Muertos prescindibles
Lennart tenía pensado trabajar
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Lennart tenía pensado trabajar todo el día desde su casa. Necesitaba estar tranquilo, poner en orden las ideas y lamerse las heridas. La historia en la que había puesto tantas expectativas se estaba viniendo abajo. Linda Andersson no había conseguido sonsacarle nada a la mujer de Said. Al contrario, la entrevista había sido un desastre y los dos habían tenido que salir precipitadamente del apartamento de Shibeka apenas unos segundos después de que Melika se marchara dando un portazo. Su informante incluso le había rehuido la mirada cuando se habían despedido.
Probablemente la culpa era del hijo, el chico de mirada hosca. Por alguna razón, no parecía compartir el entusiasmo de su madre ante la posibilidad de que «Investigación criminal» los ayudara a averiguar la verdad sobre la desaparición de su padre. Quizá fuera un rasgo cultural. Tal vez se sentía amenazado al ver que su madre actuaba con autonomía. O podía ser que no quisiera reabrir antiguas heridas y prefiriera llorar a su padre a su manera. Fuera cual fuera la razón, su hostilidad era un grave problema para Lennart. Sin la colaboración de las esposas y los otros familiares de los desaparecidos, no tenía ni tan sólo el principio de un reportaje. Pero le dolía tener que darse por vencido. Intentó animarse. Las cosas no estaban tan mal. No era la primera vez que perdía una historia. Las ideas iban y venían en la redacción, y solamente algunas acababan convertidas en un reportaje. Habría podido ser mucho peor. Habría podido dedicar meses enteros a la historia y verse obligado a abandonarla después de perder todo ese tiempo. Lo sabía perfectamente. Así solían funcionar las cosas. A veces uno se ponía a investigar y no encontraba nada, o no encontraba lo suficiente para realizar un buen programa de televisión.
Pero a Lennart le costaba mucho renunciar a su propósito. Era su manera de ser, un rasgo de su carácter que de hecho le resultaba muy útil para el trabajo. La obstinación era una ventaja en su profesión, pero a veces le dificultaba la vida. Tenía orgullo profesional y se negaba a escoger el camino más fácil. Buscaba y seguía insistiendo hasta encontrar algo útil. Y el relato de Shibeka lo había conmovido. Tenía todos los ingredientes para el reportaje perfecto: un marido desaparecido, una mujer atractiva que no se daba por vencida aunque pasaran muchos años y, por si fuera poco, la pista de la policía secreta. Hacía mucho que buscaba un reportaje como ese. Le resultaba tremendamente liberador ocuparse por una vez de una historia que no tuviera nada que ver con millonarios ni con políticos corruptos. Le recordaba por qué había elegido tiempo atrás la carrera de periodismo, y no había sido precisamente para revelar cómo ganaban todavía más dinero los magnates, ni cómo se las arreglaban los grandes empresarios para evadir impuestos.
No era su propia voz la que presentaba ese tipo de historias, sino la voz del momento, el espíritu de la época.
La historia de Shibeka se adaptaba mucho mejor a su estilo, porque él quería hablar de las personas. Quería sacudir a los espectadores y que abrieran los ojos. Conmoverlos. ¡Mirad, esto está pasando ahora mismo en Suecia! ¡No tratamos por igual a todas las personas! Sus amigos le hacían bromas a veces y le decían que era el último idealista, convencido de poder cambiar el mundo armado con una cámara.
Necesitaba ver otra vez a Shibeka. Solamente ellos dos. Era su única oportunidad. La había llamado varias veces al número de móvil que la mujer le había dado, pero no lo cogía. Decidió salir a dar un paseo, para despejarse. Se dijo que quizá pudiera llamar a sus amigos y hacer planes para ver el partido del domingo. El Hammarby recibía en casa al Brage. Se puso lentamente la chaqueta y se dirigió hacia la puerta. Entonces sonó el teléfono. En la pantalla vio que era Shibeka. Casi se le cae el móvil por la ansiedad de contestar cuanto antes. Apenas la oía.
Cuando por fin entendió lo que le estaba diciendo, supo que se había desencadenado la catástrofe. Intentó convencerla. Trató de hacerle ver que podía ayudarla. Que averiguaría la verdad. Que nunca se daría por vencido.
Pero no le sirvió de nada.
Ella sí que se daba por vencida.
Había terminado.