Muertos prescindibles
Anitha intentaba no llamar
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Anitha intentaba no llamar la atención desde que había salido a comer con Morgan Hansson. Hacía su trabajo, no iniciaba ninguna sesión con nombre ajeno y hasta había dejado de participar en los foros de Flashback. Probablemente pecaba de exceso de prudencia, pero tenía la sensación de que lo más aconsejable era interrumpir todas sus actividades paralelas hasta que tuviera noticias de Morgan. El hombre le había prometido que bajaría a las salas del sótano esa misma mañana, pero todavía no sabía nada de él. ¿Cuánto tiempo podía necesitar para buscar un dato en un par de cintas magnéticas?
Llegó a preocuparla la posibilidad de que en lugar de hacerle el favor hubiera decidido delatarla. Quizá por eso se mantenía tan callado. Pero se tranquilizó pensando en lo mucho que se le había acercado el día anterior, antes de despedirse, y en la forma en que la miraba. Anitha había aprovechado sus puntos débiles y estaba segura de que no iba a defraudarla.
De hecho, sospechaba que el problema vendría después, cuando quisiera quitárselo de encima.
Por la tarde, ya no pudo seguir sentada y decidió bajar a verlo. Tenía que saber qué había pasado. ¿Qué debía hacer? ¿Llamarlo primero o presentarse simplemente y sorprenderlo? Se dijo que lo mejor sería lo segundo. Quería mirarlo a los ojos cuando este le contara lo sucedido, para saber si le estaba mintiendo o no. Se dirigió a paso rápido hacia la escalera principal, recorrió el pasillo prácticamente corriendo y sólo redujo la velocidad poco antes de entrar en el despacho de Morgan.
No lo encontró. Discretamente, dio una vuelta por el resto de la planta, intentando aparentar que tenía cosas importantes que hacer, aunque en realidad sólo lo estaba buscando a él.
Al cabo de un momento, lo vio junto a la escalera secundaria. Parecía dispuesto a subir, probablemente para ir a verla. Por la manera de moverse, concentrado y decidido, daba la impresión de que había conseguido su propósito. Anitha apuró el paso. Habría preferido echar a correr, pero se contuvo. Habría resultado extraño y no quería por nada del mundo que nadie se fijara en ella.
Lo alcanzó justo cuando estaba llegando a la pesada puerta de cristal.
—Morgan —dijo, tan despreocupadamente como pudo.
El hombre se volvió y la miró de una forma neutra que ella no logró descifrar. Su mirada no era nerviosa, ni eufórica. Simplemente, una mirada.
—Hola, ¿cómo te ha ido? —preguntó ella.
En lugar de responderle, Morgan le señaló con un movimiento de la cabeza que pasara a la escalera, al otro lado de la puerta. Ella lo siguió y él empezó a bajar. Sus pasos resonaban en el hueco de la escalera. Parecía como si Morgan no quisiera hablar hasta que estuvieran en el piso de abajo, quizá para evitar la acústica de esa parte del edificio, donde sus palabras podían resultar amplificadas y captadas por oídos indiscretos. Era lógica su precaución, pero el silencio y la incertidumbre atormentaban a Anitha. Intentó parecer tranquila cuando bajó los últimos peldaños que la separaban de él, pero todo su ser habría querido sacudirlo y obligarlo a hablar.
—Lo he hecho —le susurró él finalmente.
—No sabes cuánto te lo agradezco —aseguró Anitha con caluroso entusiasmo—. Estaba preocupada por ti…
—No debí hacerlo, pero quería ayudaros a Eva y a ti.
—¿Eva? —soltó Anitha automáticamente, una fracción de segundo antes de comprender a quién se refería.
Morgan la miró con escepticismo.
—Eva, sí. Tu colega de Solna. La que me mencionaste.
—Sí, claro. Eva Gransäter, por supuesto —consiguió articular Anitha mientras maldecía su estupidez. ¿Cómo podía olvidarse de sus propias mentiras?—. Perdona, pero últimamente he estado muy nerviosa —añadió, a modo de explicación.
—Yo también he estado muy nervioso —dijo Morgan, con cara de niño pequeño—. Pensé que me iba a dar un infarto allí abajo.
—¿Todo bien?
—Sí. La persona que busca tu amiga es Adam Cederkvist. ¿Lo conoces?
—No, para nada —respondió Anitha sinceramente. Fue una gran decepción para ella, ya que esperaba un nombre conocido, el de algún jerarca cuya caída en desgracia le causara más satisfacción que la de un anónimo funcionario, si al final todo conducía a alguna parte—. ¿Eso es todo? —preguntó, sin conseguir disimular lo que sentía.
—Esa era la referencia que borraste por error —contestó Morgan, con un gesto afirmativo—. Y ahora tengo que pedirte yo un favor a ti —añadió, con una sonrisa oblicua.
—Por supuesto —replicó Anitha, pero enseguida comprendió que iba a arrepentirse de haberle dado esa respuesta.
De pronto, Morgan le parecía demasiado seguro de sí mismo para su gusto.
—¿Qué significa todo esto?
—¿Qué quieres decir?
—¿Por qué inicias una sesión con un nombre falso y te pones a buscar archivos secretos de la SÄPO?
Anitha intentó parecer serena.
—Ya te lo he dicho. Cometí la tontería de querer ayudar a una colega.
Por un instante se hizo un silencio. Morgan asintió gravemente, como si acabara de confirmar una sospecha, y se inclinó hacia Anitha.
—He comprobado sus datos, los de Eva Gransäter. Ya no es policía. Se retiró en 2007.
Anitha sintió que un calor intenso le subía por las mejillas. Se había quedado sin habla. Era una sensación rara. Ella, que siempre se movía oculta entre las sombras, había sido sorprendida a plena luz del día.
—¿Vas a contarme qué está pasando —prosiguió Morgan en su tono tranquilo—, o prefieres que vayamos a hablar con los jefes?
—No —respondió ella en voz baja—. Te lo contaré.
—Muy bien. Quiero saberlo todo.
Morgan, con su confianza recién adquirida, volvió a mirarla. Anitha se dio cuenta de que jamás podría deshacerse de él. Tendría que compartir muchos almuerzos con Morgan en el futuro.
La pregunta era quién se había aprovechado de quién.