Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Sebastian no podía dormir

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Sebastian no podía dormir. Le resultaba imposible. Había intentado encontrar una postura cómoda, pero, por mucho que se movía y daba vueltas, no lo conseguía. Aunque todo a su alrededor estaba quieto y en silencio, parecía como si el apartamento bullera de vida.

Su hija estaba en casa.

Estaba en el dormitorio que Lily se había empeñado en amueblar, por si alguien los visitaba alguna vez.

Su hija.

Gracias, Lily, por insistir hasta salirte con la tuya.

Su cabeza era un torbellino de pensamientos, y por mucho que lo intentaba no lograba centrarse en ninguno. Eran excesivamente numerosos y desordenados, y los temores se mezclaban con las esperanzas.

A las cuatro y media de la mañana, se dio por vencido y se levantó. Notó que el suelo de madera chirriaba bastante y tuvo miedo de que el ruido pudiera despertarla. No quería que se despertara. En cuanto abriera los ojos, empezaría a pensar en marcharse. Ya la había notado tensa y en guardia la noche anterior cuando se había ido a la cama, inquieta por la posibilidad de que él acabara demostrando ser el hombre que en realidad era. Pero, a pesar de todo, se había quedado. Sebastian había conectado con ella de una manera que antes ni siquiera se habría atrevido a soñar. Solamente necesitaban pasar más tiempo juntos, para que esa desconfianza se disipara por completo. Le haría comprender que no pensaba abordarla nunca de la manera que ella temía. Cuando se sintiera segura a su lado, lo apreciaría todavía más. Lo pondría en un pedestal. Y nunca descubriría por qué Sebastian jamás intentaba llevársela a la cama. No lo sabría nunca.

Intentó andar de puntillas, pero las viejas tablas de madera del suelo crujían por todas partes. Se dio por vencido y las dejó sonar. Fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Prestó atención, pero no la oyó. La noche anterior seguía envuelta para él en una especie de neblina. Aunque no había bebido, se sentía como si se hubiera emborrachado. Era la embriaguez de las posibilidades que se abrían ante él. El destino había llevado a Vanja a su casa. Ahora le correspondía a él procurar que regresara, que volviera muchas veces, hasta que le resultara tan natural buscarlo como antes le había parecido normal ir en busca de Valdemar.

Se acercó a la habitación donde dormía. Encontró la puerta cerrada y apoyó el oído sobre la madera pintada de blanco. No oyó nada. Volvió a la cocina y llenó un vaso de agua para ella. Probablemente tendría sed cuando se despertara. Había bebido mucho a lo largo de la noche.

Abrió con cuidado la puerta y entró en el pequeño cuarto de invitados. Estaba oscuro. La única luz procedía del pasillo, a sus espaldas.

Parecía dormida. Solamente se distinguían los contornos de su cuerpo, bajo el edredón de color beis, y su pelo sobre la almohada. Tenía la cara vuelta en la otra dirección. Sebastian cerró la puerta sin hacer ruido y siguió avanzando. El ambiente estaba un poco cargado y olía a sudor y a alcohol, el típico olor de la resaca. Pero también era el olor de un ser humano y le pareció maravilloso. La habitación era muy acogedora, aunque un poco estrecha. Papel pintado azul claro en las paredes, una cómoda y una mesa de escritorio blancas, de estilo rococó, y una cama con cabecero de hierro forjado. Lily lo había comprado todo en una subasta en Norrtälje. Cosas bonitas que combinaban bien, sobre todo cuando había un ser de carne y hueso en la habitación.

Sebastian separó la silla del escritorio sin hacer ruido y se sentó junto a la cama. Los ojos se le habían habituado a la oscuridad y no necesitaba ninguna luz para ver a Vanja. Su respiración era tranquila y regular, y uno de los pies le asomaba por debajo del edredón. Se había dejado puestos los calcetines blancos, que solamente le llegaban a los tobillos. Sebastian sonrió entre dientes. De repente, había visto a la niña que Vanja aún llevaba dentro. Le habría gustado arroparla. Se sentía como el padre que nunca había podido ser para ella.

Como el padre que quería llegar a ser.

Le habría gustado quedarse donde estaba, hasta que el amanecer se filtrara a través de las persianas y le iluminara la cabellera rubia. Verla despertarse y mirar sorprendida a su alrededor. Pero se dio cuenta de que su presencia podía asustarla. De que incluso habría podido tomarlo por loco. Dejó con mucho cuidado el vaso de agua sobre la mesilla de noche y se recostó en el respaldo de la silla.

De repente, lo asaltó la imagen de Sabine.

No había pasado muchas noches sentado a su lado. En aquella época, no conocía aún la fragilidad de la vida y todo lo daba por descontado. Pero recordaba una ocasión, cuando Sabine había caído enferma de gastroenteritis. Había tenido una fuerte discusión con Lily, sobre cuál de los dos debía quedarse con ella por la noche. Egoístamente, Sebastian pensaba que Lily exageraba el riesgo de que la niña se asfixiara si vomitaba mientras dormía, pero al final había dado su brazo a torcer. Se habían dividido la noche entre los dos y a él le había tocado la madrugada.

Como ahora.

Volvía a estar sentado, velando el sueño de su hija. Pero esta vez no estaba irritado. Ahora comprendía la necesidad de querer mucho a los hijos mientras se tienen cerca.

Y no en un futuro incierto.

El presente lo era todo.

Ahí estaba el secreto.

Sintió un impulso repentino. Se puso de pie sigilosamente, se inclinó hacia delante y, con mano ligera, le apartó a Vanja el pelo de la cara. El tacto de su piel era cálido y terso. Le dio en la frente un beso muy suave. No hizo más que rozarla con los labios. Un poco avergonzado, se apartó. ¿Debía marcharse? Era preciso que tuviera más cuidado, ahora que ella lo había buscado y empezaba a apreciar su compañía. Sí, probablemente debía tener más cuidado. Pero le resultaba muy difícil, casi imposible. No había nada más bonito que una criatura durmiendo. Fue hasta la puerta, la abrió y se volvió otra vez para mirarla. Ella se movió un poco.

—Sebastian…

—He venido a traerte un poco de agua —susurró él.

No podía haber notado el beso. De haberlo sentido, el tono de su voz habría sido mucho más áspero.

—¿Qué hora es?

—Casi las cinco. Sigue durmiendo.

—Uf… Hoy será un día importante.

—¿Por qué?

—Hoy me darán la respuesta sobre el curso de Estados Unidos. O tal vez mañana.

Sebastian se quedó paralizado.

—¿Piensas ir de todos modos? ¿Después de lo que ha pasado?

—Precisamente por eso. Buenas noches.

Sebastian le vio la cara durante un instante fugaz, antes de que se diera la vuelta.

—Buenas noches.

Entonces, lo de esa noche tan sólo había sido un sueño. Nunca más volvería a dormir en su casa.

Se marcharía muy lejos.

Volvería a abandonarlo.

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