Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Anitha había pasado todo el día

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Anitha había pasado todo el día en su escritorio, sumida en el estudio de los manuales del sistema informático: tres gruesas carpetas conservadas en un estante, sobre las fotocopiadoras comunes del departamento. La carpeta número uno, con signos de uso intenso y frecuente, era el manual para el usuario y contenía las respuestas a las preguntas más habituales. Tras una búsqueda breve e infructuosa, Anitha la dejó de lado y se concentró en las carpetas dos y tres. Quería saber cómo funcionaban las copias de seguridad y cómo se recuperaban los archivos después de un fracaso del sistema. Tras varias horas de búsqueda, averiguó que el sistema principal tenía un doble mecanismo para realizar copias de seguridad. El primero —si no lo había entendido mal— era un servidor espejo que cada tres minutos copiaba toda la información del servidor principal. Era la primera protección del sistema contra la pérdida de datos y funcionaba de manera completamente automática. El texto no revelaba dónde se encontraba físicamente el servidor espejo, pero Anitha dedujo que la empresa I-tech, que había diseñado e instalado el sistema, y que según el manual se encargaba aún de actualizarlo, debía de ser la responsable.

El otro mecanismo era decididamente anticuado. Consistía en una copia diaria del conjunto de la información, que quedaba almacenada en cintas. El procedimiento exigía la manipulación directa de las cintas, que era preciso cargar, extraer y guardar. El manual no indicaba quién se ocupaba de ese trabajo, pero Anitha supuso que debía de ser competencia del propio Departamento de Informática de la policía, en parte porque asumir internamente las tareas más simples ahorraba dinero, y en parte porque la sección de informática no había reducido el personal cuando la Dirección General de la Policía le había comprado el sistema a I-tech, algo que indudablemente habría hecho si hubieran desaparecido algunas de sus funciones. Cuanto más lo pensaba, más se convencía de que las cintas debían manipularse internamente. Si había algún punto débil en la cadena, tenía que estar en el Departamento de Informática de la policía. En ese sentido, ni siquiera merecía la pena pensar en I-tech, integrada por auténticos profesionales. El software era de origen israelí, aunque formalmente I-tech era una empresa sueca. Los programas se habían desarrollado para el Mossad, el servicio israelí de inteligencia, y para el Ministerio de Defensa de Israel, y sólo posteriormente se les había dado un uso comercial. Anitha estaba segura de que los israelíes aún seguían controlando I-tech. En su opinión, los judíos sabían mucho de negocios y jamás habrían permitido que un grupo de informáticos suecos se llevara la mayor parte de las ganancias.

Había investigado la empresa a fondo cuando se estaban desarrollando las negociaciones para comprar el sistema informático e incluso había escrito una carta anónima a la Dirección General de la Policía, en la que llamaba la atención sobre los riesgos de elegir a I-tech, tratándose de una sociedad con evidentes vínculos con el estado sionista. Como era de esperar, su aportación no tuvo la menor influencia sobre la decisión final, como solía suceder con sus cartas anónimas, y al cabo de un tiempo se vio obligada a reconocer que el sistema adquirido era realmente bueno. Era muy estable y las funciones de búsqueda en la colosal base de datos eran muy eficaces. A Anitha no le extrañaba, teniendo en cuenta que los israelíes vivían rodeados de enemigos y estaban obligados a producir sistemas de calidad, no como en Suecia, donde a veces tenía la sensación de que nadie era capaz de producir nada más que tonterías políticamente correctas. Desde su punto de vista, la eficacia era esencial para los judíos, ya que sólo así podían defenderse de musulmanes y otros terroristas.

Siguió estudiando los manuales un rato más, para asegurarse de no haber pasado nada por alto. Incluso dedicó unos minutos a repasar la lista de errores, por si encontraba algo interesante. Precisamente ahí descubrió la última pista que necesitaba.

Se llamaba «Error 237».

La explicación era larga y estaba escrita en inglés, bajo el encabezamiento: «Soft write error with backup-exec».[1] Siguió leyendo, y al pie del texto denso e incomprensible, lleno de términos técnicos y abreviaciones desconocidas, encontró lo que buscaba: «Póngase en contacto con el Departamento de Informática de la Dirección General». «El que busca encuentra», pensó. Le había llevado tiempo, pero por fin veía la luz al final del túnel. Todo parecía indicar que el propio departamento se encargaba de las copias de seguridad en soporte de cinta. Teniendo en cuenta que el nombre de la persona de referencia había sido eliminado del archivo de los dos afganos apenas cuatro días antes, era muy posible que el original intacto se conservara aún en las cintas.

Anitha se preguntaba durante cuánto tiempo se guardarían las copias. Estaba convencida de que las cintas se volvían a utilizar. Habría sido imposible almacenarlas todas, ya que no había espacio suficiente. Pero seguramente las guardarían por lo menos un mes, así que la probabilidad de que los archivos originales se conservaran todavía entre el mar de ceros y unos era bastante grande.

Sin embargo, ¿era realista al pensar que podría acceder a ese archivo?

No tenía autorización y carecía de los conocimientos técnicos necesarios, por lo que necesitaba ayuda. Pero creía saber dónde encontrarla.

El hombre pareció sorprendido cuando Anitha llamó a la puerta de su despacho. Morgan Hansson llevaba una camisa blanca con los botones a punto de reventar a la altura del estómago, gafas de pasta, pelo semilargo, castaño y rizado, y barba. Mucha barba. La barba era lo primero que llamaba la atención en él, como si la mitad de su persona fuera un frondoso arbusto sin podar. Lo segundo eran las sandalias que llevaba siempre. Parecía una caricatura del genio de la informática que era en realidad. Su despacho era un completo desastre, con papeles por todas partes y estanterías repletas de monitores y de ordenadores amontonados de cualquier manera. En el poco espacio que quedaba libre, se acumulaban cables, cartuchos de impresora, discos duros y otros materiales descartados. Todos los elementos informáticos defectuosos de la Dirección General de la Policía parecían haber llegado a su mesa, arrastrados por la marea. Morgan soltó rápidamente los cables que tenía en la mano y se levantó para saludar a Anitha. Tenía la mano caliente y húmeda. Solamente podía ser sudor.

—Hola. ¿Necesitas ayuda? —preguntó.

Anitha se sintió incómoda con el desorden que vio a su alrededor. No sabía cómo exponer su problema.

—No, solamente estoy dando una vuelta.

—¿Por aquí abajo?

—Sí, ya ves. Necesitaba levantar un poco la cabeza del escritorio, perder de vista al jefe…

Morgan se echó a reír con expresión cómplice. Anitha le sonrió y notó que el hombre casi se sonrojaba por su visita. Retiraba unas cajas de la silla de enfrente de su escritorio, para que ella pudiera sentarse.

—Ya está, ya te puedes sentar —le dijo finalmente, señalándole la silla.

Anitha negó con la cabeza.

—No, gracias. Venía a preguntarte si te apetece comer conmigo.

La idea de llevárselo un momento de la oficina se le había ocurrido de repente. Sospechaba desde hacía tiempo que él la miraba con buenos ojos. Como mínimo había notado que cada vez que llamaba al Departamento de Informática para quejarse de algo era él quien le devolvía la llamada. Además, siempre la saludaba cuando se cruzaban por los pasillos.

Sus sospechas parecieron fundadas, porque Morgan se ruborizó y su mirada se volvió más vacilante e insegura. Resultaba bastante mono, a su manera. Estaba un poco rollizo y tenía pelo por todas partes, pero era entrañable, como un cachorro peludo.

—Aunque no sé si tienes tiempo —añadió ella, sin dejar de sonreír.

Morgan levantó la cabeza para mirarla, sorprendido por la pregunta.

—Sí, claro que tengo tiempo.

Miró a su alrededor y descolgó la cazadora beis del respaldo de la silla. Anitha se preguntaba si tendría otra. En cualquier caso, no recordaba haberlo visto nunca con otra prenda que no fuera esa cazadora descolorida, demasiado deportiva y lejanamente inspirada en Ralph Lauren, con solapas de cuero marrón. No lo favorecía. Quizá le habría sentado bien a un jugador de golf o a un contable mayor que quisiera aparentar menos edad, pero no era la prenda más adecuada para un hombre con aspecto de ogro.

—¿Aquí en la oficina o fuera?

—Fuera, ¿no? —respondió ella enseguida.

Lo mejor era salir. Además, en el comedor del personal estarían a la vista de todos y Anitha prefería evitar que los vieran juntos.

Salieron por Kungsholmsgatan. Había dejado de llover y el sol se esforzaba por asomarse entre las nubes. Morgan se detuvo un momento, frunciendo el ceño.

—¿Adónde vamos? —preguntó.

Anitha hizo un rápido repaso mental de los restaurantes que conocía. Quería evitar los que estuvieran demasiado cerca del edificio de la policía.

—Hay un restaurante en Sankt Göransgatan que está bastante bien. ¿Te parece que vayamos a ese?

—Sí, perfecto. Yo suelo comer aquí, en el comedor.

«O en el McDonald’s», pensó ella.

—Entonces te sentará bien un cambio, ¿no crees? —le dijo Anitha con una sonrisa mientras le daba unas palmaditas en el brazo y lo arrastraba hacia el parque de Kronoberg.

Morgan hizo un gesto afirmativo y los dos emprendieron el camino por la empinada cuesta que conducía al parque. Era un apacible día de otoño, aunque la hierba todavía estaba empapada por la lluvia. Se cruzaron con varias mujeres que empujaban carritos de bebé. Cuanto más se alejaban del trabajo, más ligeros se volvían sus pasos. Era como si dejar atrás el colosal edificio de la policía suscitara en ellos una tonificante sensación de libertad. La conversación empezó a fluir mucho más fácilmente de lo que esperaba. Intentó circunscribirla a Morgan, lo que no le resultó difícil, ya que ella preguntaba y él respondía. Para su sorpresa, descubrió que su acompañante era bastante agradable.

Llegaron a Fridhemsplan y Anitha propuso seguir caminando un poco más, hasta el pabellón a orillas del Mälaren, en Norr Mälarstrand. Todavía estaba abierto y Anitha aún no lo había visitado en lo que iba de año. Morgan, por su parte, no lo conocía, pero dijo que le apetecía mucho comer allí. Anitha estaba segura de que también habría aceptado encantado si le hubiera propuesto ir al McDonald’s de Västberga.

Mientras bajaban en dirección al lago, Anitha empezó a pensar cuál sería el momento más adecuado para sacar a relucir la verdadera razón de que fueran juntos a comer. ¿Debía esperar a estar sentados en el restaurante, hasta después del café o hasta el camino de vuelta? Temía que le resultara más difícil abordar el tema con naturalidad si aplazaba demasiado el momento. Sin embargo, era preciso que Morgan interpretara su pregunta como un signo de que lo estaban pasando muy bien y de la confianza que había surgido entre ambos. No era fácil. Quizá lo mejor fuera esperar a la sobremesa.

Como se había quedado en silencio y probablemente su expresión era de preocupación, Morgan se detuvo un momento y la miró con interés.

—¿Ha pasado algo? —le preguntó—. Pareces triste.

Ella levantó la vista y decidió pasar a la acción, ya que Morgan acababa de abrirle una puerta. Si había interpretado que su expresión era de tristeza, lo más conveniente era seguir por ese camino.

—Tengo que confesarte una cosa.

Su tono era de grave seriedad, muy diferente del que había empleado hasta ese momento. A ella misma le pareció perfecto.

—¿Qué te pasa?

—La he liado. Totalmente. No me importa que lo sepas. Después de todo, tiene que ver con el sistema informático. En la oficina.

Morgan se puso pálido y se le transfiguró la cara. Era como si hubiera empezado a llover justo donde él se encontraba.

—¿Qué ha pasado?

Anitha desvió la mirada y se puso a contemplar el lago. La reacción de Morgan había sido un poco excesiva. Si se inquietaba tanto antes incluso de que se lo contara, ¿cómo iba a tomarse lo que ella quería pedirle? Pero era demasiado tarde para echar el freno. Sólo podía seguir adelante.

—Será mejor que comamos primero. No te he invitado a almorzar para que resuelvas mis problemas. —Intentó parecer valiente, pero esperaba transmitir al mismo tiempo la sensación de que necesitaba ayuda, más concretamente, la ayuda de Morgan—. Así por lo menos te habrás quitado un poco el apetito antes de pensar que soy una completa idiota —añadió, bajando la vista.

—No creo que seas una idiota.

—Todavía no te he contado lo que he hecho.

—Cuéntamelo.

Anitha hizo una inspiración profunda y lo miró con expresión avergonzada. En ese momento, necesitaba parecer débil.

—Tenía que ayudar a una colega a encontrar una cosa en la base de datos, pero apreté el botón equivocado y el nombre de la persona de referencia que constaba en el archivo se esfumó. Y ahora no puedo encontrarlo.

Morgan estalló en carcajadas y pareció relajarse. No veía ningún problema. Era lógico que no lo viera, ya que Anitha aún no le había contado la parte más grave.

—¡Eso no es nada! Lo que haya desaparecido se puede recuperar. Te ayudaré después del almuerzo.

Ella asintió mientras intentaba reunir valor para la pregunta que debía hacerle a continuación. Se alejó unos pasos de Morgan, convencida de que una imagen de preocupación en la soledad sería lo más eficaz en ese momento.

—Pero eso no es todo…

Sintió que su acompañante la seguía y se situaba justo detrás de ella.

—¿Qué más hay?

Anitha se volvió hacia él, bajó lentamente la cabeza y fijó la vista en una colilla tirada en el suelo. No podía entender que la gente siguiera fumando; era increíble. Hitler no fumaba y aborrecía a los fumadores. Anitha lo comprendía.

—Era un archivo secreto.

Se quedó mirando la colilla. El filtro amarillo, aplastado y arrugado; el papel sucio, que el sol y la humedad estaban desintegrando… Su táctica de alejarse un poco y darle la espalda a Morgan parecía estar funcionando. El hombre aún no se había marchado corriendo. Decidió aplazar lo más posible el momento de volverse para mirarlo a la cara. Tenía la sensación de que cuanto más tiempo pasara dándole la espalda, más se le acercaría él, tanto física como emocionalmente, como si su nuca tuviera el poder de hacer que se quedara.

—Tranquila. Seguramente tiene remedio —lo oyó decir—. Si no tienes autorización, no puedes borrar nada de forma permanente. Tiene que estar en alguna parte.

Su voz se había suavizado. Quería ayudarla. Anitha lo notaba. Le rozó un hombro con una mano. Quizá había llegado el momento de volverse y mirarlo, pero decidió esperar un poco más. Quería que la situación pareciera todavía más crítica, convertirla en un asunto de vida o muerte. Necesitaba hacerle sentir que toda su vida dependía de él. Porque entonces no podría negarse. Con mucha cautela, susurró en dirección a la colilla:

—Voy a quedarme sin trabajo.

—No, nada de eso.

Sintió que aumentaba la presión de la mano de Morgan sobre su hombro. Era como si le estuviera diciendo: «Estoy aquí, a tu lado». Decidió volverse y lo miró con cara de abatimiento. Le fastidiaba no ser capaz de llorar a voluntad, porque entonces la actuación habría mejorado considerablemente.

—Sí, me despedirán. Entré en el sistema con el usuario y la contraseña del jefe. Ni siquiera tenía derecho a hacer esa búsqueda. Me pondrán de patitas en la calle.

Morgan palideció y permaneció un momento en silencio. Era como si de pronto hubiera comprendido todo el alcance de aquella confesión. Solamente se oía el ruido lejano del tráfico y el rumor del viento entre las hojas, por encima de sus cabezas. A lo lejos, sonó el claxon de un vehículo. Morgan le retiró la mano del hombro y retrocedió un paso. Anitha notó que estaba perdiendo el control de la situación. Lo miró de la manera más implorante que pudo. Necesitaba presentar el caso como un dilema moral en el que ella apareciera como la buena samaritana, y no como alguien que simplemente se había dedicado a fisgonear después de charlar un rato con un periodista de «Investigación criminal».

—Sólo pretendía echarle una mano a una colega de la policía de Solna: Eva Gransäter. ¿La conoces?

Morgan negó con la cabeza y Anitha continuó, agradecida por haber conservado en la memoria el nombre de la responsable.

—Quería ayudarla a averiguar quién era la persona de contacto en la SÄPO, pero apreté la tecla equivocada y borré el nombre. Ahora ha desaparecido.

Morgan la miró. La estrategia parecía estar funcionando. Anitha notó que el hombre dudaba entre marcharse y quedarse a escuchar toda la historia.

Tal vez se había precipitado. Habría sido mejor sentarse a comer y estrechar un poco más los lazos con él antes de decírselo. Quizá incluso habría sido preferible cultivar su amistad durante una semana. Pero era muy fácil decirlo a posteriori. Volvió a apartar la cara, pero esta vez no se quedó mirando la colilla. Ahora iba en serio. Era su última oportunidad.

Era preciso que Morgan tomara una decisión y se pusiera de su parte.

—Perdóname. No era mi intención involucrarte en este asunto. No hablemos más del tema. Entiendo que no quieras tener nada que ver en esto. Te pido perdón.

Se apartó unos pasos. Necesitaba ofrecerle una salida, darle la oportunidad de decir que no. Cuando ya se disponía a marcharse, Morgan dijo algo. Nada más que una palabra. No fue una declaración tan conmovedora como la que ella en el fondo habría deseado, pero le bastó.

—Espera.

Había decidido.

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