Muertos prescindibles
Esta vez, Vanja tuvo que esperar
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Esta vez, Vanja tuvo que esperar más de media hora delante del portal de Västmannagatan, hasta que vio llegar por la acera una pareja de mediana edad que venía caminando cogida del brazo. La pareja se detuvo, marcó el código de seguridad y desapareció en el vestíbulo. Vanja se dio prisa y consiguió entrar después de ellos, antes de que se cerrara la puerta. La miraron con desconfianza cuando pasó delante del ascensor, donde los dos estaban esperando, y por un momento Vanja pensó que tendría que identificarse, pero ni el hombre ni la mujer dijeron nada. Se limitaron a seguirla con la mirada, como si quisieran memorizar su apariencia, por si en un futuro los llamaban a testificar contra ella. Sin prestarles atención, Vanja subió por la escalera hasta el tercer piso. Probablemente estaba cometiendo una estupidez, pero tenía que saber la verdad.
No se había quedado mucho tiempo en casa de Sebastian. Había llorado y se había desahogado mientras él la abrazaba, de pie en el vestíbulo. La había consolado hasta que había pasado lo peor y entonces le había ofrecido que se quedara a cenar. Había preparado hamburguesas, pero ella le había dicho que no. Necesitaba estar sola y reflexionar sobre lo que Sebastian acababa de contarle y sobre todo lo que sabía. Deseaba creerle con todo su corazón, pero se daba cuenta de que no podía aceptar su palabra sin más. No era tan sencillo. Era cierto que había mejorado, que prácticamente era otro hombre, pero seguía siendo Sebastian. Inteligente, de moral bastante laxa y con pocos escrúpulos. Todas las cualidades que unas horas antes le habían parecido ventajas se volvían ahora contra él. Por eso se encontraba una vez más en la escalera del edificio de Västmannagatan. Para saber. Para poder conservar a Sebastian como el amigo que tan desesperadamente necesitaba.
Llamó al timbre de Ellinor Bergkvist. Eran casi las doce de la noche, pero le daba igual. Volvió a llamar, dejando el dedo pulgar un buen rato apoyado en el timbre. Con persistencia. Notó que algo se movía detrás de la mirilla y enseguida se oyó el chasquido de la cerradura; la puerta se abrió tanto como lo permitía la cadena de seguridad.
—Hola, me llamo Magdalena —dijo Vanja—. Necesito hablar un momento con usted acerca de Sebastian Bergman.
—¿Qué le ha pasado? —preguntó Ellinor, con una mezcla de escepticismo, alegría y preocupación.
—¿Puedo pasar un momento?
—No.
Para subrayar su respuesta, Ellinor empujó un poco la puerta, hasta dejar solamente una pequeña ranura abierta. Después apoyó la mejilla contra el batiente y se puso a estudiar a Vanja solamente con un ojo.
—¿Qué pasa con Sebastian? —insistió.
Vanja le explicó que era policía. Cruzaba los dedos para que Ellinor no le pidiera la identificación. No se la pidió, y Vanja pasó a explicarle que Sebastian estaba implicado en una investigación en curso de la Unidad de Delitos Económicos y que a raíz de eso se encontraba en una posición delicada. Por lo poco que veía de su cara a través de la ranura de la puerta, Ellinor parecía preocupada. Tratándose de Daktea y de Trolle Hermansson, que además había muerto, y teniendo en cuenta que la información la había revelado una persona relacionada con Sebastian —explicó Vanja—, la policía se veía obligada a investigar el papel de Sebastian en todo el asunto. Era un caso complicado, y cuando aparecían colegas implicados en una investigación, el procedimiento rutinario era estudiar más a fondo su participación. Ellinor asintió con gesto grave, dando a entender que lo había comprendido, mientras que Vanja se felicitaba por lo bien que sabía mentir.
Entonces Ellinor empezó a hablar. Vanja tuvo la impresión de que la mujer estaba tan orgullosa de lo que había hecho como empeñada en que no recayera sobre Sebastian ni la menor sombra de duda.
Sí, era cierto que le había pedido que se deshiciera de la bolsa, pero ella había leído los papeles que contenía y había decidido utilizar la información, para ayudarlo.
No, Sebastian nunca le había dicho que Valdemar fuera una amenaza para él, ni había expresado ningún deseo de hacerle daño. La propia Ellinor había sacado esa conclusión. Tal vez se había equivocado.
Sí, creía que Sebastian había recibido el material de un tal Trolle, pero no estaba segura.
Con cada confirmación que le proporcionaba Ellinor de la versión de Sebastian, Vanja sentía un creciente alivio. Los últimos tiempos habían sido devastadores para ella desde el punto de vista emocional, y no habría podido soportar que Sebastian, por alguna razón inimaginable, hubiera tenido alguna responsabilidad en el encarcelamiento de su padre. Pero todo parecía indicar que no había sido así.
Sebastian había querido protegerla.
Había querido salvarla una vez más, como la había salvado de Hinde.
Y lo habría conseguido de no haber sido por la mujer que tenía media cara apoyada contra la puerta. Vanja sintió bullir la furia en su interior. ¡Por fin un sentimiento claro y definido, después de la mezcla de dolor, pena, desconfianza y desesperación que había padecido los últimos días!
—¿Ha vuelto Sebastian? —Oyó Vanja que le preguntaba Ellinor, en tono levemente esperanzado.
—¿Por qué?
—Me gustaría verlo.
En circunstancias normales, Vanja habría sentido pena de una mujer en la situación de Ellinor. Echarla de su casa y negarse después a hablar con ella era una cobardía por parte de Sebastian y una demostración de que carecía de sentimientos. Se había comportado como un cerdo. En otras condiciones, Vanja se habría puesto totalmente del lado de la mujer. Pero no eran circunstancias normales.
—Ha dicho que ya no están juntos —dijo Vanja fríamente.
—Lo dice solamente para protegerme —insistió Ellinor.
—¿De qué?
—De Valdemar Lithner.
La furia de Vanja se mezcló con una fuerte sensación de impaciencia. Ellinor se desmentía a sí misma. ¡Acababa de decir que Sebastian no consideraba a Valdemar una amenaza! Sintió un fuerte impulso de cometer una maldad. Había tenido que tragar mucha mierda y tenía ganas de devolverle un poco al resto del mundo. La mujer que tenía delante había destruido demasiadas cosas y, además, si la humillaba, le haría un favor a Sebastian.
—Ha dicho que la echó de casa porque está loca y que no quiere volver a verla nunca más —soltó de pronto, con la mirada concentrada en el ojo que distinguía a través de la ranura de la puerta.
Ellinor se sobresaltó, como si le hubieran dado una bofetada.
—Sebastian no ha dicho eso.
—Sí que lo ha dicho. —Vanja se alegraba de haber recuperado el control. Quizá al día siguiente se arrepintiera de lo que estaba haciendo, pero ya lo pensaría cuando llegara el momento. Decidió seguir hurgando todavía más en la herida—. La describió como una persona enferma y aseguró que la había dejado vivir en su casa solamente por pena. Pero dijo que ya no podía soportarla más, sobre todo después de lo que le hizo a Valdemar Lithner.
La luz del rellano se apagó. En la densa oscuridad, Vanja no pudo ver cómo se estrechaba el ojo de Ellinor detrás de la ranura de la puerta, ni cómo se volvía más oscuro cuando la miró de una manera que sólo podía expresar odio.
—No vuelva a acercarse a Sebastian —añadió, desde la negrura del rellano.
Ellinor notó a continuación que la sombría figura se marchaba. Observó que no encendía la luz para bajar la escalera, probablemente para que la salida resultara más espectacular, o al menos eso supuso mientras cerraba la puerta de su apartamento.
Se dirigió a toda prisa al dormitorio y se asomó a la ventana. Si esa Magdalena cruzaba la calle y giraba hacia la izquierda, podría verla. Así lo hizo. Ellinor la siguió con la mirada, hasta que desapareció de su campo visual. Después se dejó caer sobre la cama deshecha.
Le había dicho cosas terribles.
Pero ¿serían verdaderas?
Valdemar Lithner estaba en la cárcel. Ya no era una amenaza para nadie. Aun así, Sebastian no había dado señales de vida. No la había llamado para pedirle que regresara ahora que el peligro había pasado.
¿Sería cierto lo que le había dicho esa mujer? ¿Sería verdad que Sebastian nunca le había tenido miedo a Valdemar y que todas sus suposiciones habían sido erróneas? En ese caso…
Le costaba incluso pensarlo. En ese caso, Sebastian realmente había querido decir lo que le había escrito en aquel mensaje que aún conservaba en el bolso.
En ese caso, no pensaba solamente en protegerla cuando le había dicho aquellas cosas horribles y la había echado de su casa. Era cierto que estaba harto de ella. Era verdad que la veía como una señora de la limpieza con la que además follaba y que todo había terminado. Realmente se había acostado con aquella enfermera que le había mencionado. Con ella y quién sabe con cuántas más.
Ellinor le había dado su amor.
Y Sebastian no había hecho más que jugar con ella.