Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Morgan Hansson tenía un regusto

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Morgan Hansson tenía un regusto a sangre en la boca. Sabía muy bien que no era sangre, claro, sino únicamente estrés, miedo y preocupación. Pero, aun así, sabía a hierro. Le pareció interesante que algunos sentimientos tuvieran un sabor propio, que fuera posible tener una percepción concreta de algo tan abstracto. Pensó que el amor debería saber a chocolate. Pero no era así.

Sabía justamente a eso que tenía en la boca.

Se detuvo y se apoyó en el rugoso muro de hormigón. Intentó calmarse. Solamente quería hacerlo y terminar de una vez. No había comido nada desde la noche anterior. Le dolía demasiado el estómago para tener hambre. En lugar de comer, había bebido grandes cantidades de agua con gas, fabricada con el aparato carbonatador que tenía en la cocina. Era lo que solía hacer cuando necesitaba tranquilizarse. Beber agua con gas. Quizá por eso sentía un burbujeo en el estómago y notaba de vez en cuando un reflujo ácido. Trató de convencerse de que solamente estaba nervioso. Nada más. Nadie sabía lo que estaba haciendo. Era un simple técnico informático que se dirigía a una de las dependencias de la sección de informática, debajo del garaje. Tenía los permisos de acceso necesarios, había recorrido muchas veces el mismo camino en ocasiones anteriores e incluso llevaba consigo dos discos duros de diez terabytes cada uno, para aparentar que tenía algo que hacer allá abajo. No era ni remotamente como si llevara un cartel que proclamara a los cuatro vientos que estaba a punto de quebrantar las normas.

Las intenciones no podían verse, aunque él sintiera lo contrario. Las intenciones eran invisibles, hasta que se convertían en acciones. Y las acciones que él pensaba realizar no se podían descubrir. No pensaba llevarse nada de la sala, ni imprimir nada. Solamente comprobaría si una referencia que aparentemente se había borrado por error de un archivo todavía seguía ahí. Averiguaría un nombre. Eso no podía ser ilegal. Como máximo, sería un caso dudoso. Eso, como máximo.

Se enfadó consigo mismo. ¡Claro que era ilegal! ¿A quién pretendía engañar? Se trataba de un archivo clasificado como secreto.

Habría dado cualquier cosa por volver a su despacho, con sus cables, sus discos duros, sus cartuchos de impresora y sus componentes estropeados, donde se sentía tan a gusto. Si lo hacía, sería una decepción para Anitha y probablemente se enfadaría con él, pero Morgan no tenía el temple necesario para hacer lo que estaba haciendo. O quizá fuera mejor mentirle y decirle que había buscado el archivo, pero ya no estaba, que la cinta también se había borrado por error. La idea le gustó. Le pareció sencilla y liberadora. Lo único que necesitaba era una pequeña mentira, cuya veracidad ella nunca podría comprobar. Pero no podía hacer algo así. Se lo había prometido, y ella necesitaba ayuda. Hay que ayudar a los amigos, sobre todo cuando uno quiere que se conviertan en algo más que amigos.

Siguió adelante. Llegó a la última puerta de seguridad y sacó la tarjeta magnética. La acercó al lector y esperó al chasquido, que se oyó al cabo de unos segundos. Abrió la puerta y entró. Dentro, el pasillo era más estrecho y hacía mucho más calor. La sala del servidor detrás de la primera puerta estaba refrigerada y parte del calor generado por el sistema se difundía por el pasillo. Se dio cuenta de que pronto empezaría a sudar. Siguió adelante, hacia la habitación donde se encontraban las copias de seguridad. Era la puerta siguiente, después de la sala del servidor. Personalmente, opinaba que ese sistema de copias de seguridad era prehistórico. ¿Qué organización moderna seguía copiando los datos en cintas? El sistema se remontaba a los años sesenta, cuando aún no existían los discos duros y todo se grababa en cinta magnética. Durante un tiempo, las cintas habían tenido al menos la ventaja de ser más económicas, pero eso había terminado unos cuantos años atrás, cuando el precio de todo tipo de soportes de memoria había empezado a caer en picado. Pese a todo, la Dirección General de la Policía había decidido seguir utilizando cintas magnéticas para las copias de seguridad, quizá por costumbre, o tal vez por pereza o por simple estupidez. Además del mayor riesgo de que las cintas resultaran dañadas, manejarlas resultaba mucho más complicado. Era preciso que una persona bajara y las cambiara físicamente, a intervalos regulares. Había que retirarlas, almacenarlas correctamente y, al cabo de un tiempo, desmagnetizarlas para utilizarlas de nuevo. Pero quizá fuera esa la auténtica razón de la decisión: mantener los puestos de trabajo. Morgan se daba cuenta de que no disponía de todos los datos para opinar, pero en todo caso se alegraba de no tener que manipular habitualmente las cintas. Le habían enseñado cómo funcionaba el mecanismo por si en algún momento Göransson estaba de baja. De ese modo, lo habían convertido en el dispositivo de seguridad por si fallaba el dispositivo de seguridad que se encargaba de las copias de seguridad. Probablemente el propio Morgan era la única persona en el mundo que le veía la gracia al asunto.

Abrió la puerta y entró en el recinto. Ante él se erguía la máquina conectada a través de cables de fibra óptica a la sala del servidor. Era una IBM TS2250 LTO de quinta generación, adquirida en 2011. Era una suerte para él, ya que con cualquiera de los modelos anteriores habría tenido que extraer la información secuencialmente, lo que le habría llevado muchísimo tiempo. El nuevo modelo permitía trabajar con la cinta como si fuera un disco duro y acceder directamente, mediante un sistema de archivos, a la información que se buscaba. De ese modo, las búsquedas no eran tan largas y engorrosas como antes.

Göransson lo tenía todo muy ordenado. Las cintas estaban pulcramente etiquetadas y clasificadas por fechas. Morgan sabía que las conservaban por lo menos tres meses, después las desmagnetizaban y las reutilizaban. Según Anitha, el borrado de los datos se había producido apenas dos días atrás. Por lo tanto, podía empezar por una cinta de varios días antes y ver si encontraba el archivo intacto. Cogió con cuidado una de las cintas y la sostuvo en la mano. Le pareció más pesada de lo que esperaba, pero quizá sucedía lo mismo que con el regusto de la boca. Era otra cosa lo que pesaba.

Hizo una inspiración profunda.

Y entonces sus intenciones se convirtieron en acciones.

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