Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Las dos mochilas eran idénticas

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Las dos mochilas eran idénticas: dos Arc’teryx de sesenta y cinco litros, negras con detalles rojos. Jan y Framke Bakker parecían haber sido el tipo de pareja que, vistiendo de forma idéntica, quiere demostrar al mundo que están muy unidos. Los dos llevaban prendas deportivas grises con tonos amarillos y mochilas negras con detalles rojos. Incluso las botas de senderismo eran de la misma marca y modelo, según creía recordar Ursula. Se los imaginaba a los dos en verano, con idéntica ropa de entrenamiento e idénticas zapatillas Crocs, acampados a orillas de un lago, aunque eso ya no sucedería en el futuro, ni había sucedido nunca, porque las Crocs aún no se habían inventado cuando los dos hicieron un descubrimiento en la montaña que les costó la vida.

Con cuidado, Ursula dio la vuelta a las mochilas. Se conservaban asombrosamente bien a pesar del tiempo que habían pasado sepultadas. Estaban sucias y embarradas, como era natural, y en varios puntos la humedad y el moho habían carcomido el material hasta horadarlo, pero, aparte de eso, estaban en buen estado. No eran residuos lo que tenía ante sí, sino mochilas perfectamente conservadas.

Las habían encontrado a una decena de metros de los cadáveres, lo que confirmaba la teoría de que el asesino o los asesinos no se preocupaban demasiado por la posible identificación de los holandeses. Era curioso, sin embargo, que se hubieran tomado el trabajo de cavar otro pozo al lado de la tumba. Pero a Ursula no le interesaba especular sobre los posibles motivos. No era su trabajo.

Había una tienda atada con doble fijación del fondo de una de las mochilas. Ursula la desató con cuidado y la dejó por el momento a un costado, junto con un recipiente verde de plástico que colgaba de un gancho metálico. Después, le dio la vuelta a la mochila sobre la mesa, hasta dejarla boca arriba. En lo alto encontró los restos de una esterilla y un saco de dormir, atados con correas semejantes a las que sostenían la tienda. Separó los dos objetos, los depositó junto a la tienda y el recipiente, e intentó abrir la mochila. Las hebillas de plástico estaban llenas de barro y suciedad, pero se abrieron con relativa facilidad. Cuando levantó la solapa, notó que había algo dentro de los dos bolsillos, por lo que intentó abrir la cremallera para cerciorarse. Por primera vez desde que había recibido las mochilas en la sala acondicionada para la investigación —el mismo espacio donde había analizado previamente las bolsas halladas en casa de Harald Olofsson—, sintió que el tiempo que los objetos habían pasado bajo tierra le dificultaba el trabajo. La cremallera no se abría. Cogió un cuchillo pequeño que tenía sobre la mesa y desgarró la tela a ambos lados de los dientes metálicos. En el primer bolsillo, encontró un juego de cuchillo, tenedor y cuchara metálicos; una navaja con varias funciones, que lucía a un costado un escudo con una cruz blanca sobre fondo rojo; un frasco de repelente para mosquitos; medio paquete de pañuelos de papel, y varios apósitos para heridas. En el otro bolsillo, había una masa difícil de identificar, aunque guiándose por los restos de envoltorios, Ursula consiguió reconocer una bolsa que en otro tiempo había contenido chocolate, nueces, uvas pasas y otros alimentos energéticos.

Después cortó la fina cuerda que cerraba el compartimento interior de la mochila y de inmediato comprobó que Jan y Framke Bakker le habían facilitado de forma considerable la tarea. Todo el contenido estaba pulcramente ordenado en bolsas de plástico separadas, que durante todo ese tiempo habían permanecido bien cerradas. En algunas ni siquiera había penetrado la humedad. Extrajo una bolsa tras otra y las fue depositando sobre la mesa, a un costado. Para terminar, abrió los compartimentos exteriores, donde encontró, a un lado, una botella de agua, y al otro, un frasco de alcohol de quemar. Un poco más abajo, había un neceser y una cocinilla portátil Trangia. Cuando terminó de vaciar la mochila, la dejó aparte y empezó a abrir las bolsas de plástico que había sacado de su interior. La mayoría contenían ropa. Tal como había supuesto por la pesada tienda que llevaba atada, era la mochila de Jan. Dentro encontró pantalones cortos, camisetas, un impermeable, un jersey de abrigo y ropa interior. En el neceser había material para afeitarse, jabón, condones, desodorante, unas pastillas que probablemente serían analgésicos, un cepillo y un tubo de pasta de dientes. Se detuvo un momento y contempló los objetos que había depositado sobre la mesa. La mayoría eran de plástico o habían estado guardados dentro de una bolsa del mismo material, por lo que el paso del tiempo prácticamente no los había afectado, ni parecía haber dejado huellas visibles. Eran artículos simples y prácticos, como los que suele llevar la gente cuando se va una semana de acampada, una semana que los Bakker debían de haber planificado con atención y esperado ansiosamente. Pero el destino los había puesto en el lugar equivocado, en el peor momento posible.

Con un breve suspiro, Ursula levantó la segunda mochila. Separó la esterilla y el saco de dormir que también tenía atados en la parte superior, y se dispuso a abrirla. Por el peso, notó una vez más que había algo dentro de los bolsillos de la solapa. Cuando ya había empuñado el cuchillo para abrirlos, sonó el teléfono. Número desconocido. Contestó a la llamada.

—¿Diga?

—¿Ursula Andersson? —preguntó una voz femenina con acento cantarín del norte.

—Sí —confirmó ella.

Al mismo tiempo se preguntó si no sería conveniente recuperar su apellido de soltera, ahora que estaba separada. No tanto por su apellido en sí mismo, ya que le daba lo mismo llamarse Andersson o Lindgren, sino por la constatación de que ya no era una Andersson. ¿O lo era? Hacía mucho tiempo que llevaba ese apellido y era posible que ya fuera definitivamente suyo, aunque no tuviera un Andersson a su lado.

—Soy Renate Grossman, del Instituto de Medicina Forense de Umeå —dijo la mujer a modo de presentación, interrumpiendo las reflexiones de Ursula—. El motivo de mi llamada son las seis personas halladas en Jämtland. Creo que usted es la responsable, si no he entendido mal.

—En realidad, el responsable de la investigación es Torkel Höglund. Pero puede informarme a mí sobre este asunto.

—En primer lugar, tenemos la causa de los decesos. —Ursula oyó que Renate tecleaba, quizá para abrir en la pantalla de su ordenador los archivos buscados—. A los seis les dispararon con un arma de nueve milímetros. Cuatro de ellos presentan un impacto de bala en el tórax, pero no podemos determinar si esas heridas fueron la causa de la muerte. Aparte de eso, los seis recibieron dos balazos en la cabeza, disparados desde muy corta distancia, que debieron ser mortales.

—Cuando dice que cuatro de las víctimas presentan un balazo en el pecho, ¿quiere decir que las otras dos no lo presentan o que no es posible saberlo?

—Que no es posible saberlo con seguridad.

—De acuerdo —asintió Ursula—. ¿Algo más?

—Tenemos los resultados preliminares de las pruebas de ADN que solicitaron ustedes para cuatro de los cadáveres, correspondientes a dos adultos y dos niños.

—¿Y bien?

—Los niños eran hijos de los adultos.

—Entonces, eran una familia.

—Así es.

Ursula guardó silencio. Desde el principio habían barajado la teoría de que fueran una familia, pero la confirmación le produjo un escalofrío. Ahí fuera, en la montaña, algunos miembros de esa familia habían visto morir a los otros: los padres a los niños, o viceversa. Solamente pensarlo resultaba horroroso.

—Los cadáveres presentan otras lesiones —prosiguió Renate—. ¿Quiere que se las enumere ahora o prefiere leerlas en el informe que voy a enviarles?

—Con el informe será suficiente, gracias.

Pero enseguida se arrepintió.

—Un momento. ¿Han descubierto algo que pueda servir para identificarlos?

Antes de responder, Renate tecleó unos minutos en silencio.

—No. A todos ellos les faltan los dientes, y no hay ningún tipo de prótesis ni nada que pueda relacionarse con operaciones o estancias en un hospital. Lo siento.

—Gracias de todos modos.

—Suerte.

Finalizada la conversación, Ursula dejó el teléfono sobre la mesa, reflexionó un momento y volvió a cogerlo. Marcó un número y esperó.

Torkel contestó de inmediato.

—Han llamado de Umeå —dijo Ursula, sin saludar—. Los resultados preliminares de las pruebas de ADN confirman que se trata de una familia.

—De acuerdo —respondió Torkel—. Así, ahora ya lo sabemos —añadió enseguida, para que Ursula no interpretara la brevedad de su respuesta como falta de interés o incluso como enfado por su parte.

—¿Recuerdas las familias que Vanja localizó en los archivos? —continuó Ursula—. ¿Una noruega y dos suecas?

—Sí.

—Me gustaría encontrar parientes cercanos, para comparar muestras de ADN.

—¿De verdad piensas que podría ser una de esas familias? —replicó Torkel con escepticismo en la voz—. Las fechas de desaparición no coinciden.

—Ya lo sé, pero quiero descartarlas definitivamente.

Torkel asintió. No le extrañaba que quisiera asegurarse. Ursula nunca dejaba nada librado al azar. Por eso era la mejor.

—Les pediré a Billy y a Jennifer que busquen a los allegados.

—Muy bien.

—Una cosa más —dijo Torkel, antes de poner fin a la conversación—. Si no encuentras nada especialmente interesante en las mochilas de los holandeses, volveremos a Estocolmo esta misma noche.

—Por fin —respondió Ursula y colgó.

Se guardó el teléfono y volvió a concentrar toda su atención en la mochila embarrada que tenía delante, sobre la mesa. Sacó el cuchillo, desgarró la tela a lo largo de la cremallera y metió la mano en el bolsillo de la solapa. Algo duro. Rectangular. Metido en una bolsa de plástico. O más bien en una doble protección de plástico, como pudo comprobar cuando extrajo el objeto y empezó a abrir el envoltorio. Antes incluso de sacarlo de la segunda bolsa, creyó adivinar lo que contenía. Una cámara de fotos. Una cámara digital, pequeña y ligera. La batería se había agotado mucho tiempo atrás, como era de esperar, pero el compartimento de la tarjeta de memoria estaba cerrado y en apariencia intacto. Ursula no sabía qué podía pasarles a las fotografías guardadas en una tarjeta de memoria tras permanecer casi una década enterradas en una bolsa de plástico, en suelo húmedo. Pero sabía a quién podía preguntar. Esta vez no usó el teléfono. Fue directamente a ver a Billy.

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