Muertos prescindibles
La segunda de las veintitrés
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La segunda de las veintitrés Ellinors vivía en Västmannagatan, en pleno centro de Estocolmo. Después de buscar aparcamiento durante casi veinte minutos, Vanja se dio por vencida y dejó el coche casi encima de un paso de cebra. Se negaba a utilizar los grandes aparcamientos del centro. Los precios eran de risa o de infarto, según el humor que tuviera uno en cada momento. Decidió arriesgarse, con la esperanza de que no le pusieran una multa en la media hora corta que iba a necesitar.
No había portero electrónico en el portal, sino únicamente un panel con números para marcar un código. Vanja se quedó en las proximidades de la puerta. El edificio era relativamente grande, muchos vecinos no habrían regresado aún del trabajo y habría otros que quizá ya estarían pensando en salir a cenar o al cine. Tuvo que esperar muy poco, porque, al cabo de diez minutos, dos chicos salieron en dirección a Odenplan. Vanja se apresuró a entrar antes de que se cerrara la puerta. Volvía a tener delante un panel con los nombres de los vecinos. Bergkvist vivía en el tercero. Empezó a subir la escalera.
Llamó al timbre.
Insistió, pero nadie le abrió.
—¿Busca a Ellinor?
Vanja se volvió. Una señora mayor enfundada en un abrigo de una talla excesivamente grande para ella venía subiendo la escalera. Bajo el sombrero de ala ancha asomaba el pelo blanco como la tiza. Tenía la cara tan enjuta y arrugada que no parecía una pasa, sino más bien una momia, ya que las pasas aún conservan algo de humedad, mientras que la señora de la escalera parecía completamente reseca. Pero sus ojos estaban llenos de vida y curiosidad.
—Sí —respondió Vanja.
—Si no está en casa, debe de estar en el trabajo. ¿Puedo ayudarla en algo? Me llamo Tyra Lindell y vivo en el piso de arriba.
La anciana apuntó al techo con un dedo flaco. Todo en ella parecía seco y consumido. Vanja se preguntó por qué no usaría el ascensor, pero enseguida notó que a la mujer no le faltaba el aliento después de subir tres pisos.
—No. Necesito hablar con Ellinor. ¿Sabe dónde trabaja?
—Sí, en los grandes almacenes Åhléns. En la sección de enseres domésticos, o de menaje, o como se llame.
—De acuerdo. Gracias.
Vanja le sonrió y se dirigió hacia la escalera.
—A veces tienen abierto hasta las nueve.
—Sí, ya lo sé. Gracias —respondió Vanja, sonriendo una vez más, mientras se disponía a bajar los primeros peldaños.
—Y si no está en el trabajo, puede que esté en casa de un caballero amigo suyo —prosiguió Tyra Lindell, como si no hubiera notado que Vanja se había marchado y ya no estaba en el rellano. Al oírla, Vanja se detuvo en la escalera y volvió a subir.
—¿Sabe dónde vive ese caballero?
—No, ni idea. Pero, si es verdad lo que cuenta Ellinor, no debe de ser difícil encontrarlo.
—¿Ah, no? ¿Y por qué?
Tyra se inclinó un poco hacia delante, con aire conspiratorio, y bajó la voz.
—Por lo visto, es un hombre muy famoso. —Arqueó un poco las cejas, como para dar a entender que no acababa de creérselo—. Ellinor estuvo en casa y me lo contó. Estuvo a punto de enfadarse conmigo cuando le dije que no sabía quién era. Al final tuve que fingir que lo conocía.
—¿Recuerda el nombre del famoso?
—Claro. Sebastian. Se llama Sebastian Bergman. Me ha dicho que es psicólogo.
Vanja se quedó mirando a la señora mayor. No era posible. Tenía que haber oído mal. Era inverosímil que surgiera ese nombre en esas circunstancias. Tuvo la misma sensación que había experimentado unas horas antes en su casa. Lo que estaba viviendo no podía ser la realidad. Tenía que ser una broma de mal gusto, uno de esos programas con cámara oculta. Pronto aparecerían varias personas, que estallarían en carcajadas y le dirían que había picado y que tendría que haberse visto la cara. ¡Qué risa! Vanja no sabía quiénes podían ser esas personas, pero estaba segura de que iban a aparecer en cualquier momento. Tenían que estar escondidas en alguna parte.
—¿El caballero amigo de Ellinor se llama Sebastian Bergman? —acertó a preguntar Vanja, comprobando para su asombro que no le había fallado la voz.
Tyra asintió.
—Sí. Es psicólogo. Entre nosotras… —Tyra se inclinó otra vez hacia Vanja y le apoyó una mano arrugada sobre el antebrazo—. A veces creo que a Ellinor le hace falta que la vea uno.
—¿Está segura?
—No, pero es un poco extravagante.
—No. Me refiero a si está segura de que le mencionó a un psicólogo llamado Sebastian Bergman.
—Sí, completamente segura. Hasta hace poco vivía casi todo el tiempo en la casa de este psicólogo. Ahora ha vuelto a la suya… Puede que el hombre haya recuperado la sensatez.
Tyra le sonrió, pero Vanja ni siquiera lo notó. Era como si dos universos paralelos se hubieran encontrado en la escalera de Västmannagatan y hubieran creado una realidad alternativa. Pensó que si iban a aparecer esas personas para reírse de ella y de su cara de perplejidad, el mejor momento era ese. Pero no apareció nadie. Por desgracia.