Muertos prescindibles
¡Mierda!
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¡Mierda! ¡Tenía que pensar rápidamente!
Hacía menos de un minuto estaba en la cocina friendo hamburguesas, cuando sonó el timbre de la puerta. Retiró la sartén del fuego y lo apagó antes de dirigirse al vestíbulo. Preguntó quién llamaba y recordó una vez más la necesidad de encargar que le instalaran una mirilla. Al oír que era Vanja, el corazón le dio un pequeño brinco de alegría en el pecho, aunque el tono de voz de la chica le había parecido bastante sombrío. En cualquier caso, era bastante difícil extraer conclusiones de un simple «Soy Vanja». Hizo una inspiración profunda. Probablemente le habrían dado la mala noticia acerca de los cursos del FBI y estaría abatida. Necesitaría consuelo. Abrió la puerta.
No parecía abatida.
Estaba furiosa.
—Ellinor Bergkvist. —Fue lo único que dijo, con los brazos cruzados sobre el pecho, en cuanto Sebastian abrió la puerta.
—¿Qué pasa con ella? —replicó él automáticamente.
—La conoces.
No era una pregunta. Sebastian agradeció a su suerte por no haber preguntado «¿quién es?» al oír el nombre de la persona que había convivido con él durante un breve y reciente período.
—Sí.
Respuestas cortas. No tenía sentido dar explicaciones antes de saber un poco más.
—Fue ella quien entregó a la policía el material sobre mi padre.
Tenía que pensar algo.
¡Mierda! ¡Tenía que pensar rápidamente!
Se apartó de la puerta y le indicó a Vanja que pasara. Dio dos grandes zancadas y entró; se detuvo nada más pisar el vestíbulo. No hizo ningún ademán de quitarse el abrigo ni los zapatos.
—Cuéntame qué ha pasado —dijo él, para ganar tiempo.
—Tu novia entregó la documentación a los tipos que metieron a mi padre en la cárcel, así que será mejor que me digas tú lo que sabes.
Seguía con los brazos cruzados delante del pecho y la mirada desafiante. Sebastian decidió contarle la verdad, o por lo menos una variante de la verdad, una versión tan próxima a la realidad como fuera posible, excepto en unos pocos detalles. Dejó escapar un largo suspiro y la miró con expresión afligida. Ni siquiera tuvo que fingir la aflicción. Lo que estaba sucediendo podía arrasar en un instante todo lo que había logrado construir en los últimos días.
—Se me había ocurrido esa posibilidad, pero… —Se interrumpió y negó lentamente con la cabeza—. Esperaba que no hubiera sucedido.
—¿A qué te refieres?
Sebastian hizo una inspiración profunda. Se veía obligado a improvisar. Si no se arriesgaba, lo perdería todo. Lo peor que podía hacer en esa situación era tratar de escabullirse.
—Hace unos meses vino a verme Trolle Hermansson y me dio una bolsa con unos papeles. Era una investigación sobre Valdemar.
—¿Por qué? —lo interrumpió Vanja—. ¿Por qué te la dio a ti?
—No lo sé. Sabía que tú y yo trabajábamos juntos a veces, y que yo ya no formaba parte de la Unidad de Homicidios.
—Pero ¿por qué estaba investigando a mi padre?
Sebastian se encogió de hombros. Tenía que mantener su versión modificada de la verdad.
—Por lo que sé, Trolle aceptaba cualquier trabajo que le encargaran.
—¿Lo conocías bien?
—Trabajamos juntos en la Unidad de Homicidios, pero a él lo echaron antes de que yo me fuera, hace… unos quince años, tal vez.
—¿Y después? ¿Os seguisteis viendo?
—Un poco, de vez en cuando. Era un tipo bastante solitario. Se había divorciado y había perdido a su familia. Era un cabrón y muy poca gente lo aguantaba.
—Excepto otro cabrón.
—Sí, supongo que eso debía ser.
Vanja guardó silencio y trató de asimilar lo que acababa de oír. Para su tranquilidad, Sebastian notó que había bajado levemente los brazos y se había relajado un poco. Eso era bueno por un lado y malo por otro. Ahora que lo peor de la ira se había apaciguado, se estaba volviendo más reflexiva y analítica, y por lo tanto más peligrosa para él. Sus preguntas estarían guiadas por la razón y no por las emociones.
—Pero si alguien contrató a Trolle para que investigara a mi padre, ¿por qué no le entregó la investigación a esa persona? ¿Por qué te la dio a ti?
Era una pregunta difícil, con una respuesta muy sencilla. Porque había sido Sebastian quien le había encargado a Trolle que desenterrara toda la mierda que pudiera sobre Valdemar Lithner. Pero eso era lo único que Sebastian no podía confesar. Había llegado el momento de renunciar por completo a la verdad.
—No lo sé. Quizá no se pusieron de acuerdo en el pago, o tal vez Trolle se enfadó por alguna otra razón y cambió de idea.
—Y te dio toda la investigación a ti.
—Sí.
Siempre volvían al mismo punto. Incluso Sebastian se daba cuenta de que su versión era muy endeble. Había infinidad de posibilidades mucho más creíbles.
Que Trolle hubiera acudido a la policía.
Que hubiera destruido los papeles.
Que los hubiera metido en un cajón en su casa y los hubiera olvidado.
¿Por qué se los había dado a Sebastian? Era preciso ofrecerle a Vanja un motivo suficientemente creíble para que dejara de pensar al respecto.
—No sé si tenía miedo de tener los papeles en casa, o si simplemente quería enseñarle a alguien lo que había hecho. Ya te he dicho que era un hombre bastante solitario.
—¿Qué hiciste cuando te los dio? —preguntó Vanja, que al menos momentáneamente parecía haber dejado de pensar en los motivos por los que los papeles estuvieran en poder de Sebastian.
—Nada. Los leí y decidí no hacer nada. Después, cuando Trolle murió…
—¿Qué relación tenía Trolle con Edward y Ralph? ¿Te lo dijo? —lo interrumpió Vanja.
Se estaban acercando rápidamente al siguiente punto donde sería preciso extremar las precauciones. Había que encontrar una explicación razonable para que un viejo policía jubilado que llevaba más de veinte años sin hacerse notar apareciera de pronto en dos ocasiones, en el espacio de pocos meses. El factor común era Sebastian, desde luego, pero no podía decírselo. Tenía que buscar otra cosa.
Otra persona.
Vanja.
—Yo también lo he pensado —empezó Sebastian, acariciándose la mejilla como si estuviera reflexionando—. Lo único que se me ocurre es que alguien le encargó un informe sobre tu padre y que, de ese modo, llegó hasta ti y descubrió que estabas participando en una investigación importante y de gran alcance sobre unos asesinatos. Supongo que entonces se propuso humillar a la Unidad de Homicidios, tratando de resolver el caso por su cuenta… y así fue como lo mataron.
Sebastian contuvo la respiración.
¿Se habría excedido? ¿Le parecería demasiado elaborada la explicación? ¿Demasiado retorcida?
Vio que Vanja asentía, abstraída en sus razonamientos, y decidió seguir hablando, para no darle tiempo a pensar.
—En cualquier caso, mi intención era deshacerme de esos papeles. Después pasó lo del disparo, estuve en el hospital, sufrí una recaída y en algún momento le pedí a Ellinor que los destruyera, pero es evidente que no lo hizo.
—¿Quién es esa Ellinor?
Otra vez se imponía la verdad.
—Es… una persona que no está bien de la cabeza. Estuvo un tiempo viviendo aquí conmigo. Cuando descubrí que estaban matando a las mujeres con las que yo me había acostado, fui a advertírselo, y ella… se vino a vivir conmigo. Vino aquí y se quedó. No sé muy bien cómo sucedió.
Ni siquiera a sí mismo habría podido explicárselo mejor.
—Ya no estamos juntos —aclaró—. La eché de casa. Está loca —añadió una vez más, para dejar claro que no tenía nada que ver con lo sucedido.
Vanja se lo quedó mirando, en silencio. Sebastian casi pudo ver que estaba procesando la información, para decidir si le creía o no. Dio un paso al frente, le apoyó una mano sobre el antebrazo y esperó a que notara su mirada cálida y sincera.
—Estoy tremendamente apenado por lo sucedido y de verdad espero que no pienses que yo he tenido algo que ver.
Vanja le sostuvo la mirada, buscando por dentro y por fuera, por si encontraba algún signo de que le estaba mintiendo, de que algo no encajaba. Trolle, Ellinor, el material de la investigación… Todo estaba relacionado con Sebastian. Podía ser una casualidad, un capricho del destino. ¿Qué otra cosa podía ser?, se preguntaba Vanja. Aún no estaba del todo satisfecha con la explicación de que Trolle le hubiera dejado el material a Sebastian, pero de algún modo se inclinaba a creer en esa versión. A veces las cosas pasan, sin más, y la gente actúa según su propia lógica. Probablemente era una de esas veces. Porque ¿qué razón podía tener Sebastian Bergman para desear que su padre acabara en la cárcel?
Ninguna.
Sebastian era su amigo.
Finalmente asintió y notó el alivio y la alegría que su gesto producía en Sebastian.
Pero cuando la rabia y la incertidumbre la abandonaron, ya no pudo contener las lágrimas. De repente, los ojos se le desbordaron con un llanto silencioso y tuvo que bajar la vista al suelo. Sebastian la miró casi con desesperación, hizo ademán de acercarse y darle un abrazo, pero dudó. Entonces ella dio un pequeño paso al frente, para indicarle que lo aceptaba, y él la abrazó con dulzura.
—Me han rechazado. Ya no iré a Estados Unidos —dijo Vanja, con la cara apoyada contra el pecho de Sebastian, dejando que se manifestaran todas las frustraciones de las últimas horas.
El llanto le sacudía todo el cuerpo, y él la consolaba. Como un padre. Sebastian la necesitaba; por eso había ido a ver a Riddarstolpe. Pero ella también lo necesitaba a él. Era bueno que se quedara en Estocolmo; era lo mejor para los dos. Mientras le acariciaba el pelo, intentó convencerse de que era así.