Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


El apartamento estaba inmaculado

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El apartamento estaba inmaculado.

Por lo general, Torkel intentaba tenerlo un poco más ordenado cuando no estaba trabajando activamente en ningún caso. Esta vez la situación no era tan mala como en otras ocasiones, pero aun así había decidido hacer una limpieza a fondo, más que nada para tener algo que hacer y matar el tiempo.

Recogió todo lo que encontró fuera de su sitio, pasó la aspiradora, fregó el suelo, sacó las alfombras y los felpudos al jardín común y los sacudió, cambió las sábanas y puso a airear los edredones. Abrió los armarios y consideró por un momento la posibilidad de vaciarlos y ordenarlos de verdad, pero eso ya habría sido demasiado. Todo tenía un límite.

A las ocho había terminado. Se duchó, se tumbó en el sofá sin una mota de polvo y encendió el televisor. A los pocos minutos, lo apagó, aburrido. Fue a la cocina y abrió el frigorífico. No tenía hambre. Sacó una cerveza y se sentó a leer el periódico de la mañana. Quince minutos después, sonó el teléfono.

—Hola. Axel Weber, de Expressen —oyó que le decían.

—Hola.

—Perdona que te llame por la noche, pero quería preguntarte si hay alguna novedad en la investigación de la fosa común de Jämtland.

Al principio, la pregunta lo había sorprendido, pero de inmediato Torkel recordó que nadie más que él y los integrantes de su equipo tenían conocimiento de lo ocurrido. Según la versión oficial, los cuerpos de la montaña seguían sin identificar.

Una vez más, tenía que elegir su guerra.

Le repitió a Weber la versión oficial y colgó.

En cuanto a los incidentes de Södertälje, ni siquiera había una versión oficial. La inteligencia militar los había soterrado por completo. Ni siquiera había confirmado que el fallecido Charles Cederkvist fuera uno de sus hombres. Si Torkel interpretaba correctamente los artículos que tenía delante, el interés de la prensa se diluiría al cabo de pocos días, hasta desvanecerse del todo. No habría ningún juicio que seguir, ni familiares acongojados que quisieran hacer declaraciones, ni ningún tipo de conexión con pandillas o mafias. Sin ninguno de esos ingredientes, un tiroteo con resultado de muerte en Södertälje no podía ser noticia por mucho tiempo.

Tras poner fin a la comunicación con Weber, se quedó un momento inmóvil, con el teléfono en la mano.

Axel Weber, periodista especializado en sucesos.

Podía ser un fastidio, pero era muy bueno en lo suyo.

Si se enteraba de la identidad de los muertos, relacionaría de inmediato los cadáveres de la fosa común con Charles Cederkvist. Incluso era posible que encontrara la conexión con el hombre abatido a tiros en las afueras de Almnäs, conocido como Joseph, y quizá también descubriera que todo estaba relacionado con la desaparición de Hamid y Said, los dos afganos.

Torkel había hablado unas horas antes con la viuda de Hamid y con su hijo. Les había mentido. Había disfrazado la verdad. Les había dado a entender que tras la muerte de Charles y de Joseph era imposible llegar más allá en la investigación. Le había hecho creer que nadie podría alcanzar nunca ninguna conclusión.

Pero después lo había llamado Weber.

Tenía que elegir su guerra. O también podía buscar a alguien que plantara batalla por él. Cogió el teléfono y marcó un número. Le contestaron al tercer tono.

—Hola. Soy Torkel Höglund, de la Unidad de Homicidios —dijo.

Cinco minutos después, colgó. Había respetado el protocolo, que exigía informar sobre las investigaciones concluidas al cuerpo de la policía local que había solicitado la ayuda de su departamento. Nadie podía ponerle ninguna objeción. Les había comunicado a sus colegas los nombres de las cuatro personas cuyos cadáveres quedaban por identificar, para que pudieran cerrar el caso. No podía desconfiar de la profesionalidad de Hedvig Hedman y de sus subordinados, ni poner en duda su capacidad para mantener la confidencialidad de esa importante información.

Satisfecho y con la sensación de haber hecho algo prohibido —una sensación que no había vuelto a experimentar desde la adolescencia—, se levantó y se dio una vuelta por el apartamento. Todavía era pronto. Tenía ganas de salir.

Llamó a sus hijas.

Las invitó al cine y les dijo que las dejaba elegir la película. Querían, pero no podían. Tendrían que dejarlo para otro día. Torkel consideró la posibilidad de llamar a Ursula, pero no encontró ninguna excusa verdaderamente buena, de modo que descartó la idea.

En lugar de eso, se levantó, fue a buscar una botella de whisky y, antes de arrellanarse otra vez en el sofá, encendió el televisor y se sirvió un vaso. No era bueno beber solo, pero, si no lo hacía solo, ¿cuándo demonios iba a beber? Se acabó enseguida el primer vaso y se sirvió otro.

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