Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Dejaron a Eyer viendo la televisión

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Dejaron a Eyer viendo la televisión y le dijeron que tenían que salir un momento. Eyer les preguntó adónde iban y después dijo que quería acompañarlos, pero Mehran había sido inflexible. Tenía que quedarse en casa, porque mamá y él necesitaban salir para hacer una cosa.

Ellos dos solos.

Shibeka se sorprendió tanto como Eyer del tono de Mehran, firme e implacable de una forma que no conocían. Pero funcionó, porque Eyer se acurrucó en el sofá sin hacer más preguntas. Mehran se volvió entonces hacia su madre, que lo miraba asombrada.

—Vamos —dijo, dirigiéndose a la puerta del piso.

Ella ni siquiera tuvo tiempo de responder; simplemente lo siguió. En realidad, le habría gustado ir sola a hablar con Melika, la mujer de Said, ya que la conversación no iba a ser fácil. Pero cuando le dijo a Mehran que necesitaba hablar con Melika para pedirle que se reuniera con Lennart, su hijo se había mostrado tan inflexible con ella como hacía un momento con Eyer. En lo sucesivo —le había dicho— lo harían todo juntos. Quería estar presente en todo lo que hiciera su madre, al menos en lo que guardara relación con Hamid y el periodista sueco. No había nada que discutir. Ahora tratarían ese asunto entre los dos. Shibeka estaba orgullosa de que su hijo hubiera dado un paso adelante para asumir toda la responsabilidad, pero al mismo tiempo sentía que Mehran ya no confiaba en ella. Era muy desgraciada. Su único propósito había sido buscar una respuesta y averiguar qué había sido de Hamid, y lo había hecho tanto por ella como por sus hijos.

Anduvieron en silencio en la fría noche de otoño. La temperatura había bajado mucho desde la puesta de sol. Todavía faltaban un par de meses para el invierno, pero daba la impresión de que el frío iba a adelantarse. Torcieron a la izquierda y tomaron un atajo, a través de las colinas que se levantaban entre los grandes bloques de apartamentos. Melika vivía con su hijo en la otra punta del barrio de Rinkeby, por lo que tardarían unos quince minutos en llegar andando. Shibeka ya no la veía con frecuencia. Al principio, cuando sus maridos acababan de desaparecer, pasaban mucho tiempo juntas, pero ahora parecía como si cada una le recordara demasiado a la otra lo que habían perdido. El apoyo que al principio se habían ofrecido mutuamente se había ido convirtiendo en constantes discusiones sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal. Melika no había recibido la visita de ningún sueco después de la desaparición, aparte de los agentes uniformados, y cuando Shibeka se lo había hecho ver, estalló su primera discusión. Melika creía que Shibeka veía detalles sospechosos y conspiraciones en cada esquina, mientras que Shibeka, por su parte, opinaba que Melika se negaba a ver las diversas vías de investigación que se abrían ante ellas.

Las dos habían reaccionado de forma diferente a la pérdida. Melika culpaba de todo al nuevo país donde vivían, y por eso se había encerrado en sí misma y había abrazado más que nunca los valores y la cultura de su tierra de origen. A Shibeka le había pasado lo contrario. La necesidad de encontrar respuestas la había vuelto más activa. Había intentado aprender mejor el sueco y conseguir un trabajo, y en cuanto lo había conseguido, se había puesto a escribir cartas y a llamar por teléfono a las autoridades. No necesitaba encerrarse en su casa, sino averiguar lo que había pasado. Pero, en el fondo, Melika y Shibeka no eran tan distintas. Las dos eran mujeres que nunca se daban por vencidas. Quizá por eso se habían distanciado. Habían elegido caminos diferentes y defendían sus decisiones a brazo partido, quizá con demasiado empeño, o al menos eso sentía Shibeka en algunas ocasiones.

Cuando al cabo de un rato divisaron el edificio azul grisáceo donde vivía Melika, Shibeka sintió que se le encogía el estómago. ¿Podía salir bien lo que iban a hacer? ¿No sería mejor pedirle a Mehran que esperara fuera? En todo caso, sería más sencillo. Ya estaban delante del portal. Mehran se volvió hacia ella, la miró y le señaló unos columpios solitarios, en el parque infantil que se extendía a la izquierda del bloque de viviendas.

—Papá me estuvo columpiando ahí unos días antes de desaparecer.

—Sí, lo sé.

—Por eso no vengo casi nunca.

Shibeka asintió. Después, levantó la vista hacia el edificio. Había luz en la mayoría de las ventanas.

—No va a gustarle —dijo Mehran, como si le hubiera leído el pensamiento.

—Ya lo sé.

—Quiere olvidar, como todos nosotros —precisó Mehran con cautela, y de repente pareció inmensamente triste.

—No, Mehran. Ella no quiere olvidar. Quiere que todo vuelva a ser como antes. Es lo mismo que quiero yo. Pero hemos elegido diferentes caminos para conseguirlo.

Mehran la cogió de la mano y la miró. Sus hermosos ojos oscuros reflejaban un dolor que su madre no había visto nunca.

—Pero, mamá, es imposible que todo vuelva a ser como antes.

Ella asintió.

—Eres muy sensato, Mehran. A partir de ahora, siempre te escucharé. Te lo prometo.

De repente, Mehran la abrazó. Fue muy bonito. Shibeka llevaba toda la tarde queriendo abrazarlo y, por la forma en que él la estrechó, se dio cuenta de que a su hijo le había pasado lo mismo.

Ahora estaban juntos. Eran ellos dos.

Ella y su hijo mayor.

Hamid seguía vivo en él.

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