Muertos prescindibles
Estaban en el cuarto de estar
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Estaban en el cuarto de estar. Melika se había sorprendido al verlos ante su puerta a una hora tan avanzada, pero enseguida los hizo pasar. Preparó té rojo y los invitó a sentarse en el enorme sofá de cuero negro del que Said se había sentido tan orgulloso en otro tiempo. Al cabo de un momento, regresó de la cocina, con una tetera y tres tazas sobre una bandeja y unos trozos de baklava dispuestos en un plato.
—Tendréis que perdonarme, pero es lo único que tengo.
—Es más que suficiente. No te preocupes —le respondió Shibeka con una sonrisa.
Melika observó con curiosidad a sus visitantes mientras les ponía delante las tazas y les servía el té humeante con la bonita tetera. Solamente se oía el chorro del té al chocar contra la porcelana. Después de unos instantes, cuando Shibeka se disponía a hablar, Mehran se le adelantó.
—Mamá tiene algo que decirte.
Shibeka le hizo un gesto de agradecimiento e intentó parecer tranquila y distendida a los ojos de Melika mientras se preparaba mentalmente para una conversación que no iba a ser fácil.
—Voy a necesitar tu ayuda.
—¿En qué puedo ayudarte? —le preguntó Melika, sentándose en una silla, frente a ellos.
No se había servido té. Era una señal.
—He estado hablando con un periodista de la televisión… acerca de Said y Hamid.
Los dos notaron que a Melika se le congelaba la expresión, como si la ligera incomodidad que parecía experimentar desde el principio se hubiera transformado de repente en profundo disgusto. Aun así, Shibeka prosiguió.
—Los sucesos le han parecido tan raros como a mí.
No pudo decir nada más. Melika se levantó bruscamente, se plantó delante de ella y empezó a hablarle de manera atropellada y en tono estridente.
—¡Basta ya, Shibeka! ¡No necesito que venga ningún desconocido a decirme lo que es raro y lo que no lo es!
—No es eso lo que he querido decirte.
—¡Sí que lo es! Te crees que eres la única en el mundo que sufre y ahora has ido corriendo a ver a un extraño, para que te diga que tienes razón. ¡Pero a mí no vas a enredarme en ninguna de tus locuras!
—No he ido corriendo a ver a nadie —replicó Shibeka, esforzándose por mantener la compostura—. Escribí muchas cartas, hice muchas llamadas y ese periodista es el único que me ha contestado.
—¿Un hombre? ¿Un sueco? ¿Un desconocido?
Shibeka asintió débilmente. Melika iba y venía, sin poder estarse quieta. No parecía probable que volviera a sentarse mientras ellos estuvieran en su casa.
—¿Te das cuenta de lo que eso significa, Shibeka? —Hablaba precipitadamente—. ¿Cuántas veces has hablado con él? ¿Lo has visto a solas?
Shibeka bajó la vista un momento. La conversación se había convertido en una pesadilla y no veía ninguna manera de eludir la catástrofe. De pronto, comprendió que había sido una tonta. Tenía que haber previsto esa reacción por parte de Melika, que ya estaba gritando.
—¿Lo has visto a solas? ¿No será por eso que está tan interesado?
Hizo la última pregunta en un tono malicioso, con la mirada fija en Shibeka, que estaba a punto de perder los estribos, pero sabía que era preciso conservar el control. No debía caer en la provocación. Si respondía con el primer exabrupto que le pasara por la mente, la situación empeoraría todavía más.
—Claro que no —dijo de pronto Mehran en tono sereno—. Yo estaba con ella. Mi madre sabe comportarse.
Por un instante, Shibeka no pudo ocultar su desconcierto. Jamás se habría esperado esa respuesta por parte de su hijo. De hecho, casi había olvidado que Mehran seguía sentado a su lado. Sin embargo, el muchacho parecía impasible, y siguió mintiendo con total desparpajo, como si no hubiera hecho otra cosa en toda su vida.
—Creo que merece la pena escuchar a ese hombre —prosiguió tranquilamente Mehran con su nuevo timbre de voz, el que tenía desde esa misma tarde.
O tal vez hacía mucho tiempo que tenía una nueva voz, pero Shibeka nunca la había escuchado antes. Parecía demasiado firme y segura para ser completamente nueva. Puede que la llevara en su interior desde hacía mucho tiempo, a la espera de que fuera necesario utilizarla.
Shibeka permaneció en silencio, impresionada por la conducta de su hijo y a la vez inquieta. Sabía que era preciso decir algo, para que la mentira de Mehran no quedara al descubierto, pero le resultaba difícil orientarse en el nuevo paisaje que su hijo acababa de pintar para ella. Mehran, por su parte, no parecía tener ningún problema con su nuevo papel.
—También quiere hablar contigo —le dijo a Melika—. Mi madre y yo esperamos que aceptes.
Para entonces Melika se había callado y los miraba a los dos. Al cabo de unos segundos, Shibeka se atrevió a abrir la boca. La calma de su hijo se le había contagiado.
—Melika —señaló—, ya sé que tú piensas que muchas veces me equivoco. Pero esta vez estoy convencida de tener razón.
La expresión de Melika seguía siendo escéptica, pero incluso así se sentó. También ella parecía haber asimilado la serenidad de Mehran.
—No puedo. Si fuera una mujer, hablaría con ella. Pero, con un hombre, no puedo. Le debo respeto a Said.
—Te entiendo —dijo Shibeka—. Llamaremos a Lennart y yo hablaré con él.
—¡No! Yo hablaré con Lennart —la corrigió Mehran enseguida—. Estoy seguro de que podremos arreglarlo de alguna manera.
Melika respondió con un gesto afirmativo y Mehran le sonrió, para tranquilizarla.
—Gracias, Melika —declaró Shibeka.
—Agradéceselo a tu hijo —replicó ella.