Muertos prescindibles
Mehran cogió la línea azul
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Mehran cogió la línea azul en dirección a Fridhemsplan. No tuvo que hacer ningún transbordo. La pequeña tienda estaba dentro de la estación del metro. De eso estaba seguro, pero no sabía bien en qué salida se encontraba. Hacía diez años que no la visitaba y se daba cuenta de que no podía confiar en las imágenes mentales que conservaba de la infancia. Una distancia de cien metros podía parecerle enorme a un niño pequeño.
Mientras iba subiendo desde el andén hasta los pasillos más amplios de la parte superior, que conducían a las diferentes salidas, recibió un mensaje de Levan, que le confirmaba que la fiesta se iba a celebrar. Lo borró sin contestar. Tenía otras cosas más importantes en qué pensar.
Sabía que la tienda no se encontraba en una de las salidas más importantes que daban a Fridhemsplan, por donde había pasado muchas veces, sino en un pasillo secundario, en dirección a Stadshagen. Siguió las señales que indicaban la salida de Mariebergsgatan, porque por alguna razón el nombre le resultó familiar.
Encontró la tienda antes de lo que esperaba. Estaba arrinconada en un pequeño túnel de paredes grises de hormigón, delante de una escalera que subía al exterior. Detrás de unas rejas, tres grandes escaparates sucios exhibían carteles escritos a mano que anunciaban ofertas especiales, junto a una puerta de seguridad abierta de par en par, para anunciar a los transeúntes que el comercio estaba abierto. La tienda no era exactamente tal como la recordaba. Al principio no supo ver dónde estaba la diferencia, pero al final comprendió que los colores del rótulo eran distintos. Recordaba unas letras rojas, sobre fondo amarillo azafrán. No sabía qué decía el cartel, ya que en aquella época aún no sabía leer, pero conservaba claramente en la memoria los colores fuertes del rótulo, quizá porque le recordaban su tierra natal. Ahora las letras eran negras sobre fondo blanco. ABIERTO DE LUNES A DOMINGO, decía simplemente el cartel. Un texto breve y práctico, que sin embargo no le traía ningún recuerdo a la mente. Entró despacio, con precaución. El ambiente olía igual que entonces: una mezcla de polvo, algo dulce y el olor levemente acre de los pasillos del metro. Miró a su alrededor. La caja estaba más cerca de la salida que antes. Detrás del mostrador había un hombre de unos cincuenta años, vestido con jersey negro, leyendo un periódico. Tenía el pelo gris muy corto y una calva incipiente. Mehran no lo reconoció.
Se le acercó y le sonrió amablemente. Por costumbre, le habló en pastún.
—Hola, ¿está Rafi?
El hombre levantó la vista del periódico y lo miró sin entender.
—¿Qué dices? —le preguntó en sueco, aunque con marcado acento extranjero.
Mehran intentó situar el acento y supuso que podía ser árabe, pero le habló en sueco, para mayor seguridad.
—Busco a Rafi. ¿Está aquí?
—No conozco a ningún Rafi.
—Es el dueño de la tienda.
El hombre lo miró con más extrañeza aún que antes.
—¿Qué dices? Los dueños somos mi hermano y yo.
Mehran hizo un gesto afirmativo. Ahora entendía por qué llevaba tanto tiempo sin oír hablar de la tienda. La habían vendido.
—La compramos a unos afganos —prosiguió el hombre del mostrador—. ¿Te refieres a ellos?
—Sí, creo que sí. ¿Se llamaban Rafi y Turyalai?
—No recuerdo los nombres, pero me parece que eran tres.
Mehran asintió. Era cierto lo que decía el hombre. Said era el tercero.
—¿El tercero se llamaba Said? —preguntó, para asegurarse.
El hombre se encogió de hombros.
—No sé. Mi hermano se encargó de todo. ¿Es pariente tuyo ese Said?
—El primo de mi padre.
El hombre bebió un sorbo de la taza de café que tenía delante.
—A mi hermano le costó muchísimo cerrar el trato con ellos. No le caían bien. Eran un fastidio. Se peleaban entre ellos y discutían con nosotros.
Mehran se sorprendió. No era así como recordaba a Said y a sus socios.
—¿Por qué discutían? ¿Lo recuerdas?
—Creo que no se ponían de acuerdo y no acababan de decidir si debían vender o no. Decían que sí y al poco tiempo se desdecían y daban marcha atrás. Llegamos a pensar que no querían vender, pero entonces nos llamaron y firmamos de un día para otro. No nos lo podíamos creer. Ya habíamos empezado a buscar otra tienda.
Mehran sintió de pronto la boca seca. La historia que le estaba contando el hombre del mostrador no encajaba con la imagen que él tenía de Said y sus socios. Los tres eran buenos amigos. Incluso eran parientes aunque un poco lejanos. Fuera como fuera, eran de la misma familia. Se llevaban bien, o al menos eso creía Mehran. Quizá había entre ellos algún conflicto que él, siendo niño, no había notado. Era posible. Pero entonces su madre se lo habría comentado en algún momento. Hacía años que no pensaba en otra cosa. Por algún motivo, la historia no acababa de cuadrar.
—¿Cuánto hace que compraron este negocio, si me permite que se lo pregunte?
El hombre sonrió y se recostó en la destartalada silla de oficina.
—Demasiado, la verdad. Unos nueve años, creo, pero mi hermano podrá decírtelo mejor que yo. Si quieres lo llamo y se lo pregunto.
—Sí, por favor, si no es molestia.
—¿Te parece que tengo muchas cosas más que hacer? —replicó el hombre con sequedad, mirando la tienda desierta a su alrededor.
Cogió el teléfono inalámbrico que tenía junto al periódico, sobre el mostrador, y marcó rápidamente un número. Se levantó y empezó a hablar en árabe. Mehran entendía palabras sueltas, pero no conocía lo suficiente el idioma como para seguir la conversación. Se puso a observar la tienda. ¿Cuántas veces la había visitado de niño? ¿Diez? ¿Quince? Said solía estar siempre; Rafi a veces, y Turyalai nunca. Mehran había visto a Turyalai varias veces en casa de Melika, pero no lo suficiente para recordarlo con claridad. Solamente recordaba que Turyalai era el más corpulento de los tres. No es que fuera muy grande, pero tanto Said como Rafi eran altos y delgados, y en comparación con ellos parecía enorme. Tenía la cara redonda, el pelo cortado al rape y siempre estaba un poco malhumorado. Hacía mucho tiempo que Mehran no pensaba en ellos. Y nunca como individuos separados. Siempre los recordaba como un colectivo de tres amigos, tres parientes: Said y los otros dos. Ahora resultaba que quizá no habían sido tan buenos amigos como él siempre había creído.
El hombre del mostrador terminó de hablar y dejó otra vez el teléfono sobre la mesa.
—Compramos la tienda en 2003. En septiembre. Pero antes estuvimos casi un año en conversaciones para comprarla.
Mehran asintió, incapaz de articular una respuesta. Su mente funcionaba a toda velocidad. Los dos primos habían vendido la tienda apenas un mes después de la desaparición de su padre y de Said. No podía saber si el dato tenía alguna relevancia, pero las fechas parecían demasiado cercanas. Habían tenido muchas discusiones antes de vender. ¿Por qué Melika no había dicho nunca nada al respecto? Después de todo, eran sus primos. Tendría que haber mencionado que habían vendido la tienda. ¿Por qué no sabía nada el propio Mehran? ¿Por qué había seguido creyendo que el negocio aún les pertenecía? Había algo muy extraño.
—¿Recuerda tu hermano cuál de los tres socios se negaba a vender? —preguntó de pronto Mehran, casi sin proponérselo.
—Le parece que debía de ser ese que tú decías: Said. No lo sabe con seguridad, pero recuerda que Said no estaba presente cuando firmaron la compraventa, y supuso que se habría enfadado.
«Said ya no estaba —pensó Mehran—. Había desaparecido. Igual que mi padre».
Cuando salió de la tienda, se puso a caminar más rápido. Bajó corriendo la escalera mecánica. No sabía adónde ir. Pero estaba seguro de que había algo sospechoso.
Había solamente una persona con la que podía hablar.
Una persona que tenía que enterarse de todo.
Su madre.