Muertos prescindibles
—Un día estupendo
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—Un día estupendo. Frío y despejado.
Así lo había saludado Klara, con su sempiterna sonrisa, cuando se habían cruzado en el pasillo. Hasta ese momento, Torkel no le había dedicado ni un solo pensamiento al tiempo que hacía fuera del hotel. Ya tenía la cabeza demasiado llena de cosas esa mañana.
Primero lo había llamado Yvonne.
—He visto que estás en las montañas —le había dicho—. ¿Volverás para el fin de semana?
Torkel comprendió de inmediato por qué lo preguntaba. Su exmujer y Kristoffer pensaban hacer una escapada a Finlandia, los dos solos. Viernes y sábado. Un fin de semana romántico. Lo tenían organizado desde agosto y estaba previsto que las niñas se quedaran con él, siempre y cuando no estuviera trabajando en un albergue perdido en medio de las montañas de Jämtland. Se pasó la mano por la cara, con gesto cansado, y notó que necesitaba afeitarse.
—No lo sé, y aunque vuelva a Estocolmo, es probable que tenga que trabajar.
—De acuerdo, ya lo suponía. Buscaré otra solución.
No había resentimiento ni decepción en su voz, sino únicamente la constatación de una realidad. Tenían un problema práctico y era preciso resolverlo. Yvonne era muy buena, pensó Torkel. Le facilitaba mucho la vida.
—Lo siento.
—Ya lo sé. Las niñas tenían muchas ganas de pasar unos días contigo.
Con esa afirmación no pretendía causarle mala conciencia, ni hacer que se sintiera mal. Torkel lo sabía. Sin embargo, consiguió las dos cosas.
—Hablaré con ellas y veremos si se nos ocurre algo.
—Hazlo, por favor.
Torkel echó una mirada rápida al reloj.
—¿Están en casa?
—No, ya se han ido al colegio.
—Entonces las llamaré esta noche.
—De acuerdo.
Probablemente ya no había más que decir. Los asuntos prácticos estaban solucionados. Aun así, a Torkel le costaba despedirse.
—Y aparte de eso —dijo en tono ligero—, ¿todo bien en casa?
—Sí, esto está muy animado, con una niña en el ciclo superior y la otra en formación profesional. Y, además, Elin tiene novio.
—¿De verdad?
—Sí, se llama Erik. Hace un par de semanas que salen. Va a su misma clase.
Su clase era el primer curso del programa de turismo y hostelería del Instituto John Bauer, al que Elin asistía desde agosto, después de matricularse sin consultarlo con su padre. Cuando Torkel se enteró de sus planes, se puso a buscar en internet para saber un poco más y no le gustó mucho lo que encontró. «Cuando termines la formación, podrás trabajar en la recepción de un hotel, en la organización de ferias y congresos, y en todo tipo de establecimientos de restauración», había leído al final de la presentación del plan de estudios. Siempre había esperado que Elin ambicionara algo más que ser recepcionista o camarera. Aun así, no había dicho ni una palabra contra la decisión de su hija. ¿Qué derecho tenía él de expresar su opinión si nunca participaba en los debates que conducían a las decisiones? Pensaba que la relación con su hija era buena; pero aun así, en los últimos tiempos, cada vez que cuestionaba algo o preguntaba alguna cosa, Elin siempre le respondía que ya lo sabría si les dedicara un poco más de atención. Le dolía esa respuesta de su hija, pero a veces la verdad hace daño. Decidió que su actitud hacia su novio, cuando hablara con ella esa noche, sería totalmente positiva.
—¿Te lo ha presentado? —le preguntó a Yvonne.
—Sí, es un chico muy agradable. Se quedó a dormir el fin de semana pasado.
—¿A dormir?
—Sí, la noche del viernes.
Torkel estuvo a punto de preguntarle dónde había dormido y si disponían de camas extra para que durmieran en habitaciones separadas, pero enseguida se dio cuenta de que sólo conseguiría parecer un hombre de otra época, como siempre. De hecho, la mayoría de sus conocidos lo consideraban una especie de dinosaurio, por su manera de pensar y de actuar.
—¿No deberíamos… establecer unas normas? —propuso, en lugar de decir lo que estaba pensando.
—Ya las tenemos. Solamente pueden quedarse a dormir en casa del otro los fines de semana, y no cuando tengan clase al día siguiente.
Cuando había preguntado por las normas, no lo había hecho para que Yvonne le explicara cuáles eran, sino porque quería participar en su elaboración. Pero sabía bien que, en opinión de Elin, la única con derecho a implantar reglas era su madre, ya que vivía con ella.
—Muy bien —se limitó a comentar.
—Cumplirá diecisiete años dentro de tres meses —dijo Yvonne, que parecía haber deducido de la breve respuesta de Torkel lo que en realidad estaba pensando.
—Ya lo sé. Es sólo que me siento al margen de todo.
—Eso solamente lo puede cambiar una persona.
—Ya lo sé.
—Las chicas lo cuentan todo si se lo preguntas.
—Ya lo sé —repitió una vez más, aunque no estaba muy seguro de que fuera cierto. Ya no.
Cuanto más crecían sus hijas, más difícil le resultaba formar parte de sus vidas y llegar un poco más allá de las preguntas más simples sobre el colegio y los entrenamientos. No se atrevía a profundizar en una conversación ni a hacerles preguntas sobre temas importantes: qué pensaban, qué sentían o cuáles eran sus sueños y sus proyectos. Y ellas ya no le contaban espontáneamente lo que hacían, como cuando eran pequeñas y hablaban tanto que a veces casi tenía que pedirles que se callaran. Paradójicamente, cuanto más tiempo pasaba, parecía que sabía menos de sus hijas. La culpa era suya, desde luego. Para que la comunicación funcionara, había que ocuparse de mantenerla.
—Lo siento, pero tengo que colgar —le dijo Yvonne, para gran alivio de Torkel.
—Yo también. Tengo que ponerme a trabajar.
—Llama a las chicas esta noche.
—Lo haré. Hasta pronto.
Torkel colgó y se quedó sentado un momento, con el teléfono aún en la mano. Cuando se levantó para ir al baño a afeitarse, volvió a sonar.
—Soy Börje, de la IPO. ¿Te he despertado? —preguntó una voz en tono animado, cuando Torkel aceptó la llamada.
—No, ya me había levantado. —Torkel se sentó y sacó una libreta de notas—. ¿Has averiguado algo?
No tenía mucho que decirle, al menos sobre Patricia Wellton. Según las autoridades norteamericanas, no había ninguna mujer con ese nombre, y con la edad adecuada, que tuviera nacionalidad estadounidense y fuera titular de un permiso de conducir expedido en Estados Unidos.
Quizá el nombre fuera un alias que la mujer utilizaba en el extranjero, pensó Torkel mientras Börje proseguía su exposición.
Con Liz McGordon, en cambio, habían tenido más suerte. No abundaba la información, pero al menos habían encontrado cinco referencias, correspondientes todas a entradas o salidas del país: la primera, de abril de 2001; la segunda, del año siguiente, y la última, de 2003.
—Salió de Estados Unidos el 28 de octubre —explicó Börje—, pero no hay ninguna constancia de que haya vuelto. Por lo demás, parece como si no existiera. No hay nada acerca de ella, en ningún sitio, aparte de esos viajes.
—Probablemente utilizaba otro nombre en Estados Unidos —dijo Torkel y decidió ser sincero con Börje. Conocía bien a su colega y sabía que la información quedaría entre ellos—. Creemos que Patricia Wellton y Liz McGordon son la misma persona.
—¿En serio?
—Sí, y la razón por la que no volvió en 2003 es que murió aquí en las montañas, el 31 de octubre.
—¡Vaya! ¿Quieres que siga investigando, a ver si encuentro algo más?
Torkel pensó que no iba a hacer falta. Börje ya había encontrado todo lo que había sobre Patricia y Liz. No creía que fuera a aparecer nada más, a menos que descubrieran una tercera identidad.
—No, no es necesario —respondió—. Pero me gustaría hacerte una pregunta.
—Dime.
—El pasaporte falso con el que viajaba la mujer era suficientemente bueno para superar los controles de seguridad de los aeropuertos norteamericanos, después de los atentados del 11 de septiembre. ¿Quién hace falsificaciones tan buenas?
—¿Qué quieres decir?
Torkel dudó un momento. Era una idea que había tenido por su cuenta y que aún no había comentado con nadie.
—¿No sería… una especie de funcionaria?
—No te entiendo. ¿A qué te refieres?
—Ya sabes… Una agente…
—¿De la CIA?
—O de otra organización. No lo sé…
—¿Hay algo que te haga pensar que lo era? —preguntó Börje.
Había interés en su voz.
Torkel no le contestó enseguida. Sí, había cosas que se lo hacían pensar: la doble identidad falsa, la perfecta planificación del viaje, la conexión con los cadáveres hallados en las montañas, las heridas de bala hechas por un profesional… Sin embargo, no era más que una teoría sin demasiado fundamento, una idea que se le había ocurrido durante la noche y que podía tener consecuencias funestas para él si alguien se enteraba de que procedía del jefe de la Unidad de Homicidios.
—No, es una tontería. Olvídalo —le contestó a su colega en tono ligero—. Una simple ocurrencia. No me hagas caso.
—De acuerdo.
—Gracias por todo.
Cuando puso fin a la llamada, se dio cuenta de que estaba muerto de hambre. Salió de la habitación, se cruzó por el pasillo con Klara —que le hizo aquel comentario sobre el tiempo— y llegó al comedor. Lo encontró vacío, con la sola excepción de Ursula, que leía sentada a una mesa, en un rincón, con los restos del desayuno delante. La taza humeaba, por lo que Torkel dedujo que debía de haberse servido más café para terminar de leer el periódico.
Mientras se servía del bufet, se preguntó si no habría llegado el momento de marcharse de Jämtland y continuar con la investigación desde Estocolmo. Por la distendida rutina matinal de Ursula, era evidente que tenían muy poco que hacer en la montaña. En cuanto a Jennifer y Billy, ni siquiera sabía dónde estaban. Era posible que no se hubieran levantado aún.
Cogió la bandeja con el desayuno y fue a sentarse con Ursula.
—Hola, ¿has dormido bien?
—Sí, ¿y tú?
—Yo también, gracias.
Se echó un poco de azúcar en el yogur con muesli mientras miraba a su alrededor para asegurarse de que realmente no había nadie que pudiera oírlos.
—Te echo de menos —dijo en voz baja.
Ursula suspiró. Era justo lo que había temido cuando había visto que Torkel se acercaba y se había dado cuenta de que estarían solos: que se pusiera íntimo, que sacara a relucir la relación entre ambos y la obligara a tomar algún tipo de decisión. Por eso suspiró. Pero Torkel supuso que suspiraba por el otro hombre que había en su vida.
—¿Es por Micke?
Sí, sin duda era por Micke, más allá de lo que Ursula decidiera contarle finalmente. Tanto si le decía la verdad a Torkel como si le mentía, tendría que mencionar a Micke.
—Sí —respondió ella por lo tanto, con absoluta sinceridad.
Torkel asintió, comprensivo. Guardó silencio y se concentró en el yogur con muesli.
—¿Cómo…? ¿Cómo va todo entre vosotros? —preguntó por fin, sin levantar la vista del plato, justo cuando Ursula empezaba a creer que su breve respuesta afirmativa sería suficiente.
Volvió a suspirar. La alternativa era sencilla: decir la verdad o mentir. Separados o casados. Difícil… o todavía más difícil.
—Últimamente estamos cada vez más unidos —contestó, casi en tono de disculpa.
—Entiendo —admitió Torkel.
—Tal como están las cosas, no me parece correcto que tú y yo… —prosiguió Ursula. Si iba a mentir, tenía que hacerlo bien—. Por eso he estado un poco esquiva contigo. Tengo que darle una oportunidad a mi relación con mi marido. Es probable que no tengamos ninguna más.
—Claro que sí. Te entiendo perfectamente. —Torkel se limpió unos restos de yogur de la barbilla—. Mucha suerte —añadió.
Lo decía de verdad. ¡Qué buena persona era Torkel! Ursula sabía que tarde o temprano se enteraría de que Micke y ella estaban separados y de que le había mentido, pero de momento no quería pensar en eso. La crisis más aguda había pasado. Torkel mantendría las distancias.
Sonó el teléfono de Ursula.
Cogió la llamada, hizo dos preguntas breves y colgó.
—Era la gente del lugar del hallazgo —le dijo a Torkel—. Han encontrado las mochilas de los holandeses.