Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Sebastian había pedido comida

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Sebastian había pedido comida al restaurante italiano de la esquina. Le insistió a Vanja para que comiera y sirvió la mesa en la cocina. Los platos eran de un bonito blanco marfil, con un fino reborde de plata. Los pesados cubiertos de aspecto elegante, las copas de cristal y el aroma delicioso de la comida componían un conjunto tan agradable y tentador que Vanja aceptó quedarse a cenar. Acababa de anochecer y Sebastian encendió un par de velas. Comieron con apetito, charlando en amable intimidad. Si alguien los hubiera visto desde fuera, los habría tomado por dos viejos amigos que disfrutaban de una cena en casa de uno de ellos, como tantas otras veces. Sin embargo, era la primera vez que cenaban juntos. Para Vanja fue liberador, después de todo lo sucedido. Fue como tener de pronto compañía dentro de la burbuja solitaria en la que se encontraba. No habría querido marcharse de esa cocina. Le habría gustado quedarse para siempre en el piso de Grev Magnigatan, junto al hombre que había demostrado unas cualidades que ella nunca le habría sospechado: la sinceridad con que le había hablado de su espantosa tragedia, su hospitalidad, la atención con que la escuchaba…

Era como si existieran dos Sebastians: el hombre del ego desmesurado, dispuesto a pisotear a todo el mundo a su alrededor sin el menor escrúpulo, y ese otro hombre sincero y amable que tenía delante, que había perdido a toda su familia y aun así seguía luchando. Vanja se avergonzaba un poco, en parte por haber tenido tan mala opinión de él y haberse regodeado en sus malos sentimientos, y en parte porque nunca le había dado la posibilidad de mostrar ese otro lado. Sebastian le había aportado más perspectiva. Le había hecho ver que en realidad ella no sabía lo que significaba perder a alguien de verdad. La decepción que le había causado Valdemar era superable. Al menos estaba vivo, y eso le daría la oportunidad de seguir adelante y de elegir cómo quería que fuera su vida y si deseaba que Valdemar formara parte de ella. Quizá no estuviera tan sola, después de todo.

Vanja miró la comida que tenía en el plato. La pasta con mariscos estaba exquisita y no evocaba en ella el impulso irracional que la había invadido antes. Era comida y nada más. No podía provocarle ninguna dependencia. Era solamente comida. Y estaba muy buena.

¿Debía hablarle a Sebastian de su bulimia?

Él le había revelado su pérdida. Había compartido con ella su secreto. Pero no le pareció correcto. No estaban en un concurso para ver quién de los dos había sufrido más. Por otro lado, su recaída había sido pasajera, un mecanismo de huida en una situación extrema. Ya se sentía mucho mejor.

Sebastian sacó una botella de vino blanco. Aclaró que él no bebía, pero se lo ofreció a Vanja. Brindaron. El vino estaba a la temperatura exacta y tenía un sabor fresco y afrutado. Así tenía que ser la vida. Vanja decidió que se lo contaría, pero en otra ocasión. En ese momento, no.

Le habría gustado saber más acerca de la hija de Sebastian, pero no se atrevió a preguntar. No quería agobiarle, ni hacerle daño. Pero su interés era auténtico y sincero. Se dio cuenta de que le gustaba ese Sebastian sentado a la mesa y de pronto comprendió por qué tenía tanto éxito con las mujeres.

No era atractivo físicamente. Tenía sobrepeso y se le veía un poco envejecido. Era evidente que no cuidaba mucho su apariencia, pero era atento y sabía escuchar, y sin duda ese rasgo podía resultar seductor. Probablemente era su secreto, supuso Vanja. Hasta ese momento, nunca había pensado en ello. Cada vez que había tenido ocasión de considerar esa faceta de la personalidad de Sebastian, había reaccionado con airada irritación. En su opinión, no hacía más que aprovecharse de las mujeres. Pero ahora podía comprender que muchas entraran en su juego a pesar de todo. Sebastian tenía una rara habilidad para decir las palabras justas en el momento adecuado. Seguramente conseguía que sus conquistas se sintieran interesantes y atractivas. Ese debía de ser su método, un juego que había desarrollado hasta la perfección a lo largo de los años.

Una técnica.

Nada más que un truco, en el fondo.

De repente, le vino a la mente una idea. ¿Y si estaba jugando también con ella? ¿Y si el vino, la atención y la conversación sobre temas íntimos y personales no eran más que un truco?

¿Sería posible que actuara con tanta frialdad? ¿Sería toda su actitud nada más que un plan para seducirla? Detuvo el movimiento de llevarse la comida a la boca y soltó los cubiertos. El vino le confirió el valor necesario para ir al grano.

—¿No estarás siendo amable solamente porque quieres acostarte conmigo?

Sebastian también interrumpió lo que estaba haciendo. ¿Fue un leve rubor lo que notó Vanja en sus mejillas?

—¿Eso crees?

—No lo sé. Es la fama que tienes.

—Por el amor de Dios… ¡Tú y yo trabajamos juntos! Ya sabes que nunca hay que mezclar los negocios con el placer.

Vanja se lo quedó mirando fijamente. Había algo en esa mirada azul grisácea que no acababa de entender.

—Necesitaba preguntártelo. Nunca te había visto así.

—¿Así, cómo? —dijo él, inclinándose hacia ella, después de dejar los cubiertos sobre el plato.

—Normal —respondió Vanja, encogiéndose de hombros—. Amable. Es la primera vez que te veo así —repitió, y levantó la copa en su dirección.

—No lo hago porque quiera acostarme contigo.

—Me alegro, porque yo tampoco quiero tener nada contigo.

—Muy bien, ahora ya lo sabemos —dijo él con una amplia sonrisa. De repente, volvió a ponerse serio—: Pero de verdad quiero que seamos amigos.

—Eres mi amigo. Te lo digo en serio. Y no me importaría beber un poco más de vino.

Sebastian volvió a llenarle la copa y Vanja empezó a comer de nuevo. No recordaba cuánto tiempo hacía que no disfrutaba tanto de una cena. Él no hacía nada. Solamente la miraba. Amistosamente, casi con amor.

Estaba seguro de que Vanja no había pensado ni una vez en Valdemar desde que se había sentado a la mesa.

Eran las dos de la madrugada y la botella de vino estaba casi vacía. Llevaban un buen rato hablando de todo lo imaginable. Sebastian había logrado desviar la conversación de los problemas de ambos, sin abandonar el tono de sencilla intimidad que habían descubierto.

Vanja apoyó pesadamente la cabeza sobre el respaldo del sofá. Sentía como si las cosas terribles que le habían pasado ya no fueran tan graves. El presente tenía más fuerza. Probablemente el vino tenía su parte de responsabilidad, pero no era sólo el alcohol. Había conseguido quitarse de encima la imagen agobiante de Valdemar, gracias a la amistad y a las risas. No quería volver a casa. Cerró los ojos, pero no podía quedarse dormida donde estaba.

Tenía que regresar.

Estaba obligada a volver a su casa.

Pero no le apetecía marcharse. Casi habría sido más sencillo que él intentara seducirla. No había nada sexual entre ellos. Sebastian no la atraía en ese sentido, pero una insinuación suya le habría ahorrado la necesidad de decidir. Porque entonces habría podido quedarse en esa casa. Sabía que si sucedía algo entre ellos, sería una catástrofe en todos los sentidos. Pero, en ese momento, casi lo deseaba.

Sin embargo, descartó el pensamiento tan rápido como se presentó. Era una idea absurda y despreciable. No podía acostarse con un hombre para que la dejara quedarse a dormir en su casa. Había bebido demasiado. Se levantó apresuradamente del sofá. Estaba enfadada consigo misma y era probable que se le notara.

—Tengo que irme.

Sebastian la miró sorprendido, como si no comprendiera su repentina decisión.

—Por supuesto. ¿Quieres que pida un taxi?

—Sí, gracias.

Un poco más tranquila, Vanja rodeó la mesa baja del cuarto de estar, para dirigirse al vestíbulo y ponerse los zapatos.

—Perdona —añadió—, pero se ha hecho muy tarde.

—Claro —Sebastian la siguió hasta el vestíbulo y se apoyó en el marco de la puerta—. Si quieres, puedes quedarte a dormir.

Vanja lo miró frunciendo el ceño, pero él le sonrió una vez más, para tranquilizarla.

—Tengo una habitación de invitados. Hace muchos años que nadie la usa, pero si la quieres, ahí está.

No. Tenía que marcharse a su casa. Lo había decidido y no había nada que discutir. Sin embargo, sabía lo que le esperaba. La imagen de Valdemar volvería para atormentarla cuando estuviera sola. Estaba segura. Cada vez que se despertara a lo largo de la noche en su pequeño apartamento, Valdemar estaría allí. Y con él, quizá volvería también el impulso de atiborrarse de comida.

—De acuerdo. Gracias —se oyó decir.

Sebastian hizo un gesto de asentimiento y se fue a prepararle la cama.

Vanja se quedó en el vestíbulo, sin comprender muy bien lo que acababa de suceder. ¿Finalmente estaba intentando seducirla?

Entonces ¿por qué no protestaba? ¿Por qué no se iba a su casa?

—¡Voy a ver si tengo un cepillo de dientes nuevo para ti! —le gritó él desde el otro extremo del apartamento.

Porque no quería.

Quería quedarse con Sebastian.

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