Muertos prescindibles
Mehran iba andando
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Mehran iba andando en dirección al centro comercial. Necesitaba salir y sentirse un adolescente otra vez, como antes de que todo empezara, cuando sus principales problemas eran decidir si iría o no a la fiesta de Lövgatan y saber si Miriam también asistiría. Le había mandado un SMS a Levan para preguntarle si la fiesta seguía en pie, pero todavía no había recibido ninguna respuesta.
Habría tenido que alegrarse por la forma en que todo se había solucionado, pero se sentía insatisfecho. Por un momento, había creído que volvería a estar tranquilo cuando obedeciera a los hombres mayores. Pero llevaba horas nervioso y alterado. Era una sensación extraña, como si un regalo que hubiera deseado durante mucho tiempo no hubiera sido al final tan maravilloso como esperaba. Melika les había mentido. Su madre tenía razón. Estaba en lo cierto desde el principio, pero eso no iba a servirle de nada. Al contrario. Ahora todos los demás la mirarían de otro modo. La marginarían, a pesar de que los había escuchado, se había doblegado y había cedido a su voluntad. Irían espaciando los contactos con ella. Así funcionaban las cosas. No bastaba con hacer lo correcto. Los mayores no perdonaban un error. Así de simple. Dejarían de hablar con ella, y poco a poco su madre sería cada vez menos una persona y cada vez más un recuerdo. Shibeka, la mujer que siempre lo había cuidado. La que nunca se daba por vencida. El nuevo país le había ofrecido nuevas oportunidades para luchar. En Suecia no estaba obligada a obedecer y callar, como las viudas en su país. Se había vuelto más fuerte. Distinta de las demás. Eso era precisamente lo que atraía al periodista y a los suecos en general: una mujer dispuesta a luchar. Y eso mismo indignaba e infundía temor a Memel y a los demás, y Mehran lo sabía.
A él, en cambio, lo recompensarían. Le reservarían un lugar más importante en la comunidad, porque a diferencia de ella había demostrado ser digno de confianza. Había dado la cara por su familia, pero también había hecho lo correcto cuando había sido preciso. Era como si se hubiera infiltrado en la lucha de su madre y le hubiera robado su fuerza, como si la hubiera utilizado para su progreso personal y después la hubiera abandonado. Por eso, a partir de ese momento, los dos se movían en diferentes direcciones: él avanzaba mientras ella retrocedía.
Y en medio de los dos movimientos, la mentira de Melika. ¿Quién la investigaría ahora? ¿Quién se ocuparía de descubrir la verdad?
Nadie.
No le parecía justo.
Ni remotamente justo.
Se detuvo al llegar al centro comercial. En la puerta de la tintorería, vio a varios de los chicos mayores de su instituto, que levantaron la mano para saludarlo. No tenía ganas de hablar con ellos. Los saludó con un movimiento de la cabeza y siguió adelante. No encontró a Levan por ninguna parte, pero se dio cuenta de que también había perdido las ganas de verlo. Se dirigió a la casa de Melika y se quedó un momento en el parque de juegos infantiles que había delante de su edificio. Fue hacia los columpios y se acercó al que su padre nunca le había dejado utilizar. Por mucho que él se lo pidiera y por mucho que llorara, Hamid era inflexible. Ese columpio era para los niños mayores, le decía siempre. Llegó a ser casi un ritual entre los dos. Mehran le pedía que lo dejara. Hamid le respondía que no, que ya se montaría cuando fuera mayor. Él insistía, pero su padre nunca se daba por vencido. Nunca. Mehran se sentó con cuidado en el columpio. Ya no le parecía tan fantástico como antes. No era más que un neumático colgado de dos cadenas. Hamid sólo le dejaba usar el columpio de la derecha, el que tenía una rueda más pequeña debajo de la mayor, para que los niños no pudieran escurrirse por el agujero central al columpiarse. Los eslabones metálicos de la cadena tenían el tacto frío que recordaba de su infancia. Empezó a columpiarse. Cuando aumentó la velocidad, toda la estructura se puso a chirriar rítmicamente.
Adelante y atrás. Adelante y atrás.
Cada vez que empujaba hacia delante, surgía una nueva pregunta.
¿Por qué había mentido Melika el día que estuvo en su casa?
Atrás.
¿Qué sabía del hombre llamado Joseph?
Atrás.
¿Por qué se había puesto nerviosa y había corrido a ver a Memel para delatarlos?
Atrás.
Mehran tenía que hacer las cosas bien.
No podía subir simplemente a ver a Melika. Con eso no conseguiría nada. No podía arriesgarse a que ella volviera a contárselo todo a Memel y a los demás.
Quizá fuera mejor ir a la tienda de Said. Había estado varias veces con su padre, cuando era niño. Hamid iba a ayudar en la tienda de vez en cuando, para tener algo que hacer. Said era el propietario del negocio, en sociedad con dos primos de Melika: Rafi y otro que se llamaba… Turyalai, si Mehran no recordaba mal. Se acordaba sobre todo de Rafi, porque siempre le hacía bromas y le daba golosinas, aunque hacía mucho que no había vuelto a pensar en ninguno de los dos. Su madre le había mencionado en alguna ocasión que no vivían en Rinkeby, sino en Vällingby. Al menos por aquel entonces. Los primeros años los había visto varias veces en casa de Melika, y sabía que también le habían dado algo de dinero a su madre, para ayudarla. Pero de eso hacía mucho tiempo. Después se habían visto cada vez menos, a medida que Melika y Shibeka se fueron distanciando. Pero era posible que supieran alguna cosa. Antes de desaparecer, Said casi siempre estaba con ellos.
Dejó que el columpio se detuviera solo y se bajó. Levantó la vista una vez más hacia el apartamento de Melika y se encaminó hacia el metro.
Ahora que había ayudado a los demás a silenciar a su madre, él era el único que podía averiguar la verdad.