuvo que matar a Patricia. De eso estamos bastante seguros. Si no fue la persona que la ayudó en la montaña…
—Si es que la ayudó alguien —intervino Ursula.
—… entonces tiene que haber sido otra —prosiguió Billy, sin prestar atención a la pequeña interrupción.
—¿Un tercer asesino? —inquirió Ursula, sin poder disimular el tono de escepticismo.
La energía que animaba el ambiente se desvaneció con tanta rapidez como había aparecido. Sucedía a veces, cuando todo se volvía demasiado vasto y desordenado, y todas las hipótesis parecían posibles, pero ninguna resultaba del todo creíble. En ese momento, Torkel sintió que echaba de menos a Vanja, porque era la mejor en situaciones como esa. Conseguía que el grupo mantuviera la concentración y prestara atención únicamente a los aspectos más importantes, y dejara de lado todo lo demás. Seguía una línea de investigación y lograba que los demás también lo hicieran. Torkel comprendió entonces la importancia de Vanja para el equipo. Esperaba de todo corazón que se encontrara bien y que pronto pudiera reincorporarse al trabajo, después de que su padre hubiera demostrado su inocencia.
—Un asesino, dos, tres; una tienda de campaña, ninguna; con armas, sin armas… ¿Por qué no nos centramos en lo que sabemos con seguridad? —preguntó, intentando reconducir la conversación por el buen camino.
Un alarmante silencio se apoderó de la sala.
—¿No estamos seguros de nada?
—Sabemos… lo que sabemos —indicó Billy, señalando con un gesto la pizarra—. Pero no es mucho.
—Yo he recibido un informe preliminar del forense de Umeå —dijo Ursula mientras separaba un folio de la pila de papeles que tenía delante, sobre la mesa—. Le han enviado las fichas odontológicas de los dos holandeses y parece ser que se confirman nuestras suposiciones. Los cadáveres corresponden a Jan y Framke Bakker.
—Muy bien. ¿Eso es todo?
Torkel no pudo disimular la decepción en su voz y Ursula pareció tomarlo como una crítica personal.
—Perdona —dijo—. Creí que habías pedido que informáramos sobre lo que sabemos con relativa seguridad.
—Sí, sí, ya lo sé. Es sólo que…
Torkel dejó la frase inconclusa. Se daba cuenta de que no iban a llegar mucho más lejos, al menos esa noche. Tras un breve repaso de las tareas pendientes para el día siguiente, declaró terminada la reunión.
Cuando estuvo solo en la sala, se sentó a la cabecera de la mesa, unió las dos manos delante de la cara y apoyó la barbilla sobre los pulgares. Se puso a contemplar la pizarra, las fotografías y los trazos de diferentes colores de la línea cronológica que había dibujado Billy, señalados con palabras clave o frases breves. Sabían con relativa certeza que estaban ante una mujer con dos identidades falsas, una de las cuales —por lo menos— estaba tan bien hecha que le había permitido acceder a un vuelo internacional procedente de Estados Unidos, dos años después de los atentados del 11 de septiembre. Torkel suspiró. Tenía la sensación de que la investigación había dejado de ser sólo complicada para pasar a ser endiabladamente complicada.