Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Sebastian estaba limpiando

Página 39 de 110

Sebastian estaba limpiando todo lo que le recordaba a Ellinor en su apartamento. Ya había tirado las flores de la mesa y todas las velas extrañas con aroma a fresa o vainilla que su antigua compañera de piso se había empeñado en comprar. Ahora estaba en el cuarto de estar, recogiendo los tapetes de ganchillo que Ellinor había distribuido sobre todas las superficies horizontales. Quería un espacio limpio y despejado, sin figuritas de porcelana sobre mantelitos hechos a mano. La mayoría de los objetos que recogió los había comprado Ellinor o procedían de su casa, pero algunos le resultaron conocidos. Se dijo que su reciente inquilina debía de haber registrado todos los armarios y los cajones, en búsqueda de objetos para «embellecer» el ambiente. Los más conocidos le recordaban a Lily, que no había sido tan «moderna y sensible al diseño» como Ellinor —esas fueron las palabras que Ellinor había utilizado—, pero también había intentado poner un toque más personal y hogareño en la casa.

Sebastian apartó esos pensamientos. Remontarse en el tiempo nunca le aportaba nada bueno. Volvió a concentrarse en el presente. Lo peor de su preocupación ya había pasado. Si realmente era Ellinor quien de alguna manera estaba detrás del problema de Valdemar con la policía, entonces tendrían que salir mal muchas cosas antes de que alguien pudiera relacionarla con él.

Llamaron al timbre. Sebastian, que estaba doblando un gran mantel blanco, se detuvo de golpe. «Hablando del rey de Roma», pensó. Tenía que ser Ellinor. No había nadie más que llamara a su puerta a esa hora del día. Tras una breve reflexión, se dijo sencillamente que no había ninguna otra persona que llamara a su puerta, ni a esa hora del día ni a ninguna otra.

Primero consideró la posibilidad de esperar en silencio hasta que se marchara. Era una buena estrategia a corto plazo, pero no impediría que Ellinor volviera una y mil veces. Además, tenía un punto de cobardía. Era mejor expresarle claramente que no significaba nada para él y que no sólo la había echado de su apartamento, sino que la había erradicado de su vida.

Volvió a sonar el timbre. Sebastian no tenía ninguna intención de dejarla pasar, por lo que no iba a poder enseñarle lo poco que quedaba de ella en el apartamento. Tendría que conformarse con hacerla rabiar a distancia. Le haría notar que estaba en casa, pero que no pensaba abrirle la puerta. Se acercó rápidamente al equipo de audio y lo encendió. La radio estaba sintonizada en Favoritos chill out, la emisora preferida de Ellinor. Sebastian sonrió para sus adentros. Pocas cosas habrían podido irritarla tanto como descubrir que Sebastian estaba en casa y no la dejaba pasar mientras escuchaba su radio favorita. Subió el volumen. Estaba sonando My Heart Will Go On, interpretada por Celine Dion. Los dioses estaban de su parte, porque a Ellinor le encantaba esa canción. Giró al máximo el control del volumen. La música retumbaba en todo el apartamento y seguramente también en la escalera. Celine cantaba a voz en cuello. Sebastian se sentó en el sillón más próximo, se recostó en el respaldo y cerró los ojos. Le habría gustado ser capaz de cerrar también los oídos, porque cada vez que escuchaba canciones estúpidas sentía como si se le estuviera acortando la vida. Ya no oía ningún ruido procedente de la puerta, pero supuso que Ellinor seguiría allí. Era imposible que se diera por vencida al primer intento. Decidió cantar el estribillo, para volver más manifiesta aún su presencia en el apartamento. Comenzó de manera vacilante, porque no cantaba desde la adolescencia e incluso entonces lo había hecho muy poco, pero aun así se animó. Seguramente su voz sonaba terrible, pero eso no le importaba. No era la excelencia musical lo que estaba buscando, sino irritar lo más posible a Ellinor. Se puso a cantar a pleno pulmón.

«Near, far, wherever you aaaare…».

Al cabo de unos minutos, la canción terminó. En el silencio que siguió, Sebastian oyó un nuevo timbrazo en la puerta. ¡Qué bien! ¡Cómo disfrutaba! Empezó otra canción. No la reconoció, pero esperaba que tratara sobre la nostalgia del amor perdido.

Una nostalgia enorme.

Pero ¿no daría pie de ese modo a una posible malinterpretación? Se incorporó en el sillón. ¿No pensaría ella que él estaba ahí, en la soledad de su apartamento, escuchando sus canciones favoritas y cantándolas a voz en cuello porque la echaba de menos? ¡Mierda! Si pensaba eso, no se marcharía nunca. Era capaz de derribar la puerta. Irrumpiría en su casa como una agente de protección civil, para rescatarlo de su soledad. Sebastian se puso de pie tan bruscamente que incluso se mareó un poco, pero de inmediato se sobrepuso y corrió a apagar el equipo de audio.

—Sebastian, ¿qué estás haciendo? —preguntó una voz en el rellano.

Se quedó paralizado. Prestó atención mientras sentía que un frío glacial le paralizaba las entrañas. No era la voz de Ellinor. Era la de Vanja.

—¡Ya voy! —gritó, y empezó a dirigirse hacia el vestíbulo, pero, con repentina inseguridad, se detuvo justo antes de abrir la puerta.

¿Sería realmente Vanja? ¿No habría oído mal? Después de todo, Celine Dion llevaba casi tres minutos aporreándole los tímpanos.

—¿Eres tú, Vanja? —dijo con cautela.

—Sí. —Fue la inmediata respuesta.

Era ella. Delante de su puerta. Abrió enseguida, pero la sonrisa se le desdibujó. Era Vanja, sí, pero no lo parecía. Estaba pálida y abatida.

—¿Qué ha pasado? —preguntó él, con auténtica preocupación en la voz, al ver su aspecto lastimoso.

—Necesito hablar con alguien.

Y me has elegido a mí.

—Pasa —replicó Sebastian, apartándose.

Vanja entró en el vestíbulo, con la cara brillante por el sudor.

Necesitabas hablar y, entre todas las personas que hay en el mundo, me has elegido a mí.

Sebastian tuvo que hacer un esfuerzo para no sonreír. Era evidente que Vanja no apreciaría una sonrisa precisamente en ese momento, y menos aún una sonrisa satisfecha y autocomplaciente. Por lo tanto, compuso una expresión seria y grave.

—Aquí siempre serás bienvenida. ¿Cómo te encuentras?

Vanja lo miró con cierta curiosidad.

—¿Qué estabas haciendo hace un momento, cuando llamé al timbre?

Por un segundo, Sebastian no supo qué decir.

—Estaba…, ejem…, limpiando.

Vanja lo miró fijamente un instante y después sonrió. Puede que las sonrisas no estuvieran proscritas, después de todo.

—¿Cantas cuando limpias la casa?

Sebastian se vio obligado a asentir. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Contarle la verdad? ¿Decirle que lo había hecho para fastidiar a una antigua novia que probablemente era la culpable de que su padre estuviera en la cárcel? Estaba seguro de que a Vanja no la habría hecho feliz su sinceridad.

—Nunca lo habría esperado de ti —dijo ella finalmente, tratando de mantener un tono ligero—. Supuse que tendrías una señora de la limpieza. Y que te acostarías con ella.

Sebastian observó que la charla trivial estaba funcionando, porque Vanja parecía más calmada. Decidió por lo tanto continuar. Estaba dispuesto a cualquier cosa para hacerla sentirse mejor. Para que se quedara. Necesitaba saber qué había ocurrido.

—La música me relaja.

—¿La de Celine Dion?

—Sí, es perfecta para limpiar. —Probó a sonreír un poco—. ¿Tú no tienes ninguna manía de esas?

Vanja hizo un gesto afirmativo.

—Sí, pero no canto tan fuerte como tú.

Él se encogió de hombros.

—Ya sabes. Así soy yo: siempre me excedo. Ven, pasa.

Se volvió y entró en el piso por delante de ella. Después vio que Vanja había recuperado en parte su color mientras miraba a su alrededor con una curiosidad que Sebastian ya conocía.

—No sabía que vivías en un piso tan grande —comentó ella, sin poder disimular del todo que estaba bastante impresionada.

—Ya te lo he dicho: siempre me excedo.

—Si puedes permitírtelo, ¿por qué no?

—De hecho, en otra época gané bastante dinero. Podemos sentarnos aquí.

Le señaló el cuarto de estar y el sofá bajo el gran ventanal, que tenía un aspecto realmente acogedor. Sebastian se había negado en un principio a que Ellinor lo trasladara hasta allí, pero ahora se daba cuenta de que era el lugar perfecto. La habitación parecía más espaciosa con el sofá en esa posición.

—Siéntate mientras preparo café.

Vanja hizo un gesto negativo.

—Con un vaso de agua tendré suficiente.

Se sentó en el sofá y Sebastian se dirigió rápidamente a la cocina. Sacó una jarra grande y la llenó de agua, hielo y varias rodajas de limón. Era otra idea de Ellinor, que de pronto adquiría sentido. Quería hacer la mejor impresión posible. Quería ser una persona a quien fuera agradable visitar todas las veces que uno necesitara hablar con alguien. Cogió la jarra, dos vasos y volvió con Vanja.

La miró cuando estuvo a su lado y se dio cuenta de que parecía pequeña y frágil, con los brazos cruzados delante del pecho, tensa y seria. La actitud distendida que parecía haber tenido en el vestíbulo había desaparecido. Sebastian se sentó frente a ella e intentó parecer tan comprensivo e interesado como le fue posible. Llenó los dos vasos de agua, bebió un trago del suyo y esperó un momento antes de hablar. Sabía que era lo mejor. En ese tipo de situaciones, el interlocutor solía interpretar el silencio como sinceridad. Le hacía pensar que la otra persona tenía tiempo para escuchar y que por lo tanto se tomaría muy en serio lo que le dijera.

—¿Es algo relacionado con Valdemar? —dijo Sebastian por fin.

Vanja asintió débilmente.

—¿Has hablado con él?

Ella solamente movió un poco la cabeza y Sebastian notó que se le empezaban a llenar los ojos de lágrimas.

—Tómate tu tiempo. Empieza cuando quieras. Tengo todo el tiempo del mundo y hay un montón de agua en la jarra.

Vanja lo miró agradecida.

—Fui a visitarlo. En la cárcel.

—¿Está preso?

—A la espera de lo que diga el juez.

Sebastian asintió, intentando parecer atento.

—¿De qué lo acusan?

—Malversación, estafa, abuso de confianza… —Vanja se encogió de hombros, como para expresar que no tenía fuerzas para recitar la lista completa—. Es culpable —añadió, mirando a Sebastian a los ojos.

—¿Estás segura?

Ella asintió con desgana. Era evidente que habría deseado con todo su corazón que no fuera así.

—Sí, pero no entiendo nada. La Unidad de Delitos Económicos ya lo había investigado y había cerrado el expediente. Pero ahora han conseguido establecer una conexión con el caso Daktea.

—¿Cómo?

—No lo sé. Nuevas pruebas.

El escalofrío que Sebastian había sentido antes en la columna vertebral regresó con fuerza, acompañado de un leve encogimiento del estómago.

La Unidad de Delitos Económicos.

Nuevas pruebas.

Daktea.

Ellinor. No había otra explicación. No era inevitable que todo acabara apuntando en su dirección, pero necesitaba tiempo para pensar y en ese momento no lo tenía. Se dio cuenta de que llevaba demasiados segundos sin decir nada. Esperaba que Vanja pensara simplemente que estaba preocupado por ella y no que estaba calibrando el alcance de su propia responsabilidad dentro del drama.

—Tiene mala pinta —consiguió articular—. ¿Sabes al menos qué han encontrado? —añadió, con la esperanza de averiguar algún detalle que pudiera exculparlo.

Vanja negó con la cabeza.

—El fiscal se llama Wennberg, y la responsable de la investigación, Ingrid Ericsson. ¿Los conoces?

—He oído hablar de Wennberg —dijo Sebastian en voz baja, poniéndose de pie.

Sus sentimientos eran muy contradictorios. Por un lado, le habría gustado subirse a la mesa y ponerse a bailar. Por otro, se sentía inquieto y preocupado.

Había contratado a Trolle para que lo ayudara a bajar a Valdemar del pedestal en que lo había colocado Vanja, y su plan había tenido mucho más éxito del que jamás se había atrevido a soñar. En cierto sentido, las novedades eran increíblemente buenas, siempre y cuando no saliera a la luz su intervención en el caso. Valdemar caería del pedestal y Sebastian ocuparía su lugar. Lo habría derrotado. Ahora sólo tenía que obrar con cautela, para que el sueño se hiciera realidad. Empezó poco a poco, con sutil gentileza.

—Puede que haya una explicación. Valdemar es asesor económico y fiscal, ¿no?

—Sí.

—Quizá se haya visto envuelto en algún asunto, sin ser completamente consciente de lo que estaba haciendo. Además, los delitos económicos son difíciles de probar.

No con el material que reunió Trolle.

Él mismo había analizado minuciosamente toda la documentación tiempo atrás; un tiempo que ahora le parecía una eternidad. Había extractos de cuentas en el extranjero, con nombres y fechas; pruebas inequívocas de los sitios adonde había ido a parar el dinero; pagos realizados a testaferros… Absolutamente todo. Valdemar no tenía escapatoria.

Sebastian se inclinó hacia Vanja y le dio el mejor consejo que podía darle.

—Tienes que ayudarlo, más allá de que sea culpable o inocente. Lo sabes bien.

Ella asintió y los ojos se le llenaron de lágrimas. Sebastian podía percibir su dolor.

Él en cambio estaba rebosante de felicidad.

Pero su alegría era inconfesable.

—¿Por qué no dijo nada? ¿Por qué no me lo contó? —preguntó ella de repente.

—No se atrevía.

—¿Por qué no? ¡Es mi padre!

No por mucho tiempo más. No por mucho tiempo.

—Mucha gente habría actuado como él —dijo Sebastian con calma mientras se ponía de pie para ir a buscar pañuelos de papel—. Probablemente tiene miedo de perderte.

Guardó silencio. ¿Estaría presentando a Valdemar bajo una luz demasiado humana? ¿Estaría siendo demasiado comprensivo con él? Sabía que no podía criticarlo demasiado, porque Vanja no había dejado de quererlo. Precisamente por lo mucho que lo quería, se sentía tremendamente decepcionada. Por eso había venido a verlo a su casa. No debía olvidarlo.

Vanja quería mucho a Valdemar.

Sebastian no podía reprobarlo demasiado abiertamente, por mucho que lo hubiera deseado. Pero tampoco podía ser demasiado blando, para no animar a Vanja a perdonarlo. Estaba obligado a encontrar un equilibrio, teniendo siempre presente su objetivo de aumentar la distancia entre ellos y actuar sobre la grieta abierta en su relación, y así tratar de ensancharla poco a poco. Tendría que echar mano de todo su repertorio para ganarse a Vanja. En ese instante, era evidente que estaba enfadada y se sentía defraudada, pero habría otros momentos en los que desearía con todas sus fuerzas recuperar a su padre. Sería entonces cuando Sebastian tendría que conseguir que lo eligiera a él y no a Valdemar.

—No entiendo por qué no me dijo nada —insistió Vanja, entre sollozos—. Es lo que me duele más. Que me haya mentido.

Sebastian le tendió una caja de pañuelos de papel que había encontrado en un cajón. Vanja se secó las mejillas y se sonó ruidosamente la nariz. Sebastian se sentó en el sofá, a su lado. Junto a ella. Necesitaba despersonalizar a Valdemar y transformarlo poco a poco en un símbolo. Es más sencillo odiar a los símbolos que a las personas reales. Ahí reside todo el secreto de las generalizaciones políticas, que abarcan grupos enteros de la población. Los grupos sin rostro son más fáciles de aborrecer que los individuos concretos: gitanos, homosexuales, judíos y también… delincuentes. Sebastian tenía que conseguir que Vanja viera a Valdemar simplemente como un delincuente y dejara de considerarlo su padre. No sería sencillo. Sin embargo, si alguien podía conseguirlo, ese alguien era Sebastian Bergman, y él lo sabía. Pero antes tenía que intimar un poco más con Vanja y volverse cada vez más humano a sus ojos a medida que Valdemar se despersonalizaba. Hizo una inspiración profunda.

—Yo tuve una hija —dijo de repente.

—¿Qué?

Vanja levantó la vista y lo miró sorprendida, con los ojos enrojecidos por el llanto.

—Con Lily, la mujer con la que estuve casado. Nunca se lo he contado a nadie.

Vanja se lo quedó mirando.

—¿Qué le pasó?

—Murió en el tsunami de Tailandia. Tenía cuatro años.

—Dios mío.

—Le aferré la mano cuando vino la ola, pero la perdí. Se me escapó. —La miró con toda la calidez de que fue capaz—. Por eso sé lo que significa perder a alguien.

—Lo siento mucho.

—Gracias.

Sebastian la cogió de la mano y ella no la retiró.

Al llegar a esa casa, Vanja había encontrado a un colega.

Ahora lo veía como un padre afligido.

Era un paso en la buena dirección.

Ir a la siguiente página

Report Page