Muertos prescindibles
Empezó la reunión
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Empezó la reunión.
Torkel los había convocado a todos en la sala donde solían reunirse, para repasar por última vez el estado de la investigación, antes del fin de semana. Había seis sillas dispuestas en torno a una mesa ovalada, sobre una moqueta de color gris verdoso. En una de las paredes estaba la pizarra donde Billy había reproducido la línea cronológica, a partir del material hallado en Storulvån. Reinaba el silencio en la sala. Tenían que analizar los progresos de los últimos días, exponer lo que cada uno había hecho y enumerar los resultados obtenidos y los que esperaban obtener. Pero, por desgracia, había muy poco que decir.
Para empezar, Torkel contó que esa mañana había llamado a Hedvig Hedman, la comisaria de Östersund, para anunciarle que habían identificado a los holandeses. La Unidad de Homicidios solía informar parcialmente sobre las investigaciones en curso a los cuerpos locales de la policía que solicitaban su ayuda, con especial énfasis en «parcialmente». Era importante que las policías locales se sintieran partícipes de la investigación, pero más importante era que la Unidad de Homicidios conservara el control sobre la difusión de la información. Por eso Torkel no le había mencionado a la comisaria su teoría de que los holandeses simplemente se habían encontrado en un mal lugar en un mal momento, ni tampoco le había dicho nada acerca de la cámara hallada, ni del resto de la investigación.
Fue una suerte.
No había sido una gran sorpresa para Torkel encontrar esa misma tarde, en la edición digital del periódico Expressen, un extenso artículo bajo el titular: IBAN DE VACACIONES Y HALLARON LA MUERTE. En la entradilla, podía leerse que la Unidad de Homicidios había determinado ya con absoluta certeza la identidad de dos de los seis cadáveres hallados en las montañas. Se trataba de Jan y Framke Bakker, de Róterdam. Además de incluir una fotografía de la pareja, el artículo consistía en un texto bastante emotivo, sobre lo mucho que los dos holandeses habían deseado esa semana de vacaciones en plena naturaleza, y se complementaba con una breve entrevista a un amigo del matrimonio, que expresaba su agradecimiento por haber podido averiguar finalmente la verdad de lo sucedido. Al pie del texto, había un gráfico que resumía visualmente toda la información sobre «el caso de la fosa común», como lo llamaba el periódico.
Si hasta ese momento Torkel había dudado, el artículo le había despejado todas las dudas. Informar a Hedman y a la policía de Östersund era básicamente lo mismo que convocar una conferencia de prensa. Para terminar su intervención, Torkel insistió en la importancia de que todos los contactos con la prensa pasaran por él y por nadie más.
Los miembros del equipo se limitaron a asentir.
No les había dicho nada nuevo.
La siguiente en informar fue Jennifer. «Mucho trabajo y pocos resultados» habría sido un resumen bastante acertado de sus incansables esfuerzos para localizar a más familias cuyos datos pudieran coincidir con los de las cuatro personas halladas en la montaña, buscando en todos los registros internacionales imaginables. Encontró las que ya conocían, y otras que con un poco de trabajo ella misma pudo descartar, ya que el Instituto de Medicina Forense de Umeå les había proporcionado estimaciones bastante aproximadas de las edades y las estaturas de los cuatro cadáveres. Entonces le llegó el turno a Ursula, que le cedió la palabra a Billy.
Lo primero que había hecho Billy esa mañana había sido ponerse a trabajar con la cámara que hallaron en la mochila de los holandeses. Encontró el cable adecuado, pero no consiguió recargar la batería, quizá porque había pasado demasiado tiempo bajo tierra. No le sorprendió que algunos mecanismos no hubieran podido resistir los nueve años de enterramiento, aunque la cámara había estado envuelta en plástico y protegida dentro de una mochila. Se concentró entonces en la tarjeta de memoria, pero enseguida se dio cuenta de que si intentaba extraerla de la ranura corría cierto riesgo de destruirla. Lo consultó con Ursula, que fue de la misma opinión. Ambos decidieron enviar la cámara al laboratorio del SKL en Linköping, con un mensaje en el que indicaban que la recuperación de las fotos era un asunto de la mayor urgencia. Por la tarde, Ursula llamó a sus antiguos colegas del laboratorio, en parte para asegurarse de que la cámara había llegado y en parte para insistir en la necesidad urgente de contar con las fotos. Le dijeron que habían dado prioridad a la cámara en cuanto había llegado y que en principio parecía posible recuperar las fotografías. Probablemente las tendrían el lunes.
Torkel asintió, agradecido. Al menos era una razón para mantener viva la esperanza durante el fin de semana. Para terminar, Ursula añadió que había estado en lo cierto en lo referente a las mochilas halladas en casa de Harald Olofsson: era imposible recuperar huellas dactilares. Sin embargo, se estaba analizando la ropa y se habían hallado algunos pelos, que podrían corresponder a los cadáveres de Umeå.
Antes de dar por concluida la reunión, dejaron al margen la investigación y olvidaron por un momento que eran policías. Todo empezó cuando Jennifer les preguntó a los demás qué pensaban hacer el fin de semana. Billy respondió que tenía previsto ir con My a recoger setas. Más concretamente, rebozuelos atrompetados. No lo había hecho nunca y, si bien intentaba no tener ideas preconcebidas al respecto, intuía que la recogida de setas tenía muy pocas probabilidades de convertirse en su nueva afición. Jennifer, por su parte, iba a ver a su madre, pero insistió en que estaría localizable a través del móvil, todos los días, las veinticuatro horas del día. No lo dijo en voz alta, pero estaba convencida de que empezaría a desear que llegara el lunes desde el instante en que saliera de la oficina.
Ursula dijo que iría a visitar a Bella a Uppsala. No era cierto. Todavía no sabía muy bien qué haría, pero existía cierto riesgo de que volviera a visitar a Sebastian.
Torkel iba a pasar el fin de semana con sus hijas, feliz de poder mantener la promesa que les había hecho tiempo atrás.
Era muy poco habitual el ambiente de la sala. Allí solamente se hablaba de muertes violentas y se exponían teorías sobre delitos y criminales. Eran conversaciones reconcentradas, con detalles que ninguno de los presentes habría querido mencionar fuera de esas cuatro paredes, porque habrían contaminado el ambiente exterior. Sin embargo, por un momento, todo había cambiado. De pronto eran colegas, compañeros de trabajo que no hablaban de la muerte, sino de la vida.
Se levantaron y se despidieron hasta el lunes.
Como gente normal.
Era una sensación muy poco habitual.