Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Su mano era tan cálida

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Su mano era tan cálida como siempre. Le había contado lo que sabía y ahora tenía su mano entre las suyas y se la estrechaba con tanta fuerza como podía. Había reaccionado con asombro e inquietud. Se había puesto a dar vueltas por la habitación durante un rato, y después se derrumbó. Entonces él recordó que cuando era pequeño, la mano de ella era todo lo que necesitaba para encontrar consuelo. En aquella época, su diminuto puño casi desaparecía dentro de la mano de su madre. Ya no era así. Ahora los papeles se habían invertido. El cariño seguía siendo el mismo, pero ya no era él quien necesitaba consuelo, sino ella. Permanecieron sentados en silencio. Se daba cuenta de que su madre estaba tratando de encontrarle sentido a lo que acababa de explicarle. De pronto, Shibeka le soltó la mano, se puso de pie y se dirigió lentamente hacia la fotografía de Hamid que, desde que Mehran podía recordar, había ocupado el mismo sitio en el cuarto de estar. La levantó y, a través del cristal, rozó con el dedo índice la boca en blanco y negro de Hamid. Mehran observó que su padre, en la fotografía, tenía más o menos la misma edad que él en ese momento. Los dos eran altos y jóvenes, y empezaban a vivir.

—Hamid me dijo una vez que Said se arrepentía de haber comprado la tienda. Aparte de eso, nunca oí que tuvieran ningún problema con el negocio. ¿Estás seguro de que discutían? —dijo ella finalmente.

—No. Pero ¿por qué iba a mentirme ese hombre?

Shibeka negó con la cabeza. Ella tampoco sabía por qué iba a mentirle.

—Melika me dijo que sus primos habían vendido la tienda, pero supuse que lo habrían hecho hace un par de años.

—Sin embargo, la vendieron tan sólo un mes después de que papá y Said desaparecieran. Quizá por eso Melika actuó de esa forma. No quería que nos enterásemos.

Con mucho cuidado, Shibeka volvió a dejar la fotografía en su sitio y se quedó contemplando la imagen del hombre que había sido una parte tan importante de su vida, y lo seguía siendo incluso después de desaparecer.

—Mis padres me dieron este retrato cuando yo tenía trece años, para que supiera cómo era el hombre con quien iba a casarme. Me sentaba a mirarlo y pasaba mucho tiempo pensando cómo sería en realidad y qué carácter tendría. ¿Sería un buen marido? ¿Sería amable, hosco, gentil…? No podía saberlo. Estaba muy preocupada. No me atrevía a decírselo a nadie, pero no dejaba de pensar en eso. Al final, me convencí de que tenía que ser un buen hombre. Miré atentamente su fotografía y me dije que tenía ojos despiertos y amables. Me convencí de que sería bueno y sensato. ¿Y sabes qué? —preguntó, mirando dulcemente a Mehran.

—¿Qué, mamá?

—A pesar de todo, me sorprendió. Cuando lo conocí, era todavía mejor de lo que esperaba. Más amable y más sensato aún. Y más cariñoso de lo que jamás habría podido soñar. Por eso me gusta tanto este retrato. Me da esperanza. —Volvió a sentarse junto a Mehran, con la mirada perdida en sus recuerdos—. Me ayuda a confiar en que todo saldrá mejor de lo que esperamos —prosiguió—. A creer que nuestras preocupaciones no siempre son fundadas. Todavía conservo esa esperanza.

—Ya sabes que Melika te mintió acerca de Joseph, ¿verdad? —añadió al cabo de unos segundos.

Shibeka asintió.

—Entonces, es posible que también haya mentido sobre otras cosas —continuó Mehran—. Sobre la tienda, por ejemplo.

—Puede ser. Pero ¿qué quieres que hagamos, Mehran?

—Yo hablaré con ella. Y esta vez no le dejaré escapatoria.

Mehran sabía lo que tenía que hacer. Haría uso de su nueva voz para averiguar la verdad. Para eso se la había dado Alá. No para demostrarle a Memel y a los otros que ya había crecido, sino para algo mucho más difícil.

Y más importante.

Shibeka lo miró un momento y después asintió.

Así se haría.

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