Muertos prescindibles
Lennart estaba irritado
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Lennart estaba irritado y Linda Andersson, eufórica. Iban en uno de los coches de la televisión pública sueca, en dirección a Rinkeby, pasando por Bromma. Linda conducía, con la radio puesta en un informativo. Shibeka había llamado a Lennart a primera hora de la mañana y le había arruinado el resto del día. Por lo visto, la mujer de Said se negaba a hablar con él, porque era un hombre, pero en cambio aceptaba conversar con una mujer. Por mucho que Lennart había insistido, no había podido convencerla para que cambiara de idea. Era la condición que había puesto Melika. Era eso o nada. Como último recurso, Lennart había insinuado que el contratiempo podía poner en peligro toda su colaboración, pero Shibeka ni siquiera había prestado atención a su velada amenaza, y al final el periodista había tenido que dar su brazo a torcer y había prometido acudir a la cita con una colega suya. Shibeka se lo había agradecido.
Lennart pensó que nadie más le daría las gracias. Linda se alegraría mucho, desde luego, y Sture también, pero era muy poco probable que se lo agradecieran. Se encontraba justo en la situación que había tratado de evitar desde el principio. Su historia se le estaba escapando de las manos para convertirse rápidamente en algo ajeno. Un trabajo en equipo. Por un momento, consideró la posibilidad de pedirle a Annika Morin que lo acompañara. Era una periodista free lance de su confianza, pero si Sture se enteraba de que había sustituido a Linda por otra colega, se pondría furioso. Sture se daba cuenta más que nadie de que Lennart quería trabajar de manera independiente y brillar con luz propia. Por eso, tuvo que resignarse y tratar de sacar el mejor partido a la situación.
Llamó a Linda Andersson y le explicó brevemente lo que pasaba. Treinta minutos después, Linda ya había recogido el coche y lo estaba esperando. Nadie podía negar su eficiencia.
Lennart le hizo prometer que toda la información quedaría entre ellos y que sería él quien decidiría qué parte del material podrían utilizar. Linda respondió a todo de la manera adecuada. Dijo que sabía que la historia era suya y que estaba dispuesta a actuar a sus órdenes, ocupando únicamente el espacio que él quisiera otorgarle.
Sí, claro, siempre y cuando Sture así lo quisiera. Lennart comprendió que a partir de ese momento tendría que ir siempre un paso por delante. O quizá pudiera permitirse confiar en Linda. Aún no lo había decidido. Una parte de él sentía cansancio por tener que trabajar siempre solo, sin ayuda.
Había un atasco en el tramo norte de la inconclusa autopista de circunvalación de Estocolmo, justo delante de la abovedada sede del Svenska Enskilda Banken, y casi no avanzaban. Lennart lanzó un suspiro y se puso a mirar por la ventanilla. En el coche vecino, la conductora estaba bostezando. Detestaba los atascos. No podía entender que la gente pudiera pasar varias horas al día atrapada en ese infierno. En esas circunstancias, se alegraba de vivir en el centro y de desplazarse sobre todo en taxi y en metro. Contrariado, se metió un chicle de nicotina en la boca. Debía de ser el décimo y el día no había hecho más que empezar. Linda le sonrió.
—¿Cuánto hace que intentas dejar de fumar?
—Lo dejé hace tres meses —mintió él.
—No estarás libre de la dependencia hasta que no dejes también los chicles.
«Ya lo sé —pensó Lennart—. Por eso no te he dicho que dejé de fumar hace dos años. Para que no pienses que soy débil y no tengo voluntad».
—¿Tú también fumabas? —le preguntó.
—No, pero estuve trabajando en un reportaje sobre la industria de los chicles de nicotina, que de repente ha adquirido un peso enorme. La nicotina ha pasado a ser un fármaco, y ahora los fabricantes de chicles consiguen unos beneficios impresionantes a costa de los antiguos fumadores.
Lennart la miró. El tema le parecía profundamente aburrido, pero necesitaba ser amable con ella.
—Qué interesante. —Fue lo único que consiguió articular.
Ni siquiera logró parecer sincero, pero Linda no lo notó.
—Por lo visto, tú y yo somos los únicos que lo encontramos interesante. Sture me rechazó el reportaje.
—Quizá no elegiste el ángulo adecuado. A Sture le gustan las grandes revelaciones, las noticias que causan sensación…
—¿Como esto de ahora?
—Sí, si finalmente conduce a algún sitio. Me preocupa un poco estar yendo detrás de un espejismo —dijo con sinceridad—. Tenemos que ganarnos a esas familias.
—Haré lo que pueda. ¿Sabes algo más sobre Melika?
—No, en principio no sé nada. Por eso tu contribución es muy importante.
Intentaba ser amable y demostrarle que era agradecido, pero tampoco quería pasarse de rosca.
—Como ya te he dicho, haré lo que pueda.
El semáforo cambió a verde y pudieron avanzar cuatro o cinco metros más.
Lennart sintió que necesitaba otro chicle.
—Hola, hemos venido a ver a Shibeka. Yo me llamo Lennart y esta es Linda —le indicó con una amplia sonrisa al chico de quince o dieciséis años que les había abierto la puerta, nada más oír el timbre.
El muchacho hizo un gesto afirmativo, pero no les sonrió. Vestía vaqueros y camisa negra, y llevaba el pelo muy corto, como si acabara de rapárselo para la ocasión. Se los quedó mirando en actitud expectante y con cierta desconfianza.
—Yo soy Mehran Khan. Pasad.
Abrió un poco más la puerta y los hizo pasar al vestíbulo. El apartamento estaba bien arreglado y olía a jabón. En las paredes había fotografías de la familia —Lennart reconoció a Shibeka en varias—, junto a tapices con arabescos bordados en hilo de oro. En opinión de Lennart, el ambiente era una agradable mezcla del sobrio estilo sueco, condimentado con toques y colores un poco más exóticos. Mehran les señaló en silencio un perchero para que colgaran los abrigos. Lennart vio a Shibeka en el cuarto de estar, sentada al borde de un voluminoso sofá gris, con el pelo cubierto por un pañuelo negro. Frente a ella, sentada en un sillón, Lennart distinguió a otra mujer, también tocada con un pañuelo negro, pero con el rostro vuelto en la dirección opuesta. Melika, probablemente. Lennart saludó a Shibeka con la mano, pero ella desvió la mirada. Mehran lo miró con seriedad. Eso lo dijo todo. Estaban en casa de los Khan y tenían que respetar sus reglas. Lennart se sintió como un estúpido. Había querido visitarlos para profundizar su relación de confianza. No podía entrar despreocupadamente en el piso, como si estuviera de visita en casa de un amigo.
—Tú quédate ahí sentado mientras nosotros hablamos —dijo el chico secamente, indicándole a Lennart la luminosa cocina que se extendía pared con pared con el cuarto de estar.
«No le caigo bien —pensó Lennart—. No le gusto nada».
Dedujo que la noticia de su encuentro con Shibeka en la cafetería no había sido bien recibida y que tendría que esforzarse por establecer una relación aparte con el chico de mirada decidida.
—Esperaba poder charlar un rato contigo —precisó Lennart, intentándolo con prudencia, pero Mehran no pareció interesado.
—Quizá más tarde. Ahora me quedaré con las mujeres. —Se volvió hacia Linda—. Espera aquí un momento —le dijo—. Ahora vuelvo.
Se adelantó y condujo a Lennart a la cocina. Una vez allí, le señaló un taburete.
—Ahí tienes té, por si te apetece —le dijo mientras le señalaba la tetera marrón sobre la mesa.
A continuación salió para reunirse otra vez con Linda.
Lennart se dejó caer en el taburete. Poco después, vio que Mehran conducía a Linda al cuarto de estar, sin decir una palabra, y cerraba la puerta tras ellos. Enseguida oyó un murmullo amortiguado procedente de la sala. Daba la impresión de que Melika no entendía el sueco y de que Shibeka tenía que traducirle las preguntas. Por desgracia para Lennart, hablaban en voz baja y no oía nada de lo que decían. Consideró la posibilidad de acercarse un poco más a la puerta, para oír mejor. Para eso estaba ahí y no para quedarse solo en una cocina bebiendo té. Pero desechó la idea. Mehran no mejoraría la opinión que tenía de él si lo sorprendía espiando. Se sentía marginado, pero no podía hacer nada al respecto.
Oía la voz de Linda en el cuarto de estar.
Parecía alegre, comprometida y llena de energía.
Era normal que estuviera contenta.
Estaba ocupando su lugar.