Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Ellinor se desenganchó la tarjeta

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Ellinor se desenganchó la tarjeta con su nombre de la blusa y la dejó en uno de los armarios metálicos alineados contra la pared, en el área del personal de los grandes almacenes Åhléns. Sacó el abrigo y el bolso, y cerró el armario. El bolso pesaba más que de costumbre o tal vez solamente se lo parecía a ella. Ochocientos setenta y cuatro gramos no son mucho peso, pero tenía la impresión de notarlos. Quizá fuera sólo psicológico. Como cuando uno piensa que se ha tomado una medicina y se siente mejor, aunque sólo hayan sido píldoras de azúcar. Se colgó el bolso del hombro —sí que estaba un poco más pesado— y se dirigió a la salida del personal. Por el camino, saludó a tres de sus colegas. Sabía que pensaban ir juntas a tomar una copa de vino. Le habían preguntado si quería ir con ellas, pero Ellinor les había dicho que no.

Tenía otros planes.

Salió a Mäster Samuelsgatan, se abrochó el abrigo y miró a su alrededor. En primer lugar, tenía que ir a comer algo. Jensens Bøfhus estaba cerca, unos cientos de metros más abajo, por la misma calle. Se levantó con una mano el cuello del abrigo, para que no le molestara el viento, y echó a andar hacia el restaurante. Se cruzó con mucha gente, pero nadie le prestó atención.

Nadie sabía que era una señora de la limpieza que además follaba.

Nadie sabía que el bolso le pesaba un poco más que de costumbre.

Nadie sabía nada. Todavía.

No tenía prisa. Pensaba sentarse y comer tranquilamente un buen plato de carne, con un vaso de vino o tal vez dos. Después, pediría un café y una de aquellas trufas pequeñas, si todavía quedaban. Tenía tiempo de sobra. Además, el restaurante estaba cerca del metro, por si finalmente prefería no ir andando a la casa de Sebastian.

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