Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Valdemar estaba tumbado

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Valdemar estaba tumbado en la litera de su celda, mirando el techo e intentando pensar en algo que no fuera el dolor en la espalda, que poco a poco se le iba aliviando. La misma litera, la misma celda y el mismo techo, pero desde hacía unas horas ya no estaba simplemente detenido, sino en prisión preventiva. Lo habían imputado y estaba a la espera de juicio.

A mediodía lo habían llevado a los tribunales. Nunca había estado en un juzgado y esperaba que la sala se pareciera a las que había visto tantas veces en las películas y en las series de abogados de Estados Unidos. Pero no se parecía. Al menos fue lo que pensó cuando a la una y cinco lo hicieron pasar a una sala, acompañado de Karin Svärd, la abogada que finalmente había contratado. Al frente había un estrado con espacio para cinco personas, en el que sobresalían los respaldos de cinco sillas verdes de oficina con aspecto de ser muy cómodas. Dos de las sillas estaban ocupadas por un letrado y un actuario, y el resto estaban vacías. Delante del estrado, había dos mesas curvas, dispuestas de tal manera que las personas sentadas en ambas pudieran verse mutuamente y además interactuar con los letrados situados en el estrado. En la mesa más alejada de la puerta, por la que había entrado Valdemar, había dos hombres sentados. Uno de ellos era el fiscal Stig Wennberg, según le informaron, y el otro, su ayudante, cuyo nombre Karin desconocía.

Cuando se sentaron, Valdemar echó un vistazo a los asientos del público. Anna estaba presente, como esperaba, pero Vanja no. Justo lo que él quería. Recorrió con la vista las caras de los demás, antes de cruzar una mirada con Anna. No había ningún conocido. Nadie de la oficina. Supuso que serían simplemente curiosos sin nada mejor que hacer. Miró a Anna. Parecía cansada. Le sonrió un poco y ella le devolvió la sonrisa, pero sin brillo en los ojos. Enseguida desvió la mirada y se puso a contemplar a los dos hombres del estrado.

Empezó la audiencia y Valdemar se inclinó hacia delante. Tras mencionar a los presentes y especificar el asunto que los ocupaba, el letrado que presidía la sesión le pidió al fiscal que leyera la acusación. Stig Wennberg se aclaró discretamente la garganta y empezó. La lista era larga y densa. Valdemar miró de soslayo a Anna y creyó notar que su expresión se endurecía cada vez más con la lectura de cada nuevo cargo.

No habían hablado desde su detención. ¿Lo creería inocente? Habían tenido una vida desahogada y se habían pagado muchos caprichos. ¿De verdad creía ella que su sueldo daba para tanto? ¿Sería que no se había parado a pensarlo o supondría tal vez que parte de sus ingresos procedían de algún negocio poco claro? No lo sabía. Nunca habían hablado al respecto. A juzgar por su expresión en la sala de los tribunales, la detención de Valdemar la había tomado completamente por sorpresa. Sin embargo, no parecía dudar de su culpabilidad. No negaba imperceptiblemente con la cabeza, como para oponerse a las acusaciones del fiscal, ni tampoco miraba a Valdemar para manifestarle el dolor de que un inocente estuviera entre rejas. Al contrario. Parecía decidida a no intercambiar con él ni siquiera una mirada. Era doloroso, pero Valdemar sabía que la culpa era de él. La situación era un duro golpe para su mujer y su hija, que a diferencia de él, eran inocentes. No le sorprendía que quisieran distanciarse. Tendría que recorrer un largo camino para volver a ganarse su amor y su confianza. Un camino que quizá le resultaría demasiado largo.

No entendía cómo había podido llegar hasta ese punto. No podía alegar desconocimiento. Entendía perfectamente a qué se dedicaba Daktea y sabía que le habían encargado hacer algo ilegal, pero no había sabido ver el alcance de la operación. Solamente cuando estalló la burbuja se dio cuenta del abismo al que lo habían arrastrado. Pero también sabía que eran muy listos y que con su ayuda habían construido una estructura sólida, basada en un laberinto de oscuros callejones sin salida y complicadas transacciones imposibles de rastrear. Cuanto más pasaba el tiempo, más seguro se sentía. Había sido un pequeño engranaje en una maquinaria enorme. ¿Por qué iban a perseguirlo precisamente a él?

Wennberg terminó su intervención y el letrado le preguntó a Valdemar si se declaraba culpable o inocente de las acusaciones. Valdemar miró fugazmente a Karin, que le hizo un leve gesto de asentimiento. Lo había instruido sobre lo que debía contestar, aunque fuera mentira.

—Inocente —dijo.

La sesión se prolongó media hora más. Karin hizo lo que pudo para socavar la argumentación del fiscal, pero Valdemar no tenía la menor esperanza de ganar. Cuando por fin el letrado tomó la palabra, el resultado fue el esperado. Valdemar quedó formalmente acusado de una serie de graves delitos económicos. El fiscal pidió que se le mantuvieran todas las restricciones y el juez le concedió su solicitud. A continuación, levantó la sesión. Anna se puso de pie y fue casi la primera en abandonar la sala. Valdemar creyó notar que se estaba esforzando para contener las lágrimas. Eso fue lo peor. No la humillación, ni la cárcel, ni el castigo que le impondrían, sino el daño que estaba causando a sus seres queridos. Era casi más de lo que podía soportar. Esperaba poder intercambiar unas palabras con Anna, pero, en lugar de eso, le pidió a Karin que hablara con su mujer y le dijera que bajo ninguna circunstancia le contara a Vanja que había sido formalmente imputado. Karin se lo prometió. Después se despidieron y condujeron a Valdemar de vuelta a la cárcel. Una vez allí, se acostó en la litera. No había mucho que hacer.

Al cabo de una hora, más o menos, empezó a dolerle otra vez la espalda. No creía que el dolor se debiera a una mala postura, pero aun así cambió de posición. No le sirvió de nada. Pidió un analgésico y se lo trajeron. Cuando le llevaron la cena, no tenía apetito, pero pidió otro analgésico y también se lo dieron. Ahora estaba tumbado en la litera, intentando pensar en algo que no fuera el dolor de espalda, que poco a poco se le iba aliviando. Pero todo el tiempo le volvían a la mente las imágenes de Anna y Vanja, y eso le resultaba todavía más doloroso. Se levantó con cierta dificultad y se dirigió al pequeño váter adosado a la pared de la celda. Tuvo que bajarse los pantalones para orinar, porque no tenían bragueta, y se quedó mirando el retrete. ¿Sería un efecto de la luz? Cuando terminó de orinar, se agachó para ver mejor y apartó un poco la cabeza hacia un lado, para que la luz de la lámpara del techo iluminara bien la taza del váter.

El agua estaba roja.

Roja como la sangre.

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