Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Mehran estaba en la cocina

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Mehran estaba en la cocina, escuchando la conversación de su madre en el vestíbulo. No era que no le tuviera confianza, pero quería asegurarse de que hiciera lo que le había prometido: poner fin cuanto antes a sus tratos con el periodista. Era una sensación extraña, la de escuchar a escondidas a su madre, pero si a ella le molestaba la situación, lo disimulaba perfectamente. Su voz fue firme y decidida durante toda la conversación y no cedió ni un milímetro cuando el sueco, al otro lado de la línea, intentó convencerla y al final llegó incluso a implorarle. Pero el hombre estaba perdiendo el tiempo. La conversación fue breve. No había nada que discutir. Sólo cuando su madre colgó el teléfono y se hundió en la pequeña butaca, Mehran creyó comprenderla. Por fin pudo atisbar su mundo interior, presenciar cómo moría su sueño y cómo una parte de su vida se acababa. Se le acercó con toda la dulzura de que fue capaz. Lo había hecho sentirse orgulloso, aunque probablemente ella no lo entendería.

—Está decepcionado —dijo Shibeka sin levantar la vista cuando notó que Mehran estaba en el vestíbulo.

—Tú también, ¿verdad, mamá?

Ella asintió apenada.

—No voy a mentirte. Te he prometido que no te mentiría. ¡Hacía tanto tiempo que luchaba por esto!

Mehran se sentó al lado de su madre. Notaba su dolor y quería demostrarle que la acompañaba en su pena. Su madre era incapaz de hacerle daño a nadie de forma deliberada. Pero las circunstancias habían tomado un giro adverso y los habían conducido hasta ese punto.

—No podía hacer otra cosa. Lo entiendes, ¿verdad?

La cogió de la mano. Quería convencerla de que todo estaba bien.

—Sinceramente, no, Mehran. No entiendo en qué me equivoqué. La gente como tú y como yo necesita a alguien como Lennart que luche por nosotros, porque de lo contrario nadie nos escucha.

—Pero si no cedemos, nos quedaremos solos, y eso no puede ser. No queremos quedarnos solos, ¿verdad?

—Ya estamos solos, Mehran. ¿Quién crees que va a ayudarnos? ¿Memel?

Prácticamente escupió el nombre del anciano mientras se levantaba con brusquedad de la butaca, como queriendo huir de la quietud, del dolor y del desencanto. Se sintió más fuerte en cuanto estuvo de pie. Entonces se volvió hacia su hijo y le tendió el teléfono móvil.

—¿Qué quieres que haga con esto? —le preguntó el muchacho.

—No sé. Quédatelo o dáselo a Eyer. A mí ya no me hace falta.

Mehran cogió con cautela el teléfono. Lo sintió pesado en la mano. Mucho más pesado de lo que era en realidad. Lleno de sueños pisoteados y de esperanzas frustradas.

—Prométeme una cosa, Mehran —dijo Shibeka con seriedad—. Prométeme que no escucharás solamente a los demás. Escúchate también a ti mismo. Quizá yo me haya excedido. Pero no olvides que has de escuchar también tu propia voz.

Entró en su habitación y cerró la puerta.

Había conseguido huir del dolor y del desencanto.

Pero se los había dejado a él.

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