Muertos prescindibles
En toda Suecia
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En toda Suecia había veintitrés Ellinor Bergkvist, de las cuales tres vivían en Estocolmo. Vanja imprimió los datos de todas ellas, aunque pensaba concentrarse en las tres de la capital. El mismo nombre, diferentes mujeres.
Veintidós de ellas llevaban una vida completamente al margen de la de Vanja. Quizá algún día se cruzaran sus caminos por azar, pero era poco probable. Una sola de esas mujeres había colaborado activamente en la detención de su padre e incluso era probable que tuviera alguna relación con la muerte de Trolle Hermansson.
Vanja volvió a recostarse en el sofá mientras oía el zumbido de la impresora en la habitación contigua. El problema era que no podía ponerse en contacto con ninguna de las Ellinors de la lista, pero no porque se lo hubiera prometido a Peter Gornack, sino porque cualquier acción de ese tipo habría sido un grave error por su parte. Habría podido interpretarse como un intento de influir sobre una informante en una investigación abierta contra su padre. Y eso, en caso de salir a la luz, habría sido motivo suficiente para excluirla definitivamente de cualquier programa de formación del FBI. Sin embargo, necesitaba averiguar más.
Por un momento, consideró la posibilidad de llamar a Billy, pero se dijo que aún seguiría en Jämtland y que su relación con él todavía no se había recuperado lo suficiente para pedirle que llevara a cabo una investigación privada en su nombre. Además, si llegaba a descubrirse, los dos tendrían graves problemas. Sería poner a Billy en una situación muy delicada, porque el hecho de que él investigara el caso habría sido casi tan malo como si lo hacía ella. Sin embargo, Vanja necesitaba ayuda.
Sebastian.
Curiosamente, ese nombre era el primero que le había venido a la mente. Antes, cuando necesitaba ayuda, siempre pensaba en Valdemar antes que en ninguna otra persona. O a veces en Billy. Pero ahora había pensado en Sebastian.
Unos meses atrás, ni siquiera lo habría considerado. Todo el mundo sabía que Sebastian Bergman nunca hacía nada si no podía obtener algún beneficio. Pero después de lo sucedido en los últimos días, Vanja tenía la sensación de que quizá pudiera hacer una excepción con ella y ayudarla solamente por amistad, sin esperar nada a cambio. Merecía la pena intentarlo. Además, su relación con la Unidad de Homicidios era informal, tenía una moral bastante laxa y era capaz de inventarse una historia y mentir con gran soltura si las circunstancias lo exigían.
Pero ¿qué favor quería pedirle Vanja? ¿Que buscara a esas mujeres y les preguntara si habían contribuido a que Valdemar Lithner estuviera en prisión preventiva por delitos económicos? Ninguna de ellas entendería siquiera la pregunta, excepto una, y esa con toda seguridad le mentiría. ¿Le serviría de algo la pista de Ellinor Bergkvist, la única que tenía? ¿No sería un callejón sin salida?
¿Merecería la pena intentarlo? Valdemar era culpable. De eso estaba segura.
Por las cosas que le había dicho durante su breve visita.
Por la manera de decirlas.
Por su mirada.
Sí, la cárcel era su sitio. ¿Tenía alguna importancia averiguar cómo había llegado hasta allí, saber quién había llevado las nuevas pruebas a los colegas de la Unidad de Delitos Económicos y por qué lo había hecho? Pronto se marcharía muy lejos, a Estados Unidos. ¿Por qué no olvidarlo todo y seguir adelante?
Vanja se levantó del sofá. Entró al dormitorio, donde estaba la impresora, y recogió los folios, que se puso a hojear mientras regresaba al cuarto de estar.
Veintitrés nombres con sus direcciones.
Uno de ellos era el que buscaba.
Se dirigió hacia la mesa baja del sofá, donde había dejado el teléfono. Cuando sólo había dado unos pocos pasos, empezó a sonar.
—¿Diga? —contestó, sin mirar quién la llamaba.
—Hola, soy Harriet, de Recursos Humanos.
—¡Hola!
—¿Molesto?
—No, para nada.
Vanja no podía reprimir la sonrisa. Sentía un hormigueo de expectación en todo el cuerpo. Harriet era la responsable de formación permanente e intercambios internacionales en la Dirección General de la Policía, la persona que iba a abrirle la puerta para que pudiera huir. Iba a marcharse de Suecia y solamente pensaría en el futuro. Necesitaba espacio para respirar, tiempo para concentrarse nada más que en ella misma. Seguiría el juicio con atención, por supuesto, pero desde lejos. Gracias a la distancia geográfica, podría permitirse el lujo de mantenerse al margen. Lo necesitaba. Durante demasiado tiempo había sido la niña buena que hacía todo lo que se esperaba de ella. En algún momento, más adelante, se vería obligada a reanudar la relación con su padre. Estaba segura de que algún día se reencontrarían, pero para eso necesitaba reunir fuerzas. Ahora no se sentía capaz. Estaba cansada. Tenía poco más de treinta años y ya estaba harta de casi todo. Estados Unidos y el FBI le devolverían las ganas de vivir. Lo único que quería era dejarlo todo atrás y salir por la puerta que Harriet estaba a punto de abrirle.
—Lo siento muchísimo —oyó que le decía Harriet, y al principio no la entendió.
¿Estaría al corriente del problema de Valdemar? Era posible. La policía era un lugar de trabajo como cualquier otro y los rumores circulaban con rapidez por los pasillos.
—Gracias, pero así están las cosas. No es mucho lo que puedo hacer al respecto, de momento —replicó Vanja mientras dejaba los papeles sobre la mesa baja del cuarto de estar.
Se dirigió a la ventana y se puso a contemplar las extensiones de hierba de Gärdet, más allá de unos árboles cada vez más desnudos.
Se hizo un silencio al otro lado de la línea, un silencio de desconcierto, como el que se produce cuando alguien pierde completamente el hilo de la conversación.
—Perdona, pero no entiendo bien… —dijo finalmente Harriet.
—Mi padre —contestó Vanja, tratando de expresar con el tono de voz que no estaba excesivamente afectada por el asunto y que no era necesario seguir hurgando en el tema.
—¿Qué le ha pasado?
—Está… —empezó a explicar Vanja, pero enseguida se interrumpió.
Harriet no sabía nada. Pero había iniciado la conversación diciendo que lo sentía muchísimo. Vanja notó que empezaba a hacérsele un nudo en el estómago.
—Olvídalo. No es nada —indicó por fin—. ¿De qué me estabas hablando?
Otra vez se hizo un silencio. Diferente en esta ocasión. No era de asombro, sino más bien de incomodidad, como el que se produce antes de comunicar una mala noticia. El nudo en el estómago se convirtió en una bola.
—Tu solicitud para los cursos del FBI ha sido rechazada.
De repente, la sensación de opresión en el vientre le hizo expulsar el aire de los pulmones y le cortó la respiración. No podía ser verdad. Era imposible. Por alguna extraña razón, estaba viviendo en una dimensión ajena a la realidad.
—¿Estás segura?
¡Qué pregunta más tonta! Harriet era la responsable de Recursos Humanos. No había nadie por encima de ella. ¡Claro que estaba segura!
—No te imaginas cuánto lo siento.
—Pero ¿por qué? —consiguió articular Vanja. Tenía que ser un error. Si solamente conseguía que Harriet le dijera dónde estaba el problema, estaba segura de que podría corregirlo—. Porque… todo había ido muy bien, ¿no?
—Håkan Persson Riddarstolpe —dijo Harriet, e hizo una pausa para ofrecerle a Vanja la oportunidad de recordar de quién le estaba hablando.
Tampoco era preciso con un nombre como ese. La imagen del hombre sentado en su despacho desordenado, con su bigotito y su mirada maliciosa, le vino de inmediato a la mente. Pero no le ofreció ninguna pista. La entrevista con Håkan Persson Riddarstolpe se había desarrollado a las mil maravillas. Había sido perfecta. Él mismo se lo había dicho cuando al final se levantó para estrecharle la mano. «Has estado muy bien», le había comentado. ¿Qué podía haber pasado? ¿Le habría mentido? Y en ese caso, ¿por qué? Tenía que saberlo.
—¿Sí? —replicó Vanja, para confirmarle a Harriet que sabía perfectamente de quién le estaba hablando.
—Su informe es inequívoco —prosiguió Harriet—. Dice que no te considera apta y recomienda que no te enviemos a esa formación.
—¿Por qué?
No pudo decir nada más, porque esas dos palabras eran las únicas que resonaban en su cabeza. Todo lo demás había desaparecido.
—Menciona algunas razones, pero lo importante para nosotros es su recomendación.
—Pero es solamente lo que dice una persona.
—El FBI jamás te admitiría con un informe contrario del psicólogo responsable de tu evaluación —comentó Harriet, con un tono de voz que parecía querer eludir una respuesta más directa.
—¡Pero no es cierto que no sea apta! —precisó Vanja, casi gritando—. Pregúntaselo a cualquiera. ¡Nadie es más puñeteramente apta que yo!
—Lo siento mucho, Vanja.
—¡Sentirlo no es suficiente! —exclamó ella, escupiendo las palabras. No podía ser verdad lo que estaba pasando. No pensaba permitirlo. Ella nunca se daba por vencida. Era su manera de ser. Por eso era la mejor—. Conseguiré otra evaluación. De otro psicólogo. Ese hombre se equivoca. ¿No puedo presentar un recurso?
—Håkan es el responsable de las evaluaciones en nuestra sección y sus informes siempre son definitivos.
Vanja guardó silencio. ¿Qué podía decir? La puerta por la que pensaba huir se le había vuelto a cerrar en la cara con tanta brusquedad y de forma tan definitiva que la sensación era casi física, como si acabara de recibir una bofetada.
—Habrá otras oportunidades —intentó consolarla Harriet—. Este año ya no, ni tampoco el siguiente, por lo que parece. Pero seguramente habrá otras oportunidades más adelante.
—Sí, claro. Gracias.
Vanja colgó. Se quedó junto a la ventana. A lo lejos, más allá de los árboles, había gente que caminaba, corría o montaba en bicicleta. Todos iban de camino a algún sitio donde proseguirían con su vida un rato más, unas horas más. ¿Qué iba a hacer ella? ¿Cómo iba a continuar?
Se volvió hacia el interior de la habitación. Quería llorar, pero no podía. Estaba vacía. Era como si la perspectiva de viajar a Estados Unidos hubiera sido la delicada base que sustentaba todo lo demás, lo único que conseguía que todo el edificio se mantuviera en pie. Ahora que había desaparecido, todo se venía abajo.
Se dejó caer en el sofá. No habría podido decir cuánto tiempo estuvo sentada, con la mirada perdida en el techo. Después, volvió a ver los papeles que había dejado sobre la mesa. Se los quedó mirando un momento, como si no supiera qué eran, ni cómo habían llegado hasta ahí. Entonces se inclinó hacia delante y empezó a leer.
El mismo nombre, con diferentes grafías y con diferentes direcciones.
De repente, se le ocurrió una idea.
Era lo primero que pensaba desde la llamada telefónica.
Podía buscar a Ellinor.
Se daba cuenta de que el temor a perder el viaje a Estados Unidos había sido lo único que la había hecho descartar la idea de buscarla. Pero ahora tampoco quería perder el trabajo. No iba a arriesgarlo por algo así. No pensaba amenazar ni asustar a la mujer en cuestión. Únicamente averiguaría los hechos. Y tal vez le haría una advertencia, pero nada más.
«No hay mal que por bien no venga», se sorprendió pensando cuando se levantó del sofá con los papeles en la mano. Fue algo que simplemente le vino a la mente, quizá porque había bloqueado y paralizado todos los demás pensamientos y emociones.
Vaya tontería.
De un día tan malo como el que acababa de vivir no podía salir nada bueno. De eso estaba segura.