Muertos prescindibles
No se sentía acosado
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No se sentía acosado. Era más una sensación de estar siendo observado, pero estaba solo en la habitación desconocida. No recordaba cómo había llegado hasta allí. Por una puerta, presumiblemente, pero no parecía que hubiera ninguna. Al menos no veía ninguna detrás de él. Si había una en el otro extremo de la sala, no la distinguía. El espacio era muy grande y había un par de focos que lo deslumbraban. Dio dos o tres pasos por el suelo de baldosas blancas y negras. Sus pasos despertaron ecos en la habitación. Olía a… champú. Dio varios pasos más, pero no pareció acercarse demasiado al otro extremo de la sala, si es que existía ese otro extremo. Los focos lo cegaban y más allá había solamente tinieblas. Empezó a sonar un carrillón. Lejos. En la oscuridad. El ruido fue aumentando en intensidad y se fue acercando, aunque él no se movía. Sintió un pinchazo en un costado, a la altura de las costillas, o quizá no fuera un pinchazo, sino más bien un puñetazo. Bajó la vista sorprendido, pero no vio nada. Solamente el suelo de baldosas blancas y negras. Otro golpe, esta vez en el esternón. El carrillón estaba prácticamente a su lado. La melodía le resultaba conocida, pero no lograba localizarla.
—Alexander…
Una voz de mujer.
Un nombre.
El suyo.
Alexander Söderling abrió los ojos. Estaba acostado al lado de Helena, con la cara perdida en su larga melena. A sus espaldas, sonaba su teléfono. Helena le dio un codazo en las costillas.
—Sí, sí, ya estoy despierto… —masculló mientras se volvía para coger el móvil.
La hora se acercaba más a la mañana que a la noche. El número, oculto. Aceptó la llamada.
—Aquí Alexander —dijo con voz ronca, y enseguida se aclaró la garganta.
—¿Alexander Söderling?
Por la manera de pronunciar su nombre, dedujo que su interlocutor era norteamericano. Se sentó en la cama.
—Sí. O, mejor dicho, yes.
El hombre al otro lado de la línea le dijo su apellido y la organización que representaba, con marcado acento del sur de Estados Unidos. Alexander se dio cuenta de que no quería tener esa conversación a menos de un metro de Helena, aunque todo pareciera indicar que ya había vuelto a dormirse. Se levantó y salió del dormitorio.
—¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó desde el pasillo, y cerró la puerta tras él.
—Parece ser que la policía sueca está investigando la muerte de Liz McGordon.
Alexander volvió a aclararse la garganta, recorriendo descalzo el pasillo largo y estrecho, en dirección a la escalera.
—¿De quién? —preguntó al mismo tiempo que echaba un breve vistazo a la habitación de Selma, antes de cerrar también su puerta.
—La mujer que murió en accidente de tráfico en el norte de Suecia, hace varios años.
Alexander se detuvo, de camino hacia la habitación de su hijo. Nunca había oído hablar de ninguna Liz McGordon.
—¿Estamos hablando de Patricia Wellton? —preguntó.
Notó cierta vacilación al otro lado de la línea y creyó distinguir un ruido de papeles. Al cabo de unos segundos, el hombre le respondió.
—Sí, puede ser.
—Entonces ¿por qué no me lo dijo?
Alexander sentía crecer la irritación en su interior. No quería tener esa conversación, ni mucho menos hablar de ese tema en su casa y con su teléfono móvil.
—Han encontrado varios cadáveres, según tengo entendido —prosiguió el hombre, sin la menor señal que dejara traslucir que había oído la última pregunta.
Alexander cerró la puerta de Daniel sin mirar el interior de la habitación.
—Sí, me he enterado —afirmó.
—Por lo que he podido saber —prosiguió el hombre, cuyo nombre Alexander ya había olvidado—, han relacionado los cadáveres con Patricia Wellton.
¿Sí? Eso era más de lo que Alexander sabía. No se había conectado a internet desde las tres de la tarde del día anterior, cuando había salido de la oficina, decidido a pasar el resto del día con la familia. Había llevado a los niños a nadar y después había preparado la cena con Helena y había elegido el vino. No recordaba cuánto tiempo hacía que no cenaban con vino. Después de la cena, había acostado a los niños y les había leído no un cuento, sino dos. Había visto las noticias con su mujer, se habían terminado la botella de vino y habían subido a acostarse. Antes de dormir, habían hecho el amor, otra cosa que llevaban muchísimo tiempo sin hacer. Cuando por fin lo había invadido el sueño, se sentía casi como un padre de familia normal, alguien que no sabía nada de matanzas ni de norteamericanas muertas en la montaña. Pero eso había sido la noche anterior. Ahora la realidad le hablaba al oído desde la otra orilla del Atlántico y él estaba bajando la escalera para informarse.
—Eso es más de lo que yo sé —dijo con sinceridad mientras recogía el iPad que había dejado sobre la mesa del cuarto de estar.
—Ha salido en los periódicos.
—Lo estoy mirando ahora.
Alexander buscó rápidamente la web del diario Expressen y, un segundo después, tuvo ante sus ojos el motivo de la llamada nocturna.
HALLAN UNA POSIBLE RELACIÓN ENTRE LA VÍCTIMA MORTAL DE UN ACCIDENTE Y LA FOSA COMÚN DE JÄMTLAND
Leyó el artículo por encima. No había nada que apuntara a la nacionalidad estadounidense de la mujer, ni a ninguna otra cosa. El texto mencionaba únicamente que la policía había establecido algún tipo de conexión entre el accidente de tráfico y los seis cadáveres descubiertos en la montaña. Pero no decía cuál era esa conexión, ni por qué se había establecido.
—¿Lo ha encontrado ya? —preguntó el hombre, con algo más que una insinuación de impaciencia en la voz.
—Sí, lo estoy viendo, pero…
—En primer lugar —lo interrumpió el norteamericano—, es muy molesto que esto haya aparecido ahora.
Alexander sintió que su creciente irritación subía un peldaño y se convertía en rabia. ¿Por qué lo llamaban para quejarse de cosas que no podía controlar? ¿Acaso no sabían que él no podía hacer nada al respecto? Ni entonces ni ahora.
—Verá usted —replicó, sin preocuparse ya por parecer amable—. Si de verdad hubieran querido que no los encontraran, los habrían enterrado mejor, ¿no le parece?
—En segundo lugar… —prosiguió el hombre del teléfono, en tono sereno y voz modulada, como si ni siquiera hubiera oído el último comentario.
—Escúcheme un momento —dijo Alexander, convencido de que le había llegado el turno de interrumpir al otro—. Aquí son las cuatro de la mañana. Si tiene una lista de cosas que decirme, quizá sea mejor que me llame en horas de oficina.
—En segundo lugar… —Por el tono cortante que adquirió de pronto la voz del norteamericano, era evidente que el hombre no estaba acostumbrado a que lo interrumpieran ni lo cuestionaran. Y que las pocas veces que alguien lo hacía, se molestaba mucho—. En segundo lugar, creíamos que la muerte de Patricia había sido un accidente.
—Sí, ¿y qué?
—Por lo visto, la policía lo está investigando como si se tratara de un asesinato.
¡Mierda! Alexander se quedó paralizado. Enseguida comprendió lo que podía significar que eso fuera cierto. Pero ¿sería posible que lo fuera?
No podía ser verdad.
Leyó una vez más el artículo relativamente breve. Sí, ahí estaba. El periodista mencionaba, en una frase, que el incendio del coche no parecía haber sido consecuencia directa del accidente. ¡Mierda, mierda, mierda!
—Yo no sé nada de eso —dijo Alexander, notando para su decepción que la voz le fallaba un poco. Volvió a aclararse la garganta—. Según las informaciones que recibí, fue un accidente.
—Puede que lo hayan informado mal.
—O que el periodista de un diario sensacionalista haya publicado datos erróneos. No sería la primera vez que pasa.
—Esperemos que sea eso último.
Se hizo un silencio. El hombre dejó la última frase suspendida en el aire, para que Alexander tuviera tiempo de deducir todas sus implicaciones. Lo hizo y sintió un escalofrío que la temperatura ambiente no justificaba. Aunque sólo llevaba puestos unos calzoncillos, en la casa reinaban siempre unos agradables veintiún grados. La climatización era solamente uno de los muchos aspectos de la vivienda que los habían convencido cuando habían estado buscando casa unos años antes. Helena había insistido en marcharse del centro de la ciudad cuando los niños crecieron un poco. Huir del tráfico, disfrutar de un jardín… Entonces compraron esa parcela de tres mil metros cuadrados y esa casa de diseño en lo alto de una colina, con vistas al mar. Alexander se había retirado de las Fuerzas Armadas unos años atrás y había conseguido trabajo en Nuntius, mientras que Helena escalaba posiciones dentro del Handelsbanken. Ahora tenían una buena vida, ellos dos y los niños. O al menos la habían tenido hasta ese momento, cuando los fantasmas del pasado parecían haber vuelto para acosarlo.
—Desde aquí podemos seguir los acontecimientos —prosiguió el norteamericano—, pero le agradeceremos que dedique cierto tiempo a informarnos cada vez que aparezcan noticias nuevas.
Lo que en realidad quería decir era: «Averigua qué puñetas está pasando e infórmanos de todas las novedades al instante». Era una orden disfrazada de amable sugerencia.
Alexander prometió que así lo haría y puso fin a la conversación. Dejó el teléfono junto al iPad y se puso a contemplar la oscuridad a través del ventanal. Después se fue a la cocina y abrió el frigorífico Sub-Zero PRO 48, que en su opinión les había salido injustificadamente caro. Dejó vagar un momento la mirada por el interior de la nevera, hasta convencerse de que en realidad no le apetecía nada, por lo que volvió a cerrar la puerta. Pensó en beber al menos un vaso de agua, pero también descartó la idea. Volvió al cuarto de estar con las manos vacías, se sentó en una de las sillas Hans J. Wegner que rodeaban la mesa del comedor y encendió una vez más la pantalla del iPad. Leyó por segunda vez el artículo, escrito por un tal Axel Weber. ¿Debía ponerse en contacto con ese Weber? Desechó casi de inmediato la posibilidad. Teniendo en cuenta sus antecedentes, una llamada no habría hecho más que empeorar las cosas. En busca de nueva información, echó un vistazo a la web de Aftonbladet, que no daba demasiada importancia a la historia, quizá porque la consideraba propiedad de la competencia. Los periódicos de la mañana habían informado de los cadáveres hallados en la montaña, pero no decían nada del vehículo incendiado, ni de la mujer muerta. Alexander dejó escapar un suspiro, apartó la tableta y se puso a pensar. No tardó en llegar a la conclusión de que hiciera lo que hiciese, y lo viera como lo viese, todas sus reflexiones iban a parar siempre al mismo lugar y a la misma persona. Era necesario decírselo. Coger al toro por los cuernos. Se inclinó hacia delante, cogió el teléfono y marcó un número de memoria. Hacía muchos años que no lo marcaba y esperaba que todavía funcionara. Oyó varios tonos de llamada. Al cabo de un momento, respondió un hombre.
—¿Diga?
No parecía que acabara de despertarse.
—Charles, soy Alexander —dijo él—. Söderling —añadió enseguida, para asegurarse.
—¿Qué quieres?
Directo al grano. ¿Por qué no? No había ningún motivo para hablar de intrascendencias. Alexander no tenía buena opinión del hombre con el que se había visto obligado a reanudar el contacto y sabía que el sentimiento era mutuo. Decir que tenía miedo habría sido una exageración, pero se sentía incómodo. Había algo en ese hombre que le resultaba particularmente desagradable. Un punto de imprevisibilidad.
—¿Qué pasó realmente en Jämtland? Con Patricia Wellton. Acaban de llamarme los yanquis.
—¿Lo dices en serio?
—Sí, ¿qué creías? ¿Que te estoy llamando a las cuatro de la mañana para hacerte una broma?
—No, me refiero a lo que has dicho. Los yanquis. No sabía que usabas esa expresión. Hace décadas que no la oía.
Por el tono de voz, Alexander creyó distinguir que Charles estaba sonriendo. Como si el asunto no fuera grave. Como si no fuera problema suyo. Decidió abreviar la conversación tanto como fuera posible.
—¿Tuviste algo que ver?
—¿En qué?
—En la muerte de Patricia Wellton.
—¿De verdad quieres saberlo?
«No —le gritó a Alexander una voz interior—. No, no quieres saberlo. Mientras no sepas nada, no tendrás que actuar, sino solamente reaccionar. No quieres saber nada». La voz interior de Alexander tenía razón. No quería saber nada, pero tenía la obligación de averiguarlo.
—Sí, quiero saberlo.
—Entonces puede que tengas que mentirles a… los yanquis.
Alexander cerró los ojos. ¿De modo que Patricia Wellton había sido asesinada? La situación había empeorado en cuestión de minutos y estaba a punto de convertirse en catástrofe.
—No pensarás contárselo, ¿verdad? —prosiguió Charles al otro lado de la línea.
Alexander notó que ya no sonreía. En absoluto.
—En realidad, importa muy poco lo que yo pueda contarles —dijo Alexander, esforzándose para que su tono de voz no pareciera resignado—. Si la policía descubre que fue asesinada, lo sabrán de todos modos.
—Es un problema.
—Así es.
—Pero el problema es tuyo, Alexander. Si me lo colocas a mí, me ocuparé personalmente de que todos tus problemas se vuelvan todavía más grandes.
Una amenaza más. Ya había oído varias esa madrugada. No tuvo necesidad de pensar una respuesta, porque el hombre simplemente le colgó sin despedirse.
Alexander dejó el móvil sobre la mesa, se levantó y se quedó un momento de pie, sin moverse. No sabía adónde ir, ni qué hacer. Solamente sabía una cosa: que esa noche ya no volvería a conciliar el sueño.