Muertos prescindibles
Shibeka Khan hizo
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Shibeka Khan hizo una muy buena impresión. Hablaba de manera enérgica y clara, y su dominio del sueco era muy bueno, con un amplio vocabulario. Linda estaba entusiasmada, sentada en el sofá junto a la mujer de la que tanto le había hablado Lennart. Al otro lado, también en el sofá, estaba el chico que les había abierto la puerta y que por lo visto era el hijo mayor de Shibeka. Había permanecido en silencio desde que se había sentado, pero, con sus penetrantes ojos oscuros, seguía con interés cada palabra y cada movimiento. Linda y Shibeka empezaron la conversación con unas cuantas frases de cortesía. Linda les agradeció a los tres la oportunidad de hablar con ellos. Shibeka fue amable y servicial, y dijo que se alegraba de recibir a los dos periodistas en su casa; pero la otra mujer, Melika —un poco más joven y algo más entrada en carnes que Shibeka—, se mostró claramente incómoda con la situación. Su desagrado resultaba evidente en su lenguaje corporal y en el tono de las frases breves y entrecortadas que decía de vez en cuando en su idioma. A Linda no le hizo falta conocer la lengua para saber que la entrevista no iba a ser fácil. El hecho de que Melika no entendiera ni una palabra de sueco y de que todas sus intervenciones tuvieran que ser traducidas por Shibeka volvían todavía más difícil para la periodista la tarea de derribar sus defensas y establecer con ella una relación de confianza. El pastún era un idioma muy agradable al oído, y Linda procuraba mirar a Melika con expresión comprensiva e interesada mientras Shibeka le traducía sus preguntas. Al principio hablaron un poco del tiempo y de si estaban a gusto en Suecia. La conversación pasaba del sueco al pastún, y otra vez al sueco. Al cabo de unos minutos, la expresión de Melika empezó a suavizarse. Era difícil afirmar con seguridad que estaba más distendida, pero al menos sonrió un par de veces y dejó de rehuir la mirada de la periodista.
Para Linda lo importante era que todo saliera bien. Se daba cuenta de que Lennart no apreciaba su compañía. Era uno de los mejores periodistas de la redacción, pero siempre trabajaba solo. Por eso la situación era muy especial. Linda se había sentido enormemente orgullosa cuando le había pedido que la acompañara, y se había propuesto demostrarle que podía ser una valiosa colaboradora y no una enemiga.
—¿Cuántos hijos tiene, Melika? —le preguntó.
—Uno de ocho años. —Fue la respuesta que le llegó a través de Shibeka, al cabo de un momento.
—¿Cómo se llama?
—Alí.
Linda asintió.
—¿Eso significa que el niño no conoció a su padre?
Shibeka volvió a traducir, pero Linda entendió la respuesta antes de oírla, al ver el gesto negativo de Melika.
—No. Nació en noviembre de aquel año.
Era muy triste. Melika y ella debían de tener más o menos la misma edad. Ella iba a cumplir treinta y tres en noviembre. La peor experiencia que había tenido en toda su vida era la muerte de su gato, tres años atrás. Melika, en cambio, había perdido a su marido cuando estaba embarazada y se había visto obligada a criar a su hijo sola. Probablemente tenían la misma edad, pero sus vidas no podían ser más dispares.
—Tiene que haber sido muy duro —reconoció Linda, con sinceridad—. ¿Puedo hacerle algunas preguntas acerca de su marido?
—Quiere saber para qué —dijo Shibeka, después de que Melika hiciera un gesto claramente negativo.
—Para ver si podemos ayudarlas a averiguar lo que sucedió. Para eso estamos aquí. Para ayudarlas.
Shibeka miró a Melika y dijo unas frases breves en su idioma. Melika le respondió, en tono aparentemente hostil, y Shibeka se volvió hacia Linda, con expresión un poco avergonzada.
—Quiere saber de qué manera podrían ayudarla ustedes.
Linda asintió con gesto comprensivo. Todavía no pensaba darse por vencida. Tenía que encontrar la manera de superar las barreras que la separaban de esa mujer tan difícil de convencer.
—Intentamos averiguar la verdad.
Linda reforzó su respuesta con una sonrisa, pero no obtuvo ninguna reacción. Shibeka se volvió hacia ella. Parecía decepcionada.
—Pregunta de qué nos servirá saber la verdad. Dice que la verdad no va a traerlos de vuelta —tradujo Shibeka, y enseguida añadió un comentario propio—. Lo siento. Su actitud no es positiva.
—La entiendo, no se preocupe. Pero ¿no es mejor saber la verdad que ignorarla?
—Ella no lo cree así.
—¿No quiere saber qué pasó?
—No. Dice que ella ya lo sabe, que su marido vino a Suecia y trabajó mucho. Que era un buen hombre, un hombre bueno y honrado. Y que, aun así, desapareció.
—Precisamente por eso queremos averiguar qué sucedió. Porque era un buen hombre.
Una vez más, la conversación pasó al pastún. Linda se recostó en el respaldo e intentó aparentar tranquilidad. No podía mostrar excesiva curiosidad; tenía que parecer reposada y serena. Como no hablaba el idioma, su lenguaje corporal era doblemente importante. Finalmente, Shibeka dijo algo que pareció funcionar, porque al menos el tono de Melika se volvió más dulce y menos áspero.
—Dice que puedes preguntarle.
Linda bajó la vista hacia sus notas.
—Said tenía permiso de residencia, ¿verdad?
—Así es.
—¿Era dueño de un comercio?
—En sociedad con dos primos de Melika. Aquella noche, Said se quedó a cerrar la tienda, pero nunca más volvió a casa.
—¿Y sus primos no saben nada?
Shibeka negó con la cabeza.
—Yo he hablado con ellos y se lo he preguntado. Se marcharon unas horas antes.
—Pregúnteselo a Melika —le pidió Linda—. Me gustaría que me lo dijera ella.
Volvieron a hablar en pastún. La respuesta llegó enseguida.
—Dice lo mismo que yo.
—¿Problemas de dinero o de algún otro tipo?
Melika sonrió cuando entendió la pregunta. También Shibeka.
—Bueno, vivimos aquí, o sea, que no somos ricos. Pero las cosas le iban bien a Said —explicó Shibeka—. De todos nosotros, era uno de los que estaba en mejor situación. Era un hombre muy inteligente.
Linda les sonrió a las dos, aunque se sentía frustrada. La conversación era agradable, pero no le estaba reportando nada útil. Tenía que hacer preguntas más concretas si quería llegar a algún sitio.
—¿También vino a verla un hombre unas semanas después, para preguntarle por Said? ¿Como el hombre que fue a verla a usted?
—Dice que no —respondió Shibeka—. No vino nadie.
Linda asintió.
Pero Melika no solamente había dicho que no. Mehran la miró, sintiendo que se le aceleraba el pulso. Llevaba todo el tiempo escuchando en silencio la conversación y podía asegurar que el tono de Melika había cambiado en cuanto las preguntas se habían adentrado por terreno delicado. Su madre también debía de haber notado la diferencia.
Melika estaba mintiendo. Estaba seguro. Alguien había ido a verla a su casa. No le cabía la menor duda. Decidió intervenir en la conversación.
—¿Y Joseph? ¿Te suena ese nombre, Melika? —inquirió en pastún.
Melika se volvió hacia él. Parecía asustada.
—¿Qué has dicho? —le preguntó Linda a Mehran.
El muchacho no le prestó atención y miró a su madre con expresión hosca.
—No se lo traduzcas, mamá. Esto tiene que quedar entre nosotros.
Tenía delante a una Melika diferente de la que conocía, una mujer que no quería estar allí. Le respondió casi gritando.
—¡No! ¡No he oído nunca ese nombre!
Otra vez estaba mintiendo. Mehran lo sabía.
—Yo sé que Said lo conocía. Ahora dinos la verdad. A ella no —añadió, señalando a Linda con un movimiento de la cabeza—. A nosotros.
Melika negó con furia.
—¡No sé quién es! ¡Ya te lo he dicho!
Se hizo un silencio y Linda los miró desconcertada.
—¿Puede traducirme alguien lo que acaba de decir Melika?
Mehran notó que Shibeka se disponía a decir algo, pero él se le adelantó.
—Dice que no quiere seguir hablando.
Linda se encogió de hombros, perpleja.
—¿Por qué?
—Es lo que ha dicho —respondió Mehran mientras se ponía de pie—. Así que hemos terminado.
Linda se lo quedó mirando, seguía desconcertada.
—¡Pero si acabamos de empezar!
Mehran comprendía su frustración. La periodista se daba cuenta de que había pasado algo, pero no sabía qué, ni podía averiguarlo.
Pronto conocerían la verdad. Pero no se le manifestaría a la rubia con quien estaba hablando su madre, ni al hombre sentado en la cocina, sino a él.
Tenía que encontrar a Joseph.