Muertos prescindibles
Billy estaba sentado
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Billy estaba sentado en la terraza del albergue. Una enorme luna llena de un blanco amarillento brillaba junto a la montaña más próxima, difundiendo una luz fría sobre el torrente oscuro y el cercano ralo bosque de nudosos abedules. No se oía más que el ruido de la corriente impetuosa y, de vez en cuando, el grito de un ave de presa cuyo nombre Billy ignoraba. Nada más. El frío y el silencio resultaban agradables. Billy no había mirado el termómetro antes de salir, pero calculaba que debía de marcar unos pocos grados sobre cero. No le preocupaba. Estaba bien abrigado. En realidad, había salido para llamar a My. Fuera del edificio había mejor cobertura, pero además le gustaba la sensación de poder moverse libremente, sin que nadie lo molestara, mientras hablaba con ella.
Habían pasado unos quince minutos desde la conversación. Le había contado a My todo lo que podía acerca de la investigación y ella lo había puesto al día sobre lo que había hecho desde que él se había marchado de Estocolmo. Lo echaba de menos. Todo le parecía vacío y aburrido sin él, y quería saber si tenía una fecha aproximada de regreso. Billy le había contestado que no, pero le había asegurado que él también la echaba de menos. Tras decirse mutuamente lo mucho que se añoraban, Billy pensó que My sacaría a relucir de nuevo su proyecto de irse a vivir juntos, pero no dijo nada al respecto. Por un momento, Billy pensó que quizá se lo habría propuesto llevada por un impulso pasajero, cuando él estaba a punto de irse de viaje. Tal vez ya se había arrepentido de haberlo dicho. Quizá había empezado a distanciarse de la idea en cuanto volvió a su casa. Cuando Billy se dio cuenta de que realmente esperaba que fuera así, sintió un poco de mala conciencia. Pero fue como si ella lo notara, porque de repente le dijo:
—¿Has pensado un poco sobre lo que hablamos en el aeropuerto?
—No, en realidad no he tenido tiempo…
—Yo sí que he estado pensando.
Por supuesto que sí.
—Quiero que vivamos en tu casa.
—¿En mi casa?
—Me gusta la zona de Söder para vivir.
—A mí también.
Evidentemente satisfecha por haberlo dicho y por la respuesta recibida, My cambió de tema. Billy se dio cuenta de que su «a mí también» podía interpretarse como un «de acuerdo, entonces queda decidido», y no como un «bueno, ya veremos», que era lo que había querido expresar. Después, habían seguido hablando varios minutos más, se habían repetido lo mucho que se echaban de menos y se habían despedido.
Ahora Billy estaba sentado en la terraza, mirando la luna. Llevaba un buen rato dejando vagar los pensamientos, pero siempre volvía al mismo tema, un tema que no era precisamente la perspectiva de vivir con My.
Oyó pasos en la grava y se volvió. Jennifer venía hacia él, con una cerveza y dos tazas de té sobre una bandeja, y un par de mantas bajo el brazo.
—Hola. Vi que estabas sentado aquí fuera. ¿Molesto?
—No.
—Te he traído cerveza y té, porque no sabía cuál de las dos cosas preferías —dijo mientras apoyaba la bandeja sobre la mesa.
—Cerveza, gracias.
—¿Una manta?
Le tendió dos mantas bastas, de color marrón oscuro, llenas de pelusas y con el logo de la Asociación Sueca de Turismo impreso en letras de un amarillo sucio. Billy tuvo la sensación de que las mantas eran más viejas que él. Bastante más. Aceptó una y se la echó sobre los hombros. Jennifer hizo lo mismo con la suya y se sentó. Billy bebió un trago de cerveza, Jennifer hizo lo propio con su té y dejó escapar un suspiro. Su aliento se convirtió en una nubecilla de vapor.
—¿Qué haces aquí fuera? —le preguntó a Billy, después de pasar un rato en silencio.
—Nada. Estoy aquí sentado, pensando.
—¿En la investigación?
—No.
—¿Ah, no?
—No. Cuando no estoy trabajando, desconecto totalmente. Me parece necesario desconectar.
Jennifer asintió, para expresar que estaba de acuerdo. La filosofía de dejar el trabajo en el trabajo no era ninguna novedad, pero no por eso resultaba menos verdadera. Ella, por su parte, no podía pensar nada más que en el caso desde que se habían embarcado en el avión para Jämtland. Había intentado dormir después de la última reunión de la tarde, había tratado de relajarse, pero fue imposible. Entonces había subido a la cocina a prepararse una bebida caliente y había visto a Billy en la terraza. Y ahora estaba ahí.
Bebió otro sorbo de té. Se le estaba enfriando.
—Parecías muy concentrado.
Billy asintió. Había estado pensando en el asunto que últimamente lo obsesionaba y que en muchos sentidos le parecía más importante incluso que el caso que estaban investigando.
¿Sería posible que Sebastian Bergman fuera el padre de Vanja?
No había tenido tiempo de analizar de nuevo todos los datos. Quería estudiar detenidamente la información: lo que sabía y lo que suponía, las aparentes pruebas a favor y las pruebas en contra. Repasar otra vez los lugares, las fechas y las hipótesis. Tenía pensado hacerlo esa misma noche, pero había salido para hablar con My y se había quedado sentado en la terraza. No era inconcebible que Sebastian fuera el padre de Vanja. Era una posibilidad, aunque la teoría reposaba sobre bases más bien endebles: cartas que no había leído y premisas que no podía verificar. Aun así, la idea había ido arraigando en su cabeza. Solamente podía estar seguro de una cosa: si era verdad, Sebastian era el único que lo sabía. Si Vanja lo hubiera sabido, Billy lo habría notado. Vanja adoraba a su padre, o al menos a quien creía que era su padre.
—Tú le disparaste a Edward Hinde.
Billy regresó sobresaltado a la realidad iluminada por la luz de la luna. Se volvió hacia Jennifer, pero casi no pudo verla. Se había puesto la capucha de la cazadora y sostenía el té delante de la boca. Hablaba por encima del borde de la taza.
—¿Qué? Ah, sí.
—Supongo que te lo habrán preguntado muchas veces, pero ¿qué se siente?
Era lo primero que había pensado Jennifer cuando se encontraron en Arlanda y dedujo quién era Billy. Ella nunca había desenfundado la pistola, pero en su fuero interno se había visto muchas veces con el arma en la mano.
Acción. Decisiones rápidas. La emoción de la persecución.
Aunque en todas sus fantasías sobre ese aspecto de su profesión, que verdaderamente esperaba poder experimentar alguna vez, los malhechores siempre se rendían, por estar en inferioridad numérica o porque se sentían vencidos, derrotados. En sus fantasías, Jennifer nunca disparaba un tiro, ni menos aún mataba a nadie. A veces se preguntaba si sería capaz de hacerlo si en algún momento se veía obligada.
Se volvió hacia Billy, que guardaba silencio. Intentó interpretar si se había molestado, o si simplemente estaba meditando la respuesta. Probablemente era lo primero. Ella misma se daba cuenta de lo mal que debía haberle sonado su pregunta.
«¿Qué se siente?».
Era la típica idiotez que preguntan los periodistas deportivos.
—Me parece que me he expresado mal —se disculpó ella—. Lo que quería decir es cómo se sobrelleva algo así. ¿Cómo has podido superarlo?
Billy se puso a pensar. No tenía ninguna respuesta preparada, porque, hasta donde podía recordar, nadie se lo había preguntado. Nadie del equipo, ni siquiera Torkel. Todos se habían preocupado por su bienestar, desde luego. Le habían asegurado que muy pronto podría reincorporarse al trabajo y que estaba claro que no había podido actuar de otra manera. Que no había tenido opción. Pero nadie le había preguntado cómo se sentía. Nadie se lo había preguntado de verdad, más allá de los habituales «¿qué tal estás?» o «¿estás bien?» expresados en un tono de voz que dejaba bastante claro que nadie esperaba una respuesta demasiado profunda, ni demasiado sincera. Aunque todos tenían formación especial para tratar con personas traumatizadas o en estado de choque, cuando el afectado era uno de ellos, parecía como si todos pensaran que lo mejor era no hablar del asunto. Para eso estaban los psicólogos. De hecho, ni siquiera My se lo había preguntado, ahora que lo pensaba. Habían hablado mucho del asunto, pero se habían centrado en la necesidad de utilizar la experiencia para su crecimiento personal, en lugar de cuestionar de manera destructiva su elección de profesión o su valía personal.
—El tipo iba a matar a Vanja —dijo Billy, encogiéndose de hombros—. Por eso he podido superarlo. Sebastian estaba herido y Hinde iba a matar a Vanja. No me dejó otra alternativa.
—Que fuera lo correcto no significa que fuera sencillo.
Billy se volvió hacia ella. Le acababa de decir que no había tenido elección. La mayoría de la gente se habría contentado con esa respuesta. Había hecho lo único que podía hacer. Si no había otra opción, tampoco tenía auténtica responsabilidad. Pero, por lo visto, eso no era suficiente para Jennifer. Billy creyó ver verdadero interés y empatía en su mirada. Merecía algo más.
—No me paro a pensarlo —apuntó Billy, sinceramente—. Nunca pienso en eso.
—¿Y es bueno no pensar?
—No lo sé. A mí me funciona.
Billy se volvió hacia la luna. Jennifer parecía haberse dado por satisfecha, porque ya no le preguntó nada más. Se bebió lo que le quedaba de té y dejó la taza sobre la bandeja. Probablemente, las dos últimas respuestas de Billy le habían hecho pensar que su colega no quería hablar del tema, pero no era así. Billy quería hablar. Jennifer le caía bien. Parecía deseosa de saber y de llegar un poco más allá del sensacionalismo y la atracción por la violencia. Parecía interesada en conocerlo mejor. Muy poca gente se interesaba en él. Habría sido una tontería desaprovechar la ocasión.
—Me gustó —dijo por fin, en voz tan baja que Jennifer tuvo que inclinarse un poco hacia delante para oírlo—. Me sentí bien cuando lo maté. Por eso no pienso nunca al respecto.
No la miraba a ella. Tenía la vista fija en la luna. Más que hablar con Jennifer, parecía estar hablando consigo mismo. Ella no dijo nada. Ni siquiera se movió. Tenía la sensación de que, si hubiera hecho cualquier ruido, él habría tomado conciencia bruscamente de que ella estaba allí y habría dejado de hablar.
—El tipo lo merecía y estaba a punto de matar a Vanja, pero no debí sentirme bien. Nunca pensé que yo fuera ese tipo de persona. No quiero serlo. Me da miedo la idea y por eso prefiero no pensar.
Jennifer no sabía qué decir. Esperaba que no fuera necesario decir nada más. Billy seguía mirando la luna. Si hubiera sido una película de Hollywood, lo habría cogido de la mano para consolarlo. Pero, como no era ninguna película, se quedó quieta, sin hacer nada.