Muertos prescindibles
Había pasado el sábado
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Había pasado el sábado solo, con su música y sus pensamientos, que iban y venían, persistían o se esfumaban. Pero había uno que siempre regresaba. Por la noche, lo había decidido: tenía que ir a hablar con Melika. No podía permitir que les siguiera ocultando la verdad. Su madre habría querido acompañarlo si se hubiera enterado. Lo entendía, pero también sabía que era mejor ir solo. Si lo hacía solo, Memel y los demás no tendrían mucho que decir. Y si las cosas se torcían y surgían problemas, entonces era preferible que únicamente lo pudieran culpar a él, porque podría explicarse y poner las cartas sobre la mesa. Podría contarles que Melika había mentido y, fuera cual fuera la situación, los demás lo tendrían que escuchar. A Shibeka no necesitaban escucharla. Era la diferencia entre los hombres y las mujeres, y era preciso que él la entendiera y aprendiera a aprovecharla.
Por la mañana, Shibeka le sirvió el desayuno. Se lo tomó con apetito y le dijo a su madre que iba a salir, pero no adónde iría. Ahora se encontraba delante del edificio. Quería sorprender a Melika por completo. No pensaba permitirle que se preparara. Quería abordarla de manera repentina y sin previo aviso. Pero no sabía cómo. Llamar a su puerta habría sido una forma de sorprenderla, por supuesto, pero no podía entrar en su casa por la fuerza y quería evitar a toda costa una discusión en el rellano.
Al final, llegó su oportunidad. Una hora antes, la había visto salir del portal, acompañada de otra mujer, y ahora veía venir a su hijo Alí por el sendero, acompañado de unos amigos. Los chicos se separaron al llegar a la bifurcación, y Alí siguió caminando hacia su casa mientras sus amigos continuaban en la otra dirección y sus voces se perdían a lo lejos. Medio oculto detrás de un árbol, Mehran esperó al muchacho, que caminaba despreocupadamente hacia él. Lo conocía, desde luego. Pero tanto por su edad como por su forma de ser, el chico estaba más cerca de Eyer, y hacía tiempo que no hablaban. Mehran enderezó la espalda y fue directo hacia él. La expresión de Alí se iluminó cuando lo vio venir por el camino.
—Hola, Mehran —dijo alegremente.
Se notaba que estaba contento de verlo. «Perfecto», pensó Mehran. No parecía que su madre le hubiera revelado sus problemas con la familia Khan, y eso le facilitaría las cosas.
—Hola, Alí. ¿Todo bien? —replicó, de la manera más neutra que pudo.
—Todo bien. ¿Y tú?
—¿Puedo subir contigo? —preguntó Mehran, señalando la casa con un movimiento de la cabeza—. Me he olvidado la llave, hace un poco de frío y mi madre todavía tardará un par de horas en llegar.
Hizo como que tenía frío, para que su historia resultara verosímil. Alí le creyó.
—Claro que sí. Pero me parece que mi madre no está en casa, así que no habrá nada de comer.
—Da igual. Podemos ver la tele.
Mehran sintió que se ponía nervioso cuando Alí abrió con su llave la puerta del apartamento y lo dejó pasar. No podía saber si su plan funcionaría, pero notaba que al menos disfrutaría de una pequeña ventaja cuando Melika regresara y lo encontrara sentado en su sofá. Eso si volvía sola. En caso de que volviera acompañada, tendría que pensar rápidamente otro plan.
Pasó alrededor de una hora en compañía de Alí, viendo la televisión. Hablaron un poco sobre Eyer, el colegio y los compañeros, pero enseguida la conversación languideció. Mehran tenía otras cosas en qué pensar. En todo caso, si a Alí le resultó incómodo el silencio, no lo demostró. Parecía más bien contento de que un chico mayor estuviera sentado a su lado, viendo con él los dibujos animados. No era raro que se alegrara. Todos sus amigos tenían hermanos. Ninguno era hijo único como él.
Por fin se oyó el ruido de la llave en la puerta. Alí reaccionó con alegría.
—Ya viene —dijo con una sonrisa.
—Bien —replicó Mehran. Se puso de pie y, con expresión severa, miró al chico y le ordenó—: Ve a tu habitación.
Alí lo miró desconcertado.
—¿Por qué?
—Vete a tu habitación. ¡Ahora mismo!
Alí se puso de pie, pero no se movió del cuarto de estar. Era su casa y no pensaba ir a ningún sitio.
Era irritante para Mehran no tener todavía suficiente autoridad, pero tampoco quería tratar a Alí con excesiva dureza. Después de todo, no era más que un niño inocente, como había sido él mismo unos años atrás. Ahí estaba su problema. Era demasiado sensible.
—Necesito hablar con tu madre —le dijo en tono más razonable—. A solas.
Antes de que Alí tuviera tiempo de responder, Melika entró en el apartamento. Venía cargada con una bolsa del supermercado y se sorprendió mucho al ver a Mehran.
—¿Qué haces aquí?
—Creo que lo sabes —contestó mientras pasaba al lado de Alí, que estaba quieto y no sabía cómo reaccionar.
—¿Qué ha ocurrido, Alí? —le preguntó preocupada su madre.
Mehran respondió por él.
—Le he pedido que se fuera a su habitación. Sé que mientes y pensaba que no era necesario que lo oyera.
Melika palideció y dejó caer la bolsa al suelo.
—Vete ahora mismo de aquí, Mehran. Vete.
Mehran negó con la cabeza. No pensaba darse por vencido. Jamás.
—No es preciso que se lo cuentes a mi madre. Pero tienes que decírmelo a mí.
—¿Qué quieres que te cuente? ¿De qué estás hablando?
—Fui a la tienda de Said. La de tu marido, la del padre de Alí. ¿Sabes qué me contaron allí?
Durante unos segundos, Melika no supo qué contestar. Mehran notó que sus palabras la habían afectado y habían atravesado su muro de mentiras. Se había quedado muda, como si esperara que el silencio fuera suficiente para que el muchacho se diera por vencido y se marchara. Pero Mehran no pensaba rendirse. Se sentía más fuerte que nunca. Con su fuerza de voluntad había derrotado el nerviosismo.
—Si lo prefieres, puedo contárselo a Memel. Le interesará saber que tus primos y Said solían discutir, y que vendieron el negocio un mes después de su desaparición. ¿O ya lo sabe Memel? ¿Lo saben todos excepto nosotros?
—No es verdad —dijo por fin Melika con voz débil mientras se dejaba caer en un banco, junto a la puerta.
—¿Qué es lo que no es verdad, Melika?
La mujer bajó la vista al suelo y se miró los pies. Después, levantó la cabeza y miró a su hijo.
—Vete a tu habitación, como te ha dicho Mehran.
Alí la miró sorprendido.
—Pero, mamá…
—¡Te digo que te vayas a tu habitación! —gritó ella, sin apenas poder controlar la voz. Mehran, en cambio, había recuperado la suya.
Alí se marchó a su cuarto. Ya nunca volvería a ver a Mehran de la misma manera.
Cuando se quedaron a solas, Melika pudo mirar por fin a Mehran a los ojos. Ya no había hostilidad en su mirada, sino únicamente dolor.
—No sé qué pasó, Mehran. De verdad te digo que no lo sé.
—Pero sabes más de lo que has dicho, ¿verdad?
Ella asintió en silencio, de manera casi imperceptible.
—¿Quién es Joseph?
Melika palideció como un espectro.
—Una mala persona. Toda la culpa es suya.
En sus ojos ya no había pena, sino inquietud, una preocupación apremiante que quizá incluso fuera miedo.
Mehran le tendió la mano. Quería tratarla con amabilidad. Le parecía preciso actuar con gentileza para averiguar la verdad.
—Cuéntamelo todo —dijo.