Muertos prescindibles
Con un cuarto de hora de retraso
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Con un cuarto de hora de retraso, Vanja empujó la puerta del restaurante Roppongi y entró. No le apetecía mucho el sushi, porque aún tenía un poco de resaca y el cuerpo le pedía alimentos grasos, pero Peter había sugerido ese lugar y a ella no se le había ocurrido ninguna alternativa.
Había bebido demasiado el día anterior, en casa de Sebastian Bergman. Jamás habría imaginado que alguna vez pudiera hacer algo así. Pero tampoco habría imaginado que su padre pudiera estar en un calabozo, acusado de diversos delitos económicos. La víspera había sido, en general, un día completamente inesperado. El mundo al revés. Su padre la había defraudado y Sebastian le había mostrado facetas totalmente desconocidas. Gracias al vino y a su amabilidad, había podido pasar un rato agradable, sin pensar en Valdemar. Pero después de un rápido desayuno en casa de Sebastian, todos sus problemas la habían vuelto a atormentar de manera implacable.
Tenía que saber más.
Tenía que saberlo todo.
Había repasado toda su agenda en busca de alguien que pudiera ayudarla, preferiblemente en el área de delitos económicos. ¿Tenía algún conocido en ese departamento? ¡Sí, claro que sí! Peter Gornack. Antiguo compañero de estudios y exnovio, del que se había separado sin rencores, según podía recordar. ¿Seguiría trabajando en el mismo sitio? Llamó a la centralita y consiguió hablar con él.
No era tonto. Había comprendido de inmediato lo que ella quería. Hacía años que no se veían y de pronto lo llamaba para invitarlo a comer, cuando su departamento acababa de abrirle una investigación a su padre. Pero, aun así, le había dicho que sí, había propuesto el restaurante y la había esperado pacientemente. Vanja llegaba con quince minutos de retraso. Estaba sentado en una silla alta, junto a una de las mesas situadas a lo largo del gran ventanal que daba a Hantverkargatan, y se levantó para saludarla. El lugar le pareció perfecto a Vanja. Las mesas de la sala más grande estaban demasiado juntas entre sí, y no quería que nadie escuchara su conversación.
—Hola, ¡cuánto tiempo! —dijo él, y por un segundo pareció que dudaba entre abrazarla o no. Ella le facilitó las cosas, decantándose por el abrazo.
—Sí, parece mentira —respondió ella mientras colgaba la chaqueta y se encaramaba en otra silla alta, junto a la de Peter.
—¿Qué tal te va todo?
—He tenido épocas mejores.
—Te entiendo…
Los dos guardaron silencio. Vanja miró la carta y se fijó en el menú del día: tori katsu con mayonesa picante. Quizá fuera por la resaca o tal vez por los coletazos de la bulimia que se le había vuelto a manifestar el día anterior, pero la mayonesa picante hizo que el tori katsu fuera su elección obligada. Fue lo que pidió, junto con agua mineral, cuando vino la camarera. Peter, por su parte, se decidió por un plato grande de sushi.
—Te agradezco que hayas aceptado venir a verme —le dijo Vanja.
—De nada, pero te advierto que no podemos hablar del caso de tu padre —replicó Peter, mirándola con seriedad.
—Sí, claro. Por lo visto, la investigación anterior se cerró por falta de pruebas —comentó Vanja, como si no hubiera oído lo que acababa de decirle Peter—. ¿Por qué lo han vuelto a investigar? ¿Qué ha cambiado?
Peter lanzó un suspiro. Cuando Vanja lo había invitado, ya había sospechado de qué quería hablarle. Él era el único culpable de estar ahí. Además, sabía que podía contarle algunas cosas sin infringir el código ético. Solamente tenía que medir las palabras.
—Hay datos nuevos que completan la investigación anterior —dijo, y bebió un sorbo de la cerveza baja en alcohol que había pedido mientras la estaba esperando.
—¿Qué clase de datos?
¿Qué otra cosa esperaba? Tal vez, que ella le dorara un poco la píldora y empezara por contarle lo que había hecho en los últimos años, que le preguntara por su vida y su trabajo, y charlara un rato sobre los viejos tiempos. Pero era evidente que no iba a hacer nada de eso. No le sorprendía. La Vanja que había conocido nunca se daba por vencida hasta averiguarlo todo. Y, además, era impaciente.
—No quebrantas ningún código ético si me dices de qué manera se ha completado la investigación —insistió ella—. De todas formas, si finalmente el caso va a juicio, tendré acceso a toda la investigación preliminar.
Peter volvió a suspirar. Se quedó mirando a Vanja mientras la camarera llegaba con el agua y la dejaba sobre la mesa, junto con un vaso. No podía negar que su amiga tenía algo de razón. Era bastante seguro que Valdemar tendría que ir a juicio. Decidió avanzar poco a poco. Si reflexionaba antes de hablar, no tendría ningún problema.
—Vino una mujer y nos dejó una bolsa llena de documentación sobre tu padre —explicó con cautela—. Dentro de la bolsa encontramos los papeles de la investigación anterior, junto con nuevos datos sobre su implicación en el caso Daktea y algunas otras cosas más —añadió, antes de que Vanja tuviera tiempo de preguntárselo.
—¿Cómo había conseguido el material de la investigación anterior? —dijo Vanja mientras se servía el agua.
—No lo sabemos. —Peter se encogió de hombros, como para subrayar lo que acababa de decir—. Pero la mujer mencionó a Trolle Hermansson.
El nombre sobresaltó a Vanja, que derramó parte del agua sobre el mantel.
—¿Lo conoces? —preguntó Peter, al darse cuenta de su reacción.
—Sí. Un policía retirado.
—Parece que murió hace poco —aclaró Peter.
—Ya lo sé. Yo misma encontré su cadáver en el maletero de un coche.
Vanja se levantó para ir a buscar servilletas a la barra. No lo podía entender. Trolle Hermansson, un policía jubilado del que ni siquiera había oído hablar unos meses antes, aparecía de repente en relación directa con ella en dos circunstancias diferentes. ¿Qué conexión podía tener con Valdemar?
—¿Participó ese Hermansson en la investigación que le hicisteis a mi padre? —inquirió mientras secaba la mesa.
—¿La primera?
—Sí.
—No, que yo sepa. Pero la mujer que vino a entregarnos el material dijo que lo había reunido Trolle Hermansson.
Vanja prácticamente no oía las palabras de Peter. De hecho, había llegado a la cita sin demasiadas expectativas. No esperaba que Peter pudiera o quisiera ayudarla en ningún aspecto importante.
Pero, de pronto, había vuelto a aparecer Trolle Hermansson, junto a una mujer desconocida que aparentemente tenía mucho interés en meter a Valdemar en la cárcel. Era preciso investigar, y como Hermansson estaba muerto, tenía que empezar por la otra persona.
—¿Sabes quién es? —preguntó Vanja—. Me refiero a la mujer que se presentó en vuestras oficinas —aclaró.
—No, pero tampoco nos ocupamos de averiguarlo. La investigación sobre la muerte de Hermansson está cerrada.
—¿Cómo se llama?
Vanja se inclinó hacia delante, para no perderse ni una letra del nombre.
Peter esta vez dejó escapar un sonoro suspiro. Ni siquiera necesitaba pensarlo. Era absolutamente inconcebible que fuera a revelarle el nombre a Vanja. Decirle el nombre de una informante a un miembro de la familia del sospechoso iba en contra de todas las reglas existentes, aun cuando la persona en cuestión fuera policía, y aunque a Peter —tenía que reconocerlo— aún le resultara tremendamente atractiva.
—Por favor, Vanja, no me preguntes eso —replicó—. Sabes muy bien que no puedo decírtelo.
Vanja asintió. Ya lo sabía, por supuesto. Pero también sabía que no pensaba salir de ese restaurante sin un nombre. Repasó mentalmente las diferentes posibilidades que tenía para conseguirlo. Descartó de inmediato la más evidente —ni siquiera sabía si Peter estaba soltero— y decidió apelar al policía Peter Gornack y presentar el asunto como un caso que los dos debían resolver.
—Sé que mi padre no es inocente —empezó, mirando a Peter directamente a los ojos—. Me ocuparé de que tenga un buen abogado; pero, aparte de eso, no pienso hacer nada más para ayudarlo.
Se inclinó un poco hacia delante, echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que nadie los estuviera oyendo y bajó la voz. Peter también tuvo que estirar el cuello para oír lo que le estaba diciendo.
—Por otro lado, hace pocos meses encontré a Trolle muerto en el interior de un coche, asesinado por un hombre que actuaba por encargo de Edward Hinde, quien a su vez se fugó de Lövhaga, me secuestró y amenazó con matarme.
Gornack se limitó a asentir. Ya conocía parte de la historia, pero no toda, y no podía disimular la curiosidad. La fuga y la muerte de Edward Hinde seguían siendo un tema frecuente en las conversaciones de sus colegas, fuera cual fuera su sección o departamento.
—Si Trolle estaba involucrado en la investigación de mi padre —prosiguió Vanja—, es posible que todo esté relacionado. Sería demasiada casualidad que un viejo policía retirado aparezca en poco tiempo en dos investigaciones que me tienen a mí como único elemento en común, ¿no te parece?
—Bueno, sí, tal vez…
—Te prometo que solamente buscaré datos sobre esa mujer en los registros.
Lo miró implorante, con toda la sinceridad que fue capaz de concentrar en sus grandes ojos. De repente, le vino a la memoria la imagen del Gato con Botas en las películas de Shrek y se dijo que era mejor no exagerar.
Desvió la mirada, para comprobar que nadie estuviera escuchando su conversación.
—No me acercaré a ella, ni le hablaré. Y si encuentro algo interesante, te llamaré a ti, para que tú decidas si merece la pena seguir investigando.
Peter se recostó en la silla. Vanja notó que estaba reflexionando. Pero no parecía estar buscando las palabras para decirle de la manera más amable posible que no podía ayudarla. No, nada de eso. Estaba dudando. Repasaba los puntos débiles de su argumento e intentaba identificar los que podían causarle problemas. Pero no iba a encontrar ninguno. Lo había convencido.
—Si Hinde y los asesinatos de aquellas mujeres el verano pasado guardan alguna relación con mi padre, tú también querrás saber cuál es la conexión, ¿no es así? —dijo Vanja, para despejar los últimos restos de dudas que aún podía albergar su amigo.
—Ellinor —dijo Peter en voz baja—. Ellinor Bergkvist. Así se llama.
—Gracias.
Vanja le rozó levemente una mano con la suya. Después llegó la camarera con la comida y, mientras Vanja daba buena cuenta del pollo frito con mayonesa picante y le preguntaba a Peter cómo le iba la vida últimamente, él no lograba desprenderse de la desagradable sensación de haber hablado más de la cuenta.